martes, 25 de junio de 2013

España: la travesía del desierto (XV)


Hoy damos la bienvenida en este tugurio al grupo que con el paso del tiempo se convirtió en la gran alternativa catalana al poderío madrileño: Lone Star, otro de esos nombres míticos en la historia musical española. Su perseverancia es admirable, ya que consiguieron cumplir veinte años de carrera a pesar de que su extensa producción discográfica es irregular -en parte y una vez más por culpa de los sellos discográficos que les tocaron en suerte. De algún modo me recuerdan a Miguel Ríos: corredores de fondo como él, han quedado en la memoria colectiva de dos o tres generaciones; el conjunto de aciertos y errores está muy equilibrado, y el apelativo de “La Leyenda” con el que los aficionados los bautizaron podría ser compartido. 

La historia de Lone Star -aunque ha tenido muchos y muy grandes músicos- es básicamente la de Pedro Gené, su cantante y compositor principal, que también puede tocar guitarras y teclados. Como cantante, seamos honestos, tiene puntos débiles: su tono es a veces lastimero, y cuando quiere llegar a las notas más altas parece que se nos desgañita. Sin embargo sabe hacer de la necesidad virtud, y otras veces es precisamente esa voz la que realza el espíritu de algunas canciones. Lo curioso de Pedro es que no iba para rockero sino para sinfónico: nacido en una familia acomodada de Barcelona, ingresa con nueve años en el conservatorio del Liceo, donde obtiene matrículas de honor consecutivas en todos los grados; con dieciseis -sin haber terminado aún la carrera- ya es un concertista de piano que actúa en media España, y aunque los catedráticos insisten en que se centre exclusivamente en el instrumento cursa también la carrera de Profesor Mercantil. Por fin en 1959, becado por el Liceo, marcha a la Isla con el objetivo de perfeccionar sus estudios musicales. 

Sin embargo esos estudios se degradan. La Pérfida Albión, los mayores lo sabemos, es un peligro para la moralidad y el buen tino de los jóvenes incautos, y el pobre Pedro es tentado allí por las músicas ratoneras que proceden en ese momento de los States via Liverpool, por el sonido maléfico de los aparatos eléctricos. Y, abrumado, cae en el vicio: a su vuelta a la virginal España, a sus padres les da un patatús cuando se presenta en casa acompañado de una guitarra eléctrica y les informa de que ha decidido abandonar la Música para dedicarse al rock and roll, el blues y seguramente algunas atrocidades más de las que sus progenitores ni siquiera han oido hablar. Tras convencer a otros compañeros del conservatorio tan descarriados como él, comienzan a actuar en algunos locales de Barcelona con el nombre de “Conjunto Lone Star”, que pronto se hace conocido por la destreza de sus miembros y lo novedoso de su repertorio, en gran parte ignorado en la ciudad, en el país entero; y la noticia llega a oidos de EMI, que los ficha en 1963 y lanza su primer EP. En ese momento, Pedro canta y toca la guitarra acompañado de Rafael de La Vega al bajo, Enrique López a la batería, Enric Fuster al piano y la segunda guitarra que maneja un holandés que pasaba por allí, llamado Willy Nab. Ese disco ya tiene de todo, desde una guajira revolucionada hasta una balada de Elvis; pero quizá lo más destacable sea “My babe”, una pieza compuesta por Willie Dixon e interpretada en 1955 por Little Walter (ambos sobradamente desconocidos aquí por entonces) que Pedro y sus muchachos convierten en un cruce de blues con rock and roll. Fíjense en la voz del otrora niño prodigio: la brujería ratonera lo ha poseído completamente. 

