miércoles, 29 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (y fin)



Bienvenidos a la fiesta. Ya hemos visto que los años de transición entre las décadas de los 60 y los 70 fueron muy grises, pero no tanto como para que las discotecas tuviesen que cerrar: de un modo u otro, las ganas de baile se mantuvieron saciadas -aunque la mayoría de la oferta fuese extranjera, todo hay que decirlo. El caso es que siempre ha habido grupillos, solistas semidesconocidos o extrañas aventuras discográficas que pronto pasan al olvido pero dejan un rastro, alguna grabación; y ahí estamos nosotros, al acecho, vigilando. Estas son unas cuantas piezas que hemos detectado; como es norma de la casa, escucharán ustedes 12+1 selecciones, que esperamos sean de su agrado. O no. 

Como es de ley, empezaremos con una señorita; gallega, además. Se trata de María Teresa Pérez, una coruñesa de gran voz que comenzó a cantar de niña y que con once años ya había ganado un concurso radiofónico en la ciudad. Luego se va a vivir a Barcelona, se pone al frente de un grupillo llamado “Los Boom” y en una actuación es descubierta por la poderosa Maryni Callejo, que le propone un contrato como cantante solista: su nombre de guerra será Tara. A mediados de 1970 llega su primer single, y resulta ser un éxito nacional: su voz, potente (“la Janis Joplin española”, llegaron a llamarle) se amolda muy bien a un estilo entre soul y Motown que la convierte en una de las mayores promesas nacionales, aunque alternando las piezas de ese estilo -cantadas en inglés- con otras más comerciales, en plan balada nacional. Poco después llega un Lp grabado en directo en una famosa discoteca madrileña con un grupo de músicos de gran nivel y la presentación a cargo de Joaquín Prat, nada menos; es decir, que Maryni había tirado la casa por la ventana. Sin embargo algo falla, y hay dos versiones: la oficial dice que Tara no estaba a gusto con tanta popularidad, le daba miedo el escenario y ante la proximidad de su boda decidió retirarse; la “malévola” dice que se enfrentó a Maryni por el repertorio, ya que no estaba de acuerdo con las baladitas que le obligaba a cantar. En cierto modo esa versión recuerda a aquella otra, tampoco oficial, que corrió en la época de Shelly y la Nueva Generación: enfrentarse a Maryni era una derrota segura. Por otra parte el asunto del “miedo” no cuadra mucho, ya que Tara volvió a las actuaciones poco después aunque de forma intermitente (llegó a ser aspirante a representar a España en Eurovisión). Lo que queda es aquel Lp y algunos singles entre los que destaca el primero, un número uno cuya cara A es el “Happy” de William Bell, perla del Northern Soul que esta paisana engrandece con una versión más potente que la original. 




En la historia musical española hay personajes muy activos cuya importancia hoy en día pasa desapercibida porque ya solo se recuerda su carrera discográfica, olvidando sus otras facetas. Este es el caso, por ejemplo, de Tony Ronald, un holandés que comenzó su carrera en España a principios de la década anterior, que al frente de los Kroner’s grabó un buen puñado de discos bastante decentes y que en los 70 decide seguir como solista dedicado al más puro pop comercial. Sin embargo en su grupo da entrada a músicos que luego serán importantes (Iceberg nacen en los Kroner’s, por ejemplo), y al mismo tiempo promociona algunas propuestas que nunca le dieron dinero por ser demasiado modernas para el país en el que eligió vivir. Ya vimos un ejemplo a finales de los años 60 con aquel cuarteto llamado los Zooms (pura vanguardia), y volveremos a verlo ahora: Época son un trío de músicos que forman parte del grupo de Georgie Dann (¡glub!) pero cuyos gustos se acercan más al rock hard/heavy de unos Deep Purple o Grand Funk, por ejemplo. Tony les consigue un contrato con Ariola y graban en 1970 el que será su único single, con dos canciones propias, de las cuales “No estoy bien” es su cara A. Las influencias son evidentes, pero el disco pasa desapercibido y el trío se apacigua de momento; poco después, con un planteamiento más “moderado”, serán los exitosos Santabárbara. 




