"Para mí los Grateful Dead son la banda más americana de todas, porque cada músico partía de una situación completamente diferente y lograron que funcionara. Uno viene del bluegrass, otros es un armonicista de blues, hay un guitarrista folkie, un batería de r&b, un compositor clásico de vanguardia que se pasa al bajo… Y entonces reúnes todo eso, disuelves los egos con ácido y revuelves vigorosamente: eso es la música de los Grateful Dead."
Dennis McNally
“Odio todos mis discos. Grateful Dead no hacían buenos discos.”
Jerry García
“Éramos, ante todo, una banda de baile. Estábamos ahí para dar caña. Y en el estudio, el ambiente nos resultaba demasiado estéril porque allí no había nadie a quien darle caña, solo un montón de micrófonos”.
Bob Weir
Los Grateful Dead, nuestros visitantes de hoy, son otra forma de entender el fenómeno juvenil que simboliza la ciudad de San Francisco. En lo musical no tienen nada que envidiar a unos Jefferson Airplane -de hecho su formación es bastante más amplia-, pero siguen unas pautas que básicamente son el reflejo de su criterio existencial, por decirlo en fino: ellos son el ejemplo más destacado de colectivismo hippie, un modo de vida en el que al menos en teoría no hay unos personajes más sobresalientes que otros sino que cada uno tiene su papel, su función y su relevancia como miembros de un proyecto común. Para Jerry García, su portavoz habitual, en esa agrupación el músico es un obrero más, cuya forma de servicio consiste en ejecutar una función ritual de entretenimiento que se convierte en profesión. Como consecuencia sus actuaciones a modo de happenings se hacen legendarias, hasta el punto de que un verdadero aficionado a los Dead no es un fan corriente: los “Deadheads” son una pequeña masa de seguidores que va creciendo con el tiempo y que sigue al grupo por medio país, viviendo cada actuación como si fuese una liturgia. Así, ese concepto de comuna se extiende a sus propios fans, con lo cual estamos ante una especie de familia numerosa que se arrulla entre vapores lisérgicos y largos desarrollos musicales, jams que en muchos casos no tienen un principio y un fin definidos, sino que van discurriendo según el día. Como consecuencia suele haber un desfase bastante evidente entre sus incontables directos y los discos en estudio, que no reflejan con propiedad su naturaleza.
La historia comienza a principios de 1965, cuando se constituye un grupo de músicos de diferentes procedencias pero que se han ido curtiendo en bandas de bar. De hecho, en sus inicios se consideraban como una jug band; fue la influencia de los Beatles y luego Lovin’ Spoonful lo que los llevó a ser una banda eléctrica. Reunidos bajo el nombre de Warlocks, la formación queda así: Jerry “Capitán Trips” García es el guitarra solista; Bob Weir el rítmica; al bajo está Phil Lesh; el teclista es Ron “Pigpen” McKernan, que también toca la armónica, y a la batería tenemos a Bill Kreutzmann. Las voces principales son las de García y Weir, pero todos pueden intervenir; a mayores es muy frecuente que les acompañen otros músicos, sobre todo en directo. Cuando ya habían alcanzado un pequeño prestigio en la ciudad, se enteran -como Velvet Underground en Nueva York- de que ya hay unos Warlocks circulando (de ahí saldrán ZZ Top, por cierto) y en diciembre cambian a The Grateful Dead: Garcia encuentra esa denominación en un diccionario, referida a un cuento en el que un espíritu muestra agradecimiento porque un donante desconocido le ha otorgado un entierro digno. Su primera actuación bajo ese nombre fue en una de las fiestas contraculturales que bajo el nombre de “Acid Test” organizaba el escritor Ken Kesey, una de las figuras más destacadas de la Beat Generation. Y en un nuevo juego de influencias, fue básicamente el espíritu de ese mundillo el que los llevó a la psicodelia no solo como una alternativa musical, sino como un modo de vida.
