lunes, 11 de diciembre de 2023

1960-65: Londres despierta (XIV)

Aunque fueron los Beatles quienes abrieron la espita del gas, parece evidente que los nuevos músicos con inquietudes están más interesados en el r’n’b que se factura en Londres que en ese beat, demasiado blanco y blando al mismo tiempo, al que ya le queda poco recorrido. Así que la consigna está clara: ejercitarse con el ritmo de moda en la capital y luego buscar una personalidad propia. En eso andan también los Animals, un grupo de la lejana Newcastle que desde el principio demuestra tener una perspectiva muy amplia, puesto que sus gustos llegan hasta el folk pasando por Dylan, el rock and roll, el soul y el blues. Con ese fondo de armario, unos músicos de categoría y un cantante llamado Eric Burdon, de tono y potencia vocal sobresalientes, no es extraño que pronto se hiciesen con un puesto de privilegio en la Invasión. Lo curioso de este grupo es que tienen muy poca obra propia: por lo general prefieren reinterpretar canciones del repertorio tradicional (casi siempre estadounidense) o que, siendo más o menos contemporáneas, vayan bien con su estilo. Es decir, que son intérpretes especializados en “recrear” más que en crear, lo cual de algún modo los aleja de los compatriotas de su generación; aunque vagamente, por esa amplitud de miras y la combinación de teclista y cantante estrella, podrían recordarnos por un momento a Manfred Mann. Habrá un tiempo en que los Animals graben preferentemente en Estados Unidos, en un sello de allí y con residencia en aquel país. Escuchándolos con detenimiento, tal vez acabemos pensando que son, como los Stones, un grupo más americano que británico; empezando por esa voz, cuyo titular acabó siendo calificado como “el blanco de alma negra”. Otra cosa es que los Animals que se presentan ahora no pasaron de 1966: a partir de ahí habrá que hablar de la trayectoria de Burdon y las sucesivas formaciones que encabezó. Burdon es siempre la pista a seguir.

Sin embargo la historia comienza por el teclista Alan Price, que tras unas cuantas idas y vueltas parece consolidar en 1962/63 su Alan Price Rhythm And Blues Combo. Junto a él hay dos alumnos de la escuela de Arte: el cantante Eric Burdon y el batería John Steel, que son amigos; a la guitarra está Hilton Valentine, que con solo veinte años ya es un veterano que ha pasado por  bandas de skiffle y rock and roll, y el bajista es Bryan “Chas” Chandler. Es el mayor de todos, y sin embargo el de menor trayectoria (aunque en poco tiempo será reconocido como uno de los mejores bajistas de la Isla). A mediados de 1963 se “diluye” el supuesto liderazgo de Price y el grupo adopta el nombre colectivo, siempre más democrático, de Animals. La razón de tal nombre, según a quien queramos hacer caso, da para tres o cuatro versiones distintas: la más atractiva es que en directo eran exactamente eso, unos animales (aunque tal cualidad, en aquellos tiempos, no les diferenciaba mucho de otros cuantos colegas de profesión). Un día, envalentonados, van a Manchester y graban allí, de su propio bolsillo, un Ep de cuatro versiones con tirada de 99 ejemplares: unas cuantas copias figuran a nombre del combo de Alan Price, otras ya como Animals. Más tarde o más temprano Burdon y su gente volverán a interpretarlas, pero de momento aquí tenemos dos de ellas, con toda la frescura del debutante que se sabe capacitado.


Esa grabación llega a oídos -y nunca mejor dicho- de Giorgio Gomelsky, quien como ya sabemos fue quien puso a los Stones en el mapa y ahora es manager de los Yardbirds. Gomelsky los trae al Crawdaddy, ve que tienen futuro y los pone en contacto con Mickie Most, un cantante reconvertido que acaba de pasarse al otro lado del negocio. Tras dejar el micro, Most ha estado estos últimos meses trabajando para tiendas de discos hasta que Columbia le ofrece un puesto como cazatalentos y productor: los Animals serán su primer fichaje. En cuanto a Gomelsky, su confianza en ellos es tal que cuando Sonny Boy llega en Diciembre para su primera gira isleña, no asigna a los Yardbirds para que le acompañen en Newcastle: allí se lucirán los Animals, ante su gente. También grabó esas actuaciones, aunque como en el caso de los Yardbirds se publicarán años después, a principios de los 70. Aquí tenemos dos ejemplos: en “My baby”, Sonny Boy es la figura estelar; en “Nobody but you” el protagonismo es compartido.


