miércoles, 27 de mayo de 2015

España: ascensión y caída (XXVI)


Enhorabuena, estimados clientes de este garito: hoy terminamos por fin con la segunda ola yeyé nacional, es decir, con las músicas que se oyeron aquí en el segundo quinquenio de los años 60. Y como siempre queda bien despedirse a lo grande (aunque si hablamos de música española tal grandeza sea muy relativa), he reservado para este final a dos figuras que en su momento estuvieron en lo más alto de las listas: tanto Juan y Junior como los Íberos son un buen ejemplo de un estilo musical, el pop, cuyo encanto quedará hibernado durante unos cuantos años, suplantado por el cortoplacismo de unos sellos discográficos para los que ese género solo es negociable si se infantiliza (ya saben, los Diablos y demás familia). El futuro inmediato de la música moderna española, en términos de rentabilidad, corresponde salvo muy escasas excepciones a ese tipo de pop o a los cantantes melódicos.




En el otoño de 1966 Juan y Junior causan baja en los Brincos, tras fallarles el golpe de mano que habían intentado contra Fernando Árbex. De todos modos, más tarde o más temprano la separación acabaría siendo inevitable porque las perspectivas eran distintas: mientras Fernando abandonará el beat para acercarse al pop/rock con aromas progresivos, el dúo es pop puro sin la menor duda. Y la demostración llega en la primavera del 67, con su primer single: “La caza / Nada”, que sirve perfectamente para describir su estilo: un equilibrio entre melodías alegres o melancólicas cantadas con un exquisito juego de voces, empastado a veces en unos arreglos orquestales muy eficientes aunque un poco pasados de vueltas; esa mezcla los colocará en lo más alto de las listas de ventas casi hasta el final de su corta trayectoria. Su objetivo es el pop grandioso, preciosista, que funciona muy bien en el estudio; en directo se notan las carencias, pero ese tipo de detalles trae sin cuidado a sus fans -como buenos poperos que son. Por cierto, la presentación oficial tiene lugar en una nueva discoteca madrileña que se llamará J&J en honor a ellos. 

La sucesión de éxitos del 67 prosigue con otros dos singles (el formato clásico para este tipo de canciones): “Nos falta fe / Bajo el sol” es perfecto, y curiosamente la cara B -tal vez mi canción favorita del dúo- todavía mejora con la regrabación para su único LP, aunque precisamente la calidad de grabación es uno de sus puntos débiles por mucho que vayan a grabar a Italia. Luego llega “A dos niñas / Tres días”: la primera está dedicada supuestamente a sus novias oficiales, que resultaban ser Rocío Dúrcal (Juan) y Marisol (Junior); sí, por ese orden. “Tres días” tiene un punto eléctrico con ramalazos psych muy agradables y además, siguiendo el tono elegido para las caras B, dan un sonido muy de grupo, sin arreglos orquestales. Para entonces Juan y Junior son tan populares en las revistas musicales como en las del corazón, gracias a sus noviazgos, y de ahí al cine hay un paso: en 1968 ruedan una película musical a las órdenes del casi inevitable Pedro Olea, titulada “Un mundo diferente” que se verá en 1969. Lamento no poder opinar sobre ella, porque no la he visto; aunque según testimonio de algunos que sí la vieron, no me he perdido nada. En lo musical, su primer single del 68 es otro cañonazo: Pardo inicia su querencia por los asuntos gallegos con “Anduriña”, la cara A, que ha quedado como la canción más famosa del dúo. “Para verte reír”, la B, es otra pieza de pop muy agradable; sin embargo en ambas canciones se nota una sobrecarga de arreglos orquestales, y tanta grandiosidad acaba cansando. 

