jueves, 13 de septiembre de 2018

1978/79 (II)

Tras la desaparición de los Sex Pistols suele recurrirse al término “post punk” para designar a la época que va desde ese momento hasta mediados de los años 80, cuando los músicos que partieron de aquel primer esquema ya tienen carácter propio. Y entre esos músicos están los que forman Damned y Clash, las dos bandas más veteranas y populares que seguirán en pie al llegar la nueva década. Por supuesto ninguno de ellos acepta ya que se les incluya en esa categoría: ahora estamos ante dos bandas de rock.



Los Damned nos habían dado un disgusto en 1978, al anunciar su desaparición: “Music for pleasure”, su segundo disco, había sido un fracaso comercial, en parte porque el material era un poco grisáceo y en parte por  la extraña presencia de Nick Mason como productor. Rat Scabies, el batería, había mostrado su disconformidad con aquella elección y decidió abandonarlos; poco después, expulsados de la Stiff y sin un proyecto claro, se separaban en Febrero de aquel año. Visto con perspectiva, y aun admitiendo que la producción de Mason es plana, el disco no es tan malo como puede parecer en una primera escucha, pero ese es otro asunto: el caso es que ya los dábamos por perdidos para siempre. Sin embargo, tras algunos escarceos vuelven a reunirse en la primavera de 1979 con la única pero significativa baja de Brian James, el guitarrista y compositor de la mayor parte del repertorio de la primera época; Rat Scabies, Captain Sensible y Dave Vanian serán a partir de ahora y hasta mediados de los años 80 el sólido motor de una banda cuyos mejores momentos están por llegar. Sensible, la segunda voz, abandona el bajo para encargarse de la guitarra y los teclados; de momento las cuatro cuerdas quedan en manos de Algy Ward, ex de los australianos Saints. Casi a continuación consiguen un contrato con Chiswick y vuelven a la vida discográfíca con dos singles: “Love song” y “Smash it up”. Ambos consiguen buenas ventas (se nota la alegría de los antiguos fans por esta resurrección) y antes de que acabe el año llega su tercer disco grande: “Machine gun etiquette”. 

“Love song” es también la canción que abre ese nuevo disco grande, y es un claro indicador de la buena salud de estos resucitados: se mantiene la energía y la velocidad del punk que facturaban en sus primeros tiempos, pero el sonido se ha hecho “mayor”, más denso, más cercano al rock tradicional, casi yanqui. Por otra parte han mejorado mucho su técnica con los instrumentos y saben darle buen uso a los teclados, lo cual les permite trabajar ya en otros estilos más “comprometidos”; y un buen ejemplo lo tenemos precisamente en "Smash it up”, el otro single, que aquí es el magnífico broche final. Es una pieza desarrollada en dos fases radicalmente distintas pero complementarias: arranca con un desarrollo de cuerdas apacible, un juego de guitarras eléctricas con espíritu de acústicas al que luego se suma la batería, y de pronto surge la transformación que nos lleva a una de esas piezas de punk pop aliñadas con fases de guitarras rockeras que solo los Damned saben hacer con tal maestría (ya, igual me estoy pasando, pero para mí este es uno de sus momentos más brillantes). Y entre esas dos piezas hay una notable variedad, desde el punk de sus orígenes, ahora con más recursos -la canción que da título al disco- hasta un pop muy elaborado, con teclados y juegos de voces, a veces con arreglos casi orquestales. En fin, que “Machine gun etiquette” es uno de los primeros discos clásicos nacidos en la época post punk. 

Así que los Damned se hallan en una situación inmejorable para afrontar la nueva década con garantías. Los mismos Damned por los que nadie daba un duro tras el fracaso de su segundo disco, cuando muchos pensaban que no habían sido nada más que un producto del momento, como los Pistols. La vida te da sorpresas… 

 

Los Clash, que desde el principio se han mostrado como un grupo combativo, con las ideas claras y esos postulados de extrema izquierda a pesar de sus vestimentas tan molonas y su jugoso contrato con la CBS, ya no consienten que nadie les llame punkies. Por otra parte CBS, que por fin publica su primer disco en Estados Unidos tras el tremendo éxito de las ventas por vía de importación, ha comprendido que ese mercado puede darle mucho dinero y busca un productor que sepa perfilar su sonido para hacerlo más cercano a los gustos yanquis: Sandy Pearlman, que ha producido a Blue Öyster Cult y los Dictators, será ese hombre. A la batería se consolida Topper Headon. Y a finales del 78 llega “Give’em enough rope”, que sin ser brillante mantiene el tono del anterior y nos hace esperar por tiempos mejores. Conste que no soy yo el más indicado para hablar de los Clash y que muchos aficionados ven este disco a la altura del primero, así que vamos a dejarlo a medio camino: estamos ante un cruce entre punk y hard con canciones ya clásicas como “Tommy Gun”, grandes mejoras en el estilo guitarrero de Strummer como en “English civil war” o “Guns on the roof”, y en conjunto un refinamiento que tal vez se deba tanto a ellos como a Pearlman. Pero, visto con la perspectiva que da el tiempo, todo palidece en comparación con lo que viene luego. 

