lunes, 14 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (IV)



De los cantantes pioneros en la España yeyé, Bruno Lomas es el segundo por orden de antigüedad tras Miguel Ríos; pero a su vez, es el primero en ser “transferido” de un grupo a una carrera en solitario. EMI es la precursora de esa estrategia en 1965, al convencerle de que su calidad es muy superior a la de Los Rockeros y de que por supuesto el nuevo contrato será mucho más rentable. Alimentar la vanidad del cantante y darle más dinero serán las dos razones lógicas que siempre va a esgrimir un sello discográfico para seducir a la figura que les interesa. Por lo general aciertan, ya que probablemente el futuro habría sido el mismo sin su intervención: en la mayor parte de los casos, esos cantantes ya eran el gancho del grupo desde el principio. Además hay que recordar que la mayoría de los músicos en aquella época no tenían capacidad compositiva para crear su repertorio, y que un cantante suele ser mucho más dúctil si ha de acomodarse a las piezas que le suministren los compositores profesionales; otra cosa es que, como sucedió en este caso, tal ductilidad acabe siendo contraproducente, ya que Bruno sabía componer, y compuso muchas de sus canciones. Tal vez si hubiese sido un poco más combativo su carrera se hubiese sostenido mejor. 

Ya vimos a finales de la década pasada que esa carrera comenzaba a dar bandazos precisamente por falta de una dirección clara: su gusto tanto por el rock and roll como por la balada al estilo crooner lo está dejando en tierra de nadie (jugar a ser Elvis y Sinatra al mismo tiempo no suele funcionar). Y si la gran EMI lo dejó marchar a la pequeña Discophon es porque ya no le veía futuro, puesto que la mejora económica que le ofrecían sus nuevos patrones era asumible. Los temores se confirman al ver que en 1970/71 solo graba un nuevo single; hay pocas noticias suyas salvo por algunas giras menores y algún que otro susto ocasionado por su afición a las altas velocidades en coches deportivos. Ese single, sin ser una maravilla, contiene una curiosa versión del “Little green bag” de los George Baker Selection, unos holandeses que por entonces nos parecían un poco horteras pero que San Tarantino reivindicó en “Reservoir dogs”, lo cual le da un nuevo caché a la pieza. En 1972 Bruno levanta levemente el vuelo con otra versión, esta vez de “How do you do”, que los también holandeses Mouth & MacNneal habían llevado al éxito en media Europa el año anterior; aquí se tituló “Ven sin temor” y fue un buen recordatorio para los que ya se habían olvidado de Bruno (aunque, una vez más, la canción deja mucho que desear). 



Buena o mala, esa versión resulta ser un aliciente para que Bruno recupere el favor de parte del público. Entre 1973 y 1974 se ve con frecuencia su nombre en las revistas, y graba algunos discos cuya media de calidad es bastante aceptable en comparación con los tres o cuatro años anteriores; no es que sean maravillas, pero junto a alguna canción perfectamente olvidable hay versiones muy bien elegidas y mejor desarrolladas: por ejemplo “Money is”, de Quincy Jones, que está a la altura de la original, manteniendo además esa guitarrilla con pedal tan de la Motown, o el “Soolaimon” de Neil Diamond. Por otra parte, vuelve a mostrarnos su querencia por el rock and roll de toda la vida con unas magníficas interpretaciones de “Blue suede shoes” o “Be-bop-a-lula”, que ya había grabado en otras épocas pero que ahora nos presenta con arreglos perfectamente actualizados, con una entrega que nos confirma quién era el gran rockero español por si había dudas, por mucho que los fans de Miguel Ríos o Micky digan lo contrario. Puede que Bruno no tenga muchas luces, pero conoce muy bien el género porque, para empezar, su vida se desarrolla justamente bajo ese patrón: coches, mujeres, fiesta… Cuando volvía a sus raíces mejoraba mucho.