Ese single resulta ser el que marca el comienzo de la decadencia: el siguiente y último del 68. “Tiempo de amor /En San Juan”, vuelve a sonar sobrecargado, tremendista, con unas líneas melódicas decentes pero un tanto inconexas. Y al mismo tiempo comienzan los rumores sobre conflictos tanto sentimentales como profesionales: Marisol desaparece de escena y Rocío Dúrcal pasa a ser la novia oficial del guapo Junior, que por otra parte está oyendo cantos de sirena para que emprenda una carrera en solitario -que puede ampliarse a la incursión en el mundo del cine- mientras que Juan, posiblemente molesto por la situación, está componiendo algunas piezas a su aire. Como ven, estamos ante un culebrón de los que hacen época. Llegados a 1969 hay un último disco, el peor de su carrera, y Novola publica de paso un LP conteniendo todas sus grabaciones oficiales hasta entonces casi al mismo tiempo que el dúo anuncia su desaparición: al parecer Junior se ha enfadado porque Juan eliminó su voz en una canción (es de suponer que esa es una excusa oficial, pero ya no importa). La prensa musical, tan astuta como siempre, augura un gran futuro a Junior y uno más gris a Juan; como luego vimos, la cosa fue exactamente al revés: Juan, encorajinado por un nuevo golpe artístico y personal, queda frente a frente con su verdadero rival, que siempre ha sido Fernando Árbex. Esa competición no declarada será el mejor acicate para las carreras de ambos, carreras completamente distintas pero notables en los primeros años de la década que está a punto de comenzar. 




Los Íberos son el resultado de un empeño personal: Enrique Lozano, un joven malagueño que comenzó trabajando como barman en Torremolinos, crea en 1961/62 un híbrido entre grupo y orquesta que comienza a ser conocido en toda la zona y que con el paso del tiempo llegará a Londres; tras unas cuantas actuaciones en esa ciudad, su manager les consigue una gira por Irlanda, Suiza y Alemania. La gira se va ampliando, los meses se convierten en años y nuestro amigo vuelve a España cansado ya de tantas vueltas sin un futuro claro (sus compañeros han preferido quedarse por allá arriba). Pero sí tiene claras las ideas: el beat ha sido superado por el pop, y con un buen planteamiento se puede entrar en ese mercado. Estamos en 1966, Enrique es ya un guitarrista notable con un gran conocimiento del negocio y reúne un nuevo grupo que en 1967 se establece en Madrid. Su primer trabajo es como conjunto fijo en una discoteca, y de ahí pasan a ser caras conocidas de “Escala en Hi-Fi”, el programa musical de moda en la rudimentaria televisión de entonces; ya saben, poner el tipo en los playbacks de las canciones que triunfan en las listas. Esa relativa popularidad permite a Lozano rechazar una oferta discográfica de Movieplay: solo ficharán con un sello que les ofrezca grabar en Londres, como debe ser. Esa chulería tiene su premio, porque poco después actúan como teloneros de los Bravos; la actuación de los Íberos resalta frente a las estrellas, y el personal de Columbia que está en la sala toma nota: poco después firman con el sello, cuyo planteamiento para ellos es exactamente el de grupo alternativo a Mike y sus socios. O sea, que también ellos irán a grabar a Londres. 

Atrás quedan casi siete años de trabajo, un grave accidente de tráfico en el verano del 67 con un muerto y algunos heridos -entre ellos el propio Enrique- y varios cambios de plantilla que finalmente, a la hora de grabar, queda así: además de Enrique, que es el guitarrista oficial y frecuente compositor, tenemos a Adolfo Rodríguez, voz principal y segundo guitarrista; Cristóbal de Haro, el bajista, es un ex Flames, y el batería Diego Cascado viene de los Brujos. Columbia está ilusionada y financia la grabación en Londres de temas suficientes para un LP, algo que hasta ese momento no había conseguido ningún grupo español; el disco se compone de piezas propias, alguna versión sorprendente y otras compuestas por los señores Waddington y Bickerton (dos monstruos del pop británico de los años 60: el repertorio casi completo de las Flirtations o los Rubettes es suyo, además de varias canciones para Tom Jones o la producción de cosas tan extrañas como el disco de Fripp con los hermanos Giles). Hoy en día se le considera una de las obras cumbres del pop español, pero en realidad no se publicó hasta bien entrado 1969 ya que, como era norma en nuestro raquítico mercado, se troceó en varios singles que comenzaron a publicarse un año antes. El primero de ellos ya fue número uno: “Summertime girl / Hiding behind my smile” es una pareja de joyas del pop compuestas por los dos viejos zorros isleños, y para los aficionados su cara A forma parte del triunvirato divino del verano del 1968 junto a “Bring a little loving” de los Bravos y “Get on your knees” de los Canarios. Qué año, madre mía; las máquinas de discos de los bares y tugurios de futbolines o billares echaban humo... 

