martes, 10 de marzo de 2015

España: ascensión y caída (XVII)



Cuando andábamos por el primer quinquenio de los 60 salieron a relucir los Javaloyas, una agrupación musical valenciana/mallorquina que comenzó a principios de los años 50 y que, entre unas cosas y otras, duró más de cincuenta años (vamos, como los Stones); en esencia eran un cruce entre orquesta y conjunto, con algunas canciones propias pero especializados en hacer versiones de las piezas de actualidad para interpretarlas en los bailes populares y salas de fiestas, que son el medio natural de este tipo de grupos. Suele haberlos por todas partes del mapa, pero muy especialmente en el Mediterráneo y la zona del Noroeste que comprende a Galicia y Asturias. Y suelen ser también muy poco valorados, razón por la cual cuando hablé de aquel grupo hice extensivo mi reconocimiento a toda esa legión de músicos que andaban de fiesta en fiesta, mal pagados, tocando horas y horas, despreciados por la mayoría del público pero adorados por algunos chavales que solo veían la parte mágica de la profesión: aquellas músicas interpretadas por aquellos señores vestidos de militares antiguos, o algo así, nos hechizaban. 

Galicia siempre fue tierra de músicos, y hay algunas orquestas míticas como los Satélites, los Tamara , los Player’s y otros cuantos que durante muchos años alegraron al paisanaje con su mezcla de piezas clásicas y modernas que cumplían la doble función de hacer bailar al pueblo e informar a una minoría de las novedades musicales que iban surgiendo (en ese rol, tanto los Satélites como los Player’s siguen existiendo, y por tanto superan a los Javaloyas en longevidad). También comenzaron a surgir unos cuantos grupillos más yeyés que, por falta de talla o por la total inexistencia de un circuito musical establecido, desaparecieron pronto casi sin dejar rastro. Pero por fin, a mediados de la década de los 60, se consolidó uno que, en palabras de sus paisanos, “fueron nuestros Beatles”: se trata de los ferrolanos Sprinters; que probablemente no les suenen de nada a la mayoría de los que lean esto, aunque de haber surgido en Madrid o Barcelona tal vez serían más recordados en esta época de bendito furor vintage. Los Sprinters eran técnicamente solventes, tenían muy buen ojo para elegir versiones y algunas piezas propias son como mínimo curiosas, pero su procedencia los lastró: sin ese circuito del que hablaba antes y aunque el propio Ferrol, como ciudad costera, tenía un cierto ambientillo, sus actuaciones solían ser más de fiestas patronales que de salas modernas. 

Su creador es Miguel Suárez, “O Tranquilo”, que ejerce como voz principal y guitarra solista. A pesar de sus veinte años, ya tiene experiencia en grupos anteriores y su digitación es notable (ha participado en rondallas con mandolina y guitarra acústica). Al bajo queda Alfredo Mella, de menos pedigrí pero muy hábil con las cuatro cuerdas; a la batería José Vázquez, y como organista Ramón Miranda, que también toca la guitarra rítmica. El grupo se presenta a finales de 1965, y a mediados del año siguiente fichan por Fontana. Su primer Ep se abre con una pieza propia que, como en el caso de los Cheyenes, no cuadra mucho con el espíritu del grupo pero nos muestra una vez más cuál era la tendencia imperante en el negocio: se trata de “El tablao”, una curiosa aportación gallega a la españolísima copla que ellos resuelven con una especie de beat en tono surf, sus dos principales influencias. Su gusto por la melodía queda claro en la elección de “We can work it out” y “I love her” para homenajear a los Beatles; y la otra, aunque pueda parecer anecdótica, tiene su miga: se trata de “In un fiore”, una canción pop orquestada que defendió poco antes Wilma Goich en el festival de San Remo; los Sprinters le dan un aire cercano al beat barroco que resulta un poco dulzón de más, pero muestra otra de sus tendencias. El disco tiene unas ventas regulares incluso a escala nacional, y antes de que acabe ese año llega el segundo; que está compuesto enteramente por versiones, pero muy variadas. Aquí los Sprinters nos demuestran, además de su talla como músicos, un gran eclecticismo, ya que van del “Paint it black” de los Stones a ”Sounds of silence” de Simon & Garfunkel con total soltura. Aunque los poppies nos quedamos arrebatados con una de las canciones que forman parte de nuestra mitología pagana, una de las más grandes: “La muñeca que hace no”, de Michel Polnareff, y sobran las palabras. Aquí la tienen, junto a la de los Stones. 