Bajo la dirección de Most, que será su productor durante dos años, los Animals publican su primer single a principios de Marzo. En la cara A presentan “Let me take you home”, que según ellos es la evolución de “Let me follow you down”, una tradicional que conocieron por la versión que hace Dylan en su primer disco. En unas ediciones ese single figura como arreglada por Price, en otras por todo el grupo. Pero la cosa es más complicada: justo por entonces Bert Berns (a.k.a. Russell), que es autor -entre otras muchas- de “Twist and shout” (que interpretaron los Beatles), “Hang on Sloopy” (los Yardbirds) o del “Cry to me” (Stones y Pretty Things), arregla “Baby let me hold your hand” y se la da a Hoagy Lands, un cantante soul que la publica en Enero. Resulta que tanto esa canción como la tradicional tienen un estilo parecido, y de hecho en algunos listados la pieza que cantan los Animals figura directamente como obra de Berns. Todo este lío viene a cuento porque no será esta la única canción “problemática” en el repertorio de los Animals en cuanto a su autoría. La cara B es “Gonna send you back to Walker”, otra pieza que también tiene su historia pero que para resumir podemos considerar como versión de “City slick”, publicada el año anterior por Timmy Shaw. Y como lo que importa es el resultado, hay que reconocer que los Animals ya tienen aquí carácter propio: el ambiente cálido podría recordar un cruce entre los Stones y los Mann, pero esa voz tiene una textura y una potencia inigualables. Por otra parte el sonido envolvente del órgano y la ejecución en conjunto les da mucha densidad, y un top 20 es un buen premio considerando que se trata del debut de un grupo provinciano.


De pronto el grupo provinciano da la campanada con una pieza cuyos difusos orígenes podrían rastrearse hasta el folklore británico del siglo XVII, y que se titula “The house of the rising sun”. Es la cara A de su segundo single, publicado en Junio, y llegó como un rayo al número uno tanto en la Isla como en Estados Unidos (aunque allí en versión reducida). Una vez más resulta controvertido el camino por el que llegaron a ella: según el día que tenga, Burdon dice que la descubrieron gracias a Dylan (también en aquel primer disco grande) o que la interpretaba un grupo folk del norte de la Isla y se la oyeron a ellos. Lleva ya muchos años contando esta segunda historia, aunque Valentine afirmaba que el arpegio con el que abre la canción está inspirado en las escalas que emplea Dylan. Para liar más el asunto, de unos años a esta parte algunos periodistas han salido con una nueva teoría, la de que se inspiraron en el bluesmen Josh White tanto en esta pieza como en “Let me take you home”. En fin: bienvenidos al loco mundo de la paternidad de las versiones. Y como esta canción es de sobra conocida, y hay páginas y más páginas en Internet contando hasta el más mínimo detalle histórico y artístico, solo añadiré que a la hora de inscribir la canción en el registro, como en el single anterior, el grupo acuerda que Price figure como arreglista único, y luego ya se repartirán el dinero. Bueno, pues ya veremos si se lo reparten o no. La cara B es “Talkin’ ‘bout you”, una clásica de Ray Charles que ellos actualizan con mucha brillantez; en el single la pieza dura dos minutos escasos, pero aquí tenemos el trabajo completo que hicieron antes de recortarla.


