lunes, 28 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (VI)



En la primera generación de la música yeyé española, aquella que comenzó a finales de los años 50, hay algunos personajes a los que hoy en día casi nunca se cita; y el más importante de todos ellos es Fernando Árbex, que, sin haber cumplido aún los treinta años en 1970, ya tiene de qué presumir: ha formado parte de los Estudiantes (el primer grupo moderno español) y luego creó a los Brincos, el primer supergrupo y desde luego el más importante en toda la década anterior. Que su nombre no sea recordado por la mayoría de los aficionados más jóvenes solo significa que España es un país con muy poca memoria musical: si alguien como él fuese británico, seguramente estaría en posesión del título de Miembro de la Orden del Imperio, o alojado en el Muro de la Fama. Pero aquí no hay ese tipo de honras; y aunque las honras tal vez no importen mucho, la memoria sí. De aquella época, parece que solo existió Miguel Ríos. 

Ya hemos visto que Fernando comenzó a escribir canciones para otros artistas cuando aún dirigía los Brincos: precisamente Miguel Ríos, por ser amigo suyo, fue su primer cliente y le debe el relanzamiento de su carrera. No le gusta la vida de músico de grupo ni las giras, y su plan es dedicarse a la composición y a producir a otros músicos, pero de momento tiene un proyecto que comenzó a diseñar ya en 1969; por esa época, el estilo de Fernando anda a medio camino entre la psicodelia progresiva y un cierto ramalazo funky que intentó plasmar en el último disco de los Brincos (“Mundo, demonio y carne”, 1970) pero que acabó siendo un batiburrillo de ideas inconexas que lo hundieron. Curiosamente, hay más concreción en algunas piezas que ha creado aparte y que desarrollará en un trío para el que recluta al guitarra y teclista Oscar Lasprilla, que había sido el último en llegar a los Brincos, y al bajista Iñaki Egaña, que viene de los Buenos y además será la voz cantante (como ya lo había sido en los últimos tiempos de su grupo anterior). Ese trío se presenta inmediatamente después de la disolución de los Brincos y se llama Alacrán. 

Por desgracia, aquella vocación de aventura que caracterizó a Zafiro cinco años antes creando Novola, ha desaparecido: ahora solo son dos simples sellos más en el catálogo nacional. Las relaciones entre la disquera y Fernando, que ya se agriaron cuando este liquidó a Juan y Junior, son francamente malas en la última época de los Brincos porque nuestro amigo no atiende a razones y se empeña en publicar aquel último Lp que fue un fracaso comercial. Y cuando propone la publicación de un disco bajo un nuevo nombre, Zafiro le informa de que no va a gastar un duro en ese proyecto. Ya contaba con ello, puesto que había comenzado a grabar algunas piezas a finales del 69 en los estudios Celada pagando él las grabaciones: finalmente la portada será cosa suya, el número de copias también, y el sello se limitará a distribuirlo sin la más mínima publicidad. Fernando asume el riesgo, porque es el único modo de evitar injerencias; pero el precio a pagar es muy alto, y nunca mejor dicho. Así las cosas, se publica un primer single como avance en 1970 y finalmente el Lp al año siguiente, con un sonido muy flojo (unas piezas son estéreo, otras mono) y una tirada muy pequeña; su duración es exigua, ya que no llega a 25 minutos, y finalmente se convierte en un ilustre desconocido para la masa de aficionados (algún catálogo extranjero lo cita como “private pressing”). Y es una pena, porque en otras condiciones podría haber sido uno de los discos españoles más populares de la época. Lo que tenemos en él son seis canciones que van desde el funky hasta el progresivo con tonos psicodélicos que podrían recordar a Traffic, por ejemplo; aunque, como muy bien dijo Iñaki Egaña luego, “en aquellos momentos, Cream, Jimi Hendrix o Traffic eran de lo que más nos gustaba, pero en ningún caso intentamos ser una réplica de nadie”. Y se nota, añado yo. Si no lo conocen y les gustan estas dos canciones que vienen a continuación, les recomendaría que lo escuchasen completo: aquí lo tienen. 