Poco después, al rebufo de su primer single tan british, llega otro netamente racial, español de los pies a la cabeza, con dos de las piezas compuestas por Enrique: “Las tres de la noche / Corto y ancho”, un delicioso cambio de estilo que remata 1968 para volver al pop en 1969 con “Nightime / Why can’t we be friends?”, ambas con un tono más orquestal. Viene luego una de sus escasas y sorprendentes versiones: el “Liar, liar” de los Castaways, nada menos; y suena muy bien, demostrando que es posible la transición del garaje al pop. Los Iberos están en la élite, y como era de esperar Iván Zulueta vuelve a aparecer en este garito con su “Un dos tres, al escondite inglés”: “Hiding behind my smile”, la cara B de su primer single, queda inmortalizada en esa película. Que es seguida por “Topical Spanish”, otra de no tanto relumbrón porque en su época estuvo “casi” censurada; ahí se lucen con “Amar en silencio”, cara B de su primer single en 1970, y “Fantastic girl / Back in time”, el segundo y último de ese año. Pero entonces se retira Enrique, que arrastra secuelas de aquel accidente de dos años antes y no puede seguir manteniendo el tipo: su recuperación será muy lenta. El grupo, sin su líder, comienza a dar tumbos; y el material de aquel LP fabuloso se ha agotado, por lo que necesitan recurrir a compositores ajenos. Uno de ellos será Óscar Lasprilla, teclista que fue de los últimos Brincos, en ese momento en Alacrán, y que denota en sus composiciones la escuela de aquel otro grupo mítico; pero en cualquier caso la hora de los Íberos ha pasado y en 1973 deciden darse de baja. De sus músicos el más recordado será su cantante, Adolfo Rodríguez, al que dentro de unos años veremos junto a Cánovas, Rodrigo y Guzmán. Y sus mejores canciones -bueno, digamos que mis preferidas- las tienen ustedes aquí, junto a otro ramillete similar de Juan y Junior. Que los disfruten. 

Volviendo al principio, hoy terminamos con la saga yeyé española relativa al quinquenio 1965-70. Por supuesto hay nuevos grupos surgiendo uno o dos años antes del final de la década, pero esos ya forman parte de la tercera ola; una de las olas más desafortunadas de la historia musical de nuestro país -lo tendrán todo en contra- pero que por supuesto, algún día, visitarán nuestro tugurio. Por nuestra parte y como siempre, queda pendiente la fiesta-baile con la que solemos rematar estos culebrones; dicha fiesta tendrá lugar dentro de dos semanas, ya que la próxima nos visitan de nuevo los Beatles, ¿recuerdan? 


miércoles, 20 de mayo de 2015

España: ascensión y caída (XXV)


Hoy nos visitan otros dos grupos que, como los de la semana pasada, parecían tener futuro pero solo consiguieron el gran respeto que ahora se les tiene, tantos años después: primero recordaremos a Los Grimm, que partiendo del soul tocaron muchos palos y llegaron al pop psicodélico-progresivo; Shelly y La Nueva Generación, nuestros siguientes invitados, andaban en un cruce entre soul pop y blues con tonos psicodélicos de vez en cuando. En ambos casos, tenían talla suficiente para mantenerse en un mercado que no fuese tan raquítico como el español, y creo que quien los conozca estará de acuerdo. Pero sus sellos -y estos eran de calibre- no los tomaron en serio, en el caso de los Grimm la promoción fue casi inexistente y, como siempre, trataron de dirigir su carrera hasta acabar con ellos. 




Los Grimm son la evolución de Los Gringos, un pequeño grupo nacido en 1964 que comenzó inspirándose en las melodías del Dúo Dinámico y el sonido Shadows para luego acercarse al beat. Su formación más estable queda definida a finales del año siguiente: Jesús Fernández es su líder, guitarra rítmica y compositor; el otro personaje destacado es un chaval de diecisiete años llamado Pedro Ample, cuya voz ya impresiona. Los otros músicos, al igual que Pedro, proceden de pequeños grupos sin pedigrí: José Antonio Rodríguez es el guitarra solista, Carlos de la Iglesia el batería y Víctor Martín el bajo. En 1966 Jesús, que trabaja como delineante en el estudio de un arquitecto, consigue que este los financie y compran un equipo decente; con ese equipo consiguen, entre otras cosas, un contrato como banda de a bordo en un crucero que hace el viaje Bilbao-Nueva York, viaje del que traen nuevos conocimientos: Pedro, por ejemplo, ha quedado impresionado con la potencia vocal de algunos cantantes de soul. De nuevo establecidos en Madrid, comienzan a hacerse famosos en el circuito de clubs y son recomendados por Ricardo Fuster (batería de los Relámpagos) al sello Fonogram, que los ficha a finales de ese año. Por cierto, que José Luis Armenteros, otro Relámpago, está entrando en el mundillo de la producción y los Grimm serán uno de sus primeros trabajos. Como ven, parece que estos muchachos tienen la suerte de cara. 

