viernes, 20 de marzo de 2026

1967 (XV)

Cream fueron dos bandas: un trío en directo y otro en estudio. Y en realidad éramos un grupo de jazz... pero nunca se lo dijimos a Eric”.
Jack Bruce 

El blues rock psicodélico, un descubrimiento debido a los Yardbirds en la época de Jeff Beck, consolida su poderío en 1967 a través de Cream y Hendrix con su banda. Cream, nuestros invitados de hoy, se habían dado a conocer el año anterior confirmando lo que casi todo el mundo pensaba: que de aquel trío cabía esperar grandes cosas, teniendo en cuenta el pedigrí que lucía cada uno de sus miembros. Y su debut no defraudó, aunque Clapton ya entonces nos avisa diciendo, más o menos, que aquello no era nada, que lo mejor estaba por llegar. Probablemente lo decía porque en ese primer disco se nota ya una buena coordinación entre ellos, pero quizá el elemento predominante es más la contundencia del sonido que una verdadera brillantez en el material. De hecho algunos comentaristas recuerdan que ahí tenemos una de las primeras muestras del naciente heavy metal que protagonizará el tránsito entre esta década y la siguiente; siguiendo de algún modo la estela de Jeff Beck, por cierto.

Uno de los elementos con los que Clapton no ha quedado satisfecho es con la producción, obra de Robert Stigwood. Hay que tener en cuenta que Stigwood es un todo terreno que reúne en sí mismo la categoría de manager del grupo y propietario del sello Reaction, donde graban. Dejando aparte su mayor o menor destreza dirigiendo a los ingenieros de sonido, lo que sí sabemos es que siempre ha estado más cerca del pop que del rock, y su carrera posterior lo demuestra. Así que tal vez se sintió desbordado por la situación, decidió hacer un trabajo “minimalista” con las canciones y se dejó llevar por la tremenda categoría de los tres músicos dándoles una libertad demasiado amplia, poco metrada, con lo cual tanto el sonido como la ejecución tienen más carácter de directo que de estudio. Por ejemplo, el solo de batería de Baker en “Toad”: ese tipo de despliegues era común en las grabaciones de jazz -el medio del que procede el propio Baker-, pero es probablemente la primera que se incluye en una grabación de rock en estudio (que por cierto, también algunos críticos definen el disco como precursor del “jam rock”. Sí, tenemos etiquetas para todo). Así que es probablemente la producción lo que está necesitando un cambio que consolide el poderío expresivo de Cream, y ese cambio tendrá lugar en Estados Unidos. 

En la primavera del 67 llegaron allí por primera vez, con fechas contratadas para presentarse en el RKO de Nueva York. Y aunque Clapton ya era medianamente conocido gracias a su época con los Yardbirds, aquellas actuaciones fueron bastante discretas. Pero hay un peso pesado del negocio que se ha fijado en ellos: Ahmet Ertegun, el todopoderoso capo de Atlantic Records. ATCO, la subsidiaria de Atlantic, es el sello que distribuye a Cream en Estados Unidos, y con esa excusa los convoca al estudio de Atlantic para grabar una versión de “Lawdy mama”. Se trata de una pieza del repertorio blues más tradicional cuya historia es larga y complicada, pero que el grupo ya había versionado meses antes en su primera actuación en la BBC y que ahora modifican para darle nueva vida. El señor Ertegun, muy satisfecho, los convence para grabar unas cuantas sesiones en su siguiente viaje a ese país, y ellos aceptan encantados. Ahí es donde se encarrila la trayectoria del grupo, porque a partir de entonces Stigwood será únicamente su manager: independientemente de dónde tengan lugar las grabaciones, estas serán dirigidas por Félix Pappalardi (Stigwood ya había mostrado su desagrado con la trayectoria que estaba tomando el trío, e incluso intentó eliminar unas maquetas con nuevas piezas grabadas a finales del año anterior). Pappalardi, un multinstrumentista con estudios académicos, había entrado poco antes en Atlantic y pronto se hizo indispensable para Ertegun; junto a él estará el técnico de sonido Tom Dowd, un clásico ya por entonces.


