Jaume Sisa, el cantante galáctico, es el otro geniecillo catalán junto con Pau Riba cuya obra encandila por igual a norteños, mesetarios y gentes del sur. Sisa además ha trabajado en varias ocasiones suministrando piezas para las compañías de teatro más vanguardistas de su tierra e incluso actuando como "maestro de ceremonias" o algo parecido, así que, entre unas cosas y otras, era frecuente verlo recorriendo España entera. Incluso ha habido épocas en las que tanto Riba como él llegaron a ser más apreciados fuera de Cataluña que allí, donde por las razones "antipatrióticas" causadas por su acracia siempre se les ha visto con una cierta carga de sospecha. Pero en ambos casos su música, con ser atípica, resulta mucho más interesante que la de la mayoría de sus paisanos.
En la primera visita que nos hizo, a principios de la década, ya vimos que había muchas similitudes entre ambos, salvo por su extracción social: nacieron en Barcelona con un mes de diferencia, comenzaron militando en el Grup de Folk por oposición a Els Setze Jutges, son cantautores con una clara vocación poética, sus primeras piezas grabadas son de finales de los años 60 y, descontando su participación en algunas agrupaciones fugaces, su obra propia no es muy extensa hasta este momento porque tanto uno como el otro desaparecen de escena en 1971. En cambio las antiguas preferencias de ambos por el folk y la psicodelia han evolucionado de modo distinto, y a día de hoy Riba se orienta más hacia el rock mientras que Sisa es un apasionado de estilos tan anacrónicos como el bolero o las habaneras: se ha convertido en un poeta de music hall, para resumir. Su único disco grande hasta este momento es "Orgía", una obra deslumbrante y tan aclamada como el "Dioptría" de Riba, pero en su momento tan minoritaria como aquella (en ambos casos tendrán mejor suerte con las reediciones que cuando fueron publicadas). Y mientras Riba se había retirado a Formentera, Sisa se buscó la vida con unos cuantos empleos de lo más variado hasta que en 1975 vuelve a la farándula, como su amigo. Ha tenido tiempo para confeccionar un buen repertorio y actúa con frecuencia en Zeleste, que justo por entonces amplía su negocio creando un sello musical; por esa casualidad, el disco que inaugura dicho sello será "Qualsevolt nit pot sortir el sol", la consolidación de Sisa en el Olimpo de los grandes cantautores. Y el disco más vendido de Zeleste, por cierto.
"El proceso de grabación fue azaroso y casual, como casi todo lo que he hecho a lo largo de mi vida. Lo produjo Rafael Moll (productor de Serrat, por ejemplo) y los músicos los encontramos entre ambos. No sabíamos qué buscábamos, e íbamos probando. Entonces todo estaba por hacer: estaba el rock y el pop en estado puro, la basura del sinfónico, no había punk ni heavy ni tecno. En realidad era un tiempo bastante inocente. La psicodelia ya iba de bajada, y yo estaba en la pecera con mis cosas: el Paralelo barcelonés, el music hall, las variedades, la canción de autor... Íbamos improvisando sobre la marcha, no había un género claro (...) Venía de cinco años sin grabar, viendo como todas las compañías rechazaban mi maqueta sin contestar. Tenía hambre de grabar y meterlo todo; aunque detestaba el sinfónico, si no llega a ser por Rafael lo hubiese hecho. ¡Tenía tanta hambre atrasada!". No hay mucho que añadir, porque en cuanto uno se pone a escuchar este disco se reafirma una vez más en la incomprensión sobre el negocio musical: de nuevo surge en todo su esplendor el paralelismo entre la genialidad de Riba y la de Sisa, aunque su obra no se parezca ya en nada; y asombra, y duele que haya tenido que andar peregrinando de sello en sello con esta maravilla bajo el brazo. Es una colección de canciones cuyo nexo de unión es la nostalgia en sus múltiples variedades, una nostalgia envuelta en esos estilos tan "casposos" que Sisa rescata; esos estilos que quizá la gente tan moderna como nosotros ya había elegido olvidar aunque forman parte de nuestra infancia, esos estilos que probablemente rechazábamos con gesto de superioridad. Esos estilos ensoñadores -ahora vemos que también intemporales- que, por supuesto, forman parte del universo del pop. Me limito a adjuntar dos perlas: la segunda, que cierra el disco y le da título, es la más famosa de toda su carrera y forma parte del acervo sentimental de nuestra generación. Y para censura de la época también tuvo su enjundia: alguna insidia imaginada, alguna velada alusión debieron ver en la ensoñadora letra de aquel canto para que Sisa (que "aún encima" había manifestado poco antes ser ácrata) fuese el único músico vetado en aquel primer festival de Canet, cuando su nombre ya estaba impreso en el cartel.
