jueves, 30 de abril de 2015

España: ascensión y caída (XXIII)



Hoy nos toca hacer un pequeño viaje a Mallorca, uno de los puntos con más actividad musical de España, aunque ya hemos comprobado que todo lo que no sea Madrid o Barcelona resulta anecdótico para la industria y la mayoría del público. La isla, que comenzó a ser un hervidero desde los primeros años de la década gracias a su nutrida población de guiris, tiene algunos grupos realmente notables y avanzados que, si en su época no fueron muy conocidos fuera de aquel ámbito, hoy en día son respetados entre la población de nostálgicos. Y de entre ellos los más populares son los Z-66, que simbolizan muy bien la ascensión y caída de la música yeyé española porque en su corta pero densa historia se encuentran gran parte de los tópicos que la aquejaron. 

La mayoría de los músicos mallorquines comenzaron sus carreras haciendo versiones en pequeños grupillos que actuaban en los locales de moda frecuentados por la fauna extranjera más variopinta. Es evidente que la proximidad con ese tipo de público crea una interacción que no se da en el resto de España, y que eleva los conocimientos de los músicos por encima de la media nacional. De entre esos músicos, cinco crean un nuevo grupo con el nombre de Z-66 y comienzan a resaltar entre los demás porque en su repertorio ya casi no hay piezas beat, sustituidas por las novedades del primer pop psicodélico o el soul (antes también que los grupos de la Península). Sin embargo la mayoría de esas piezas son instrumentales hasta que a finales de ese año 66 consiguen atraer a una voz agraciada: Lorenzo Roselló, un cantante muy moderno que está haciendo soul en los Bríos, otro grupillo popular en el ambiente isleño aunque no tan vanguardista. Es esa vocación de vanguardia la que convence a Lorenzo para cambiar de banda y también de apellido, que en honor a su pueblo de nacimiento será “Santamaría”. 

En 1967, tras algunos cambios de plantilla, Lorenzo queda acompañado del guitarrista Vicens Caldentey; Leopoldo Gonzalez al bajo, Manolo Marí en la batería, Pep Noguera como teclista y Manolo “Ness” Martínez al saxo. Es un año de mucho trabajo culminado por su fichaje con EMI, que los incluye en el subsello Regal y a principios del 68 lanza su primer disco: se trata de un Ep en el que hay un dominio técnico poco frecuente para un grupo que empieza, lo cual prueba la cantidad de horas de trabajo que han acumulado a base de patearse todos los locales modernos de la isla. La segunda prueba es su gran variedad de repertorio, ya que habiendo un tono pop (notable sobre todo en “Mr. Bus driver”, sin nada que envidiar a Bruce Channel), también se atreven con la tendencia psych de los Herd en “From the underworld”: la voz de Lorenzo casi me gusta más que la del guapito de Frampton, y sus compañeros están a la altura. Y por supuesto siempre hay alguna concesión al soul, aunque “Gimme little sign”, la elegida, no sea de mis favoritas. El disco -a escala isleña- es un éxito que hace volver pronto a los Z66 a los estudios de la EMI, y su primer año en la cumbre se completa con dos singles en los que mantienen la misma línea: el soul pop de “Tryin’ to get you” supera la versión de los Feathers; más difícil es llegar a la altura de los Moody Blues en sus “Noches de blanco satén”, pero el intento es bueno. La que tal vez sea su obra más ambiciosa es “Morning dew”, que se basa en la versión de Jeff Beck con Stewart y en la que tanto Lorenzo como el grupo están soberbios. 

Desde poco después de su llegada, Lorenzo es en la práctica el líder de los Z-66: a falta de un repertorio propio, él se convierte en uno de sus valores más importantes junto a la talla técnica de los músicos. Y puede presumir de haber recibido lecciones del mismísimo Eric Burdon, uno de los visitantes ocasionales de la isla, que le recomendó prescindir de ecos y demás artilugios eléctricos para potenciar la voz: “El eco está en tu garganta, no en un aparato”, dicen que le dijo. EMI también es consciente del valor de Lorenzo y, aunque de momento no le hace una oferta directa, comienza a halagarlo “ascendiendo” en 1969 al grupo a Odeón; ese año se publica un LP donde se contienen todas sus grabaciones anteriores más otras cuatro nuevas, de las cuales dos aparecen además en formato single. Del single destaca su cara A, “Carrera del diablo”, un novedoso hard/heavy al que ellos dan un aroma de pop underground con órgano al estilo Deep Purple; otra vez demuestran estar a la altura de las originales (en este caso la de los Gun) además de su visión de futuro, ya que nadie en España estaba haciendo ese tipo de sonido aún. Y queda en el LP otra grande: “Wake me, shake me”, un blues rock de Al Kooper con Blues Project que los Z-66 introducen en España con todos los honores (tampoco ese estilo era muy conocido aquí, precisamente). 

