martes, 24 de noviembre de 2015

1973 (XIV)

La escuela de Canterbury, aquella entrañable colección de seres patafísicos, también pertenece en teoría a la nebulosa conocida como “progresivo”, aunque al igual que los Crimson o Genesis tiene su propio estilo. Recordarán ustedes que en dicha ciudad se creó, a partir de una sopa compuesta de músicos con muchas influencias distintas, la agrupación matriz Wilde Flowers, cuyo primer vástago fueron Soft Machine. En poco tiempo comenzaron a surgir las derivaciones que dieron lugar a nuestras dos bandas favoritas de esa fauna: Gong y Caravan. Ambas tienen un buen año, después de que la primera haya superado sus problemas “geográficos” y la segunda tenga su plantilla más o menos estabilizada. 




El planeta Gong consigue por fin acercarse a la órbita británica tras su primera época francesa: han fichado con el naciente sello Virgin, que en ese momento es la vanguardia en el mundo de las discográficas independientes. Y aunque la sección rítmica y de teclados cambia con frecuencia, hay una base estable formada por Daevid Allen, su compañera Gilli Smyth y el saxofonista Didier Malherbe; a ese trío pensante habrá que añadir el guitarra Steve Hillage, un veterano de Canterbury recién llegado pero que ya tiene una sólida fama entre los coleccionistas de discos “alternativos” por su distinguida aportación a ese mercado: su única grabación como miembro de Uriel ("Arzachel", 1969) y otra más militando en Khan ("Space shanty", 1972) son muy cotizadas. Ya saben ustedes que Allen y compañía representan en nuestro mundo al planeta Gong, un conglomerado de budismo, creencias gaélicas, enanos en teteras volantes que bajan a la Tierra con frecuencia y muchos otros componentes que articulan una filosofía realmente encantadora. Como es lógico, una de sus misiones es iluminar a los humanos con sus enseñanzas, que van desgranándose en los discos (salvo el tercero, un encargo de banda sonora para la película francesa “Continental circus”). Y ahora, con el apoyo de Virgin, es hora de acometer un plan ambicioso: una trilogía titulada “Radio Gnome Invisible”, que mantiene ciertas similitudes con el Señor de los Anillos pero que por supuesto es mucho más interesante, ya que en este caso se trata de un zarcillo que al colocarse en la oreja permite escuchar plácidamente las emisiones de Radio Gnome. Una historia con un tema central de ese tipo no me negarán que engancha, ¿verdad? 

Pero vamos a la música que se escucha en esa radio. Gong, como todas las grandes bandas, tiene un estilo personal e intransferible; que más o menos viene siendo una base de jazz rock psicodélico aderezada con elementos espaciales, cánticos hindúes, improvisaciones y algunos otros ingredientes fuera de lo común. Como es lógico, su objetivo no está en alcanzar los primeros puestos de las listas sino una clientela fiel que se sienta a gusto dentro de su planeta, y eso lo va consiguiendo sin mucho esfuerzo. 1973 es el año más importante de su carrera, ya que lanzan los dos primeros discos que forman la trilogía, que publica Virgin y que llegan a casi toda Europa, multiplicando así la devoción continental: “Flying teapot” en verano y “Angels egg” en invierno (este último incluye un libreto, a modo de programa de teatro, con el desarrollo casi completo de la obra). Es evidente que forman parte de una misma idea, ya que su sonido es muy parecido; sin embargo se va notando una ligera evolución en el segundo hacia un tono más espacial que se conformará el próximo año. Como en muchos otros casos, no tiene ninguna lógica comentar sus canciones una por una: forman una estructura que debería escucharse cómodamente sentado, relajándose y paladeando esa sucesión de cánticos y ritmos locos que, en efecto, son de otro planeta. Por cierto, en la segunda parte se presenta el batería Pierre Moerlen, que con el tiempo será otro de los personajes fundamentales de esa etnia. 