Esas sesiones son las que dan origen a “Disraeli gears”, el nuevo Lp de Cream, grabado en solo tres días de mayo porque sus visados estaban a punto de caducar. Y sin embargo, a pesar de esas urgencias, no falta ni sobra nada: estamos ante uno de las obras más notables e influyentes de la época. Ninguna pieza necesitó más de dos o tres tomas para conseguir ese sonido denso y caluroso, que por otra parte lleva muy pocos arreglos. Resulta evidente que Pappalardi ha conseguido un magnífico equilibrio entre las supuestas “dos bandas Cream” que decía Bruce. Por otra parte, sabe orientarlos para no quedar enredados en lo que él mismo consideraba “un tono excesivamente blues” y darles un carácter reconocible. La primera demostración ya la tenemos en “Strange brew”, la pieza que abre el disco: basándose en la última versión que habían hecho de “Lawdy mama”, él y su esposa Gail comenzaron por escribir una letra nueva y a continuación transformaron la estructura musical hasta conseguir “una canción pop sin destruir completamente el ritmo original”, según reconoció Clapton, que figura como coautor junto a la pareja. Y con lo purista que era Clapton por entonces, no hace falta añadir una sola palabra más. Luego llega “Sunshine of your love”. No se puede decir nada de esta canción que no haya sido dicho ya, así que resumiremos: seguramente estamos ante la canción bandera del grupo, una excelente mixtura de blues, rock con unas gotitas de psicodelia y sí, también un vago trasfondo pop. Fue compuesta a medias entre Bruce y Clapton -que se alternan en las voces- con letra de Pete Brown, y aún hoy se escucha con frecuencia en la radio. “World of pain”, la siguiente, es obra del matrimonio Pappalardi; Clapton y Bruce hacen de nuevo las dos voces en un blues rock de tono melodioso pero con un bonito juego de guitarras. Otra preciosidad es “Dance the night away”, compuesta exclusivamente por Bruce (salvo por la letra de Brown), en la que el arranque va protagonizado por Clapton con una guitarra de doce cuerdas; también la línea melódica y vocal podría recordar, digamos, a los Byrds, así que tal vez haya algo de homenaje aquí. Baker no suele prodigarse en la composición, y en este disco hay una sola canción suya: “Blue condition”, que cierra la cara A. Es un blues rock lentificado, y aunque puede sonar un tanto clásico tiene su interés (por no hablar del señorío de esa percusión, que protagoniza todo el disco). La cara B se abre con “Tales of brave Ulysses”, una de las escasas obras exclusivas de Clapton, en la que estrena el wah wah, un recurso que pronto será multitudinario entre los guitarristas. La canción, cuya letra es obra del artista multimedia australiano Martin Sharp, tiene un tono épico a juego con la letra, mientras que en lo musical el propio Clapton afirma haberse inspirado en “Summer in the city”, una de las clásicas de Lovin’ Spoonful. Le sigue “SLAWBR”, una debilidad personal mía: rítmica, fuerte, vivaracha, deliciosa. Una clásica de Bruce y Brown, pero lo suficientemente acogedora para que se luzcan los tres. Las cuatro siguientes, sin alcanzar la altura de las anteriores tal vez por ser más convencionales, no tienen desperdicio tampoco; pero lo dejo aquí, porque acabo de ver que me estoy pasando de recorrido. Y porque aún que añadir más cosas: también es Sharp quien diseña esa esplendorosa portada, cuyo trabajo prolongó la espera por el disco hasta su publicación en noviembre; al señor Ertegun todo este despliegue musical y artístico no le gustó e intentó frenarlo diciendo que había “poco blues y demasiada cacharrería psicodélica”, pero por suerte Booker T. y Otis Redding andaban cerca, escucharon “Sunshine of your love” y, arrobados, lo convencieron para que dejase hacer. Por último, el título del disco: Clapton, en conversación con Mick Turner, roadie del trío, dice que va a comprarse una bici de carreras. “Ah, con cambio de marchas”, contestó Turner. Pero eso, en inglés, se dice “derrailleur gears”, y Turner lo pronunció un poco raro; tanto, que los otros entendieron “Disraeli gears”, siendo Benjamin Disraeli el famoso político isleño del siglo XIX. Bueno, pues eso les pareció una idea genial: "¡Ya tenemos el título!", exclamaron alborozados. 


Cream terminan 1967 en la cresta de la ola, como suele decirse. Las cosas les van tan bien que ni siquiera hay noticia de peleas entre Bruce y Baker, lo cual es casi milagroso. Y ese disco, top 5 en medio mundo, es un verdadero tótem para una época y un estilo que pronto comenzará a derivar hacia formas más densas, más duras… más heavy, por resumir. Ya saben, Jimmy Page, Black Sabbath, toda esa gente.




jueves, 12 de marzo de 2026

1967 (XIV)

Ya vimos el año pasado que el músico otrora conocido como David Jones había decidido mudar de apellido, que a partir de entonces será “Bowie”. También su carrera cambia de perspectiva, ya que abandonó la posición de miembro de un grupo para comenzar una carrera en solitario; una carrera que en sus primeros años será dura, con escaso reconocimiento, porque el éxito a gran escala no le llegará hasta principio de la próxima década. Sin embargo es constante, y no está dispuesto a abandonar la farándula de modo alguno: su imagen y su vocación actoral le ayudarán a mantenerse en un mundillo que de un modo u otro ya reconoce su carisma. Aunque en lo estrictamente musical todavía está buscando un perfil propio, porque hasta ahora va a rebufo de los estilos convencionales, especialmente pop y r&b. Sin embargo Decca/Deram, su sello, sigue manteniendo la confianza y le ha asignado como productor a Mike Vernon, una de las nacientes estrellas del gremio. Por otra parte este año aumentará la apuesta, ya que pronto veremos su primer disco grande. 