Ni que decir tiene que los Animals fueron inmediatamente solicitados por cadenas televisivas y empresarios estadounidenses. Su llegada a Nueva York, con motoristas y limusina esperando en el aeropuerto más el desfile consiguiente, no tuvo nada que envidiar a la de los Beatles: de algún modo, aquel grupo les parecía más “familiar”, digamos, que cualquier otro de los que estaban llegando desde la Isla. Semanas antes de partir, en Septiembre, se lanza el tercer single; teniendo en cuenta el fastuoso precedente de tres meses antes, las expectativas eran muy altas y por tanto también lo era el riesgo. Pero supieron encararlo muy bien, sorprendiendo a los aficionados con sus dos primeras piezas propias y en un estilo totalmente opuesto a su éxito anterior. En la cara A tenemos “I’m crying”, una especie de rock blues con un coro al estilo Yardbirds y un ritmillo endiablado en la que se luce todo el mundo: está compuesta por Burdon y Price, y desde luego ambos sobresalen; pero no es menor ese juego de tambores, esa finísima y vigorosa digitación de la guitarra, y ese bajo palpitante. En realidad la suma de todo ello está más cerca del pop que de cualquier otra cosa -y los puristas torcieron el gesto-, pero no se puede negar que es tremendamente efectiva y ha quedado como una de sus canciones más brillantes y representativas (además de que ese tipo de ritmo es uno de los grandes referentes para las bandas de garaje). “Take it easy”, la B, es más clásica: es un rhythm and blues de libro, cuya marchita denota su escuela british, que podría llegar a recordar incluso a un Alexis Korner. Siento debilidad por ese estilo, qué le voy a hacer. En fin: que salieron del compromiso con mucha solvencia, y un top 10 es un buen premio.



A principios de Noviembre presentan su primer Lp, con titulo homónimo, y no hay una sola pieza enteramente propia salvo, como mucho, las “recreaciones” que hacen Burdon y Price sobre las dos primeras. El disco se abre con una adaptación libre de Burdon sobre la “Story of Bo Diddley” publicada por este poco antes (vaya, otro grupo de isleños que recurren al viejo Bo). Respetando el ritmo básico, Burdon nos cuenta los orígenes de Diddley, la decadencia del rock and roll, cómo la mecha prendió en la Isla a través de los Beatles, su encuentro con él en Newcastle, los Stones por medio, la opinión de Diddley sobre lo mala que era la música que estaban haciendo… En fin, un culebrón. Hay que recordar que esa misma idea es la que tenían casi todos los bluesmen que llegaron a la Isla, empezando por Muddy Waters o Sonny Boy: el trato que los melenudos ingleses estaban dando a su repertorio era horrible. Tendrá que pasar un tiempo hasta que algunos, como B.B. King, acaben reconociendo dos cosas: en primer lugar, tal vez su punto de vista era un tanto arcaico y no eran capaces de entender ese planteamiento tan "revolucionario"; y en segundo lugar, como consecuencia, tenían un difuso temor a ser borrados del mapa, o algo por el estilo (cuando en realidad lo que sucedió fue que precisamente gracias a los británicos mejoró muchísimo su situación artística y económica: el propio King estuvo dándoles las gracias hasta su muerte). A continuación Price recrea la inmemorial “Bury my body”, una clásica del repertorio góspel; lo hace tan bien que parece propia, porque a Burdon le queda como un guante. Los referentes más próximos de esa pieza ya tenían unos años: desde los tiempos de (otra vez) Josh White, la única que se escuchó en la Isla fue la de Lonnie Donegan, pero ya tenía más de diez años y no se aparta mucho del tono acústico de las anteriores. En fin, que aquí Price hizo un buen trabajo.


En cuanto al resto, los Animals, como Manfred Mann, están demostrando que se pueden mantener sin necesidad de mucho repertorio propio, porque su tratamiento del material ajeno es de calidad. Otra cosa es que difícilmente volverán al número uno de las listas (como le pasa a los Mann), pero tienen una gran solidez y, también al igual que los Mann, no son simplemente un “grupo de voz y guitarras” como la mayoría… aunque Valentine sea de lo mejorcito de la Isla, y nunca se haya reivindicado lo suficiente. Pero a lo que íbamos: de las otras diez piezas, destaca el hecho de que Chuck Berry, John Lee Hooker y Fats Domino tienen dos cada uno. Algunas sorprenden, como “Memphis, Tennessee”, que tal vez suena un poco poppy (el propio Berry me suena así de vez en cuando), pero la resuelven muy bien. La versión de “Dimples” de Hooker, que es otra infaltable en el repertorio de unas cuantas bandas británicas, les queda muy fresquita, muy agradable; lo mismo pasa con “The girl can’t help it” de Troup, otra que ya casi es una estándar. En conjunto, los Animals son una de las bandas que mejor saben asimilar el espíritu original de estas canciones y al mismo tiempo revitalizarlas de un modo asombroso. Hacía mucho que no escuchaba este disco, y ahora que he vuelto a él me reafirmo en lo que dije arriba: al menos en esta época, son probablemente más “americanos” aún que los Stones; y con más densidad, con más “verdad” incluso (resulta curiosa su manera de encarar “She said yeah”, en comparación con Jagger y compañía). Parece que los Animals, a pesar de su nombre, tienen virtudes más interesantes que la fiereza. Pero en fin, esto es una simple opinión. Eso sí, anduvieron cerca del top 5.