Pero la década está terminando y la perspectiva es muy negra. Como dije arriba, los Z-66 son un buen ejemplo de la suma de dolencias que llevan a la música moderna española al valle de lágrimas en el que ha de penar hasta bien entrado el segundo quinquenio de los años 70. Su primer enemigo es su propio sello, como casi siempre: al igual que hizo con los Huracanes, EMI los desprecia considerándolos como un fenómeno local, y su distribución en la Península es muy pequeña. Por otra parte ellos mismos son conscientes de que ya no se puede mantener una carrera discográfica a base de versiones, por muy vanguardistas que sean: esa época pasó hace tiempo, cuando las originales eran mejoradas fácilmente. Los nuevos grupos extranjeros suelen hacer piezas de muy difícil superación, en el mercado español ya se publica mucho más material suyo que unos años antes y teniendo buenas originales nadie quiere copias. Los sellos verifican sus niveles de ventas para tomar la decisión lógica en un sistema capitalista: “desguazar” para extraer lo mejor de cada uno y desechar el resto. Del mismo modo que en otros grupos reclutará a sus mejores músicos para emplearlos en su estudio o para crear bandas de apoyo a solistas, EMI intensifica la presión sobre Lorenzo, que antes de abandonar a los Z-66 grabará con ellos en 1970 los dos últimos singles. Se nota una decadencia, probablemente a causa de la desesperanza, pero aún mantienen el tipo por momentos: abandonando sus intentos progresivos vuelven al soul y nos entregan piezas como “Love (is just the game)”, de lo más defendible. 

A continuación Lorenzo seguira una carrera discreta como cantante melódico y los Z-66 sobreviven algunos años más con sus actuaciones en los locales modernos de la isla; Lorenzo, a veces melancólico por su pasado yeyé, ha grabado algún disco suelto en plan rockero y otras veces se ha reunido con su viejo grupo para desentumecerse en algunas actuaciones esporádicas. Y eso es todo. Yo les dejo aquí unas cuantas evidencias de lo buenos que eran, aunque en su época no tuviesen muchas ocasiones de demostrarlo en la península. 



martes, 21 de abril de 2015

España: ascensión y caída (XXII)



La Nova Cançó era una denominación muy vistosa con una sola norma, la de cantar en catalán; como dije el otro día, cualquier tipo de música o número de músicos eran válidos. De todos modos, y ya que en los primeros tiempos hubo mucha gente que asociaba esa “marca de fábrica” con los Setze Jutges, algunos personajes con la doble vocación de poetas y músicos que comenzaban por entonces sus carreras tuvieron dudas sobre si sería conveniente su militancia en el grupo de los Jueces o no; y entre ellos se encuentra don Pau Riba i Romeva, nuestro invitado de hoy, uno de mis catalanes favoritos. La verdad es que, con la perspectiva que nos da el tiempo, resulta difícil entender cómo es posible que a semejante individuo se le hubiese ocurrido pertenecer a aquel colectivo (o a cualquier otro, ya puestos); pero tal vez entonces tuviese una cierta lógica, como ahora veremos. 