Como era de esperar, Alacrán desaparece poco después… sin haber llegado a actuar ni una sola vez en directo. Oscar Lasprilla se marcha a la Isla, pero Fernando retiene a Iñaki para un nuevo proyecto: tal vez los tonos progresivos estén pasando de moda, pero los grupos como Santana demuestran que el funk con aires latinos es una buena opción de futuro. Recluta a los hermanos Morales (Miguel y Ricky) para las guitarras; José Luis Tejada (el de los No) como segunda voz, Juan Vidal como teclista y Tito Duarte, que además de percusionista toca también flauta y saxo. Por otra parte ya ha decidido que no volverá al directo, y por lo tanto necesita un batería: Jose María Moll, un veterano cuyo último empleo ha sido junto a Juan Pardo, será fijo durante casi toda la carrera de este grupo. Y se da la afortunada circunstancia de que Tito es hijo del legendario Ernesto Duarte, que por esa época es uno de los jefazos de la RCA, así que ya se pueden imaginar ustedes cuál será el sello de esta nueva banda. Una nueva banda que se llamará Barrabas, sin acento, pensando ya en el mercado internacional, gracias al tremendo apoyo que ese gigantesco sello les va a proporcionar. 

Desde ese momento todo va a lo grande: Luis Eduardo Aute les diseña la cara del supuesto Barrabás en relieve, como busto, que pasará a ser la imagen promocional del grupo; habrá posters, camisetas… y en 1972 llega el primer disco grande, con el simple nombre de la banda (más sus singles correspondientes). El éxito es casi mundial: “Wild safari”, por ejemplo, es número uno en los States y otros cuantos sitios más. Iñaki ha estado haciendo la mili justo en esa época, por lo que se pierde gran parte de las grabaciones, pero llega a tiempo para añadir su voz; Fernando ha participado con su batería por última vez, ya que a partir de ahora su trabajo está al otro lado de las mesas de sonido. Por desgracia no todas son buenas noticias: en una redada pillan a Iñaki, junto a otros músicos, fumando sustancias ilegales; el castigo policial no es muy grande, pero Fernando lo echa del grupo (algún miedo tendría: tampoco él era un santo en lo relativo a tales sustancias. Por entonces casi nadie lo era). 

En 1973 llega el segundo disco, “Barrabas power”, otro éxito mundial. Tras su primera gira en España, surgen las ofertas para actuar en casi todos los países americanos y europeos. El tercero, “Soltad a Barrabás”, se graba en Estados Unidos y se aproxima al funky latino con tonos Motown de la época; en ese disco se incluye la legendaria “Hi Jack”, el mayor éxito tanto en las discotecas españolas como en las del resto del mundo, versionada por el mismísimo Herbie Mann. Barrabas son para entonces una máquina de hacer dinero, una banda cada vez más americana que realmente nunca fue muy popular aquí salvo por dos o tres éxitos, y que Fernando dirigirá hasta su ruptura en 1977; luego habrá otras reencarnaciones, pero ya no estará él. En todo ese tiempo, ha alternado su trabajo en el grupo con su labor de compositor, arreglador o productor para varios artistas, desde Micky o Miguel Bosé en España hasta Roberta Flack o José Feliciano en Estados Unidos; pero también desarrolló piezas sinfónicas, e incluso intentó recrear los Brincos a principios de 2000, sin éxito, claro. Murió tres años después, convertido en uno de los principales referentes de la historia musical española, aunque la mayoría de la gente joven no lo sepa. A continuación podrán escuchar dos de sus éxitos más tremendos; pero por si hubiese interesados en profundizar un poco más, les dejo aquí los tres primeros discos del grupo español más internacional de nuestra historia. 




lunes, 21 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (V)