En fin, que los Animals son otro de los grupos que llegan pletóricos a 1965. Permanezcan atentos a la pantalla.

lunes, 4 de diciembre de 2023

1960-65: Londres despierta (XIII)

 

Los Pretty Things inauguran la primavera de 1965 con su primer disco grande, de título homónimo, con cuatro piezas originales y ocho versiones, de las cuales tres pertenecen a Bo Diddley. El disco se abre con “Road runner”, una de esas tres, y también de las más inspiradas. No solamente el ritmo se “vitamina”, sino que todo el trabajo musical es de categoría; sobre todo por las guitarras, de poderío formidable. Y son las guitarras también las que dan un nuevo sesgo a “Mama keep your big mouth shut”, que suena muy avanzada para la época, con ese juego entre rítmica y solista casi experimental. Mención aparte merece “She’s fine, she’s mine”, que ya era una de las más bluseras en el repertorio de Diddley y que los Things recrean totalmente. Pero su espíritu planea incluso en “Oh baby doll” aunque sea de Berry, porque le cambian el estilo rítmico; solo faltaba ese cierre con “Pretty thing”, donde el propio Willie Dixon parecía estar haciéndole un homenaje. La estratosférica “Honey I need”, que había protagonizado el single de aperitivo, aquí abre la cara B; y escuchada de nuevo, en medio de este ramillete, nos hace ver que también hay en ella algunos resabios de Diddley; como los hay en “Judgement day”, una nueva composición de Morrison al estilo blues “arrastrado” que los Things defienden perfectamente. En resumen, que este debut está hecho a mayor gloria de uno de los músicos cruciales en el aprendizaje de esta generación. Es verdad que a veces puede caer en la monotonía, pero los Things demuestran que hay una base muy sólida, tanto por su densidad como por esa tensión continua que mantienen sus canciones, que lo hacen un músico aparte. Y en cuanto al trabajo del grupo, la crudeza va equilibrada con la calidad técnica de todos los miembros, diga lo que diga la prensa. Por no hablar de su influencia sobre gran parte de los futuros grupos de garaje, claro. Y si este disco rozó el top 5, por algo sería.



Por desgracia las broncas en directo eran constantes, las detenciones y comparecencias ante los tribunales por asuntos de drogas y violencia lo eran también, y Prince se había vuelto incontrolable. La gota que colmó el vaso fue un altercado en pleno vuelo durante su primera gira por Australia y Nueva Zelanda: Prince llevaba en una bolsa de papel hedionda un cangrejo muerto varios días antes, y ante la queja de los viajeros y la tripulación por el olor, no se le ocurre otra cosa más que quemarla allí mismo. Una vez en tierra, al grupo se le expulsó durante un tiempo de aquellos dos países; aún no habían hecho una gira por Estados Unidos (un error de Morrison, que la había relegado), y ahora el boca a boca los estaba llevando a una especie de lista negra que de momento les impediría actuar allí. La prensa ya solía presentarlos como un peligro latente: eso asustó a muchos dueños de salas, que prefirieron no contratarlos. Los Things debían reorientarse si querían seguir adelante; y lo primero era buscar un nuevo batería, aunque Prince aún estuvo con ellos unos meses más. Mientras tanto llega a la calle un nuevo single con su versión de “Cry to me” en la cara A. Es una balada soul que había popularizado Solomon Burke, y que en teoría no cuadra mucho con el estilo que los Things han desarrollado hasta ahora; pero más sorprendente aún es que los Stones la estaban tocando en directo, y dentro de muy poco la incluirán en “Out of our heads”. Así que tal vez esto sea una especie de reto; o no, puesto que la canción era ya una estándar y había varias versiones en el mercado. En cualquier caso la de los Things tiene una marchita poppie bastante agradable. La cara B, titulada “Get a buzz”, figura compuesta por todo el grupo y, según ellos, fue grabada en una sola toma, casi como un ensayo. Podría ser, ya que por momentos suena un poco desorganizada; pero aun así, yo la habría elegido como cara A. Son los Things genuinos, frescos, libres pero sin llegar al caos, despreocupados diría yo.