Y esta es la actualidad en el planeta Gong. Como digo, el próximo año nos traerán la tercera entrega de la trilogía, lo cual significa que su proyección está por encima de la crisis que afecta a la mayor parte de la música actual. Lógico, sus tiempos no son los terrestres… 




Caravan, al igual que Gong, está afectada por movimientos de personal. Aunque su problema es más grave, ya que Gong tiene un núcleo y una estrategia clara mientras que en Caravan hay diferencias de criterio casi desde el origen del grupo, creado por los primos Sinclair (David y Richard) junto a Pye Hastings y Richard Coughlan. Y la discusión principal gira sobre si la banda debe acercarse al jazz rock progresivo (la postura de los Sinclair) o seguir manteniendo ese tamiz art-pop que la hace tan especial (Hastings y Coughlan). Recordarán que David ya se marchó en 1971 para asociarse con Robert Wyatt y crear Matching Mole (o sea, una versión alternativa de Soft Machine); Richard lo sustituyó fichando a Steve Miller, que compartía su misma inclinación, y finalmente, tras el disco del año pasado (el magnífico “Waterloo Lily”), las diferencias parecen insalvables y la banda se disuelve. A ojos de sus fans esa ruptura no tiene sentido, ya que el disco ha sido de los más alabados -aunque las ventas sean discretas, como siempre-, y al final se impone la cordura: Hastings y Coughlan reactivan el grupo. El nuevo bajista será John Perry, que hasta el momento había alternado su trabajo como músico de estudio junto a su militancia en tres o cuatro pequeños grupos, mientras que la viola, violín y otros cuantos instrumentos de cuerda quedan a cargo del ex-Spirogyra Geoff Richardson. Y poco después, cuando ya están pensando en grabar un nuevo disco, vuelve David Sinclair: bueno, al menos uno de los primos sigue a bordo de la caravana. 

El nuevo disco se presenta en otoño del 73 con el largo título de “For girls who grow plump in the night”, y da gusto comprobar que la esencia Caravan se mantiene desde el primer momento: “Memory Lain, Hugh” comienza con una entrada rockera que pronto se ramifica, se enriquece con el sonido de las cuerdas y el acompañamiento organístico del primo Sinclair, con esos dibujos que tanto habíamos echado de menos. A mitad de la pieza, envueltos ya en un desarrollo casi orquestal, esta gira hacia “Headloss”, con un ritmo y unas voces casi pop que a los fans como yo nos derrite: el total son nueve minutos, pero se nos han pasado en un vuelo. “Hoedown”, la siguiente, es una canción corta y bailable, a medio camino entre pop y rock; “Surprise, surprise” es otra delicia indefinible con una magnífica exhibición de bajo (y violín, y voces…), y así sucesivamente. Como en el caso del planeta Gong, no tiene sentido una descripción subjetiva de cada pieza: hay retazos sinfónicos, como en la que cierra el disco; hay zonas corales, hay pop casi desenfadado, y lo realmente maravilloso es que todo encaja. Caravan siguen siendo la banda más hogareña del universo Canterbury, tal vez la única que sabe presentar la excelencia musical de esa escuela, el enorme trabajo y complejidad de sus armonías, en un “formato” asequible para el aficionado medio, y esa es una virtud impagable. Por supuesto, no hace falta decir que estamos ante uno de los mejores discos de su carrera. 

Así que ya ven ustedes: dentro del mundo supuestamente progresivo, los grupos que más se distancian del canon -los que tienen carácter propio- son precisamente los que mejor se desenvuelven. Como en cualquier otro estilo, por cierto. Es verdad que su carácter volátil no suele augurar una vida muy larga, pero mientras duran son los más interesantes. 


martes, 17 de noviembre de 2015

1973 (XIII)

El rock progresivo es la última gran novedad en la música popular a finales de la década de los 60. Se origina en parte como evolución de la psicodelia (Pink Floyd son el mejor ejemplo); pero por su carácter de formato abierto, es decir, sin unos límites estilísticos claros, también incluye a todos aquellos grupos que se dedican a hacer variaciones sobre los géneros tradicionales como el blues, el jazz e incluso el pop. Hay otros, más osados, que se atreven con la música clásica, y para ellos se creó el término “Rock sinfónico”: Nice y luego Emerson, Lake & Palmer ya han pasado por este bar; pero dentro de un estilo que ya de por sí suele ser bastante pretencioso, esa alternativa nos parece tan exagerada que, sintiéndolo mucho, decidimos olvidarlos. Y sin llegar a los clásicos, las bandas como Yes entran dentro de esa misma categoría por su tendencia a los largos desarrollos, las músicas tremendistas y los arreglos fastuosos, casi orquestales: también estuvieron aquí, también se marcharon. El progresivo no se está librando de la decadencia general, y en este tugurio únicamente quedan nombres aislados como King Crimson y Genesis, dos bandas que yo respeto mucho. Estamos en un año muy brillante para ambas, aunque su situación sea radicalmente distinta: mientras los primeros acaban de entrar en su tercera fase, los otros llegan a la cumbre de una evolución uniforme mantenida desde el principio de su carrera. 




