martes, 20 de enero de 2026

1967 (VIII)

Los Animals, una de las bandas de r&b más intensas y sinceras de la primera hornada británica, se dan de baja en el verano de 1966: además de la grave situación interna que atravesaba el grupo desde tiempo antes, Eric Burdon desea dirigir su carrera sin interferencias. Sin embargo el nombre del grupo seguirá presente, aunque precedido por el suyo propio: Eric Burdon & The Animals se presentan en sociedad a principios de otoño de ese mismo año, y de la formación original solo el batería Barry Jenkins sigue a su lado. Danny McCulloch será el nuevo bajista; ha pasado por algunas bandas de las cuales la más recordada es la de Lord Sutch, y pone en contacto a Burdon con dos multinstrumentistas: uno es John Weider, que había comenzado a destacar en la banda de Mayall como guitarrista pero que también domina el bajo y el violín; el otro es Vic Briggs, que además de guitarra toca todo tipo de teclados. Su ya para entonces extensa hoja de servicios va desde la época dorada de Liverpool hasta su pertenencia a la banda de Brian Auger. Burdon procura reducir en lo posible su dependencia del catálogo de su antigua banda, y refuerza su querencia soul rock apoyándose en una mayor densidad de sonido. Su sello seguirá siendo el estadounidense MGM, que siente una fuerte devoción por el personaje aunque sus ventas sean bastante discretas. De todos modos, tanto en esta época como después Burdon ha vendido siempre más en aquel país que en la Isla. Ah, y por supuesto el laureado Tom Wilson se mantiene al frente de la producción.

Los señores de MGM ya le habían ofrecido la grabación de un disco a su nombre antes de que se confirmase en la Isla la separación de los antiguos Animals; el disco en cuestión sería publicado únicamente en Estados Unidos, y Burdon acepta. Finalmente llega a las tiendas a nombre de “Eric Burdon & The Animals”, aunque solo Jenkins está con él: salvo la batería, el resto de la instrumentación corre a cargo de las orquestas de Benny Golson y Horace Ott, ambos provenientes del mundo del jazz (y se nota). El disco se publica a principios de marzo de 1967 con el título de “Eric is here”, y es una colección de piezas compuestas por clásicos del Brill Building o músicos consagrados como Randy Newman. Lo cierto es que, como suele suceder con los grandes intérpretes, no importa mucho la procedencia del material porque él hace suya cualquier canción que ataque, con ese ingrediente soul que tiene su voz y su manera de cantar. Y sin ser un gran disco (en realidad es bastante irregular), ese ambiente único que solo él sabe crear le da el encanto suficiente para escucharlo de principio a fin sin saltarse una sola pieza. Por otra parte el apoyo orquestal está muy medido y nunca da la sensación de exceso, confirmando que ese origen jazzístico de Golson y Ott es la mejor garantía. Hay comentaristas que sugieren que tras esta rareza en la carrera de Burdon hubo un interés de la MGM por buscar una alternativa más creíble al estilo Tom Jones, que estaba vendiendo muy bien en aquel país, pero creo que esa versión no se sostiene; entre otras cosas porque de ser así habrían hecho una fuerte inversión publicitaria, y no la hicieron. De hecho el Lp ni siquiera llegó al top 100, aunque algunos singles extraídos de ahí anduvieron por el top 20.


Pocos días después se lanza el primer single en el que ya figura el nuevo grupo al completo (aunque en la Isla no se publicará hasta mayo). La cara A es una clásica inmediata: “When I was young”. La letra, obra de Burdon, es hasta cierto punto una síntesis más o menos biográfica sobre su padre y su juventud, mientras que la música es una obra colectiva y muestra una clara inclinación psicodélica. Es una pieza con un enorme embrujo, desde la base rítmica hasta ese magnífico trabajo de cuerdas en el que destaca el protagonismo de Weider y su violín. En la cara B está “A girl named Sandoz”, que como era de esperar narra la alegría que sintió nuestro amigo cuando comenzó a disfrutar de semejante “muchacha”, conocida genéricamente como LSD. Viene siendo una especie de blues psicodélico que no tiene nada que envidiar a unos Cream, sin ir más lejos. En ambas canciones el papel de Jenkins al bajo es monumental, y Weider se luce aquí a la guitarra; el acompañamiento del vibráfono a cargo de Briggs es otro hallazgo impagable. El single anduvo por el top 10 de media Europa y Estados Unidos, aunque en la Isla no pasó del 45. Decididamente, Burdon es ya más “americano” que isleño.