Los jóvenes modernos catalanes están encantados: ya tenían a Los Gatos Negros y ahora también a Lone Star, que aún encima parecen superarlos. Barcelona se anima. Pero al igual que los Gatos, la Estrella Solitaria también ha de sufrir las cacicadas de su sello discográfico, ya que el siguiente disco, aún en 1963, es un batiburrillo de baladas en español, inglés e italiano que desilusiona a sus fans; un disco en el que el Conjunto Lone Star pasa a ser definitivamente cuarteto, tras la marcha de Enric Fuster. Y la cosa no pinta bien a principios de 1964, aunque por lo menos podrán presumir de que EMI les autoriza a grabar la única pieza propia que hay en su repertorio hasta dos años después: la sentimental “Peggy”, escrita por Pedro y dedicada a su novia, su futura señora de toda la vida. Casi a continuación hay un decisivo cambio de guitarrista: se despide el holandés Nab y entra Joan Miró, otro antiguo compañero del Liceo que junto a Pedro y por más de una década formará la base del grupo. En verano cae por fin la palabra “conjunto”, y ese hecho parece revivir un poco la lánguida trayectoria que estaban siguiendo: pronto se nota la benéfica influencia de Miró en versiones como “Shakin’ all over” de Johnny Kidd. Pero la gran campanada viene incluida en el último disco de ese año: Lone Star ataca “La casa del sol naciente” haciendo una versión magnífica que relanza su carrera y los coloca en los primeros puestos de las listas. Aunque esta pieza ha sido versionada por muchos grupos españoles, pienso que la suya es la mejor. 

En 1965 Lone Star ya son tan respetados en Madrid como en Barcelona; y ese hecho parece impresionar a EMI, que afloja un poco sus exigencias y les permite elegir casi con total libertad el material a versionar, aunque de momento las piezas propias seguirán prohibidas. Esta es una época en la que tanto ellos como la mayor parte de los grupos nacionales están abandonando el rock and roll para impregnarse de las influencias isleñas, es decir, el beat y el r’n’b. Y los dos discos que publican este año son un buen ejemplo: además de nuevas incursiones en el repertorio de los Animals, tenemos también a los Beatles, Stones y Kinks. De estos últimos se atreven nada menos que con la divina “All day and all of the night” y salen con bien del envite, haciendo otra de esas versiones que nos reconcilian con el maltrecho panorama musical patrio.


Así pues, Lone Star terminan el primer quinquenio de los años 60 con las mejores esperanzas de futuro: aunque a Joan Miró le toca ir a la mili, en 1966 y al igual que los Gatos grabarán su primer LP, ya con la mitad del material propio; y el año siguiente se acabarán las versiones, y… seguiremos informando. 


martes, 18 de junio de 2013

España: la travesía del desierto (XIV)


Bienvenidos a Barcelona. Cuando comenzamos nuestro viaje turístico por las catacumbas yeyé españolas vimos que la proximidad de esta zona a Francia e Italia daba a los aficionados nativos la posibilidad de acceder a esas músicas con más facilidad que en el resto del país. Como consecuencia la zona mediterránea se halla más influenciada por los cantantes italianos y franceses que por los ritmos norteamericanos que los de Madrid oyen gracias a la base de Torrejón, y eso hace que el espíritu de la mayoría de los conjuntos de esta zona sea más melódico que rítmico (veremos que en Valencia pasa algo parecido). Por otra parte y como consecuencia de lo anterior, no hay prácticamente grupos ni piezas instrumentales: el surf, que entre los madrileños causa furor, es un estilo muy poco trabajado aquí. El mejor ejemplo lo tenemos en el Dúo Dinámico, que incluían algunos temas con un suave matiz rockero o country en un repertorio cuyo peso principal estaba en la balada o las canciones de espíritu netamente latino; y algo parecido sucede con los Pájaros Locos, el grupo que a efectos contables sería el pionero en la ciudad. Claro que con ese nombre cualquiera se imagina a unos muchachos con tupé y una fuerte tendencia al rockabilly; es más, en el bombo de su batería figura precisamente el entrañable pajarraco, cuando Loquillo y los Trogloditas aún andaban con chupete. Pero, salvo alguna excepción un poco más movida que el resto, su repertorio no llega a la altura de los dinámicos. Otra cosa son los Gatos Negros, que se comen a los pájaros con plumas y todo: esos son los grandes pioneros yeyés barceloneses, y su carrera durará toda la década. 