El sello busca un grupo que cubra el sector del folk pop para hacerle la competencia a Hispavox y sus triunfantes Pasos. Decide bautizar a su nuevo fichaje como Los Grimm y les adjudica un compositor que, para hacer juego con el nombre del grupo, presenta algunas letras con marcado carácter de cuento y fábula; Jesús compone la música y poco después, a principios del 67, vemos su primer single: “La amistad” y “Un día soñé” son perfectamente intercambiables, con un tono musical de folk eléctrico que en el segundo caso se acerca a la balada blues. Los ventas son decentes, y poco después llega su segundo disco con la misma propuesta. Tal vez por esa reiteración la mezcla comienza a resultar un poco cargante, y Pedro, gran admirador de Otis Redding, impone su criterio consiguiendo que el siguiente cierre el año con dos magníficas piezas de soul. La cara A, “Pobre hombre”, es una más que decente versión de "Down in the valley"; la cara B, “Mientras viva”, tiene espíritu de balada que nos recuerda los momentos más intimistas del propio Redding. Pedro está soberbio en esas interpretaciones, que lo consagran; justo por entonces Teddy Bautista tiene que abandonar los Canarios para ir a la mili y ha pensado en Pedro para que lo sustituya en su ausencia; Pedro acepta y los Grimm han de buscarse otro cantante. 

El substituto es otro Pedro, “Leré” Talavera, cuya voz no llega a la altura de su antecesor pero tampoco la necesita porque sus ideas son otras: el cambio de cantante implica cambio de estilo, del soul a la psicodelia. Estamos en 1968 y los nuevos Grimm publican su cuarto single, que trae dos versiones realmente tremendas: “Amor de niña” y “Viaje en la alfombra mágica”. La primera es el “Love child” de las Supremes; la B es “Magic carpet ride”, de Steppenwolf, y su aproximación desde el pop psicodélico resuelve las dos con mucha dignidad. Pero, una vez más, las ventas son discretas y Fonogram comienza a impacientarse. Entre unas cosas y otras no vuelven al estudio hasta el año siguiente, y tal vez por la presión del sello su nuevo disco sea menos brillante: una nueva versión de los Supremes que no aporta nada y el “Crimson and Clover” de Tommy James un poco deslucido. Comienza entonces un desfile de músicos que no augura nada bueno, aunque mejora la técnica y se añade una nueva sonoridad con el teclado del portugués Joao Vidal. El grupo sigue evolucionando y su nuevo disco presenta una cara A que nos lleva al hard rock con el “Hot smoke and Sasafrass” de Bubble Puppy, y una psicodélica “Tengo sueños”, pieza propia, para la cara B. Una vez más el disco pasa sin pena ni gloria, justo en un momento en el que hay otra llamada a filas: esta vez le toca a Pedro Talavera ponerse el uniforme. Los Grimm, desanimados, deciden abandonar; pero antes graban un último single con una nueva voz: un tal Pablo Abraira, que viene de hacer versiones de los Beatles en un grupillo de la capital, se pone ante el micro y nos ofrece su interpretación del “No face, no name, no number” de Traffic, nada menos. Y es una versión muy digna, pueden creerme, se lo dice un fan de esos señores (por otra parte, qué curiosa es la vida: Pedro Ample, otro adorador de Stevie Winwood, nunca grabó nada de Spencer Davis Group; y en cambio, llega Pablo y se atreve con Traffic). La cara B, escrita por Pablo, es la sorprendente “Want my love again”, en plan soul funky -al estilo de los Buenos, por ejemplo- y por supuesto cantada en inglés. No hace falta decir que una vez más el nuevo trabajo de los Grimm pasó desapercibido. Y que hoy en día son uno de esos nombres de culto respetadísimos por los fans más informados. 