Otro buen ejemplo de músico inquieto es Alfonso Sáinz, cerebro de los Pekenikes y que a principios de los años 70 creó el sello Guitarra para publicar junto a otros miembros del grupo y bajo el nombre de Taranto’s algunas piezas de tono andaluz que no podía presentar en Hispavox. Pero, ya puestos, compuso también otras más asequibles al mercado rockero, con un tono entre funk y r’n’b, a las que quiso dar salida reuniendo a unos cuantos músicos -alguno de los cuales llegó a militar en los Pekenikes- y bautizándolos como The Fly (o La Mosca, como prefieran). Se llegó a publicar un Lp con esas canciones, algunas también en single, pero la cosa pasó sin pena ni gloria a pesar de que tenían buen nivel. Oigan si no este “Chemin de fer” que recuerda a Booker T & The MG’s, es decir, una de las grandes influencias de Pekenikes en su última época.




También se da el caso de periodistas musicales que prueban fortuna como productores, managers o propietarios de sellos. Es el caso de José Luis Álvarez, el alma de Discos Cocodrilo, que ya a principios de los 70 tiene un estudio y reúne a algunos músicos de grupos conocidos para grabar piezas sin un criterio determinado. A mediados de ese año publica un single con dos piezas desarrolladas al estilo jam, a medio camino entre funk rock y psicodelia, muy agradables. El grupo de músicos se bautiza como All and Nothing, y la cara A se titula “Underground vibrations num. 2” (qué fue de la 1, nos preguntamos), un título que ligeramente modificado dio nombre años más tarde a una de las series “nuggets” española más popular. Álvarez repitió la jugada poco después con otro single mezclando los estilos anteriores con el flamenco pop, pero la cosa ya resultaba un tanto pastiche.




Gran parte de los músicos nacionales sobrevivían tocando en orquestas todo terreno cuya principal fuente de ingresos eran las fiestas o saraos en locales veraniegos, y cuyo material estaba compuesto por los éxitos del momento; su mayor o menor calidad haciendo versiones era el toque de distinción entre unas bandas y otras. De vez en cuando incluso se atrevían a componer algunas piezas que, ya en el colmo de la buena suerte, llegaban a ser grabadas por algún sello. Hay muchos ejemplos, que a veces resultan sorprendentes: Albert Garriga es un excelente “vocalista”, como se decía antes, que ya lleva un tiempo como cantante principal en algunas bandas y en 1967 decide crear la suya propia, es decir, la Albert Band. Durante cuatro años consiguen mantenerse, mal que bien, a base de actuaciones por media Cataluña e incluso graban algunos singles, algunos con canciones originales (casi siempre baladas) o versiones de lo que su sello les imponga. Finalmente se despiden en 1970, y lo hacen por todo lo alto con un último single que forma parte de la leyenda nacional gracias a una cara A que es de creación propia y en la que se demuestra la gran calidad de los músicos, la tremenda voz de Albert -desaprovechada hasta ese momento- y la inesperada categoría creativa que demuestran. La canción se titula “Ella tiene el cabello rubio”, y si alguno de ustedes no la conoce no sabe lo que se está perdiendo.




Hubo varios grupos que intentaron un difícil equilibrio entre calidad y ventas, pero ya hemos visto que en una época en la que los sellos apostaron claramente por los solistas esa tarea resultó casi imposible: los casos de Módulos, Conexion y alguno más son puras excepciones. Aunque también es verdad que no había compositores de calibre, y por lo tanto la mayoría de los que lo intentaron tenían que limitarse a hacer versiones (una alternativa que en los 70 resultaba ya desfasada). Este es el caso de Círculos, una banda de Barcelona que entre 1970 y 71 publicó dos singles en los que parecían querer demostrar que su rango era muy amplio: las caras A son dos monstruos del pop acústico como “Lady D’Arvanville” y “Cecilia”, mientras que en las B hacen homenaje al soul (“Respect”) y a la Motown (“Get ready”). Más variedad imposible -y su técnica era muy buena-, pero de poco les valió. He aquí su original interpretación de “Respect” rizando el rizo: la original de Otis parece haber sido “tratada” por Booker T & The MG’s y al final lo que tenemos es una excelente versión instrumental. 