Por lo general, los grandes artistas suelen ser de naturaleza inquieta: su nivel creativo será mejor o peor, pero siempre tratan de evolucionar (esa es la gran diferencia entre Miguel Ríos y Bruno Lomas). Ya vimos que solo queda un grupo en Madrid de la primera oleada, los Pekenikes, cuya carrera comienza a decaer a causa de su estilo instrumental, que los salvó en la década pasada y los liquidará en esta. Pero en Barcelona hay uno que ha sabido orientarse mejor: Lone Star. En realidad pertenecen a la segunda época yeyé, con más recursos artísticos, y acabarán convirtiéndose en uno de los mayores referentes de la música española. Comenzaron en 1963, cuando el rock and roll ya estaba decayendo; pero las influencias de Pedro Gené, su líder, eran casi vanguardistas gracias a que había vivido un tiempo en la Isla. Supieron mantenerse en la época del beat a pesar de que EMI les impuso una dedicación casi exclusiva a las versiones -que no eran su especialidad- y finalmente consiguieron demostrarle al sello su categoría y crear su propio material. Su época dorada comienza en 1968, y a principios de esta nueva década son la banda nacional más popular. 

1970 es la consolidación de su trayectoria actual, basada en el rock con tintes ligeramente progresivos y de vez en cuando con melodías de estilo oriental (una de las debilidades de Pedro aparte del jazz o el blues; no es frecuente tanta variedad de gustos entre los músicos modernos españoles). De todos modos Lone Star es sobre todo una banda de directo cuyos músicos están entre lo mejor del país, y EMI trata de aprovechar esa cualidad presentando un disco con trampa: se titula “Spring 70”, oficialmente grabado durante una gira que hizo el grupo en los primeros meses del año por Alemania y Suiza. Pero esa afirmación no se sostiene por mucho que lo diga el sello y la banda, porque el sonido es demasiado bueno y el supuesto “ambiente” (aplausos y silbidos) en muchos momentos no cuadra con la cadencia de las canciones. Ya por entonces nació la coña de que todo el público debía de ser emigrante -o sea, español- en vista del alboroto; pero a pesar de esa impostura estamos ante uno de los mejores momentos del grupo, con cuatro piezas originales magníficas y tres versiones bien elegidas (dos de Ray Charles y el “She’s not there” de los Zombies). Y poco después llega otra cumbre con la publicación de un single que contiene “Lyla”, donde ese tono oriental del que hablaba antes afecta incluso a la letra, un tanto llorona, sobre el amor imposible entre un árabe y una judía. La estructura musical es soberbia, y su éxito arrollador: estamos ante su canción más popular junto a “Mi calle”, que ya es decir. La cara B “No not my baby” es un blues rock de lo más solvente, y el año termina con otro single no tan popular pero muy digno: “Quiero besar otra vez tus labios / Lazy train”, cuyo planteamiento es parecido al anterior (melodía/rock). Creo que el mejor resumen del año está en la pieza que abre aquel supuesto Lp en directo y la inevitable Lyla: 



Las giras siguen durante 1971, pero hay un solo single bastante olvidable. Lone Star abandonan EMI en 1972 y se pasan a la diminuta Unic (del tristemente famoso conglomerado Diresa) al mismo tiempo que Sebastián Sospedra (un ex Salvajes) sustituye en el bajo a Rafael de la Vega. Su bautizo en el nuevo sello es inmejorable: tras un single que sin ser una joya se vendió bastante bien, publican otro de esos Lps que lucharán por el título del mejor en su carrera: “Es largo el camino”. Una de sus virtudes principales es que suena como un producto orgánico, con un sonido muy equilibrado y uniforme, lo que podría llevar a pensar, como hacen algunos, que estamos ante un disco conceptual. Aquí vemos las tendencias más marcadas de Pedro: su debilidad por el papel de crooner en baladas rockeras (“Nathalie” o “Maybe tomorrow”, con acompañamiento orquestal), la vena hard/heavy que irá marcando al grupo a partir de ahora (la excesiva “I got nobody”, con solos e improvisaciones al estilo Deep Purple) o los arreglos progresivos y jazzísticos de “Pájaro de fuego”, un verdadero compendio de estilos. Se le pueden achacar algunas estrofas un tanto infantiles, blandengues (en ese sentido Pedro tiene el mismo problema que Miguel Ríos), y ese afán por buscar el desgarro y los tonos altos en la voz, que a algunos nos sigue pareciendo más justita de lo que piensan sus fans. Pero, sin atreverme a decir que sea su mejor disco, tiene un nivel alto, y aquí les dejo dos muestras. 