Algunos músicos de este grupo pasaron al olvido, pero no todos: Pedro Ample, tras la sustitución en los Canarios, cubre las últimas actuaciones de los moribundos Brisks y corre a la llamada de Alain Milhaud, que ya estaba impaciente por echarle el guante, cambiar su apellido a “Ruy-Blas” y lanzarlo en su sello Poplandia, donde debuta con “A los que hirió el amor”, cañonazo bestial que será número uno en 1970/71 y nos muestra a un cantante de solera que con los años se irá colocando en un lugar más cercano al jazz: su carrera aún sigue hoy en día. Pablo Abraira también será un solista bastante popular: “Gavilán o paloma”, ¿recuerdan? Pero también ha hecho trabajos como actor y otras cosas; yo lo vi actuar hace años como integrante del Teatro Nacional, y no era malo del todo. Carlos de la Iglesia será el batería de Cecilia y morirá con ella en aquel maldito accidente, mientras que el portugués Vidal tendrá una buena proyección en Barrabas. 




Pueden ustedes respirar aliviados: si la historia de los Grimm es densa y florida, la de Shelly y Nueva Generación nos llevará muy poco rato. Shelly es María Concepción Gutiérrez, nacida en Maracaibo, Venezuela, hija de emigrantes españoles, que se establece en Madrid y antes de cumplir los veinte años ya ha conseguido encontrar un grupillo en el que desarrollar su afición yeyé. Pronto pasa a ser la figura de ese grupillo, que tras llamarse “Los Driblings” y luego “Nosotros” adquiere el nombre definitivo, más largo pero revelador. Tras unas cuantas actuaciones por las discotecas madrileñas con un repertorio que va desde el soul hasta los ritmos brasileiros, una espectadora de excepción se fija en ella: Maryni Callejo, que en ese momento ya es una de las mentes creativas de Philips y ofrece al grupo un contrato con el sello. La impresión que debió de causarle tuvo que ser enorme, ya que se convierte en su manager y tendrá como productores a Alfonso Sáinz en su primer single y a Pepe Nieto en los otros dos; ambos son ya dos personalidades en el mundo de la producción. Tras algunos cambios en el grupo, la guitarra queda a cargo de Jorge “El Cubano”; Miguel Rojas, “Bibi”, es el bajista; Luis Fornés a los teclados, y la ignorancia me obliga a escribir un simple “Manuel” en la batería: la historia de este grupo es tan extraña que, a pesar de la sorprendente proyección que tuvieron con solo tres singles, los datos son muy escasos. 

El verano de 1968 termina con la publicación de su primer single:”Mr. Train, hurry up/I’m a poor girl”, escritas por Miguel Rojas y Shelly. La primera arranca casi al estilo surf para llevarnos luego por un juego de sonidos entre soul, rock y psicodelia que efectivamente recuerda el ritmo de un tren; la cara B, igual de buena que la A, es una especie de balada soul en la que Shelly demuestra una solvencia admirable, como si llevase toda la vida haciendo eso. Las discotecas se emplean a fondo con la cara A para la sesión “rápida” y la B para la lenta, los fans más exquisitos flipan y el single consigue unas ventas decentes. Maryni consigue colar al grupo en un programa de televisión, donde interpretan la cara B, y a finales de año llega el segundo single, no menos impresionante que el primero: la cara A, titulada “Devil woman”, es una verdadera fiesta de sonidos a medio camino entre lo tribal y cualquier otra cosa, mientras que “I’m just a fool” es un soul rock de gran potencia que elige don Ivan Zulueta para -¿a que ya lo han adivinado?- “Un dos tres, al escondite inglés”. En ese momento Shelly y su grupo son probablemente lo más exportable que tendríamos si pudiésemos exportar algo; Maryni les consigue una gira que los ha de llevar por Estados Unidos y México nada menos, una gira que comenzará después de que se publique su tercer single, en la primavera del 69. En ese disco Shelly canta en castellano las dos últimas piezas que forman parte de la leyenda: la deliciosa “Vestido azul”, versión de una pieza brasileira y que en manos del grupo se convierte en una de esas canciones que justifica la existencia de nosotros los poppies, y “No puedo olvidarte, chico”, de un tono parecido y que demuestra una vez más que este grupo no tiene caras B, que todas son A. También la televisión nacional guarda recuerdo de ambas: vayan a Youtube. 