Aún ha de pasar el verano hasta que por fin veamos el primer Lp , que lleva el título de “Winds of change”. La psicodelia es el tono general en un repertorio que por otra parte tiene una clara vocación experimental. Una de las características vocales de Burdon es su tendencia a recitar, algo que ya había hecho antes y que aquí reitera con frecuencia. El primer ejemplo ya lo tenemos en la apertura con la pieza que le da título, y que tras la entrada con sitar nos introduce en una sonido casi ambiental, de claras reminiscencias hindúes y un fuerte apoyo de la base rítmica: aquí su voz se oye en eco y, como ya había hecho en otras ocasiones, nos va detallando los nombres de una serie de músicos que han contribuido a su formación y que son la base de esos “vientos de cambio” que soplan ahora. La composición es colectiva, aunque como siempre las letras son suyas en la gran mayoría. Se le ve muy motivado, muy a gusto con su nueva realidad californiana y la influencia tanto personal como colectiva del ácido, que lo ha convertido casi en otra persona: las influencias soul/blues estarán siempre ahí, pero esta nueva época va a ser duradera porque no es una pose (a diferencia de muchos otros, Burdon es de los pocos que realmente está haciendo de la psicodelia un modo de vida). Tras “Poem by the sea”, una magnífica pieza de tiempo medio, casi una balada alucinógena, llega la versión de “Paint it black” que había presentado en el festival de Monterey; es una nueva demostración de que cualquier cosa que interprete la hace suya. Hay también momentos oscuros como “The Black Plague”, una especie de cántico gregoriano que él preside recitando la trágica historia de la peste bubónica en el siglo XIV, y que va acompañado por un toque de campanilla casi obsesivo junto a una guitarra acústica siempre en la misma escala. La tensión baja considerablemente con “Yes, I’m experienced”, una alegre respuesta a la pregunta que estaba haciendo Hendrix por entonces y la que casi imita su estilo vocal. El disco, en conjunto, demuestra una enorme talla creativa aunque por ese carácter experimental, muy poco acomodaticio, tuvo unas ventas discretas; suficientes para rozar el top 40, de todos modos.


Antes de que el año termine Burdon y su banda comienzan la grabación de su siguiente disco grande, que llegará en la primavera del 68, así que de momento los dejamos aquí. Han dejado claro que son la banda más americana de todas las británicas actuales, demostrando hasta qué punto los isleños consiguieron interiorizar unas músicas que teóricamente no tenían nada que ver con ellos. Eso es empatía.

martes, 13 de enero de 2026

1967 (VII)

A partir de mediados de la década la oferta discográfica resulta ya exuberante. Eso hace que algunas propuestas valiosas no reciban la atención que merecen, ya que el público medio no tiene dinero ni tiempo suficiente para atender a la enorme cantidad de discos grandes y pequeños que se publican cada mes. Además un buen porcentaje de ese público es acomodaticio, porque prefiere recurrir a los nombres consagrados: la aventura queda para unos pocos valientes, o los seguidores de los ya emergentes “grupos de culto”, que dan un aura de distinción a quienes los siguen. Por otra parte, y salvo la veloz evolución de los Beatles, ese mismo público no ve con tanta alegría que los demás intenten hacer lo mismo; incluso ellos perdieron una parte de sus fans de los primeros tiempos cuando abandonaron el beat, aunque por supuesto el número de los que iban llegando superó con creces esa pérdida. Y por último hay algunos que están siempre en cuestión por unas razones u otras: eso pasó con los Yardbirds y está pasando con los Pretty Things, otro de nuestros grupos más queridos. Comenzaron a la sombra de los Stones, siendo más vigorosos y auténticos que ellos; el paso del tiempo sigue sin hacerles justicia, aparte de algunas decisiones erróneas de sus managers, y llegan a 1967 en una situación bastante inestable. En estos momentos son otra de esas bandas a las que su sello intenta reconvertir en pop mainstream, pero ellos se resisten.