1967 será el año más activo de los Sprinters, que se presentan al famoso festival de Conjuntos de León (aquel que ganaron los Continentales pero que le sirvió a Alain Milhaud para descubrir a los Tifones), quedando entre los seis finalistas. Poco después llega su nuevo Ep, que se abre con una canción propia: “Explicación”, un beat melódico muy agradable aunque el excesivo sonido de eco y lejanía (Fontana no se esmeraba mucho) le dan un aire a pieza de tres o cuatro años antes que no le favorece. Por otra parte hay un cierto desequilibrio en la calidad de las versiones, ya que no tiene mucho sentido enfrentarse a las mismísimas Supremes o a Spencer Davis Group. Llega pronto el cuarto disco, muy ecléctico, donde hay una nueva canción propia poco interesante: “Aquella balada”, que es lo que su nombre indica y de nuevo suena pasada de moda. Este problema ocurre también con algunas versiones instrumentales en las que se nota cierto seguidismo con respecto a los Relámpagos y en general a una escuela surf que ya estaba fuera de tiempo. Pero posiblemente estén tomando nota de ese desajuste, y mientras tanto atacan también otros estilos más tradicionales pero poco trabajados en España, como sucede con “Extraños en el paraíso”. 



Los Sprinters superan aquella posible imagen de “grupo pasado de moda” con su último Ep del 67, que se abre con “Espera, que quiero hablarte”, una canción propia y la más alabada por los yeyés en toda su carrera; ahí los vemos haciendo una especie de beat pop casi progresivo con fuerte presencia del órgano y algunas escalas de guitarra muy agradables. No cabe duda de que estamos ante su obra cumbre, e incluso aparece en más de un recopilatorio psicodélico sobre la época. Las otras tres son un tanto contradictorias: por una parte tenemos la casi inevitable “Sweet pea”, pero también una versión sobre una pieza de Schubert que no viene mucho a cuento. En 1968 entra José Sueiras como cantante, con lo cual pasan a ser cinco; pero solo publicarán dos discos más, ambos singles y sin piezas propias. De todos modos, una de esas versiones es de campeonato: el “White room” de los Cream, nada menos. Su sonido envolvente, con apoyo orquestal, le da un aire psicodélico muy superior a la original; dice la leyenda que los arreglos para esta versión fueron hechos por el mismísimo Augusto Algueró, pero en todo caso hay que reconocer la valentía de los Sprinters, que por lo visto después de aquella canción del año anterior ya se atrevían con todo. Sin embargo, salvo por los dos primeros discos, las ventas han sido muy pobres y Fontana no les renueva su contrato. Al poco tiempo, cuando más negro veían el panorama, resulta que un joven de un pueblo cercano comienza a hacerse muy famoso cantando en gallego y llegando al número uno de ventas con su primer single: se trata de Andrés Dobarro, que los contrata como grupo de acompañamiento; con él recorren media Europa y graban sus discos hasta 1973. Tras esa época, Los Sprinters serán otra orquesta que animará las fiestas de Galicia pero ya sin su líder: el tranquilo Miguel Varela, junto a su esposa María Manuela, formará un dúo folk. Nosotros los despedimos, cómo no, con aquellas dos canciones que han quedado como lo más interesante del primer grupo gallego que llegó a oírse en toda España. 