Seguimos en Cataluña. Otra de las evidencias en esta época es que muy pocos grupos tuvieron una vida extensa: los músicos que procedían de la década anterior eran ya veteranos de mil batallas, y trataban de reubicarse en nuevas formaciones para seguir manteniéndose en un mundillo que cada vez era más duro; eso significaba tener que renunciar en muchos casos a sus gustos, o tratar de compaginarlos con las exigencias comerciales (y de todos modos al final la mayoría acabó cayendo). De los muchos ejemplos posibles, podemos elegir a los Furia: ahí tenemos a ex miembros de los No y los Gatos Negros, que en su mayor parte trabajan un repertorio escrito por Ramón Farrán, un elemento bastante pachanguero que ya había tenido problemas con Mi Generación y que les suministra algunas canciones perfectamente prescindibles. Sin embargo a veces hay alguna sorpresa oculta en las caras B, y ese es el caso de su último single, de un total de cuatro que grabaron antes de desaparecer: “Solamente tú”, de 1972, es su canto del cisne, como si quisieran reivindicarse con una pieza que mantiene un buen equilibrio entre calidad y gancho comercial. Da un poco de pena que no tuviesen más detalles de este tipo. 




Terminamos con la oferta catalana recordando a otro buen ejemplo de músico trotamundos: el guitarrista Alejandro Armada, cuyo historial comienza a mediados de la década anterior y que con solo 18 años ya había sustituido a Pedro Gené en Lone Star cuando este tuvo que ir a la mili; luego pasó por algunos grupos de categoría como los Zooms o los Íberos, y en 1971 crea el trío Armada junto a José Luis Tejada (de los No) y Primi, el bajista de Yerba Mate. La cosa no duró mucho, pero les dio tiempo a grabar un single bastante decente sobre todo por su cara B: “Cry”, una pieza de hard rock que no tiene nada que envidiar a muchas luminarias extranjeras de la época. Poco después volvió a Lone Star, mientras Tejada entraba en Barrabas y Primi en Iceberg. Como ven, los veteranos con pedigrí son incombustibles. 




Cuando llegamos a Andalucía para visitar a los Smash, inevitablemente salió a relucir el nombre de Gong como grupo de referencia original. La mayor parte de aquellos músicos habían comenzado su carrera en los antiguos Murciélagos, de donde también procedía Gualberto; que intentó liarlos para crear el nuevo grupo, pero se negaron. La verdad es que Gong eran todavía más caóticos que los propios Smash, y su carrera solo dio para dos singles. Sin embargo es curiosa su mezcla de blues y flamenco, como si fuesen dos estilos hermanos que a veces pueden compenetrarse perfectamente; oigan si no este sentido homenaje a Leadbelly (nada menos) subtitulado “Keep your hands off her”. Cantan en inglés y todo, pero se nota claramente cuál es su palo. 




Otros músicos en cambio, sean andaluces o no, buscan la universalidad del blues sin mezclarlo con las influencias propias de la zona en la que viven, tal vez buscando un sonido “cosmopolita” que los británicos supieron conseguir plenamente pero que para un españolito de a pie resulta mucho más difícil: si no tienes un carácter propio que añadir a un estilo, no tienes futuro. Este fue el caso de Vértice, a los que ya conocemos por Tapi, y lo fue también de Simún, un grupo gaditano que únicamente consiguió publicar un single en 1970: “My good time”, una pieza propia, es su cara A y tiene categoría, aunque de poco les valió (la cara B era una muy competente versión de “Hideaway”, por cierto). 




A principios de la década anda por Madrid un trío de músicos tan aficionados al pop como al rock que se mantienen haciendo el apoyo a figuras más o menos conocidas; su ilusión es tener una carrera propia, pero de momento hay que esperar. Más o menos por esa época comienza a hacerse conocido un dúo de señoras que con el tiempo serán uno de los mayores orgullos de España: Vainica Doble. El trío acompaña con frecuencia las actuaciones de esas señoras, que conociendo sus planes escriben una canción para ellos y les consiguen un contrato con Columbia. En 1972, con la ayuda de un teclista, se publica el single cuya cara A es “El rigor de las desdichas”, la canción de las vainicas, y la B “Someone like you”, flojilla, compuesta por ellos. El disco tiene una pobre circulación y pronto se pierde su rastro, pero estos muchachos conseguirán ir saliendo adelante poco a poco. Ah, el nombre: los Tickets. No se preocupen si no les suena, porque dentro de pocos años se llamarán Asfalto; y por supuesto, tanto ellos como las vainicas serán invitados de honor en este humilde tugurio. Pero mientras tanto… 