A principios de Diciembre, cuando se publica “Get the picture?”, su segundo disco grande, Prince ya se ha ido tras participar en la grabación de algunas canciones; en otras está el polifacético “Twink” Alder, y en otras Bobby Graham (músico de sesión de los de más pedigrí en la Isla). Justo a continuación entrará “Skip” Allan como nuevo batería oficial, pero aún hubo tiempo para que citemos también a Mitch Mitchell, el futuro Experience, que no cuajó en esta banda… por ser “asquerosamente hetero” (eso lo dijo May). Llama la atención que todas las originales están en la cara A, mientras que las versiones (salvo una) van en la B. La apertura con “You don’t believe me” ya indica que los Things están ampliando su perspectiva, y que aquella versión de Burke no fue casualidad: estamos ante una balada; un tanto retorcida, pero una balada. Eso sí, con un buen juego de cuerdas y una nueva exhibición de las muchas tonalidades que puede mostrar la voz de May. Con el tiempo será una de sus piezas más representativas. Una gran canción, tras la que viene otra clásica de su estilo como “Buzz the jerk”, seguida por la que da título al disco: una nueva demostración de clase, de tiempo medio pero densa, vigorosa, en la que algunos ven la consolidación de ese bendito estilo fantasmagórico que muchos años después se llamará “freakbeat”. La siguiente, “Can’t stand the pain”, me parece sencillamente cautivadora, con esos cambios de ritmo que demuestran una vez más que estos “salvajes” vienen en su mayoría de aquel oasis que eran las escuelas de Arte, que son capaces de lo más crudo y lo más complejo. Esa perla ocupará luego la cara B del single que certificará un cierre estelar del año con “Midnight to six man” en la A (todavía hoy resulta inexplicable por qué no se incluyó también esta canción en el Lp). La última de las canciones propias es “We’ll play house”, quizá la que más va en la onda tradicional. En cuanto las versiones, también las influencias se amplían: dejando aparte “Cry to me”, la única ya conocida que se incluye aquí, hay blues melódico como esa versión solitaria de la cara A, el “Rainin’ in my heart” de Slim Harpo (aquí sí podrían recordar a los Stones, aunque el camino de estas dos bandas se está bifurcando claramente). Pero hay también un rock and roll entrecortado del calibre de “You’ll never do it, baby”, o ese viaje al pop con “I want your love”; un anuncio del futuro como “London town”, esa inesperada versión de Hardin, o el homenaje a Ike Turner de “Gonna find me a substitute”. En conjunto, este es otro de esos discos sobresalientes… que no llegará ni al top 30. El trabajo de la prensa y las habladurías ya están surtiendo efecto.


Y por fin, ese single que constituye el broche de oro, tan solo unos días después: “Midnight to six man” / “Can’t stand the pain”. En fin. Solo añadiré que el plan cuando se comenzó a grabar el segundo disco grande era hacer al mismo tiempo una película promocional, digamos al estilo Beatles. La película existe y llegó a ser estrenada en 1966; incluso hay un Ep como extracto de “banda sonora” (aunque esas canciones figuran además en otros formatos), pero la promoción fue inexistente. Otra cosa: Taylor dice que esas “pretty things” que aparecen en la primera estrofa del “Tombstone blues” de Dylan es en homenaje a ellos (sí, Dylan se hizo fan de los Things tras conocerlos en su primera gira británica). Y Bowie, además de componer “Oh you pretty things” hizo dos versiones del grupo en “Pin ups”; y Van Morrison los consideraba como “la mejor banda de r'n'b de toda Inglaterra”, y así sucesivamente. Pero todo eso cambiará a partir de 1966, porque los Things ya saben que el r'n'b, como el beat, ha cumplido su función y ahora los verdaderos grandes grupos han de tener cada uno su propio estilo.