Pero la bruma se apodera del grupo en su gira americana, y a partir de entonces todo “parece”: parece que comenzó a haber disensiones; parece que Shelly quería comenzar una carrera en solitario, que Maryni pensaba en ella como cantante melódica pero Shelly tenía otros planes; al mismo tiempo parece que Philips, ante el poco éxito del grupo, tampoco quiso lanzar a Shelly en solitario, pero eso no cuadra con la versión de que Maryni sí quería... Por otra parte, ¿qué fue de los músicos? (salvo Pablo Weeber, que entró en la última época del grupo y luego fichó por Franklin), ¿qué fue de la propia Shelly?, ¿por qué hay más de una biografía “nubosa” entre los protegidos tanto de Maryni como de Alain Milhaud?, ¿por qué alguien no hace una película ya? Este y otros misterios nos serán aclarados en la próxima reencarnación, seguramente; pero mientras tanto, y junto a un paquetillo con lo mejor de los Grimm, aquí les dejo las seis canciones de Shelly y Nueva Generación: no podía ser menos. Algunas figuran en recopilatorios, otras no, y en cualquier caso no se sabe si las cintas han sobrevivido ya que nunca han sido reeditadas en CD. Por tanto, el sonido está sacado del vinilo; poco a poco, a lo largo de los años, he ido buscando y sustituyendo hasta conseguir el nivel de calidad de las que tengo ahora, y si alguien tiene algo mejor le rogaría que me lo pasase. Recuerden “Blade Runner”: este tipo de momentos no puede perderse como lágrimas en la lluvia. 


miércoles, 13 de mayo de 2015

España: ascensión y caída (XXIV)

Volvemos a Madrid para ir rematando esta segunda ola que comenzó con el beat y se va diluyendo en los últimos coletazos del “Spanish Soul” y la psicodelia; es una época confusa, sin un futuro claro, en la que nacen unos cuantos grupos cuya vida será corta pero que en aquel momento fueron muy aclamados. Por ejemplo, Henry and The Seven y Los Buenos: ambos tenían una potencia y un nivel técnico muy poco frecuentes en España, parecían destinados a triunfar y a pequeña escala lo consiguieron; sin embargo, pronto se vio que eran flor de un día. La historia de este tipo de grupos muestra además la gran brecha que está surgiendo entre los aficionados a la música pop de consumo (Los Diablos, Los Puntos, etc) y los más inquietos, que son pocos, cada vez más especializados y ya prefieren dedicarse a escuchar exclusivamente las grabaciones extranjeras: la ascensión que comenzó a mediados de la década ya se ha completado y, a falta de un estilo propio para seguir adelante, la caída es inevitable. 




Henry and The Seven, con ese nombre tan british, es una agrupación de curtidos músicos nacionales entre los que destaca el cantante Enrique Martínez, que de los Buitres pasó a los Continentales y ahora se hace llamar Henry; junto a él está el guitarrista Manolo Barrera, que viene de los Flames (el grupo más famoso de Almería) y otros cuantos veteranos más, todos juntos como orquesta de baile con actuaciones fijas en varios locales de Madrid. Entre 1967 y 68 se consolidan como grupo de soul -la moda del momento- y su dominio técnico llama la atención de José Luis Álvarez, el director de la influyente revista Fonorama, que les consigue un contrato con CEM, un pequeño sello que había comenzado a funcionar poco antes y cuyo estilo es parecido al de la trompetera Belter. Para cuando llegan a grabar su primer single, los ahora Henry and The Seven son una banda cuyo sonido ya se ha hecho famoso en la capital: nadie toca tan fuerte como ellos; y aún encima tienen repertorio propio, puesto que ambas canciones son suyas. 

Esas dos primeras canciones, cantadas en castellano, ya tienen gancho aunque no muestren la contundencia que pueden alcanzar en directo: “Llévame allí”, la cara A, es una transición entre pop y soul muy decente, mientras que “Cuando vuelva” un poco más oscura, tiene un cierto ramalazo de progresivo melancólico al estilo de unos Aphrodite’s Child, aunque como siempre la sección de metales y la voz de Henry son magníficos. Y antes de que acabe el año llega su obra cumbre, el single que trae “Come” en la cara A y la explosiva “You love me” en la B; dos piezas de tremendo soul blanco al mejor estilo americano y que por supuesto no tiene nada que envidiar a Canarios ni a cualquier otra banda nacional de su estilo. La cara B (que en buena lógica debería haber sido A) es la canción que elige Iván Zulueta para incluir al grupo en la legendaria “Un dos tres, al escondite inglés” estrenada en 1969, un año en el que no tienen nuevas grabaciones, sustituidas por unas cuantas giras y la mili de alguno de sus integrantes. 