Pero de momento lo que se nos presenta es un single un tanto sorprendente. Entre las muchas influencias que marcarán su carrera, una de las primeras y más importantes fue Anthony Newley. Se trata de un artista “multimedia” (justo lo que Bowie pretende ser) muy considerado en la Isla; en lo musical destacaba como compositor y cantante, pero también era actor y director, tanto en cine como en teatro, además que de que su voz era muy conocida entre el público británico porque también hizo teatro radiado a través de la BBC. Durante un tiempo se dedicó a hacer piezas novelty, es decir, canciones humorísticas o paródicas al estilo cabaret, de las que Bowie toma inspiración para componer “The laughing gnome”, una cancioncilla casi infantil, a modo de cuento, en la que nos habla de su encuentro con un gnomo. Quizá lo más infantil de todo sea ese truquito de meter voces aceleradas para escuchar el parlamento del supuesto gnomo, pero en conjunto estamos ante una rareza que no llegó a ninguna parte. Bowie, apesadumbrado, dijo luego lamentar haber grabado aquello; aunque yo creo que no era para tanto, porque al fin y al cabo tiene su gracia (y la reedición de 1973, aprovechando el “momento Ziggy Stardust”, vendió a miles). En la cara B tenemos “The gospel according to Tony Day”, más ajustada a las músicas del momento pero de arreglos bastante originales, en tiempo medio y mostrando ya una creciente personalidad tanto en el modo de cantar como de componer.



Un mes y medio más tarde, el 1 de junio, se publica el Lp, homónimo. Y de nuevo hay una sensación general de sorpresa, ya que aparte de la continuada influencia de Newley destaca el hecho de que el protagonismo de la instrumentación corre cargo de los instrumentos clásicos, especialmente de viento, mientras que la base rítmica de batería y bajo va muy en segundo plano. Al parecer esa es una decisión que tanto Bowie como Vernon toman bajo la influencia del recién publicado “Pet sounds” de los Beach Boys, que durante un tiempo será referencia para los músicos inclinados hacia el pop barroco. La mayor parte de las melodías, dejando aparte las que mantienen el espíritu del music hall como “Uncle Arthur”, “Join the gang” o “She got medals”, cuadran bastante bien con ese planteamiento, aunque a veces suenan un tanto desfasadas: el tono bucólico de “There is a happy land”, “When I live my dream” o “Silly boy blue” recuerdan antes a un crooner más o menos “alternativo”, pero de tres o cuatro años antes, que a un cantante del momento (esta última es un nuevo arreglo sobre una composición que ya viene de dos años antes). Lo cual no quita para que sean canciones bien trabajadas, con arreglos brillantes; pero considerando que estamos en una época totalmente revolucionaria para el pop británico como es el bienio 1966/67, el material en conjunto flojea un poco. Se incluye una revisión de “Rubber band”, que aquí cuadra perfectamente con las demás, y “Love you till Tuesday”, una pieza pop “desenfadada” que será su próximo single (y que tampoco va a llegar a las listas). El cierre con “Please Mr. Gravedigger”, un conjunto de sonidos que incluye truenos y lluvia, supuestamente en un cementerio, sobre el que escuchamos un canto de Bowie sin acompañamiento musical alguno, tampoco ayudó. El resultado fue el que casi todos esperaban: ni siquiera alcanzó el top 100. Aquí es cuando Decca se desilusiona y llega a la conclusión de que su apuesta fue equivocada; a partir de entonces y salvo la publicación del single pendiente, el sello ya no le admitirá nuevas canciones y terminará rescindiendo el contrato.


No escucharemos nuevas grabaciones de Bowie hasta que consiga interesar a otro sello; y eso será ya en 1969, por lo que el año que viene no vendrá a visitarnos. Pero seguirá muy activo, ya que decide estudiar arte dramático bajo la tutoría de Lindsay Kemp además de componer alguna pieza para otros cantantes y actuar esporádicamente con otros dos músicos en un grupillo llamado Feathers. Ese grupo, aunque anecdótico en la imponente biografía de nuestro amigo, es importante para él porque le permite mantenerse en forma: en lo musical no pasarán de interpretar piezas folkies, rock and roll y beat clásico, pero ahí ya comienza a mostrar sus condiciones para la representación escénica a base de mimo y baile. El nuevo Bowie se está gestando casi en secreto; y aunque el proceso durará dos o tres años, ya antes de que termine la década se van a ver cambios significativos. Así que esperaremos.