Sin embargo la velocidad de la evolución musical en aquellos años es implacable, y Bruno está claramente fuera de juego. Por otra parte no se recata en contarle a quien quiera oírle que añora la época anterior, aquellos tiempos de la dictadura franquista en los que “todo era más sencillo” (algunas declaraciones suyas causan sonrojo). Ese pensamiento lo lleva a apoyar de modo significado al grupo de extrema derecha Fuerza Nueva, lo cual le cuesta más de un disgusto y acrecienta su impopularidad. Tal vez su afición por las armas o su defensa vehemente de la Guardia Civil tengan una -discutible- explicación por el hecho de ser hijo de un militar, pero el caso es que todo ese conjunto de circunstancias liquidan su prestigio: es por entonces cuando comienza el proceso de “borrado” de su historia, hasta el punto de que no hace mucho era casi imposible encontrar una crónica sobre él. Su carrera discográfica queda prácticamente concluida en 1975, con la publicación de dos singles más o menos decentes en los que se contienen las dos últimas versiones en las que aún demuestra talla para lucirse, y con buenos arreglos además: “You’re no good” de Betty Everett y el “Preghero” de Celentano. 



A partir de aquí Bruno se va difuminando hasta que a principios de los 80 reaparece durante un tiempo al frente del “Bruno Lomas Show”, un espectáculo casi circense donde por lo general cantaba en playback: otra época para olvidar. Mientras tanto seguía disfrutando de las altas velocidades de sus estupendos coches deportivos, hasta que una noche de 1990 se estrelló contra un camión que se había estacionado sin luces en la carretera. Ahí termina la historia de un hombre que, dejando aparte sus ideas políticas o su obsesión con los ovnis y el esoterismo, ha sido conceptuado como una buena persona, un tanto infantil y tal vez con poca disciplina; que hubiera llegado mucho más arriba de no ser porque nunca quiso trasladarse a Madrid (su devoción por Valencia era proverbial) y prefería rodearse de sus amigos de siempre. Eso también tiene un valor: si hubiese sido un verdadero “profesional”, dudo mucho que alguien pudiese discutirle el título de rey del rock and roll hispano… y aquí les dejo unos cuantos argumentos.     




lunes, 7 de marzo de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (III)


Una vez que hemos despedido a los Pekenikes, el último grupo superviviente de la primera ola del pop español, vamos ahora con los solistas, los grandes beneficiarios por la reordenación del negocio que han hecho los sellos discográficos. Hoy nos toca recibir al más veterano de todos ellos: Miguel Ríos, que ya estaba presente mucho antes de esa reordenación. Es el único que trabaja a su nombre exclusivo desde el principio de su carrera, aunque en algunas ocasiones haya figurado junto a un grupo de acompañamiento (Los Relámpagos o los Sonor, por lo general). Comenzó la década de los 60 cantando twist y rock and roll, como casi todos sus contemporáneos; vino luego una época mediocre causada en parte por su sello, pero también por una falta de criterio claro en la elección del material, hasta que por fin su entrada en la factoría Hispavox en 1968 lo situó en una posición envidiable. Y ahí sigue, como el más popular de los “cantantes modernos” -es decir, jugando en un mercado distinto a Raphael, Julio Iglesias y similares. 

El éxito mundial del “Himno a la alegría”, publicado en 1969 pero cuya estela dura casi dos años, significa la consagración definitiva de Miguel, que cuenta con el respaldo impagable de los dos grandes brujos de Hispavox: el productor Rafael Trabucchelli y el director musical Waldo de los Ríos. Seguramente las generaciones actuales no conozcan esos dos nombres, pero como ya dije alguna vez son lo más parecido que tuvimos en España a Phil Spector y su muro de sonido: la mayor parte de los grandes éxitos del sello son responsabilidad suya. En 1970 se publica el segundo Lp, titulado “Despierta”, que por supuesto incluye el himno de marras; no hay grandes diferencias con el anterior, salvo el hecho de que se va acentuado la tendencia hippie, un tanto soñadora, de nuestro amigo y los arreglos son un poco más alambicados (“ligeramente progresivos”, dicen algunos comentaristas). No es un mal disco, pero tal vez haya cierta dispersión de contenido: resulta un poco difícil casar una versión del legendario “Rock de la cárcel” -bastante descafeinada, por cierto- con piezas tan “elevadas” como la que da título al disco, o el propio himno. Y es una pena que una de las mejores canciones de Miguel no venga incluida: se trata de “Como el viento”, una nueva composición de Fernando Árbex que solo se publicó en single, que refleja perfectamente el nuevo espíritu del cantante y que es magnífica tanto por su melodía como por los arreglos. Junto a ella les presento a “Miss Mattos”, la que abre el Lp, es obra del propio Miguel y que, esta sí, es un buen rock al estilo del momento, muy de los años 70. 



