lunes, 11 de febrero de 2019

1978/79 (XXI)


Ya estamos de vuelta en Londres, que a la larga siempre acaba siendo el destino obligatorio para contrastar las verdaderas posibilidades de los músicos, sean de Manchester, de Swindon… o extranjeros que hayan llegado a la Isla buscando un porvenir. Ese fue el caso del canadiense Thomas Hardy, que prefiere ser nombrado como Lester Square (en honor a esa plaza londinense tan teatral) y que, entre otros, se asoció con Ganesh Sehadri, un descendiente de la nobleza india al que hemos de llamar Bid (¿en honor a..?). Esa reunión de foráneos y nativos dio a luz en 1978 a The Monochrome Set, otro grupo de raritos como los XTC, tan insólito como adorable. Se trata de uno de esos nombres underground que al mismo tiempo figuran en los inicios de lo que luego se conocerá como pop indie: no suelen destacar en los escaparates de las tiendas de discos, pero han influido en muchos músicos posteriores. Los Set son una mezcla imposible de guitarras al estilo de los años 50/60 (desde Duane Eddy hasta el surf) con bases rítmicas muy nítidas, tan clásicas como imaginativas, creando ambientes que pueden recordar al jazz tanto como al spaghetti western pasando por las bandas de garaje, mucho humor oscuro… y esa influencia punk / new wave del momento, que junto a la supuesta sencillez de la estructura musical y una frecuente brevedad de las canciones -más de la mitad del repertorio no supera los tres minutos-, suelen mostrar un tono inquieto, muy vivaracho, que los emparenta casi con los principios del rock and roll. Son una banda de otro mundo, pero sobre todo de otra época: si hubiesen surgido entre los años 50 y 60, tal vez los Beatles habrían sido discípulos suyos.

Allá por 1976, cuando aún eran estudiantes de arte, Lester (guitarrista y segundas voces) coincide con Bid (cantante y segundas guitarras) en The B-Sides, un pequeño grupo que no llegó a grabar pero cuyo líder será luego bastante popular: Stuart Goddard, que a finales del año siguiente decide dar un giro a su carrera y se rebautiza como Adam Ant. Poco después Lester y Bid, que tienen ideas propias, abandonan su compañía y crean Monochrome Set junto a John Haney, el ex batería de los Art Attacks (una pequeña banda punk); de momento, el bajista oficial será Jeremy Harrington. A mediados del 78 ya están actuando en algunos colegios y sitios parecidos, llegan luego al Ronnie Scott’s y allí los descubre Geoff Travis, que viene siendo otro Richard Branson, ya que también él dirigía una tienda de discos que amplió a sello discográfico a finales del 77: Rough Trade Records, una de esas maravillas alternativas que engalanan la Isla. Según la versión que cuenta Bid (aunque va a días), Travis los fichó poco después de haberlos visto… y de mantener una pelea con el propio Bid. El caso es que para entonces tanto el belicoso cantante hindú como el guitarrista canadiense tenían ya preparadas unas cuantas canciones, y Rough Trade presenta su primer single antes de que termine 1978: en la cara A se encuentra la luminosa “He’s Frank”, y la alambicada “Alphaville” en la cara B. Más tarde sabremos que Frank existe en dos versiones, así que probablemente lo más indicado será que escuchen ustedes las dos: comprendan que estamos ante una de las piezas más veneradas por los frikis de la banda (por cierto, Fatboy Slim hizo una versión cantada por Iggy Pop. Ya ven qué fans más curiosos tienen los Set). Primero escucharán la de este single, y luego “la otra”…


A su vez, no es extraño que estos muchachos sean fans de los Velvet; pero también admiran el trabajo que Andy Warhol hacía para ellos, y da la casualidad de que Haney tiene un compañero de piso que está estudiando Cine en la escuela de Arte. Ese compañero se llama Tony Potts, que pronto se hace amigo del grupo y se les ofrece para diseñarles algunas proyecciones; también serán suyos los primeros clips y en general la estética que lucen, muy deudora de los Reed y compañía, a veces con una vestimenta uniforme o mostrando su preferencia por el blanco y negro. “Se convirtió en una especie de quinto miembro”, dice Bid. En 1979 llega su primera actuación en el programa de John Peel, y poco después el segundo single con otras dos clásicas: una especie de pop hindú (compuesto por Bid, claro) titulada sarcásticamente “Eine symphonie des grauens” en la cara A, y la emocionante instrumental “Lester leaps in” en la B, que durante dos minutos y medio nos lleva a una dimensión temporal en la que la música popular era más simple y al mismo tiempo mucho más arrebatadora. Algunos la meten en el saco del punk pop, pero yo creo que está muy por encima de etiquetas: esta podría ser la sintonía perfecta para la vida de muchos de los que vendimos nuestra alma a la música ratonera hace ya tanto.