La fiesta comenzó con una gallega, y la pieza número 12 la protagoniza un gallego. Ambos parecen un poco alejados de las músicas progresivas del momento: si a Tara le iban los sonidos negros de la década anterior, Xetxu -que así se hace llamar nuestro representante masculino- es fan de la psicodelia rockera, o algo así. Se trata de José Hermida, un muchacho que se fue a estudiar Derecho a Barcelona y que en ratos libres compuso algunas canciones “raras” cantadas en gallego y publicadas en dos singles. Luego dejó la música para convertirse en un experto en comunicación, pero lo que queda para nosotros son esos dos singles de los cuales en 1973 se publica el primero, “Xohana”, cuya letra entre surrealista y psicodélica viene siendo, según él, resultado de las visiones de una muchacha que se acaba de zampar un ácido. Al bajo está Toti Soler, y a la batería Santi Arisa. Si esta pieza llega a ser grabada por unos isleños, no quiero pensar lo que costaría hoy pillar el single en las subastas, pero no: es gallego. Juzguen ustedes mismos




La selección 12+1, como siempre fuera de programa, no pertenece a un grupo español pero de un modo u otro podemos considerarlos como “casi” nuestros. Allá por 1965, un conjunto alemán llamado The Vampires, especializado en versiones de piezas mod, se viene a vivir a España, a Madrid para ser más exactos. Llegan incluso a participar en el festival de grupos de León en 1967, el año en que triunfaron los futuros Pop Tops, y finalmente deciden trasladarse a Mallorca tras fichar a un guitarra español que aumente el poderío del grupo. Allí van evolucionando su sonido hasta convertirse en una de las principales atracciones de la isla, y en 1969 consiguen un contrato con el sello catalán Ekipo, pero bajo un nuevo nombre: Evolution. En parte seguirán grabando versiones de gente tan notable como Spirit o King Crimson, pero también creando piezas propias, y el resultado son algunos singles y un Lp: el conjunto de su obra es de calidad superior, de lo mejorcito que se ha hecho en España en esa época. Su carrera termina en 1972, ante la evidencia de que no hay futuro para este tipo de grupos ni de músicas en un país que definitivamente ha optado por Fórmula V o Camilo Sesto, pero como siempre queda su obra. Y un buen ejemplo de ella es este “Doctor Vázquez”, que inauguraba aquel legendario Lp. 




Y ya está, se acabó la fiesta. Espero que se hayan divertido y les dejo aquí la selección por si quieren bailarla de nuevo a su aire (he incluido un pequeño regalito, para que les quede un buen sabor de boca). Y a disfrutar del verano. 


martes, 21 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XVIII)

Hoy terminamos con esta fase de penuria en el rock hispano, con ese doloroso tránsito entre décadas que solo ha dejado tres o cuatro nombres realmente populares en la memoria de los aficionados; el resto, la mayoría de los que han salido aquí, tiene el dudoso privilegio de ser rarezas para el recuerdo de un puñado de seres desquiciados como el que esto suscribe, pero poco más. Como ya sabemos, el dinero se lo llevaron los cantantes melódicos y tres o cuatro conjuntos de pop chicle como Fórmula V, los Diablos y demás horrores del ramo. Selección natural, llaman a eso las discográficas. La despedida nos lleva a Madrid, la capital del Imperio, tan bulliciosa en los años 60 y tan triste en estos momentos, claramente superada por la pujanza de Barcelona (aunque ya hemos visto que tampoco allí la situación general era como para echar cohetes). Es en Madrid donde hay dos grupos que reflejan muy bien la situación nacional del rock más o menos duro, más o menos progresivo: un quiero y no puedo. La afición es escasa y confía poco en la oferta nacional, por lo que su existencia será corta. Esos dos grupos, por orden de aparición, son Cerebrum y Franklin.