Nuestro amigo está viviendo una época de mucho ajetreo, ya que el himno lo lleva a actuar en varios países; entre ellos los States, donde aprovecha para ponerse al día y volver a España con nuevas ideas. En 1971 nos presenta “Unidos”, su nuevo disco grande, en el cual Miguel consigue que Hispavox afloje un poco sus exigencias de éxitos orquestales; lo cual significa que junto a piezas como la que da título al disco -un trasunto de la sintonía de Eurovisión, claramente diseñado para repetir el éxito anterior- hay otras en las que se le ve mucho más suelto y que en conjunto hacen que este sea probablemente el mejor disco de su carrera. De todos modos, a partir de ahora iremos viendo una tensión cada vez mayor entre él y la disquera, cuya mentalidad “industrial” no admite de buen grado la evolución de su artista (ni de cualquier otro que esté dándole dinero. Salvo muy escasas excepciones, la vida profesional de un músico de la época en España es una pelea continua con el sello que le haya tocado en suerte, que suele considerar a sus contratados como meros sirvientes). De todos modos su aportación como escritor de canciones -básicamente, traducciones de piezas extranjeras- va prosperando (aunque algunas de sus estrofas den un poco de sonrojo por su espíritu buenista), e incluso se atreve a cantar algunas piezas en inglés además de hacer una estupenda versión en tono vagamente góspel del “Here comes the sun”. Aun sin ser muy fan suyo, creo que este es un disco bastante digno teniendo en cuenta la media nacional, y estas son dos de mis preferidas: 



El ajetreo sigue: en abril de 1972 se graba un disco en directo que consiste en una selección del repertorio correspondiente a la gira de ese año. La grabación tiene lugar en Madrid, en el Monumental Cinema, durante los tres días que tiene programados en ese local, y se publica bajo el título de “Conciertos de rock y amor”, que ya lo dice todo. En la cara A tenemos una selección de clásicas del rock and roll junto a dos piezas soul, mientras que en la B nos va acercando a sus últimas tendencias con una versión de “Cantares”, una concesión al folk (“Abraham, Martin y John”) o el repaso de algunos éxitos suyos recientes. En conjunto es un disco agradable, a pesar de que por momentos sus arengas cansan un poco. Mientras tanto su relación con Hispavox va a peor, ya que su trayectoria se aleja cada vez más de los arreglos orquestales y esa tendencia hippie no ayuda al negocio; la verdad es que su rendimiento económico es bastante discreto. Pero Miguel ni se inmuta: en 1974 llegará “Memorias de un ser humano”, que marca el final de su relación con ese sello. Se trata de una evolución bastante lógica sobre sus discos precedentes, con un sonido claramente progresivo, casi experimental, y un desarrollo de la temática hippie/pacifista que le inunda en esa época. El resultado es discutible: desde el punto de vista comercial no hay canciones con gancho, y las letras son de nuevo endebles; pero tanto el sonido como los arreglos resultan novedosos, interesantes. Por desgracia resulta que la pura música no es suficiente para tener buenas ventas, y al final pasó casi desapercibido. Así pues, su despedida de Hispavox resulta ser bastante discreta. Aunque… a ver qué les parecen estas dos canciones: 



Su nuevo sello será Polydor; que demuestra tener mucha paciencia, porque en términos comerciales Miguel entra en una de las épocas más oscuras de su carrera: esa vocación tan progresiva como introspectiva lo convierte en un artista minoritario hasta finales de esta década, cuando volverá a recuperar protagonismo como “viejo rockero”. A partir de entonces, Miguel será un icono de los buenos viejos tiempos: es una posición tan respetable como cualquier otra, pero nosotros lo dejaremos aquí, con una selección de sus canciones más populares en la época juvenil.