Ni que decir tiene que este tipo de melodías nunca llegará al top 10, pero también se pueden suponer ustedes que la comunidad friki ya los ha puesto en un altar pagano y que su futuro próximo está garantizado (por no hablar de la crítica: algunos comentaristas un poco pedantuelos consideran a los Set como “avant garde”, mientras otros prefieren llamarles “abstractos”. Hay que ver lo que ha dado de sí esa cosa llamada post punk). Su tercer single llega en otoño del 79, y como ya es norma las canciones son totalmente distintas. La cara A tiene por título el nombre de la banda, y suele ser la que usan para abrir las actuaciones; poco después será regrabada con un sonido más “tribal” para su primer Lp, pero de momento esta base rítmica ya es vigorosa, simple y constante, mientras Bid casi recita una letra un tanto dadaísta (cosa muy frecuente en él) acompañado por sus colegas en el estribillo, repetitivo, casi monótono. En la B está “Mr.Bizarro”, que tras unos sonidos de ecos eléctricos se desarrolla en un tono casi latino, con un juego de percusiones muy variado… aunque, como siempre, una y otra son difíciles de definir con propiedad: esa es una de las grandezas de esta banda, que cada oyente se hará su propia idea sobre lo que está escuchando, y probablemente habrá tantas interpretaciones como oyentes. He aquí esa “autodefinición” que resulta ser su santo y seña en directo:


Antes de que termine 1979 se estabiliza el puesto de bajista, que será ocupado por Andy Warren. Andy es colega de Lester y Bid desde los tiempos de los B-Sides, pero hasta este momento había seguido junto a Adam Ant. Y para despedir el año se publica un single con tres canciones que el grupo había grabado el año anterior en un sello propio -o sea, casero- y que iban a publicar justo cuando los fichó Rough Trade; una de ellas es la primera grabación de “He’s Frank” (con el subtítulo de “Slight return”). Ya que ustedes han podido valorar ahí arriba la diferencia entre las dos versiones, tal vez piensen lo mismo que yo: es mejor esta primera que la oficial, aunque haya un evidente parecido. En cuanto a las otras dos, “Fallout” tiene un sonido muy simple que da la impresión de haber sido grabada en directo sin ningún tipo de arreglos; en el rango Monochrome Set, esta es de la familia de las “vigorosas”, con un excelente juego de guitarras. Y la otra la tienen ustedes aquí: “Silicon carne”, otra joya de ese pop intemporal que solo se les podía ocurrir a ellos.


1980 será el año en el que los Set comiencen a hacerse conocidos en otros mercados (España incluida) gracias a sus dos primeros discos grandes, pero esa ya es otra historia y… “¿Cómo? ¿Y para cuatro singles se echa este tío semejante rollo?” Pues sí, qué quieren que les diga. Amor de fan. Para mí los Monochrome Set merecen eso y mucho más. Por cierto: hay más casos como el de “He’s Frank”, hay otras cuantas canciones que fueron publicadas en más de una versión y que nos dejan con la duda de cuál de esas versiones es la mejor. Y otro ejemplo, ideal para despedirnos hoy de estos muchachos, es “Fun for all the family”. Es una de las que formará parte de su tercer Lp, allá por 1982, pero aquí tienen ustedes la maqueta original: esta es mejor, sin duda alguna, y que solo aparezca en algunas recopilaciones me parece una injusticia. 



lunes, 4 de febrero de 2019

1978/79 (XX)


“Siempre tuve celos de las bandas como Talking Heads, que hacían cosas parecidas a nosotros pero eran de Nueva York, y por lo tanto molaban. A los ingleses no les gusta que la gente normal (inglesa) haga cosas inteligentes. Y nuestros primeros managers nos decían que tratásemos de modificar el acento, para que no se notase que éramos de Swindon”. 
Andy Partridge 