Allá por 1958, en la Escuela Industrial de Barcelona, se conocen Manuel Sanfeliú y Ernesto Rodríguez: el primero, aficionado al saxo y la guitarra; el otro, a la batería. Solo por pasar el tiempo, se reúnen con frecuencia en casa de Manuel y ensayan con cualquier instrumento rudimentario que tengan a mano; pero tras algunas actuaciones universitarias comienzan a hacerse conocidos, y eso les decide a crear un grupo que, con idas y vueltas, queda definido a principios de 1961: los Gatos Negros. Un poco antes Ernesto había hecho unas cuantas actuaciones de sustitución en Los Pájaros Locos, y convence a su bajista y cantante Piero Carando para que se venga a la gatera donde ya están esperando otros dos fichajes: Carlos Maleras, teclista, y José Mesa como guitarra principal. El director del Hotel Colorado, en Calella de Mar, es fan suyo y los había contratado el año anterior, cuando eran todavía un proyecto; en el verano del 61 vuelve a hacerlo con más razón aún, ya que el grupo está consolidado, y en una de esas noches veraniegas se presenta en el hotel un visitante francosuizo que con poco más de treinta años había abandonado la dirección de orquestas sinfónicas y trabajaba en el sello Belter como ingeniero técnico y ocasionalmente cazatalentos: ese raro especimen se llama Alain Milhaud, y dentro de poco será un personaje imprescindible en la historia de la música española. 

El bueno de Alain se sorprende: son el primer grupo catalán que ha oído hasta ese momento cuyo repertorio se basa casi totalmente en los ritmos americanos; una rareza, en aquella zona de canciones melosas para baile “agarrado”. Así que, muy ufano, se presenta ante sus jefes y los convence para que den una oportunidad a aquellos chicos. La contestación es afirmativa, pero el presupuesto ridículo: una pista para la voz y otra para los instrumentos es todo el despliegue que Belter emplea en la grabación del primer EP de los Gatos Negros, a finales de 1961. Un disco revolucionario, teniendo en cuenta que estamos en Barcelona: “Locomotion” y “Speedy Gonzalez”, inevitables en el repertorio de los grupos madrileños, más “What’d I say” y “C’mon everybody”. Bueno, pues aunque el sonido es mejorable creo que vale la pena que oigan ustedes la curiosa versión de la clásica de Eddie Cochran: un rockabilly convertido en híbrido de rock and roll y twist. Que por cierto: como el término “rock and roll” no está bien visto ni en las altas instancias ni en los sellos españoles del momento, conviene dejarlo en simplemente twist. Es un subterfugio bastante usual por entonces, y los Gatos Negros recurren a él en la letra de esta canción.
 
Este disco se convierte en un tótem para la muchachada moderna de la ciudad, pero de momento tal muchachada es escasa y Belter cree conveniente meter a los Gatos en el saco mayoritario de los ”todo terreno”. Así, su único disco de 1963 (sin la defensa de Alain, que prospera y se ha marchado al sello Columbia como productor) será un cruce entre twist y baladas que no convence ni a un bando ni al otro: Sanfeliú, uno de los fundadores del grupo, se desanima y decide abandonar la música para seguir sus estudios. Pero poco después consiguen escapar de Belter para fichar por Vergara, que de momento los asigna a su filial yeyé Marbella. La cosa cambia, desde luego: los dos Eps que publican en 1964 son un buen reflejo de la verdadera talla de los Gatos. Y aunque hay alguna balada impuesta por el sello, podemos disfrutar de magníficas versiones de Beatles, Chuck Berry o Manfred Mann. A ver qué les parece la inmemorial “Memphis, Tennessee”, por ejemplo: 


Ya son un grupo famoso, y el más moderno de la capital. Pero Vergara decide interpretarlo a su aire: EMI ha fichado a los Mustang, un grupo especializado en covers con el que está haciendo mucho dinero, y para plantarle cara promociona a los Sirex, que vienen siendo algo parecido; pero ahora considera que sería interesante doblar la apuesta con el “ascenso” de los Gatos de la filial al sello matriz. Ya se pueden imaginar el tenebroso panorama: los Gatos tienen carácter, son mucho mejores que los Mustang y los Sirex juntos, y este cambio inspira un mal presentimiento entre sus seguidores. Por desgracia los temores se confirman plenamente viendo sus dos Eps de 1965, un batiburrillo de baladas y piezas del más rancio tono español que no cuadran con ellos pero que Vergara les impone para seguir con su lucha particular por hacerse con los gustos de la masa. Menos mal que les deja incluir otra versión del viejo Chuck, el “Ven, Johnny ven”, que casi suena implorante tal y como están las cosas: 


Pero no sufran: los Gatos siguen ganándose el cariño de la afición con sus actuaciones demoledoras. Y pronto llegará 1966, un año en el que Vergara recapacita -a medias- y les permitirá grabar uno de esos LPs que forman parte de la más brillante historia del rock nacional. Mientras tanto resistid, muchachos: no nos olvidaremos de vosotros.