La llegada de la nueva década marca su final: la popularidad de este grupo, como le pasó a otros, se circunscribe a Madrid, Barcelona y en general las zonas urbanas, más actualizadas que el resto del país; su sello no tiene la potencia de los grandes, y en consecuencia la promoción es muy deficiente; y por último, es posible que, también como otros, no supiesen evolucionar desde un soul que ya estaba pasando de moda hacia otra cosa, fuese la que fuese: en 1970 presentan su tercer y último single, cuya cara A se titula “It’s all right”, en la onda brass band de unos Chicago o Blood, Sweat and Tears, mientras que la B, “It used to be”, tiene un aire de “marcha fúnebre” que no cuadra mucho con todo lo que habían hecho antes. Las ventas caen y poco después la banda se disuelve: algunos músicos abandonan, otros vuelven al circuito de orquestas y solo seguiremos oyendo hablar, unos años después, de su guitarrista Francis Cervera y el bajista José Panizo, que formarán parte de Aguaviva. Curiosamente, de Henry y su tremendo vozarrón nunca más se supo en el negocio. 




Los Buenos hacían honor a su nombre: al igual que Enrique y los Siete, su destreza era producto de la veteranía. El más conocido es su cantante, Julián Granados, que ya ha pasado por los Ángeles Azules y los Brisks antes hacerse amigo de algunos músicos aficionados al soul/blues, entre los cuales vemos al organista Rod Mayall, hermanísimo del gran John; el guitarrista portugués Johnny Galvao, que junto a sus compatriotas Os Duques se afincó en España en el 65 y han grabado algunos singles; el bajo queda en manos de Iñaki Egaña, ex de Los Tañidores y otro histórico para el futuro del pop nacional, mientras que a la batería se sienta Jorge Moreno, ex de Los Brujos: vamos, lo que se dice un supergrupo con todas las de la Ley. Se hacen llamar los Snobs, pero poco después el director de orquesta Adolfo Waitzman -director musical del nuevo sello Acción (propiedad de la SER)- pasa a ser su manager, les cambia el nombre a Los Buenos y los mete a grabar a toda prisa a finales de 1968. En Enero del 69 ya está en las tiendas su primer single, promocionado intensamente a través de la SER, claro: que tiemblen Canarios, Bravos y demás familia. Sin embargo parece que sus padrinos no tienen muy claro aún cuál es el mercado potencial del grupo, ya que intentando abarcar todo tipo de públicos en la cara A hay una pieza festivalera un poco boba compuesta por Galvao y titulada “Canción”, mientras que el verdadero espíritu de Los Buenos está en la cara B: una versión del “Oh, pretty woman” de Albert King que arrasó en las discotecas y obligó al sello a repensar su estrategia para el futuro. 

Poco después aparece su segundo single, y esta vez su cara A hace honor al puesto que ocupa: el “Looking back” de Johnny “Guitar” Watson aparece completamente remozado, un r&b convertido en funky con muchas palmas y con el que de nuevo se hacen dueños de las discotecas. La cara B, aunque no tan tremenda, mejora mucho con respecto al primer single: “De mi niña”, compuesta por Egaña, es una enternecedora proclama con entrada épica y tono a lo Blood Sweat and Tears cantada por el propio Egaña, cuya voz aguda no llega a la potencia de Granados pero tiene su gracia. Y falta les va a hacer esa voz: recordarán que por entonces algunos Pekenikes (los hermanos Sainz entre ellos) junto a algunos Pasos crearon un nuevo grupo -Taranto’s- que además inauguraba un sello propio -Guitarra. Bien, pues Alfonso Sainz está presionando a Julián Granados para que inicie una carrera en solitario como estrella de ese nuevo sello. Y tal vez tengan razón, ya que los dos singles de los Buenos, a pesar de la promoción de la SER, solo se han vendido en las ciudades grandes (lo mismo que pasa con Henry and The Seven y otros cuantos grupos brillantes pero ajenos al gusto de la gran mayoría del público nacional). Así que, llegada la primavera, Julián abandona el grupo. 