Hoy hemos llegado a Swindon, a una hora en tren desde Londres. Es una ciudad pequeña, sin una marcada tradición musical, y ese comentario de arriba podría aplicarse también a otras zonas de la Isla. De todos modos la gente es parecida en todas partes, y aquí, como en Manchester o cualquier otro sitio, hay alguna muy rarita; pero probablemente por el hecho de estar más al sur, donde el clima es menos riguroso, esa gente es más lunática que depresiva, y así la vida se lleva con otro talante. Un buen ejemplo de ciudadanos raritos son los XTC, el orgullo de esta ciudad. Y, como en el caso de los Fall, olvídense ustedes de términos baldíos como “post punk” o cosas parecidas; porque si también ellos se aprovechan del ambiente de la new wave para darse a conocer, muy pronto nos demostrarán que viven en su propio mundo. Y ese mundo, también intelectualoide a veces y con algunos rasgos “frenéticos” (sobre todo en sus primeros tiempos), será habitado en los años 80 por una elegante post psicodelia compuesta de ingredientes acústicos, eléctricos o electrónicos junto a melodías de corte pop e incluso folk, todo ello envuelto por la exquisitez en los arreglos y un marcado sentido del humor tanto en sus letras como en sus gestos. Partiendo de la new wave, XTC (pronúnciese “extasy”) acabarán siendo algo parecido a una agrupación psicodélica pop de cámara, si tal cosa existiera. O sea, que para bien y para mal estamos ante otro nombre de culto. 

La base del grupo se asienta durante la mayor parte de su existencia sobre Andy Partridge (compositor principal, voz y guitarra), Colin Moulding (compositor, voz y bajo) y, a partir de 1979, Dave Gregory (guitarra, teclados y segundas voces); junto a ellos hay que destacar también a Terry Chambers, que fue el batería hasta 1983. Los cuatro son, ya desde la adolescencia, aficionados a un rango muy amplio de músicas que van desde los Beatles, la psicodelia o la música chicle yanqui hasta el glam e incluso el jazz rock. A principios de los años 70 ya forman parte de agrupaciones más o menos estables junto a otros colegas, hasta que después de unos cuantos cambios de nombre llega el definitivo, a finales de 1976; por entonces, junto a Partridge, Moulding y Chambers, las teclas corren a cargo de Barry Andrews. Era una mezcla curiosa, ya que mientras los dos primeros (es decir, la sección de cuerdas) dominaban sus instrumentos sin grandes alardes, los otros dos eran realmente buenos. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que ya llevaban media década tocando, su técnica sobrepasaba a la de los nacientes músicos punkis; por entonces Partridge y compañía andaban a medio camino entre el glam y el rock progresivo, y escuchar a los Pistols les abrió los ojos: lanzarse no era tan difícil. 

Una vez más es el bendito John Peel quien los descubre en una actuación y los presenta en su programa de la BBC a principios de 1977. Pronto surgen las ofertas de varios sellos y finalmente se los lleva Virgin, asignándoles como productor a John Leckie (que lo era también de Magazine). Y antes de finalizar el verano nos presentan su primer single, cuya cara A es “Science friction” y que resume perfectamente el planteamiento de estos señores en su primera época: un ritmo anfetamínico con una melodía que resulta un tanto contrahecha por la curiosa forma de cantar de Partridge (a la que deberemos ir acostumbrándonos) y sin embargo muy atractiva, tal vez por esa rareza. Ni que decir tiene que el single no fue un éxito, pero Virgin decidió arriesgarse y lanzó un videoclip para cada una de las tres canciones que venían contenidas en él; lo cual es poco frecuente y nos demuestra que ese sello es la vanguardia del momento, como años antes lo había sido Island.


En enero del 78 se publica “White music”, el primer Lp. Todas las piezas son propias salvo una sorprendente versión del “All along the watchtower” de Dylan, que dura casi seis minutos y está cantada por Moulding con una voz cuyo tono resulta más desagradable aún que el del propio Dylan; aparte del teclado casi progresivo a lo Vanilla Fudge que inicia y finaliza la canción, la estructura musical podría recordar a los Talking Heads haciendo funk con armónica, y en conjunto es una de las versiones más extrañas de esa canción que he oído en mi vida: hay que ser valiente para salirse de toda lógica en tu primer disco -en plena época new wave- y atreverse con algo así. Partridge es el compositor principal y Moulding solo presenta dos canciones, pero ya domina el bajo con bastante soltura; dice ser fan de Andy Fraser, o sea, que tiene un gusto excelente, y se va notando (justo la versión de Dylan es el mejor ejemplo). La primera de esas dos (“X wires”) es bastante caótica, pero “Set myself on fire” es ya uno de los primeros ejemplos de la estructura, a medio camino entre pop y deconstrucción de ese mismo pop, que regirá gran parte del material de la banda. XTC es probablemente uno de los mejores ejemplos de cómo la new wave tiene recursos ocultos que distinguen a los grandes músicos de la medianía. Hay algunas similitudes con Talking Heads, eso parece evidente; pero no creo que nadie esté copiando a nadie, porque cada uno tiene su propio espíritu y porque el primer disco de unos y otros se publica en un espacio temporal muy corto. Y aunque “White music” es irregular, aunque la banda está buscando aún su propio estilo, aquí figuran algunas de sus primeras clásicas como “This is pop” (una excelente autodefinición del momento en el que se encuentran), “Radios in motion” o “New town animal”. Llegó al top 40 en la Isla, lo cual es casi una hazaña. 