La historia de Cerebrum comienza a principios de 1969, cuando Luis Navarro, cantante que hacía juegos de voces en formato de dúo, busca músicos para formar un cuarteto. Uno de los integrantes será el bajista Chema Pellico, que procede de un grupo llamado los Más: pero ese grupo ya no existe, y deciden “heredar” el nombre. Junto al guitarra Javier Esteve y el batería Pedro Moreno, se hacen relativamente conocidos en algunos locales de Madrid por su afición a recrear piezas de sus grupos predilectos (Canned Heat, Cream, etc) en largos desarrollos, que podían llegar a durar media hora. Es una táctica muy habitual en las bandas británicas o yanquis de la época, pero muy arriesgada en un país como este, donde la afición es poca. Sin embargo al final tienen suerte, porque en Barcelona hay sellos que están interesados en ampliar la cuota progresiva; y uno de ellos es Ekipo/Dimensión, que los ficha antes de que acabe el año. Hay sin embargo una salvedad: ese nombre de “Los Más” suena desfasado, muy típico de una época y un estilo que ya no son actuales, así que les suministra uno nuevo, “Cerebrum”, que cuadra perfectamente con la década que está a punto de comenzar. E inmediatamente graban su primer single: “Eagle death / Read a book”, en el que lo primero que llama la atención es que mantienen su querencia por los desarrollos largos, ya que ambas piezas andan sobre los cinco minutos. La primera es la más fuerte; tanto su ritmo como la preponderancia de la guitarra desmelenada recuerdan al estilo Blue Cheer y bandas similares, en el cruce hard/heavy; pero en el centro temporal de ese desarrollo hay una entrada de piano al estilo clásico que nace y va ganando presencia hasta que el resultado es una curiosa muestra de fusión (y las notas finales las pone ese piano). La segunda es más relajada, a pesar de los interludios de la guitarra, y tanto en una como en otra se hace muy presente esa voz de ultratumba que nos recuerda una de las esencias de las primeras bandas heavies, la psicodelia oscura. En cualquier caso, y aunque la leyenda dice que solo se grabaron 500 copias, se vendieron pronto. El naciente heavy nacional parecía tener a unos buenos representantes. 

En 1970 llega el segundo single: “Time’s door / It’s so hard”, que sigue el estilo del primero aunque más adaptado al formato ya que las piezas son más cortas y más estilizadas a pesar de que la marcha guitarrera no decae. La primera me recuerda a Black Sabbath, tiene un tipo de escalas muy parecido, aunque posiblemente ellos no los habían escuchado todavía (su primer disco se publicó muy poco antes). La segunda tiene un desarrollo cercano al blues, que es también una de las bases del heavy progresivo tradicional, y de nuevo está muy bien planteada, aunque como las demás da la impresión de ser un “extracto”, de que esas mismas piezas en directo son mucho más extensas: Cerebrum es uno de esos grupos cuya razón de ser está sobre un escenario, y este disco ya tiene unas ventas mucho más reducidas. Esteve se marcha poco después, sustituido por Alfredo Santana, que tampoco durará mucho porque tras la participación del grupo en uno de aquellos festivales progresivos que se celebraban en Barcelona, a finales de 1970 comienzan las deserciones. En 1971, tras un carrusel de idas y venidas que incluyen una de las primeras apariciones de Salvador Domínguez, Cerebrum se disuelven. Casi a continuación, Esteve junto a Fernando Artalejo (que fue el primer batería de Cerebrum hasta que la mili lo hizo marcharse) y otros músicos forman Araxes, un grupo progresivo con influencias muy diversas, que solo grabó un single en 1972: “Something to say”, un largo desarrollo dividido en dos partes y supuesto sonido “directo” que no era tal. Es una buena pieza, con un vago sonido a Traffic (por la flauta, sobre todo), pero que pasó sin pena ni gloria. Sin embargo, y a pesar de los continuos cambios de personal (hasta Jorge Pardo llegó a militar en ese grupo), reaparecieron en 1975 como “Araxes II” y grabaron un único single dos años después: “El Rastro / Sí”, en el sello Chapa, que prácticamente nadie llegó a oír si no fuese porque luego las dos canciones aparecieron en uno de los recopilatorios de “Viva el rollo”. Dejando aparte las “introducciones habladas”, unas frasecillas supuestamente enrolladas que dan vergüenza ajena, la primera va en plan rock sinfónico con final de organillo ejecutando el chotis “Madrid”; la segunda es un poco más rockera, pero tampoco es que sea una joya. De todos modos, juzguen ustedes: la saga Cerebrum - Araxes no fue muy fructífera, pero tiene su encanto. 