Desde ese momento, constituidos ya al estilo de las comunas, sus actuaciones van ganándose un lugar en la leyenda, primero californiana y luego a escala nacional. Pero también desde entonces queda claro que las grabaciones en estudio no les harán justicia nunca: “No preparamos el repertorio de antemano; preferimos improvisar sobre la marcha antes que seguir un guion escrito”. Esa es la idea central que los mueve, y también la razón por la que a día de hoy se conservan más de dos mil actuaciones en unos u otros formatos, legales o no. En cualquier caso los sellos de la zona andan al acecho de todo lo que pueda sonar a “psicodélico”, y finalmente Joe Smith, uno de los grandes jefazos de la Warner, les ofrece un contrato a finales del 66 (“Era una relación curiosa. Siempre me decían que nunca entendería su música hasta que me tomara un ácido. Y yo les respondía: “¡No! ¡No voy a comer ni a respirar cerca de vosotros!”). Meses antes habían grabado un single en un diminuto sello de la zona (Scorpio), pero de una tirada inicial de 500 copias se destruyó al menos la mitad porque el grupo se querelló contra Scorpio, que lo había publicado sin su consentimiento, para sacarlo de la circulación. Según García, “Nunca participamos en la mezclas, y no nos gustaron nada los cortes; las interpretaciones eran malas, las grabaciones eran malas y todo lo demás era malo, así que no queríamos que saliera. No suena a lo nuestro”. Bueno, pues a ver qué opinan ustedes: se trata de dos clásicas que reescribe el propio Garcia y quedan así:
Smith les garantiza libertad para elegir el repertorio pero les concede poco tiempo para grabarlo, y en menos de una semana tienen preparado material suficiente para un disco grande. Al frente de la producción está David Hassinger, cuyo ascenso a esa categoría es muy curioso: Jefferson Airplane lo habían elegido como ingeniero de sonido en “Surrealistic pillow”, tras admirar su trabajo en la mayoría de las grabaciones que estaban haciendo los Stones en Estados Unidos; siguiendo ese rebufo, García y sus colegas le dan plenos poderes para dirigir la obra al completo. A mediados de marzo se lanza un primer single con dos de las canciones que van a incluirse en él: “The golden road (to unlimited devotion” y “Cream puff war”, que curiosamente son las dos únicas compuestas por la banda; la primera figura a nombre de “McGannahan Skjellyfetti”, un juego de palabras que indica la autoría de todos ellos (aunque no volverán a usarlo), mientras que la segunda es obra de Garcia. Ambas, especialmente la cara A, parecen pensadas para la radio, para esa FM que comienza a escucharse masivamente por toda la costa oeste: es alegre, muy rítmica, con un magnífico gancho pop/rock; la otra es un puro y magnífico rock de garaje, muy potente. En conjunto, este es uno de los artefactos más comerciales (en el buen sentido de la palabra) que publicaron los Dead en toda su historia.
Casi al mismo tiempo llega el Lp, cuyo título es homónimo. Como dije antes, salvo las dos piezas del single, las demás son versiones; lo cual en teoría no tiene mucha importancia, debido a su naturaleza de grupo basado en el directo y la improvisación. Es decir, que esas canciones u otras cualquiera son únicamente “guiones”, sobre los que luego los Dead desarrollan su trabajo. Sin embargo hay una diferencia de raíz entre ese trabajo al aire libre, donde van convenientemente “animados” por las substancias psicotrópicas, y la actitud que muestran en estudio, donde según Weir “nunca tomamos ácido, al menos en los primeros tiempos. Y no estoy del todo seguro de por qué no; supongo que hubiera sido contraproducente, no parecía propio de un entorno profesional. Echarse el día tomando LSD para luego estar prácticamente fuera de combate al día siguiente, que es más o menos lo que pasaba… No sé, no creíamos que pudiéramos permitirnos eso”. Y en consecuencia, esas versiones suenan con toda la calidad técnica que se les presupone; pero es evidente para los fans más acérrimos que ahí falta algo. Según quienes los vieron por entonces, esas piezas tradicionales como “Good morning, little school girl” o “Sitting on top of the world”, con ser exquisitas -y muy personales- en su ejecución, suenan casi “antinaturales” en el formato de disco. Y aunque de todos modos muchos de esos fans lo comprarán, ya por entonces comienzan a buscar cualquier grabación suya en directo, sea pirata o no, suene bien o no. Solo hay una excepción, a medias, en este primer disco: “Viola Lee blues” la canción que lo cierra, es la única que, según Phil Lesh, se parece un poco en estilo y ejecución a lo que hacían en directo. Dura diez minutos y pico; al parecer la fueron desarrollando en cada una de las noches que duró la grabación del disco, tras terminar con el resto del repertorio, y es verdad que ahí encontramos a la banda mucho más suelta, más real, variando ritmos y tiempos, con ese brillante protagonismo que alcanza la guitarra: ahí podemos hacernos una idea relativamente aproximada a lo que eran Grateful Dead. En cuanto a las ventas, anduvieron rozando el top 70; lo cual tiene su mérito, ya que al igual que los Airplane poca gente los conocía fuera de California. De todos modos, por la naturaleza de su música y aquel desfase entre directo y estudio, nunca alcanzarán la popularidad mediática de sus colegas.
… Pero el concepto de “popularidad” puede ser muy subjetivo, y si no que se lo digan a los Deadheads; así que a disfrutar, muchachos. Por nuestra parte, les dedicamos una muy sentida reverencia y los emplazamos para nuestra próxima visita californiana.


De lo que conozco, nunca me ha impresionado demasiado este grupo y alguna de esas sesiones con grabaciones piratas y similares, son muy pesadas oídas en el 2026. Otra cosa es su influencia en aquel movimiento hippie de San Francisco y su trascendencia más allá de lo musical. Pero en este último territorio, en sus discos de estudio, no son para mí especialmente interesantes sin negarles su talento.
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