Virgin se ilusiona con el relativo éxito de ventas y el exquisito trato de la crítica, así que prepara la edición del segundo disco a conciencia: “Go 2” sale a la venta en octubre con una portada muy original y sin embargo extremadamente sencilla, que una vez más demuestra la categoría de Hipgnosis; consiste en un texto escrito a máquina, blanco sobre negro, definiendo qué es una portada y cuál es su objetivo (y además la primera edición incluye otro disco con cinco remezclas). Sin embargo, esa búsqueda de estilo en la que anda el grupo todavía no ha terminado, y este disco es tal vez más irregular aún que el primero: junto a piezas en las que “reorganizan” la visión tradicional del reggae e incluso el ska, como “Meccanik dancing” o “Jumping in Gomorrah”, otras cuantas se hacen tediosas. Eso sí, como en el disco anterior con la versión de Dylan, hay una que resulta insólita: “Battery brides” es una aproximación al estilo de las bandas alemanas electrónicas que la mayoría de la crítica considera “aburrida”, pero que a algunos fans nos parece de lo más interesante del disco; dicen que fue hecha para agradar a Brian Eno, que se había declarado seguidor del grupo y al que pidieron que produjese este disco. Pero él rechazó el ofrecimiento contestando que eran lo suficientemente buenos como para producirse ellos mismos (Virgin, no tan convencida, les asignó de nuevo a Leckie). Por otra parte Andrews se marchará antes de que termine el año, enfadado ante la “dictadura” de Partridge, que no ha aceptado más que dos canciones suyas (pasables, simplemente). Y a pesar de todas estas inconveniencias, rozan el top 20. Es decir, que ya hay una masa de fieles, de gente comprensiva.


Andrews es un teclista solvente cuyo próximo trabajo estará junto a Robert Fripp, así que la tarea de buscarle sustituto es delicada. Finalmente se deciden por Dave Gregory, al que ya conocían de tiempo antes y que puede defenderse con la misma destreza tanto a la guitarra como con los teclados. Su llegada parece revitalizar al grupo, ya que el tercer disco será su consagración: se titula “Drums and wires”, se publica a finales de verano del 79 y tiene mucha más consistencia que los dos anteriores. No cabe duda de que se nota el trabajo de Steve Lillywhite en la producción (desde que comenzó con Ultravox, su fama sube como la espuma); pero tal vez porque el ambiente interno ha mejorado mucho con la marcha de Andrews, a Partridge y Moulding se les ve asentados en su labor de compositores y las piezas fluyen con más soltura, aunque como siempre hay algunas piezas irregulares (lo cual es lógico en este tipo de grupos tan “aventurados”). La cara A se inaugura con “Making plans for Nigel”, que se convierte en una de sus pequeñas clásicas y confirma lo acertado del título de este disco: la percusión (drums) y las guitarras (wires) son las protagonistas principales en una estructura en la que los teclados -básicamente sintetizadores- se limitan a perfilar el sonido (de un modo muy original, por cierto); mientras tanto, al menos en este tipo de canciones, la melodía es claramente pop. Pero también nos traen nuevos ejemplos de su modo tan peculiar de entender el ska, un estilo que hecho por otros puede resultar pesado como una losa: “Helicopter” o “Real by reel” son chispeantes. Y en las piezas de tiempo medio, como “Day in, day out” o “Millions”, parece como si estuviesen creando un juego de escalas nuevo, extraño pero con un embrujo que hace de XTC algo totalmente único. No pasaron del top 30. Inexplicable. 




De todos modos su categoría como compositores va a seguir desarrollándose, especialmente en el caso de Partridge, y su mejor época comienza justo ahora. En resumen: XTC son ya una especie a proteger (incluso en Estados Unidos hay ya una pequeña masa de seguidores incondicionales). Así que no duden ustedes que estos curiosos habitantes de Swindon volverán al bar en la próxima década.