Ya quedó claro hace tiempo que decir King Crimson es lo mismo que decir Robert Fripp. A estas alturas tal vez sería más lógico que se presentase como solista, ya que sus acompañantes son elegidos y despedidos por él, pero suponemos que prefiere usar el nombre comercial de la banda por el enorme prestigio que implica. En cuanto a su producción musical, los cuatro discos publicados hasta ahora se agrupan en dos parejas temáticas, por decirlo así; teniendo eso en cuenta, esperamos que la nueva reencarnación nos traiga también un nuevo estilo. En la base rítmica hay ahora dos pesos pesados: el bajista John Wetton, a quien ya tentó Fripp dos años antes pero que entonces había elegido ir a Family, y el batería Bill Bruford, que abandona Yes en busca de emociones más fuertes. Junto a ellos entra David Cross (violín y teclados), que procede del folk y ocasionalmente es músico de estudio, y el percusionista Jamie Muir, una especie de geniecillo loco que apoyará a Bruford con los artefactos más inesperados, sean musicales o no. Lo más notable de esta formación es que no hay instrumentos de viento. Ah, y el letrista será Richard Palmer, un ex Supertramp que se marchó a vivir en Alemania y que se aparta de la temática surrealista de Pete Sinfield para llegar a unas letras más comunes. De todos modos parece evidente que Fripp no les presta mucha atención, ya que en la práctica no hay contacto entre Palmer y la banda: el jefe parece limitarse a comprobar si las letras cuadran con las músicas, y a otra cosa. 

La mayor parte del material estaba casi preparado, y si esa base se apoya con una alta capacidad de improvisación las cosas van muy rápidas: tras una pequeña gira por Alemania, entre Enero y Febrero de 1973 graban el nuevo disco, que se publicará el mes siguiente. Se titula “Larks' tongues in aspic”, y como era de esperar (banda nueva, perspectiva nueva) Fripp ha vuelto a reinventarse. El arranque es suave, casi somnoliento, entre tonos de percusiones ligeras envueltas en el sonido de una marimba, dando paso al crescendo ominoso de un violín que a su vez se sabe inseguro ante la crepitación de una guitarra eléctrica que de pronto se muestra en todo su salvajismo… y a partir de ahí tenemos zonas de suavidad, casi dulzura, compartidas con momentos de crisis; una continua alternancia entre relax y clímax, una sucesión de secuencias en las que hay momentos defendidos por un solo instrumento o una cascada de cuerdas y percusiones apabullante. En las fases suaves de cuerda (“Book of Saturday” es el caso más claro, o incluso “Exiles”, con esa batería tan “tradicional”) parece haber rastros de los antiguos Crimson; otra cosa son las tremendas descargas con las que Fripp nos obsequia a veces y que dejan en pañales a los guitarristas heavies (Fripp entiende perfectamente la diferencia entre bronca e intensidad). Pero cuando el protagonismo lo lleva la percusión es evidente que estamos ante una banda distinta. Definir las canciones, una por una, no tiene sentido: hay que escucharlas y comprobar que todas juntas forman un universo que supera el concepto “progresivo”. Lo que Fripp está haciendo nos lleva hacia algo vagamente parecido a lo que hace Zappa en los States o CAN en Alemania; llámenlo free rock, experimental o como quieran, pero desde luego las bandas de rock progresivo “corrientes” no tienen nada que ver con esto. 