Franklin surgen a principios de 1970 con un estilo parecido a Cerebrum: su principal referente son las bandas rockeras al estilo hard blues como Cream y compañía; y por lo tanto, disfrutan también de los largos desarrollos y la exuberancia guitarrera. Su destino será el mismo, una corta carrera y una escasa producción discográfica, pero aquí se presentan algunos músicos que luego participarán en otros grupos de más calibre: el más conocido es Juan Cánovas, el batería, que luego estará en CRAG y posteriormente en Módulos; Antonio García de Diego, el cantante y guitarrista, formará parte de Canarios, mientras que tras algunas idas y venidas quedan como fijos Pablo Weeber (segundo guitarra, procedente de Shelly y Nueva Generación), que intentará una resurrección de Franklin para luego grabar dos discos en Alemania junto Hoelderlin, banda rockera de parecido estilo, y el teclista Mariano Díaz, que tendrá una larga carrera como músico de acompañamiento; solo Miguel Angel Rojas, el bajista, desaparece de escena poco después, tras ser llamado a la mili. El grupo consigue algunas actuaciones en el pobre circuito musical de la zona por entonces y es detectado por Teddy Bautista, que entre otras cosas trata de hacerse un camino como manager y productor. Teddy les consigue un contrato con Ariola y graban su primer single en 1971 haciendo dos versiones: “Satisfaction” y “Border song”. Es una extraña pareja, pero en ambas demuestran que les gusta la fusión de estilos y sorprender a la parroquia: especialmente la versión de los Stones es original, con cambios de ritmos inesperados, que van desde el rock duro hasta los momentos de quietud presididos por un órgano casi catedralicio que nos introduce en una fase cercana al sinfónico. Y la versión de Elton, muy digna; incluso por momentos las voces cruzan el juego Elton / Mike Harrison / Gary Wright que tan bien se le daba a Spooky Tooth, con coros y todo. Ya digo, es un disco muy curioso. 

Como era frecuente en España, se juntó una vez más el hambre con las ganas de comer; es decir, que las ventas fueron minúsculas y la mili hizo el resto: ya en 1972, Franklin son baja en el listado nacional de grupos. Pero al año siguiente Pablo Weeber busca nuevos músicos y vuelve a intentarlo. Esta vez hay dos baterías, al estilo Allman Brothers (por poner un ejemplo), y el sonido es más compacto. Por desgracia el único sello interesado en grabarlos es el diminuto Benzo Records, que presenta a finales del 73 un single con dos piezas propias: “What is wrong / Lasidore-Mifamire”. La primera define muy bien esa nueva densidad hard que han adquirido, y la voz del propio Weeber queda perfectamente acoplada; me recuerda a Randy Bachman en los BTO. La B, un poco desordenada, es una sucesión de órgano que durante el primer minuto se luce en solitario para dar entrada a un rock entre progresivo y sinfónico entre el cual surgen unas voces marcando las sílabas de esas notas que dan titulo a la canción. El disco pasó fugazmente por algunas tiendas, pero los muchachos no se desaniman y se encierran a grabar material para un supuesto Lp que se publicaría en 1974. Finalmente el sello es incapaz de afrontar los gastos, poco después desaparece y el proyecto se abandona. Franklin se mantienen gracias a las actuaciones hasta principios del 76, y aquellas canciones no publicadas quedan en el olvido hasta que hace unos años las resucita el sello Cocodrilo bajo el título “Life circle”, que al parecer era el que se había pensado en su época. A mí me resulta indigesto, qué quieren que les diga: esa comparación con el “Ciclos” de Canarios que hacen algunos comentaristas ilusionados lo resume todo, y no sé si para bien o para mal: una vez más lo dejaré a la elección de ustedes, junto con aquellos dos singles. 

Como dije arriba, aquí acaba la relación de nombres más o menos destacables durante el oscuro período de transición entre décadas. Otro día seguiremos nuestro camino, pero de momento toca descanso; y como ya saben los clientes de este tugurio, cada vez que hacemos un alto hacemos también fiesta, así que… 



martes, 14 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XVII)



De vez en cuando surgen personajes o grupos que van contracorriente, y ese es el caso de Conexion (sin acento, por si el mercado extranjero…), una agrupación que no sigue la tendencia dominante a finales de la década. Sus querencias están claramente definidas: el soul, las brass bands yanquis al estilo Chicago o Blood, Sweat & Tears e incluso el gospel. Ya vimos que el spanish soul (en esencia, una variación castiza de lo que los sajones llamaban blue eyed soul) fue un estilo “casi” autóctono que arrasó en nuestro país en el trienio 66-68; pero en 1969, cuando ellos se presentan en sociedad, comienza a resultar arriesgado seguir ese camino salvo que se tenga la suficiente creatividad y talla técnica para defenderse con soltura… y que los señores de Movieplay estén interesados: Canarios y Pop-Tops, las dos grandes bandas supervivientes de aquel trienio, son suyas y también lo será esta. Entrados en la nueva década, ningún otro sello se va a arriesgar ya con este tipo de sonido.