Aquí terminamos nuestro particular homenaje a los grupos con mala suerte y volvemos a los que andan por los primeros puestos de las listas de ventas. Aún quedan unos cuantos, lo cual demuestra la gran efervescencia de la España yeyé: un vergel, comparado con lo de ahora. Teniendo en cuenta que eso mismo sucede en el resto del mundo, es de suponer que algo se estará haciendo mal... 


martes, 3 de marzo de 2015

España: ascensión y caída (XVI)



El glamour es una cosa inaprensible, un don que parece genético, independiente al mérito profesional que tenga o no su portador. Si nos ceñimos a la música española de los años 60, glamour pop era parte de lo que vendían los Brincos o los Bravos, por ejemplo: gracias a sus astutos managers y la campaña publicitaria que supieron tejer a su alrededor, los fans deliraban con su sola presencia. También es glamour, de otro tipo, el aura que envuelve a nuestra ensoñación sobre los Cheyenes: la eterna figura del outsider, el rebelde. Pero las cosas se ponen cuesta arriba cuando, por muy bueno que sea un grupo, su imagen es anodina, no hay un Alain Milhaud detrás y, peor aún, no son catalanes ni madrileños. Ese es el caso de los valencianos Huracanes, nuestros invitados de hoy: técnicamente, son de lo mejor de España (sus directos son legendarios); la mayor parte de su repertorio es propio y de un nivel superior; si hacen versiones, muy pocos tienen su maestría, y dominan varios estilos. Sin embargo no es frecuente oír hablar de ellos: Valencia es la tercera ciudad española en casi todos los órdenes incluyendo el musical, pero ese pequeño pastel está repartido entre Madrid y Barcelona -como casi todos los pasteles. Y esa polaridad aún durará muchos años: salvo en casos aislados como el de Bruno Lomas o los Canarios, los nombres “de provincias” suelen estar considerados como segunda fila (recordemos además que Bruno perdió mucha proyección por negarse a vivir en Madrid, algo que los Canarios aceptaron). El hecho de que un grupo cuya vida fue de casi diez años no tenga más fotografías oficiales que la que ustedes ven ahí arriba y otras dos o tres usadas para la reedición de su obra en CD, ya lo dice todo. 

Sus comienzos fueron muy prometedores, ya que estamos ante casi un supergrupo que además tiene una visión muy profesional del negocio. Tras la desaparición de los Pantalones Azules, su cantante Víctor Ortiz se va a la mili, vuelve a mediados del 64 y crea los Huracanes con una alineación de circunstancias para ir cogiendo rodaje; el grupo queda consolidado el año siguiente con la entrada de Pascual Olivas, guitarra solista y líder que fue de los Top-Son (antiguos Milos hasta la marcha de Bruno Lomas a Francia). Junto a ellos tenemos a José Casquel, (rítmica), José “Malayo” Segura (bajo) y Julio Andreu (batería). Víctor, Pascual y Julio compondrán la mayor parte de su repertorio, y se imponen un horario fijo de ensayos. Los primeros resultados animan al legendario Enrique Ginés (el John Peel de Valencia) a darles todo su apoyo, meterlos a ensayar en La Voz de Levante y que esa emisora los patrocine, mientras que un industrial de la ciudad les financia la compra de todo el material que necesiten para sonar “como los grandes”. La historia recuerda un poco al arranque de los Brincos, con la diferencia de que los Huracanes son técnicamente mejores: estamos ante el primer grupo español cuyas actuaciones en directo pueden sobrepasar las dos horas sin bajas de calidad en sonido ni en repertorio. Eso, en 1965, resulta increíble (y más tarde, también). 

Ginés consigue que EMI se interese por el grupo asignándolos a su subsello Regal, y en Octubre del 65 tenemos en las tiendas el primer Ep de los Huracanes; en el cual ya hay tres piezas originales de muy buen nivel precedidas por una magnífica versión del “For your love” de los Yardbirds. La apoteosis llega el año siguiente, con cuatro Eps y un Lp (uno de los más interesantes en la historia de la música española de los años 60). Ese ritmo de producción solo ha sido igualado por los Brincos hasta entonces, pero ni ellos alcanzan el nivel de ventas de los Huracanes en la comunidad valenciana: sus únicos competidores por el número uno en las listas de éxitos de esa zona son los Beatles. El disco grande, compuesto exclusivamente por piezas originales, se graba en un solo día en Barcelona -allí están los estudios de EMI- y durante un tiempo el grupo se radica en esa ciudad, donde comparte cartel con todas las luminarias catalanas; sin embargo, en una nueva demostración de que para su sello solo son un fenómeno provinciano, el disco tiene una tirada reducida, circunscrita casi exclusivamente a su patria chica. Ahora me toca elegir dos canciones de una época tan fructífera, lo cual me aconseja ponerme “canónico” y no darle muchas vueltas a la cabeza; eso significa recurrir a una buena muestra del repertorio propio y otra de su calidad haciendo versiones, y sin ir más lejos en su primer Ep del 66 tenemos ambas cosas: la legendaria “El calcetín”, una pieza soberbia de garaje pop (o algo así) que tal vez sea hoy la más recordada de este grupo, y una versión del “Linda Lu” de Ray Sharpe que se comenta sola, ya lo verán. 