El tercer single de Los Buenos trata de enmascarar esa pérdida; solo así se comprende que la cara A vaya ocupada por una anodina “Hola, hi, hello”, compuesta y cantada por Egaña sin gancho alguno, mientras que el verdadero cañonazo está en la B: “Groovy woovy”, un r&b con marcha rabiosamente bailable y de creación propia que resulta ser la última aportación de Julián antes de su despedida. Es la pieza más famosa y recordada de los Buenos, que se lucen con ella en -cómo no- “Un dos tres, al escondite inglés”, siendo además el único single del grupo que llega a rozar el top 20 en las listas. Pero al igual que Julián, la mayoría del grupo parece comprender que es imposible mantener una carrera solamente con las ventas para discotecas y comienzan a pensar en su futuro personal, despidiéndose de la afición poco después de publicar su cuarto y último single. En él, una vez más es mejor la cara B que la A: se titula “Summer talk” y es una buena despedida por su tono de blues arrastrado en el que la voz de Iñaki demuestra haberse hecho mayor. Por cierto, ese error equivocándose de canción (A por B) y por lo tanto de objetivo, es un hecho reincidente en la historia de la música española y ha lastrado carreras por entonces basadas en singles que sonaban en la radio convencional, de onda media: el locutor “todo terreno” de provincias no suele fijarse en las caras B. Pero ya da igual: los Buenos desaparecen del mapa con el fin de 1969, y cuatro singles en ese año son todo su legado. En cuanto a los músicos, la carrera en solitario de Julián es bastante mediocre; Rod se volvió a su Isla; Galvao se estableció como músico de estudio llegando ser de los más cotizados, Moreno parece haberse evaporado y Egaña, reclutado por Fernando Árbex, será el bajista de otra gran luminaria que también quedó en nada: Alacran. Pero luego formará parte de los orígenes de Barrabas, el grupo español más rentable de los años 70, y luego de Iman, y aún sigue en activo.

Como ven, los grupos españoles que tratan de escapar del pop facilón que se está imponiendo en el país lo tienen muy crudo. Pero por supuesto siempre quedará su obra, y aquí les dejo lo más florido de ambos. Que lo disfruten. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

Muchos Beatles



Hoy dejaremos descansar a los sufridos grupos españoles y de paso nos aireamos todos un poco: tengo el honor de traer ante ustedes una nueva muestra de la incansable vocación creativa que adorna a algunos blogueros insignes, cuyo ímpetu acaba arrastrando a otros cuantos a embarcarse en los proyectos más insólitos. Posiblemente algunos de los asiduos al tugurio aún recuerden esta entrada en la que Bob Dylan era objeto de un homenaje elaborado a base de versiones hechas por músicos británicos. Bien, pues ahora le toca a los Beatles; pero en esta ocasión el empeño es casi enciclopédico -¿o tal vez ciclópeo?- porque don José Kortocircuito, el instigador de ambos homenajes (inspirado esta vez por mister Katetoskopio), se ha propuesto nada menos que cubrir íntegramente la obra oficial de estos muchachos. En otras palabras: tendrán ustedes la posibilidad de escuchar una versión de cada una de las canciones que integra su tan robusta como legendaria discografía. 

Don José y su temible poder de persuasión han conseguido implicar a don Antoni (Viejo Zapato Marrón), mr. Babelain (Toto-Vaca), el ya citado ente conocido como Katetoskopio (Las Galletas de María), don Miguel (Spanish Garage and Pop Rock) y un servidor. El proyecto es ambicioso, pero tiene su gracia: nos hemos puesto a buscar versiones como locos y hoy presentamos la primera parte del resultado, que se engloba bajo el título genérico de “The other Beatles collection”. Cada parte se publicará con carácter mensual (para no agobiar al distinguido público) y estará formada por tres discos que siguen el orden original de publicación. Eso significa que hoy podrán disfrutar de los tres primeros pinchando sobre cada uno de ellos:


Espero que los disfruten al menos tanto como hemos disfrutado nosotros cocinándolos. Y si el resultado les convence, recuerden: el mes que viene, la segunda parte. Por otra parte, a caballo regalado...