Hay tres músicos manchegos con estudios clásicos que se han fogueado en grupos filarmónicos y bandas de pueblo; uno de ellos es un tal Luis Cobos, cuya especialidad son los instrumentos de viento. A pesar de esa formación, la preponderancia de los metales en las bandas de soul pop que están triunfando en la segunda mitad de los años 60 lo anima a cambiar de perspectiva y buscar una opción “moderna”, convenciendo a los otros dos (el trompetista Serafín Alberca y el guitarra Alfredo Lozaya) para trasladarse a Madrid. A mediados de 1967 se establecen en esa ciudad y comienzan a buscar músicos interesados en formar una banda al estilo de las que están triunfando en ese momento, y finalmente la similitud con los grupos yanquis es clara: hay una fuerte sección de viento, teclados y una voz “internacional” (el nicaragüense Danny McKanlly, un moreno que por supuesto canta en inglés). Se foguean en algunas discotecas locales y no tardan mucho tiempo en conseguir un contrato con Movieplay, donde a mediados de 1969 graban su primer single; las comparaciones con los otros dos grupos del sello (especialmente Canarios) son inevitables, pero hay que reconocer que no tienen nada que envidiarles porque tanto “Strong lover” como “West soul” demuestran tener su propio estilo (Luis Cobos es su compositor principal) y una potencia tremenda. Estamos ante un formación de ocho músicos con técnica y criterio totalmente profesionales, que rematan el año con un nuevo single en el cual “I will pray”, su cara A, es una verdadera conmoción en las discotecas; aunque su versión de “Don’t let me be misunderstood” en la B es otra prueba de poderío. 

Entre 1970 y 71 recorren el país en un sinfín de actuaciones que los hacen ya tan populares como sus dos competidores del sello. No hay muchas grabaciones (entre otras cosas por la mili, que aqueja a Cobos), pero ya se les nota que han comprendido que al spanish soul le está pasando la hora. Mientras Canarios se acercan al progresivo con “Free yourself”, los Pop Tops eligen el gospel (“Oh Lord why Lord” es de los más grandes éxitos de Movieplay); Conexion van a situarse en una línea parecida a estos últimos, pero alternando piezas de ese tipo con otras en las que resulta evidente la nítida influencia de Chicago. Y su único single del 70 es el mejor ejemplo: ”Un mundo sin amor” podrían haberla firmado los Pop Tops y resultaría creíble, mientras que “Woman I love you” demuestra que han escuchado con detenimiento a la banda yanqui. Es una canción muy curiosa, con un desarrollo cercano a las primeras piezas de aquellos; a mí me recuerda con mucha claridad la versión del “I am a man” que figuraba en su primer disco; y tanto el sonido como la ejecución son impecables, a su altura. El año 71 es el más flojo, con otro single que sigue el mismo patrón que el anterior pero sin conseguir su brillo ni de lejos. 

En 1972 Cobos ya está liberado de sus obligaciones militares y Conexion recuperan su protagonismo con dos singles y la publicación a finales de año de su disco grande. El primero de esos singles es uno de sus mayores éxitos: “Preparad el camino al Señor” (o su versión en inglés) es el refinamiento definitivo del “spanish gospel” si tal cosa existiese, una pieza muy potente que llega a conseguir una ventas decentes incluso en algunos países europeos; mientras que “Walking to the hell”, la cara B, va a medio camino entre Chicago y Blood, Sweat and Tears. Resultan comprensibles algunas críticas que resaltan la excesiva tendencia de Cobos a “tomar prestadas” las ideas de otros -algo que hará durante toda su carrera-, pero hay que admitir que lo hace muy bien (a fin de cuentas, ¿de dónde sale la mitad de los éxitos que Page “compuso” para los zepelines?). El segundo single es un avance de su inminente Lp, y en concreto su cara A, “Harmony”, trata de rentabilizar el éxito del anterior con una estructura similar. Por fin, cuando el disco grande llega a las tiendas, la sensación es un tanto extraña: Conexion parecen haber avanzado mucho en muy poco tiempo, ya que ahora suenan cercanos al progresivo; y aunque la influencia -otra vez- de las dos sempiternas bandas yanquis resulta evidente, ya no lo es tanto. Por otra parte el gospel ha perdido presencia, salvo por la inclusión del single que además le da título (probablemente como gancho comercial más que por convicción). Cobos parece estar muy al día, y lo más probable es que ya haya comprendido que en Europa esos estilos están pasando de moda. El disco, sin ser brillante, tiene algunos momentos de calidad: dejando aparte la ya demostrada talla técnica y de sonido, muy por encima de la media nacional, resulta que todas las piezas de la cara A están muy bien construidas aunque en algunas ocasiones ya comiencen a sobrar esas trompetas, y solo “Harmony” resulta un poco blandengue. Otra cosa es la cara B, donde hay una única pieza de quince minutos titulada “Concierto 1”, en plan jazz rock (y sí, otra vez suenan a Chicago), que se hace un poco pesada por momentos. En conjunto ya digo, es un disco de factura muy respetable, pero las ventas fueron pobres tal vez porque despistaron a sus clientes habituales. 