El año 67 es agotador: aunque de momento el mercado está abastecido con algunos Eps que se extraen de aquel mítico Lp, las actuaciones son continuas. Hay un comentario muy famoso de Pascual Olivas que lo resume perfectamente: “Ahora parece imposible que tocáramos el viernes por la noche en un sitio, una matinal el sábado en otro, por la tarde y noche dos pases en un tercer lugar y finalmente en uno o dos sitios más el domingo, para luego viajar toda la noche y estar en clase, en la universidad, el lunes a las 8 de la mañana". Tremendo. Sumen a eso algunos desplazamientos un poco más largos (en Madrid llegaron a tocar en el Price) y comprenderán que el estudioso Pascual tenía que tomar una decisión: esa decisión fue, en otoño de ese año, dejar la música para acabar su carrera. Esto significó un gran golpe para el grupo, ya que además de su maestría con la guitarra era un compositor e “ideólogo” fundamental. Un buen ejemplo de su calidad es “Tarta de merengue”, compuesta enteramente por él, incluida en el Lp de marras y luego en su último Ep del 67. Del mismo tipo es “Ya verás”, compuesta por Julio y también incluida en ambos discos. Por otra parte constituyen la demostración de que los Huracanes fueron, junto a los Canarios, los primeros en acercarse a ese estilo aunque desde el pop, que era básicamente su escuela. 



Tras la marcha de Pascual la situación comienza a ser inestable: además del soul también la psicodelia comienza a ponerse de moda, y parece que tanta revolución crea divisiones en el grupo porque en poco tiempo hay una buena cantidad de salidas y entradas. A partir de 1968 los Huracanes son un grupo de siete miembros, con sección de viento y teclados; ese año y el siguiente serán todavía de muchas actuaciones pero cada vez más circunscritas a su comunidad. De EMI pasan a Belter, un sello capaz de lo mejor y lo peor, que en esos momentos favorece todo lo que suene a pop trompetero aunque también tiene sus imposiciones y los hace asistir al festival de Benidorm del 69. Con el final de la década y hasta su liquidación, casi a mediados de los 70, los Huracanes van desvaneciéndose: vuelven a ser un quinteto pero su producción discográfica es muy pequeña y compuesta en su mayoría por versiones, mientras que su escasa presencia escénica no va más allá de Valencia y Mallorca; y como suele suceder en esa nueva época regida por los solistas, la mayor parte de los músicos que pasaron por este grupo abandonan la profesión. Nosotros los despedimos con “¿Piensas volver?”, una muestra de su incursión en el pop psicodélico, y la muy soulera “Algo por nada”, versión bastante fiel pero bien hecha de la que habían publicado Jess y James poco antes. Esta última suele formar pareja con “El calcetín” en algunas recopilaciones, lo cual es un pobre consuelo: habiendo sido uno de los mejores grupos en la historia del pop nacional, la mayoría de los jóvenes aficionados a esa época creen que los Huracanes no pasan de ser otra nota a pie de página.



Ya ven ustedes que el centralismo creado por el eje Madrid-Barcelona era feroz en una época de tanta escasez. Y si Valencia no se salvaba de la exclusión, es evidente que quienes viviesen más lejos lo tendrían mucho peor aún: la semana que viene veremos un ejemplo de ello, oye.