El panorama musical de hoy en día es bastante aburrido, por mucho que los periodistas interesados quieran hacernos creer otra cosa; aunque claro, esto lo dice un viejuno, así que tómense el comentario con la debida distancia. De todos modos hay algo que hoy y siempre ha mantenido la crítica y por consecuencia la mayoría de los aficionados: el etnocentrismo. El pop, o el rock, o como quieran llamarle, es un producto de propiedad occidental. Y luego ya cada crítico defiende su terreno: los medios de masas siguen las pautas británicas o yankis, mientras que la prensa indie (palabro que a estas alturas ya no sé lo que significa) muestra su devoción por los más recónditos grupos alemanes, o suecos, o suizos, o lo que fueren. Pero eso sí, occidentales. Siempre hay algún comentarista que va más o menos por libre, pero la norma no escrita es esa.
Al otro lado de ese muro suele haber sentimientos contradictorios según el país y el bando al que se pertenezca. Y un ejemplo de libro es Japón, donde esos sentimientos quedaron perfectamente plasmados con la visita de los Beatles en verano del 66: ya en el aeropuerto había masas de fans enloquecidas junto a grupos radicales nacionalistas y de extrema derecha que los amenazaban de muerte. Incluso Eisaku Sato, el primer ministro, manifestó su total rechazo a que aquellos cuatro melenudos actuasen nada menos que en el Budokan, templo sagrado de las artes marciales. En consecuencia: también allí triunfaron los británicos, pero por si acaso estuvieron recluidos en el Tokyo Hilton entre actuación y actuación; si bajaban a dar una pequeña vuelta, iban rodeados de policía.
Durante los años 60 y 70 hubo muy pocos músicos japoneses que consiguieran hacerse mínimamente conocidos a este lado, pero lo poco que llegamos a escuchar de ellos iba desde la copia voluntariosa hasta algunas pequeñas perlas sorprendentes, tal vez como consecuencia de haber sabido fusionar el carácter de su país -caluroso, visionario, casi salvaje, casi "tejano"- con una música teóricamente muy ajena a ellos. En las décadas siguientes hubo una cierta aproximación gracias a la moda del pop electrónico, que resultó ser muy popular allí, y poco más. Pero el nuevo siglo parece haberle sentado muy bien a los músicos japoneses, que siguen buscando el equilibrio entre un mundo y otro con mayor acierto que antes, tal vez por la permeabilidad de conocimientos que ofrece Internet. Y de todos ellos no hay duda de que Glim Spanky son en estos momentos la mejor banda japonesa, de largo. No me atrevería a decir que la mejor del mundo... o igual sí.
Resumiendo: en 2007 Remi Matsuo, una cantante y guitarrista que además compone prácticamente todo el material, decide crear un grupo. Sus aficiones, tanto literarias como musicales, son de enorme amplitud, desde la cultura tradicional de su país hasta el mundo celta y gaélico, pasando por una total admiración hacia las bandas de bues rock psicodélico más tradicionales en los años 60/70 (Cream, por ejemplo, es una referencia evidente) junto a grupos más actuales como los White Stripes. En ese amplio abanico, Matsuo incluye una inteligente devoción por las estructuras del pop y el folk de ambas zonas del planeta, y el resultado es soberbio: junto a su fiel escudero, el notable guitarrista Hiroki Kamemoto, forman un dúo apoyado por otros dos o tres músicos (según las épocas) que desde 2013 han ido publicando una sucesión de grabaciones que a algunos nos devuelven la fe en un posible futuro para el rock tradicional. Como es lógico, la prensa occidental está pasando de puntillas por el asunto (hay que seguir defendiendo a la enésima banda que recrea a Neil Young, los Byrds o algún grupillo britpop o grunge de octava generación), pero tienen ustedes una información suficiente en la Wikipedia y el listado de discos al menos en las páginas más serias como Discogs, Allmusic, etc.
Por último hay que reseñar que Matsuo sigue cantando en japonés; porque sí, porque le da la gana. Así que su voz, que por momentos recuerda la de Janis Joplin, podemos considerarla como un instrumento más; como en los buenos tiempos, cuando las letras no importaban a los que somos aficionados a la música. Y esto resulta particularmente valiente, porque no aceptan las presiones de la industria para que se hagan más "familiares" al mercado occidental; pero también porque así la música se manifiesta en su más pura esencia para esos mismos occidentales, en una época en la que todo dios es "cantautor". Porque en occidente los mediocres ocultan tras la supuesta belleza o "interés social y humano" de las letras su absoluta incompetencia musical... y porque, como decía Zappa, "los poetas no necesitan equipo".
En el paquetillo adjunto encontrarán una selección de toda su carrera hasta hoy: no me extrañaría que acabasen preguntándose dónde coño está nuestra querida prensa especializada... porque si Glim Spanky llegan a ser isleños o yankis, los tenemos metidos hasta en el telediario. Envidio a quienes vayan a escucharlos por primera vez.