Porque lo que viene luego es “London calling”, el tercer disco, un doble que se publica en Noviembre  del 79, la traca final de la década, el momento cumbre de los Clash. Desde el arranque con la canción que le da título hasta el cierre con esa “Train in vain” que se oculta tanto en el listado de la cubierta como en la galleta del vinilo, esta colección es un lujo asiático; hay alguna pieza más flojilla que otras, claro, pero aquí estamos ante un gran ejemplo de superación personal. Porque los Clash, después del disco anterior, ya no podían seguir refugiándose en la inercia punk, y hasta el propio Strummer reconoció que en ese momento no tenían muy claro por dónde tirar. Pero de la necesidad hicieron virtud, y aquí tenemos rock, reggae, jazz, pop, rhythm’n’blues… de todo. Incluso la referencia a Lorca en la inolvidable “Spanish bombs”, con esa estrofa chapurreada en algo parecido al español, es una buena muestra del rock épico que se prodiga en otras piezas como “Death or glory”, demostrando que han aprendido mucho y que, esta vez sí, ya son una banda sin necesidad de etiquetas. Por otra parte la producción es soberbia: al mando está el gran Guy Stevens, que ha trabajado con medio censo británico y cuya eficiencia es capaz de sortear su cada vez más evidente tendencia al alcoholismo. Y por último, para redondear la obra, esa portada pretendidamente minimalista con Simonon destrozando su bajo y la grafía haciendo un homenaje a Elvis; al rock and roll, que es en esencia el espíritu de este disco, uno de los más brillantes en la historia del género.

Los Clash, por lo tanto, son junto a Damned los dos grandes supervivientes de una época corta pero abrasiva; se han ganado su entrada en los años 80 con todos los honores. Y no estamos ahora para adelantar acontecimientos, así que, una vez más, disfrutemos del momento. 
 

viernes, 7 de septiembre de 2018

1978/79 (I)



La oleada punk fue justamente eso, una oleada. Es decir, que surgió, lo anegó todo y desapareció con la misma rapidez con la que se había presentado; ni siquiera el rock and roll, con su tremenda potencia innovadora, había causado tanto revuelo en tan poco tiempo. Los Sex Pistols, queriendo o sin querer, cumplieron con la obligación estética de durar lo justo para no convertirse en una parodia, porque era evidente que tal convulsión no podía mantenerse más allá de un año o dos. Y a partir de ahí solo hay que seguir la trayectoria de grupos como Damned o los Clash: los primeros, que se habían separado en el 78, se reagrupan poco después con un sonido que recuerda a sus primeros tiempos pero ya se va acercando al rock con tintes poppies; los Clash también son ahora una banda de rock, más “combativo”. La opinión de estos últimos sobre el punk es muy reveladora: “Se ha convertido en imágenes y actitudes prefabricadas. Otro uniforme más”. 

A partir de ahí, los punkies militantes se irán apartando de ese tipo de bandas y, como en el caso del heavy o cualquier otro estilo sobrepasado por la realidad, recrearán el presente a su gusto: estamos rodeados de traidores, de modernitos, de falsos aficionados que han olvidado las esencias. Y los músicos como-Dios-manda harán cada vez más ruido mientras lanzan proclamas incendiarias; los más puros y combativos crearán sus propias comunas anarcoides y gestionarán la publicación de sus discos: Crass son el mejor ejemplo. Otros, como los Exploited (una evolución cercana al hardcore), llegarán a conseguir una cierta popularidad en el gran circuito. Por cierto, el primer disco de ese grupo se titula “Punks not dead”, una nueva proclama para el futuro; comparada con el “No future” de 1976, da la impresión de que algo se ha perdido por el camino. 

Pero el punk no era más que la punta de lanza de un cambio mucho más amplio y profundo, un cambio simbolizado en el término New Wave. Y algunos de los postulados punkies fueron muy útiles a partir de entonces, porque gracias al “háztelo tú mismo” cambió el planteamiento discográfico: el negocio no era ya un pastel repartido entre cinco o seis grandes disqueras, sino que tras Stiff y Chiswick surgieron decenas de pequeños sellos independientes que revolucionaron el panorama apostando por bandas que resultarían impensables en una major y otorgando de nuevo un papel fundamental al formato single, lo cual implica también que las canciones no suelen pasar de los tres minutos. Es decir, que en muchos aspectos volvemos a la mecánica tradicional en la década anterior, ya que esta nueva ola es en esencia la restauración de aquellos planteamientos; y ese cambio se percibe también por la vista: se nota la vuelta del color y la alegría a las calles tras unos años de jerseis grises, chaquetas de pana y ceños fruncidos. 

Así que, después del necesario sarampión punk que conmovió la industria hasta los cimientos y nos ha dejado algunas canciones memorables, entramos en una nueva edad de oro del pop. Pero no solamente eso: también habrá músicos de orígenes punk o que procedan del circuito de los pubs y que podrán coexistir sin problemas junto a otros más vanguardistas; en ese sentido, hay que reconocer que estamos ante una de las épocas más abiertas y variadas de la historia de la música popular. Por no hablar de los grandes dinosaurios como los detestados Pink Floyd, que siguen ganando dinero a manos llenas en sus estadios. Democracia pura, sí señor; todo lo contrario de lo que había pasado en los años de reinado del rock, por cierto. 

En fin, que se abre ante nosotros un bienio magnífico, uno de los más floridos tanto en la Isla como al otro lado del océano, y esa efervescencia se acabará notando en los demás países occidentales, España incluida. Y aunque ya sabemos que esos tiempos de bonanza no durarán mucho, lo que importa es el aquí y el ahora: carpe diem, como decían los romanos, unos especialistas en eso.