Aquel éxito superó todas las expectativas, demostrando que la juventud nacional podía ser moderna, marchosa y tener una cierta sensibilidad al mismo tiempo; gracias a ello, Sisa pudo abandonar sus pluriempleos y dedicarse con exclusividad a su adorada tarea de juglar urbano. Como dije antes se trata del disco más vendido en toda la historia del sello Zeleste, que de pronto veía como su arriesgada apuesta les había salido bien a la primera, y no solo en Cataluña: a pesar del idioma, las ventas fueron sustanciosas en todo el país (otra cosa es lo que pasó luego, que tomando la parte por el todo creyeron que lo catalán era el futuro, pero en fin). Sisa mientras tanto comienza a recorrer la geografía nacional y prepara su nuevo disco, que se presenta un año después con el título de "Galeta galactica" y que va en la estela del anterior comenzando por la producción, de nuevo a cargo de Moll. La apertura con "El cabaret galàctic" lo resume muy bien: ese ritmo, esa letra, esos coros, esa entonación... Deliciosa. A veces sorprende con alguna incursión en los mundos cercanos al folk blues; es el caso de "A sota l'alzina", con un violín (Xabier Riba, el hermano de Pau) que me recuerda a Don Harris en la buena época de Mayall. El tono casi rockero corre a cargo de "Taronges i arrós", aunque siempre mediatizado por esos coros tan cercanos, tan de patio de colegio. Por haber, hay hasta un viaje a la Italia de ensueño, la del estilo "o sole mio", en la que Sisa (que siempre se ha declarado fan de la canción italiana y el Festival de San Remo) nos descubre sus infinitas posibilidades camaleónicas cantando en italiano, por supuesto: con un título como "Tarda solitaria vora el port d'un tenor italiá" no hace falta extenderse más. El cierre con "La primera comunió" es, simplemente, grandioso: a tono con el acto, el órgano da entrada a la voz que, entre recitado y canción, nos describe los posibles fondos decorativos ("viejas columnas, palacios y museos, mesas de mármol...") para una comunión insólita. Esa escueta letra surrealista se acompaña de coros alados hasta que de pronto la pieza se convierte en una especie de folk rock que esta vez casi recuerda a la Fairport Convention -también de los buenos tiempos- y en la que Sisa repite obsesivamente la estrofa central: "Hemos de hacer la Primera Comunión / en el balcón / disfrazados de caballos". Para mí, esta es una de las canciones más brillantes de su carrera... pero no me hagan mucho caso.
Su época dorada se culmina en 1977 con "La catedral", un disco doble que estuvo preparando durante casi dos años y cuya grandiosidad va acorde con el título aunque algunas canciones, por falta de presupuesto, se grabaron finalmente en condiciones precarias. De él dice Sisa que "guardo un recuerdo extraordinario, porque nos fuimos todo el equipo de músicos a una masía durante quince días, haciendo y grabando… Bueno, algunas canciones ya las tenía hechas, otras las acabé allí, las cambiábamos, las arreglábamos… Digamos que fue muy bonito todo el proceso. Vivíamos y cantábamos, y tocábamos, todo a la vez, sin solución de continuidad, y así salió el disco, con esa atmósfera. Después lo completamos, recuerdo, con dos o tres canciones más que grabamos en Barcelona en un estudio, y alguna, una o dos entre el camerino y el almacén de Zeleste. Por eso hay sonoridades muy diferentes y panoramas tímbricos muy variados. Sí, creo que es un disco que quedó muy completo". El resultado es otra de esas obras magnas no solo ya de su carrera, sino por extensión de la música de los años 70. Es curiosa la vocación "orgánica" que tiene el disco a pesar de esas "imperfecciones" causadas por el corto presupuesto, porque después de escucharlo unas cuantas veces a mí por lo menos me recuerda -otra vez- a "Dioptría": hay varios tonos distintos, hay varias atmósferas supuestamente ajenas, pero al final todo cuadra. Y aunque él parece pretender que las letras tengan mayor protagonismo que la música (de nuevo una sublimación de la tristeza esperanzada, o no), esa colección de estilos y de ritmos lo convierte en una brillante síntesis de toda su obra hasta ese momento. Una vez más, sus canciones se comentan solas: he aquí dos tan lejanas entre sí que resumen muy bien el tamaño de esta nueva galaxia.
Sisa compagina su trabajo a título personal con sus colaboraciones con grupos de teatro, y en 1979 presenta junto a Dagoll Dagom "Antaviana", obra deliciosa que recorre prácticamente toda España; solo con "Cançó i dansa de l'arlequí" sería suficiente para comprar el disco: se tenga la edad que se tenga, mientras nos emocionemos con esa canción seguiremos vivos. Es una época febril en la que tras un disco más enérgico como "La màgia de l'estudiant" recrea algunas clásicas junto al grupo Melodrama en un falso directo. En los 80 seguirá a ese ritmo, alternando unos trabajos y otros hasta que surge su primer heterónimo: Ricardo Solfa, cantante de boleros y baladas de amor. Al igual que Riba o cualquier otro su época dorada ya había pasado, pero hasta hace bien poco siguió escribiendo música; que sea más o menos brillante no lo voy a discutir, pero este señor es sentimiento puro, y eso no se paga con dinero.