Lone Star llevan ya diez años de carrera, y la consecuencia es la clásica en las bandas de rock: técnicamente son de lo mejor de España, con un directo imbatible, pero su creatividad comienza a resentirse. Los tonos orientales ya cansan un poco y el rock progresivo tal vez más aún: ese estilo está decayendo en la Isla, por extensión en Europa, y Pedro, que está muy al día, lo comprende pronto. Así pues, él y su banda tomarán el único camino que parece factible para los grupos veteranos de aquella época: se basarán en el hard rock con tintes cercanos al heavy -que funciona muy bien en directo, su principal fuente de ingresos. Esa decisión les da buen resultado a corto plazo, ya que en verano del 73 publican su disco más popular y vendido: “Adelante rock en vivo”. Una vez más estamos ante un truco, ya que ese “vivo” no es más que unos cuantos colegas aplaudiendo en el estudio, pero en fin: digamos que es una grabación de estudio con sonido ambiente. Su contundencia encantará a los más rockeros e irá alejándonos a los demás; pero eso sí, como siempre el sonido y la ejecución son muy buenos. Aquí tienen la pieza que lo abre, con la ya legendaria presentación que hace Pedro en plan poético explicando por qué se metió en esto del rock and roll, y “Canta conmigo el rock and roll”, que publicada en single fue otro cañonazo.



A partir de ahí comienza el ocaso gradual de la Estrella Solitaria. Entre las idas y venidas de personal destaca la que se produce justo tras la publicación de aquel disco “en vivo” del 73: se marcha el batería Luis Masdeu, que había vivido los mejores años del grupo, y es sustituido por José Vilaseca, el legendario Tapi, que ya tiene un buen historial (Vértice, Maquina, Tapiman). En 1974 tienen el honor de actuar en el Palau de la Musica, pero solo publican un single porque la huida de su productor (un mafioso que dejó a la banda sin cobrar un duro por royalties) causó el hundimiento de la distribuidora Diresa e impidió la publicación de “Oveja negra”, un nuevo Lp que no se vería hasta 1979 (su distribución fue ínfima, y para entonces sonaba desfasado). Ese hecho ocasionó la casi total dispersión del grupo, aunque Pedro no se desanima, busca entre sus viejos amigos y en 1975 firma con un nuevo sello diminuto (Diplo) donde publica el año siguiente “¡Síguenos!”, un disco defendible aunque un poco deslavazado; lo mejor, una larga y creativa versión del “Ol’ man river”. Luego ya dejé de seguirlos; sé que el grupo aún mantuvo el tipo durante un tiempo entre progresivo, sonidos ocasionalmente cósmicos y sobre todo mucho rock duro, que les permitió defender un directo muy solvente hasta el final -duraron casi hasta mediados de los 80. Creo, y no soy el único, que Pedro se dejó llevar por los fans enfervorecidos que aplaudían su pose rockera y sus gritos desgañitados, cuando por su especial formación académica podía haber seguido otros caminos (y en cada disco suyo hay ejemplos). Pero ya todo ha pasado, y ahora lo que nos queda es recordar sus mejores momentos: aquí está un ramillete con lo más florido de su carrera en esta década.