miércoles, 19 de mayo de 2010

B.B.B. (III)


“Llevamos décadas cantando blues, y ahora los jóvenes creen que lo inventaron los ingleses” 
(Memphis Slim)
 
Este es el tipo de frases que pone enfermo a Sam. Pero amigo mío, sintiéndolo mucho, no es una frase: es una constatación. Y aquí entra en juego la diferencia de carácter y circunstancias entre una raza y otra, entre América y Europa: el blues no había sufrido cambios notables en veinte años; es decir, desde el hecho de la electrificación, que, como a los demás géneros, lo afectó en el momento en el que llegó a la ciudad. En esencia, el público negro seguía oyendo y aplaudiendo las mismas escalas con leves variaciones de tempo y poco más: había nuevos cantantes y nuevos músicos, pero el material era muy parecido. Los bluesmen, que bastante tenían con un plato decente a la mesa todos los días, se acomodan a la demanda y no inventan formas nuevas; en parte porque el blues, tanto para ellos como para su público, es ya un folclore: hay normas no escritas que creen inamovibles, temor al riesgo -lo que funciona no lo cambies, el riesgo es para los blancos. Y también en parte porque no ven otras salidas, posibles mixturas que ese género pueda tener (salvo su mezcla con los blancos, que en ese momento y ese país es algo impensable). Si a esto le sumamos el hecho de que, al igual que el rock’n’roll negro o el r’n’b, sus obras circulan casi exclusivamente entre ese público (creo que ya he contado lo de la segregación y las “race lists”), ya tenemos el cuadro completo: los blanquitos americanos, poco dados a la inquietud salvo muy selectas minorías, no se enteraron de nada. Pero para eso está la Isla, para enterarse de todo.

Así pues, los británicos, que ya habían modificado el rock’n’roll hasta llevarlo a algo muy próximo a lo que es el rock (otro “invento” británico, digan lo que quieran los de allá), que ya han alterado el rhythm’n’blues para que, al fusionarlo con el beat, parezca británico, muy pronto dejan de bordar puntillosamente el blues y, una vez que le han pillado los trucos, se afanan en ponerlo patas arriba, recrearlo. Y claro, lo que llevaron de vuelta a América fue un nuevo producto totalmente “Made in Britain”: si los pioneros (Korner, Davies, Baldry, etc), proselitistas puros, se habían limitado a interpretar el género sin apenas variantes, a partir de la irrupción de Mayall la cosa va cambiando y sus discípulos forman la segunda oleada, la que dinamita las estructuras y tonos habituales, hasta crear el British Blues.

Y ya solo falta el “Boom”, que se ha estado gestando en el primer quinquenio de los años 60. Los músicos que comienzan a hacerse un nombre, que han pasado por alguno de los tres o cuatro criaderos, tienen ya sus propias ideas sobre el negocio y forman sus propias bandas: de los Yardbirds sale Clapton, Beck y Page; aunque Beck es un espíritu libre, Clapton es un bluesman puro antes de Mayall y después de Cream, y los Zeppelin parten del blues también. Directamente, sin pasos intermedios, de la banda de Mayall salen, entre otros, los fundadores de Fleetwood Mac, banda-paradigma del blues británico: Peter Green, Mick Fleetwood y John McVie; por no hablar de Mick Taylor (futuro Stone) o Andy Fraser, que pasó a ser el bajista de una de las primeras bandas de hard blues: Free. Mientras, de la escuela de Korner han salido Mick Jagger, Robert Plant o Ginger Baker… y muchos otros músicos parten para crear el rock progresivo o el jazz rock, por ejemplo; pero ahora estamos con lo que estamos.

Por fin, a la sombra de todos estos señores vienen detrás otros cuantos que, sin haber pasado por tan selectas escuelas, comienzan su carrera haciendo blues también: el escocés Ian Anderson monta Jethro Tull, Tony McPhee recrea los Groundhogs, aparecen Ten Years After, Savoy Brown, Chicken Shack… en 1968 el número de bandas de blues “oficiales” de la Isla supera ampliamente el centenar. Porque 1968 es el año del Boom, como 1967 lo había sido de la psicodelia. Y en ambos casos, llegada la eclosión llega también la decadencia: en 1969 ese número se ha reducido a menos de la mitad. ¿Por qué? Pues porque bajo el pensamiento británico, siempre inquieto, el blues es un género, como casi todos los “puros”, que da para poco más que un par de buenos discos, y las bandas inteligentes ya han cambiado de onda: el segundo disco de Jethro Tull, Free, Led Zeppelin, etc, contiene muchas otras cosas aparte de blues, y sólo quedarán en ese sector bandas-escuela como la de Mayall (que, en cualquier caso, también va mezclando estilos) o grupos de poco recorrido, instalados prácticamente en el revival.

Para terminar: el año anterior había llegado a la Isla un tal Hendrix, el negro que lo tuvo claro, el segundo de los de su raza (el primero fue Berry) que oyó en serio a los blancos y demostró que en el blues también podían hacerse las cosas como hacían ellos, mezclándolo todo: así salió lo que salió. Por cierto, a Hendrix se le considera un músico de producción británica: su casa discográfica lo era, también pasó a serlo su domicilio oficial, y su encumbramiento tuvo lugar entre los músicos de la Isla. No me extrañaría (a él tampoco) que, de haberse quedado en América, nunca hubiese pasado de ser un buen guitarrista de estudio, o poco más. En fin, querido Sam: las cosas son como son, no le des más vueltas. 


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