Así que el futuro se presenta de lo más interesante, aunque la banda quedará muy pronto reducida a cuarteto por el despido de Jamie Muir a causa de su conducta errática. Los críticos están de nuevo rendidos a sus pies, por convicción o por miedo ante algo que no están seguros de comprender en su totalidad, y los aficionados también (por las mismas razones). Cuando un grupo disfruta de esas dos bazas, su paso a la Historia siempre será ventajoso. De lo único que tendrá que preocuparse Fripp es de saber liquidarlo a tiempo: lo demás ya está hecho. 




Genesis sigue una estrategia completamente distinta a los Crimson, ya que su trayectoria es casi lineal. Gabriel y su banda, lentos pero seguros, han llegado a perfilar un tipo de melodías que los hace inconfundibles y al que también queda pequeño el término “progresivo”. Hay una mezcla que solo ellos saben controlar y que incluye folk, pop, rock, canto pastoral, vodevil y otros cuantos ingredientes, no siempre reconocibles. Por otra parte es de admirar su creciente dominio de la escena, ya que Gabriel se comporta como un verdadero maestro de ceremonias ataviado con los ropajes más insólitos, cercanos al surrealismo, apoyado por un juego de luces suaves pero efectivas, mientras que los Crimson descuidan totalmente ese aspecto del negocio: sus actuaciones son de una simplicidad espartana. Y a pesar de todas esas diferencias, a pesar también de estar más cerca del estilo sinfónico que del progresivo, Genesis han conseguido llegar a ser una de las bandas más respetadas del género mientras que Yes, con quienes se les comparó en los primeros tiempos, comienzan a resultar una parodia de sí mismos. Su salto definitivo a la primera categoría tuvo lugar el año pasado, con “Foxtrot”: la nueva producción (John Anthony fue sustituido por John Burns y Dave Hitchcock) consiguió un sonido mucho más cristalino, más nítido, frente a la opacidad de sus primeros discos; y ese sonido coincidió con una mayor brillantez también en la calidad de las canciones, así que cuando llega el otoño de 1973 y se anuncia la llegada a las tiendas de “Selling England by the pound” todos esperamos confiados. 

La banda no defrauda: estamos ante una magnífica y exuberante confirmación de las virtudes contenidas en su disco anterior, cuya influencia es evidente. La cara A se abre con “Dancing with the moonlit knight”, una de mis favoritas, con ese arranque lírico que aporta la voz extraña pero cálida de Gabriel seguida por una fase épica a ritmo vertiginoso y vuelta a la paz final. La siguiente, “I know what I like”, tiene el gancho melódico necesario para convertirse en uno de los escasos singles que Genesis ha publicado hasta la fecha, mientras que “Firth of fifth”, con su entrada de piano en tono clásico da pie a uno de los grandes desarrollos del disco; y “More fool me”, la última, se basa en un sentido cántico a dos voces (Gabriel y Collins). La apertura de la cara B nos engancha con la marcha militar que inaugura “The battle of Eping Forest”, un nuevo tobogán de fases épicas y líricas, seguido por la instrumental “After the ordeal”, un bonito ejercicio de estilo dirigido por Steve Hackett. “The cinema show” es una pieza un tanto tediosa pero que nos muestra el camino que va entre “Foxtrot” y el futuro “Lamb lies down on Broadway”: es una pieza de transición, por decirlo así. El cierre llega con la escueta “Aisle of plenty”, de nuevo la placidez rematada en un bonito juego de voces que alejan al grupo de nuestro alcance hasta nuevo aviso. Se puede objetar que el problema principal de Genesis, como la mayoría de las bandas de este tipo, es la excesiva duración de las canciones, que a veces acaban cansando. Y es cierto, pero no se puede tener todo. El exceso de minutaje es una plaga bastante común desde que se impuso el disco grande como formato mayoritario. 

También para Genesis el futuro se presenta interesante, aunque hay dos nubes en el horizonte: mientras Gabriel es partidario de una evolución más arriesgada, más vanguardista, el resto del grupo prefiere un tono más accesible al gran público (estamos ante una de esas bandas que de momento todavía tiene problemas financieros). Por otra parte, tanto la prensa como los aficionados comienzan a considerar a Gabriel como el único cerebro del grupo, lo cual solo es cierto a medias; pero su potente imagen deslumbra, y toda la atención se centra en él. Podría ser que esas nubes preludien tormenta.