"Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera".
Lev Tolstói: “Ana Karenina”
Cuando se vive una época apacible, un año más o menos no significa mucho: todos parecen iguales, y supongo que de ahí me habrá venido a la cabeza una asociación de ideas con el arranque de la novela del ruso. El período 1968-73 es para el rock isleño como la ensoñación de una familia feliz, y por tanto si hablamos sobre 1972 podríamos comenzar con las mismas consideraciones con las que lo hicimos el año anterior: calma chicha con ligeros nubarrones al fondo. Visto con perspectiva es muy fácil decir ahora que la fiesta se estaba acabando, pero la verdad es que, al menos en la calle, yo no conocí a nadie de mi edad que viese señales en el cielo anunciando ese apocalipsis que comenzará el próximo año. Y si los muchachos de la prensa musical se olían algo, desde luego se guardaron mucho de decirlo.
Así que pueden ustedes echarle un vistazo a la entrada de 1971 y, más o menos, considerar que esa perspectiva sigue en vigor. Hay, de todos modos, algunas pequeñas novedades; entre ellas la ascensión definitiva de Bowie al estrellato, con todo lo que eso conlleva: el glam de serie A como estilo consolidado, la fascinación por los “primos americanos” Reed, Iggy y Alice, y en definitiva una refinada vuelta a los orígenes del rock en su variante garajera, implican que parte del personal está deseando un cambio de rumbo. Y alguna pulsión de ese tipo debe de ser la que lleva a un jovencísimo John Weller (a.k.a. Paul Weller) a montar este año una banda llamada The Jam, cuyo material va desde Chuck Berry hasta los Beatles, los primeros Kinks, Small Faces o Who. Pero no hay motivo para que se preocupen los monstruos sagrados: de momento esos Jam no alborotan mucho más allá de su pueblo.
Por lo demás, ya digo: todo va bien, señora baronesa. Bueno, tal vez Family, Traffic y Free decaen a ojos vista, Soft Machine están definitivamente en otro planeta, aparecen grupos raros como Roxy Music que se visten de payasos desobedeciendo a la santa hermandad de los pelos largos… pero los Floyd y compañía siguen viento en popa. No hay por qué alarmarse, el palacio de invierno es sólido como una roca.
Así que pueden ustedes echarle un vistazo a la entrada de 1971 y, más o menos, considerar que esa perspectiva sigue en vigor. Hay, de todos modos, algunas pequeñas novedades; entre ellas la ascensión definitiva de Bowie al estrellato, con todo lo que eso conlleva: el glam de serie A como estilo consolidado, la fascinación por los “primos americanos” Reed, Iggy y Alice, y en definitiva una refinada vuelta a los orígenes del rock en su variante garajera, implican que parte del personal está deseando un cambio de rumbo. Y alguna pulsión de ese tipo debe de ser la que lleva a un jovencísimo John Weller (a.k.a. Paul Weller) a montar este año una banda llamada The Jam, cuyo material va desde Chuck Berry hasta los Beatles, los primeros Kinks, Small Faces o Who. Pero no hay motivo para que se preocupen los monstruos sagrados: de momento esos Jam no alborotan mucho más allá de su pueblo.
Por lo demás, ya digo: todo va bien, señora baronesa. Bueno, tal vez Family, Traffic y Free decaen a ojos vista, Soft Machine están definitivamente en otro planeta, aparecen grupos raros como Roxy Music que se visten de payasos desobedeciendo a la santa hermandad de los pelos largos… pero los Floyd y compañía siguen viento en popa. No hay por qué alarmarse, el palacio de invierno es sólido como una roca.

