En el escuálido sector de la nueva música sin palabras, los Pekenikes son una especie de alter ego de los Relámpagos. Después de unos cuantos años como grupo con cantante, en los que su carrera no fue peor ni mejor que la de muchos otros e incluso llegaron a pensar en la posibilidad de separarse, a finales de 1965 las circunstancias los fuerzan a tomar una decisión a contracorriente. Pero casi todos los conjuntos de la época habían grabado algunas piezas de ese estilo, por lo que no era una completa novedad; y la apuesta les saldrá bien, ya que mientras los Relámpagos comenzaron a decaer entre 1967/68, los Pekenikes siguieron en lo alto de las listas hasta principios de la década siguiente gracias a que tanto su repertorio como su instrumental eran mucho más variados y eclécticos.
Si algo quedó claro en su primera época es que los cantantes no conseguían acomodo en este grupo. Y tras la estampida de Eddy Guzmán (cantante y batería que ya había estado con ellos al principio de su carrera) hay que pensar rápido, porque Hispavox quiere hacer frente a la potencia que ha alcanzado Novola con la “erupción” de los Brincos y mete prisa a los Pekenikes para lanzar un LP. Pero los hermanos Sainz y compañía ya se han dado cuenta de que en el terreno del beat no podrán competir con ellos: parece evidente que Árbex y Pardo son los mejores de España en ese estilo. Así que de la necesidad hacen virtud y reorientan su carrera: no habrá nuevo cantante en los Pekenikes. Buscando una diferenciación clara con los Relámpagos, sus competidores directos a partir de ahora, su material alternará piezas de tono español, con aires medievales a veces, junto a otras cercanas al r&b o el soul-funky, utilizando una gran variedad de instrumentos entre los cuales oiremos mucho viento: en cierto modo, los Pekenikes son los precursores de esa furia trompetera que sacudirá el país dentro de poco -el spanish soul, ya saben.
Por su parte, Hispavox ha tomado nota del auge de Novola y también se actualiza inaugurando sus flamantes estudios en la calle Torrelaguna; a continuación ficha como productor y manager a Rafael Trabucchelli, un milanés que entre idas y vueltas a su país vivió mucho más tiempo aquí que allá, y que tendrá libertad total para contratar a quien quiera. Y su primer fichaje es un director de orquesta argentino llamado Waldo de los Ríos, nuevo director musical y arreglista del sello. Bien, pues esos dos nombres legendarios en la historia del pop español darán a luz un curioso término: el sonido Torrelaguna, que junto al más chusco “las trompetas Hispavox” estará presente hasta bien entrada la década de los 70 (que se lo pregunten a Alaska y los Pegamoides, por ejemplo). Esos dos personajes son responsables en buena medida de la nueva dirección de los Pekenikes, a los que suministrarán los músicos necesarios en las grabaciones para conseguir un producto perfecto aunque de momento seguirán siendo un quinteto oficial. Y la batería queda a cargo de Jorge Matey, un ex-Sonor.
En 1966 llega por fin su primer LP, que se convertirá en un clásico inmediato. Grabado en un estéreo muy perfeccionado para la época, casi todas las piezas son propias salvo el “Romance anónimo”, “Sombras y rejas” (basada en Albéniz) y “No puedo sentarme” (versión instrumental del “You can’t sit down” de los Dovells). Pero incluso en estos tres casos los arreglos desdibujan mucho los originales, y en conjunto se paladea un inequívoco sabor español que será tan apreciado aquí como en el extranjero: sus ventas en media Europa y varios países americanos fueron enormes. Las piezas más brillantes se publicaron también en tres singles consecutivos; cuesta trabajo elegir solo dos de ellas, pero ahí van: “Hilo de seda”, su primer número uno en single y radios, y “Arena caliente”, un verdadero bombazo rítmico que fue apropiado inmediatamente por el programa de moda “Escala en Hi-Fi”, de la TVE, como sintonía. Ah, y la trompeta es cosa de Vicente Gasca, que junto a Pedro Luis García forman el apoyo de viento en los Pekenikes junto a Alfonso Sáinz, y que pasarán a ser miembros oficiales el año próximo mientras causará baja Jorge Matey por un grave accidente de tráfico; su lugar será ocupado por el ex-Silvers Félix Arribas.
Con el grupo ya en lo más alto, el año 1967 es una simple continuación del éxito anterior (salvo porque ahora son siete músicos); y así parece indicarlo también su nuevo LP, para el que ni siquiera han buscado título. Las diferencias se hallan en el estilo, que comienza a alternar las piezas de sabor español con otras más cercanas al r&b y al soul tan de moda: es entonces cuando a los Pekenikes se les adjudica el mote de “los Booker T & The MG’s españoles”. Y tal vez esa comparación sea merecida, porque la conjunción que alcanzan es magnífica y el sonido es cada vez más compacto. Solo hay una versión, y no es lo más afortunado del disco: la standard “The “in” crowd”, que ellos convierten en “En la onda” y que me parece un poco plana. Pero hay verdaderas joyas, de las que yo elijo “Robin Hood”, una pieza de tonos medievales que abre el disco (y es una de mis favoritas desde pequeño), y “Siete loros temblorosos”, indicativa de ese aire cosmopolita que empiezan a tener.
El servicio militar, un cáncer para los conjuntos de entonces, lentifica la trayectoria de los Pekenikes, que sobreviven como pueden al desfile de algunos de sus miembros: entre 1968 y 69 publicarán seis singles que forman el grueso de “Alarma”, su tercer disco grande y último de esta década. Quedan fuera de ese disco algunos temas de los singles como “El tiempo vuela”, una buena versión, aunque un tanto fotocopiada, del “Time is tight” de Booker T (era de esperar algo así) y, aun con algunos lunares en ese conjunto de piezas, se nota una evolución hacia estructuras más complejas que en cierto modo se deben a una intensa colaboración entre el grupo y Waldo de los Ríos (vamos, como los Beatles con George Martin). Esa colaboración da como resultado, entre otros, la creación de dos temas cantados, después de tanto tiempo: la soñadora “Nostalgia” -con una versión instrumental en la cara B- y “Cerca de las estrellas”. Esta última es probablemente la obra cumbre de los Pekenikes y tal vez de un imaginado estilo psicodélico español, en el caso de que existiese: su perfección es emocionante, sobre todo para los fans del género como el que esto suscribe; conste que también “Nostalgia” tiene ese aire fantasmagórico que tanto nos gusta, pero no es lo mismo. Otra de mis preferidas es “Hechizo”, una especie de variación sobre la base rítmica de “Robin Hood”.
Y llegamos al final de la década, que será también el final de esta serie. Los Pekenikes, a pesar de problemas internos que partirán al grupo en dos y marcarán el principio de su decadencia, siguen adelante unos cuantos años más, así que cuando ataquemos esa nueva etapa volveremos con ellos. Como ven, estamos ante uno de los grupos más longevos de la historia musical española.
