martes, 19 de mayo de 2026

Estados Unidos a medio camino en los 60 (I)

Tras el vendaval que supuso la Invasión Británica a todos los niveles, los músicos estadounidenses quedaron plenamente actualizados en muy poco tiempo. No hay más que ver la evolución que sufrió el llamado “rock de garaje”, surgido poco antes de que llegasen los invasores: hasta ese momento su influencia más novedosa era el surf, pero la publicación en aquel país de los primeros singles de Kinks, Stones, Them y otros cuantos cambió completamente el panorama. Gracias a los isleños descubrieron la enorme riqueza y amplitud del rhythm’n’blues, pero también la necesidad de un cambio en su comportamiento escénico, que en comparación con la agresividad de los británicos resultaba un tanto acartonado: aquellos magníficos cortes de pelo y sus impolutas vestimentas, tan uniformes, daban una imagen demasiado “sumisa” para el tipo de público al que se dirigían. 

A partir de 1965/66 esas bandas de garaje comenzarán a tener una personalidad cercana pero reconocible con respecto a sus colegas británicos. En la Isla el pop eléctrico tiene una vida propia al margen de las bandas de r&b, aunque su importancia será menor y por lo general se restringe al mercado del single (mucho tiempo después será definido como “freakbeat”); en Estados Unidos el pop sigue sufriendo el estigma de una excesiva inclinación mainstream, y el cruce con el r&b lo hace el surf, especialmente en la costa Oeste. En consecuencia las pequeñas bandas que hacen el tránsito hasta la psicodelia suelen ser eminentemente rockeras; lo cual implica que cuando llegan aquellos vapores lisérgicos, en Estados Unidos podríamos hablar de dos corrientes: el rock ácido por una parte y el folk psicodélico por otra. A medida que el pop vaya ganando reconocimiento, y salvo muy marcadas excepciones como la de los Beach Boys, esa vena es mucho más reconocible -y ligera- en la costa atlántica. 

Precisamente este asunto de las diferencias entre una costa y la otra es cada vez más evidente. Hasta la llegada de los isleños, debido a la ignorancia en la que los músicos y el público blanco mayoritario vivían con respecto a la música afroamericana, las cosas eran bastante simples: había un cierto antagonismo rural/urbano, con una mayor predominancia del country o el rockabilly entre los aficionados sureños (mayoritariamente en el mundo rural) y los grupos de garaje en el norte, además de que el highschool aún estaba viviendo una buena época. Por su parte, los aficionados afroamericanos también tenían su escala de valores: en el mundo de la música profana, el ya decadente blues del Delta gozaba todavía de un amplio número de seguidores frente al cada vez más potente blues de Chicago. En cuanto a la de origen religioso, ya por entonces se estaba viviendo un cisma: el góspel, omnipresente en las iglesias segregadas del sur, se había convertido en la raíz involuntaria del naciente soul. 

Pero esas diferencias se van diluyendo, sustituidas por otras: en cuanto a los blancos, la mentalidad hippie comienza a impregnar el panorama en la costa oeste, sobre todo California, mientras que especialmente en Nueva York y el estado de Michigan los herederos directos del garaje más agresivo comienzan a desarrollar un rock de alto voltaje, y su mentalidad oscila entre la militancia política (los MC5) o el nihilismo (Stooges o Velvet Underground). En cuanto a los afroamericanos, el soul se va a convertir en el estilo definitorio de esa raza para mucho tiempo: partiendo del cruce que mayoritariamente protagonizan el góspel y el r&b, lo primero que llega es el Southern Soul (o deep soul, como quieran llamarle), seguido por aquel primo lejano poppy que nace en la Tamla Motown; luego, con el paso del tiempo, llegará el funk o el Sonido Filadelfia. Mientras tanto el blues alcanza una especie de mestizaje en combinación con el rock blanco, que aun siendo por lo general muy respetuoso con las esencias del género dejará su impronta. 

A medida que se va aproximando el final de la década, tras el tiempo de la psicodelia, el panorama será muy amplio: desde el jazz rock de fusión hasta el country rock, el folk o el free rock todo es posible. Sin embargo y salvo muy honrosas excepciones, la mayoría de los músicos que se aventuraron en los estilos más vanguardistas tuvieron que probar fortuna y ser bendecidos en la Isla antes de alcanzar un mediano éxito en su propio país. Quizá la diferencia fundamental entre Estados Unidos y la Isla, una diferencia que aún existirá en los años 70, es que la masa del público americano suele ser más conformista que la británica, no es muy amiga de las “músicas raras”. Por otra parte las diferencias geográficas seguirán teniendo mucho protagonismo, y es tan infrecuente ver una banda country en Nueva York como a Velvet Underground en Texas, pongamos por caso. 

Bien, pues este es a grandes rasgos el panorama que nos espera en nuestro segundo viaje sesentero a Estados Unidos; un viaje con mucha más amplitud, ya que como digo arriba las malas artes de los isleños lo han revolucionado todo. Así que vamos allá…

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