Pau Riba, aunque nacido en Mallorca (1948), pertenece a una familia barcelonesa de raigambre: sus abuelos paternos son los poetas Carles Riba y Clementina Aderiu, mientras que Pau Romeva, su abuelo materno, fue uno de los fundadores de Unió Democrática de Cataluña. Su primer impulso fue puramente literario, pero pronto descubre a Dylan: la transformación del yanqui, que de la soledad compartida con su guitarra acústica pasa a ser acompañado por una banda de rock, le impresiona mucho más que las escuetas músicas de los cantautores franceses; y los frutos de aquella transformación, que junto al nacimiento de la psicodelia dan entidad al folk rock como escuela en la que se asientan los Byrds o los primeros Jefferson Airplane -que a su vez dan forma al naciente movimiento hippie- terminarán de convencerlo. Por otra parte, su vocación de poeta cantante -acústico todavía- en el idioma que ha usado desde niño, le hace suponer que su sitio está entre los Jueces tal vez como alternativa yanqui a la querencia francesa de la mayoría del colectivo. Pero precisamente esa es la razón que esgrimen los Jueces para no admitirlo: nuestro guía es Brassens, no Dylan. Y no queremos folk rock, ni hippies, ni nada de origen yanqui. Ah, y sintiéndolo mucho… tienes voz de regadera. Pobre Pau. Durante un tiempo anduvo cabizbajo, el hombre. Pero pronto se recuperó: “Al final fue una suerte”, dijo luego. Y es cierto, porque a partir de entonces no conocerá límites artísticos, sean literarios, musicales, gráficos o de cualquier otro tipo: no solamente será el padre del rock catalán, sino muchas otras cosas que, en conjunto, lo convertirán en “un terrorista cultural”, como lo definió Manuel Vázquez Montalbán.

Estamos en 1967. Lo primero que hace es crear, junto a algunos amigos suyos como Sisa, Oriol Tramvía, Jordi Batiste y otros cuantos, una alternativa “yanqui” a los Jueces: el Grup de Folk, mucho más elástico, sin miembros fijos y que, como buena agrupación anarcoide, se disolverá pronto (tras una actuación multitudinaria en Barcelona el Mayo del 68). Casi al mismo tiempo ficha por el sello Concéntric -una escisión de Edigsa- y publica un EP de tres canciones de las cuales la más popular es “Taxista”, una delicia tanto por su letra como por su melodía; ah, y la funda también la diseña él, como hará con casi toda su discografía: Pau es ya un artista multimedia con todas las de la Ley. A continuación, junto a Jordi Pujol (no, no es ese), colega del Grupo, cierra el año 67 con una participación en un Lp navideño colectivo, y en 1968 el dúo publica dos discos de folclore tradicional catalán pero con ese tono tan de coña que le caracteriza (a veces). Y tras esos escarceos folclóricos, Pau se consolida definitivamente como figura con nombre propio presentando poco después un nuevo single que marca la transición hacia su nuevo y personal estilo. 

Ese estilo, cuyo eje es la canción de autor, se reviste musicalmente con el acompañamiento de Om, un grupo eléctrico entre cuyos miembros está el guitarrista ex Pic-Nic Toti Soler; Jordi Sabatés al piano, los hermanos Hodkignson (Peter, batería; Tim, instrumentos de viento) y Manolo Elías, bajista. El planteamiento recuerda inevitablemente a Dylan, pero su objetivo es aún más amplio: desde el puro folk hasta la psicodelia, pasando por todos los tipos de rock que comienzan a despuntar por entonces; el progresivo, el jazz o el free rock que a veces nos recordará a Zappa, todo va a ser posible. Y la primera prueba la tenemos en su nuevo disco pequeño, un single cuya portada diseña él, claro: “Els morts de l’any 40” tiene un tono general de canto colectivo acompañado por una instrumentación lánguida, un tanto psicodélica, que va muy a tono con la letra (“Somos los muertos del año 40, que venimos del Paraíso, del Cielo / La vida es blanca y estar allí se hace aburrido”), mientras que la cara B, “Noia de porcelana”, es una magnífica canción de estilo casi “habanero” y cuya letra expresa la vacuidad de cierto tipo de mujeres. Esa canción reaparecerá, con modificaciones, en su primer LP, “Dioptría”; un disco que iba a ser doble pero que finalmente se distribuye en dos sencillos entre finales de 1969 y 1970. Esa es nuestra coartada para no comentarlo ahora: su reinado es de la década siguiente -y posteriores-, y por otra parte tal vez deberíamos dedicarle una entrada solo a él. Estamos ante el mejor disco de rock catalán de la historia, por extensión de los mejores de España; un disco denso y revolucionario, que si lo hubiese grabado un sajón (no digamos ya Dylan) estaría ahora en los puestos más altos de esas listas clásicas que tanto gustan a la Rolling Stone (entre Madonna y Nirvana, por ejemplo). Así que esperaremos. 

De momento y puesto que su discografía es aún diminuta, aquí les dejo sus dos discos pequeños más algunas piezas de su época con Jordi. Y recomiendo a quien no conozca “Dioptría” que se lo vaya pensando: no sabe lo que se pierde.