Otro de sus problemas es que, por la continua inestabilidad en la que viven, los movimientos de personal son frecuentes: tras Brian Pendleton a finales de 1966, en enero del 67 se marcha el bajista John Stax. Wally Waller será su sustituto, y con él llega también Jon Povey; ambos proceden de los Fenmen, un pequeño grupo de r&b, con la peculiaridad de que Povey abandona la batería para militar como teclista. Con lo cual los Things, ahora quinteto, amplían sus recursos de sonido; hay que tener en cuenta que en esa época ya estaban fuertemente influenciados por el ambiente psicodélico reinante, y poco les quedaba de sus orígenes r&b. A mediados de abril se publica “Emotions”, una pura obligación contractual que el grupo debía cumplir para abandonar el sello Fontana. Para su desgracia el productor sigue siendo Steve Rowland, que ya en las grabaciones anteriores había demostrado su querencia mainstream y que reviste las piezas con arreglos orquestales. Así las cosas, no es extraño que decidieran rematar el disco cuanto antes: “Emotions” será durante mucho tiempo una grabación maldita de la que prácticamente ninguna pieza fue llevada al directo por entonces. Y sin embargo no es un mal disco, a pesar de la desgana que se les nota a veces y por supuesto de los innecesarios arreglos que se escuchan con frecuencia. La apertura con “Death of a socialite” es uno de los mejores momentos, con ese atrayente ritmo de cuerdas y a pesar de los instrumentos de viento, que deberían ser sustituidos por cuerdas o teclados. Otras como “There will never be another day” muestran una clara evolución pero mantienen en parte el espíritu de los Things, envueltos de nuevo por esos vientos que casi recuerdan a la Stax… ¿pretendía Rowland convertirlos en una banda de soul blanco al uso? Porque pasa lo mismo con la brillante “Photographer”, que no los necesita en absoluto... De todos modos, como casi todo el material está revestido por esa producción absurda (y aunque sigo diciendo que es un buen disco), recomendaría ir directamente a las ediciones de estos últimos años en CD, porque entre el material adicional están algunas de estas piezas en crudo.


Como era de esperar, el disco pasó sin pena ni gloria y el grupo abandona Fontana, que prácticamente no lo promocionó. Pero había un peso pesado que ya los seguía desde tiempo antes: el señor Norman Smith, legendario ingeniero de sonido de EMI que había trabajado en todos los discos de Beatles y que ya está produciendo el primero de Pink Floyd. Smith los ficha y el sello los asigna a la subsidiaria Columbia, que publica su primer single en noviembre: “Defecting grey / Mr. Evasion”. Los Things confirman aquí su plena identificación con el ambiente psicodélico reinante, y la producción de Smith les hace justicia; de hecho la cara A recuerda a los primeros Floyd sin duda alguna. En cualquier caso, al margen de que posiblemente Smith esté influenciado por la banda de Barrett, está claro que en este momento los Things tienen un estilo parecido pero sin nada que envidiar, con el mismo tinte alucinado pero también el mismo vigor en el sonido. Y más vigor aún tiene la cara B, otra espléndida pieza psicodélica aunque con esa estructura entre rock y pop que podría enmarcarse en ese fantasmagórico “no estilo” que tantos adoramos: sí, el adorable freakbeat, que San Phil Smee bendiga. Por desgracia y una vez más, el público en general pareció no enterarse.


La sucesión de fracasos comerciales en la que está sumido el grupo les lleva a aceptar algunas ofertas cuando menos curiosas. Una de ellas, la más prolongada porque durará varios años aunque con intermitencias, es la composición de piezas para bandas sonoras de películas generalmente de bajo presupuesto, de terror o porno blando: ese material pertenece al sello especializado De Wolfe, y los Things no aparecen como tales por razones contractuales y porque tampoco les interesaba que ese asunto fuese de dominio público. Toda la discografía que se publique al margen de su carrera convencional figura a nombre de The Electric Banana, y su primer disco-recopilación se publica en 1967 en formato de diez pulgadas. Como suele suceder en este tipo de trabajos, el grupo lleva acompañamiento orquestal de vez en cuando y hay un número similar de piezas cantadas e instrumentales. Varias son claramente descartes de las sesiones de “Emotions”, y otras son versiones alternativas; la mayoría son mediocres, pero tratándose de un grupo como este siempre hay algunas que valen la pena:


Antes de que termine noviembre los Things vuelven al estudio para comenzar la grabación del que será probablemente su disco más recordado hoy en día, aunque nos temamos que en lo comercial su suerte no va a cambiar. Y como eso ya será el año que viene, hasta entonces esperamos que sigan defendiéndose como gato panza arriba: está en su naturaleza.


martes, 6 de enero de 2026

Los Reyes han venido, nadie sabe cómo ha sido...

El día 6 de enero es el único del año en el que este bar se declara profundamente monárquico. Y por lo tanto, nobleza obliga: aquí tienen ustedes el regalito con el que Sus Mágicas Majestades nos obsequian puntualmente en pago a nuestra devoción. 

Por mi parte les deseo un feliz año y que no les invada nadie. Salud y suerte, que falta nos va a hacer.