A partir de aquí ya no hay mucho que contar: un nuevo single en 1973 contiene otra buena canción, “Children of Eden” (o su versión en español, aunque en el caso de Conexion son mejores las cantadas en inglés), y por fin se despiden al año siguiente con otro que pasó casi desapercibido: “As the universe / Moving clouds” era una inteligente adaptación de su sonido a la nueva época de teclados electrónicos y sonido casi espacial, pero en todo caso era un sonido de minorías porque la masa de consumidores preferían a Formula V o Los Puntos, y los ratoneros ya solo escuchaban música extranjera. Conexion, la última gran banda española de metales, desapareció poco después. Y sí, Luis Cobos se hizo luego millonario (supongo) con sus composiciones para otros y su fusilamiento sistemático de unos cuantos clásicos, pero mejor olvidemos esa época. Por otra parte su militancia en el sector duro de los recaudadores junto a Teddy Bautista, Ramoncín y otros prohombres del cobro lo ha hecho tan impopular como ellos, por lo cual ahora resulta difícil encontrar una buena biografía de este grupo. Pero en fin, queda su obra, y esa la tienen ustedes aquí


lunes, 6 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XVI)



El rock andaluz, en la transición de una década a otra, está creciendo pero no tiene aún la potencia que alcanzará a mediados de los años 70: Smash es de momento la única banda realmente digna de ser citada. Sin embargo, hay algunos músicos en los que se detecta su procedencia aunque hayan decidido buscarse la vida en Madrid, que a fin de cuentas es donde están las oportunidades. Y uno de los más notables en esa época es Pepe Robles, que nació en Madrid por casualidad: toda su familia es malagueña, y tanto su manera de cantar como su música denota claramente la querencia andaluza. Recordarán ustedes que comenzó a hacerse conocido en los Ángeles, muy joven aún, cuando sustituyó a Paco Quero por razones militares. A pesar de que aquella sustitución duró poco tiempo, fue suficiente para que Rafael Trabuchelli, el mago de Hispavox, se fijase en él y le ofreciese la posibilidad de comenzar una carrera en solitario; pero Pepe era un gran aficionado al rock/pop progresivo de tipo melódico (tal vez un cruce entre Aphrodite's Child y Left Banke, por decir algo), y para seguir ese camino es necesario un grupo. Trabuchelli acepta y juntos buscan un trío de músicos que le acompañen para crear la que será una de las escasas bandas españolas que supo combinar el éxito comercial con la calidad: Módulos, cuya influencia se notará años después en los grupos sinfónico/progresivos como Triana, por ejemplo. 

Pepe Robes, a pesar de su juventud, es un excelente guitarrista, cantante y compositor. Junto a él estarán Tomás Bohórquez, un extremeño con querencias andaluzas que domina el órgano y en general cualquier tipo de teclados (autor de ese sonido Hammond tan característico de Módulos); Juan García Reyzábal es el batería y violinista ocasional, y el bajo queda a cargo de Emilio Bueno. Aunque estos instrumentos son los más usuales, ya que en realidad dominan otros cuantos, y todos tienen además facultades para componer. La implicación de Trabuchelli y los músicos es total: les cede un bajo en el edificio Hispavox, donde se echan horas y horas ensayando. A mediados del 69 aparece su primer single, ”Ya no me quieres / Recuerdos”: en la primera se nota el paso reciente de Pepe por los Ángeles, ya que hay resabios de ese estilo (y probablemente a Hispavox le interesa que los haya), mientras que “Recuerdos” recuerda a los Young Rascals (el parecido con ”Groovin” es bastante evidente); pero ambas tienen carácter propio, una estructura perfecta y sobre todo la primera luce un gancho pop “sentimental” irresistible. Hispavox hace una buena promoción, sobre todo en las radios, y las ventas son lo suficientemente buenas como para pensar en un disco grande, que viene precedido a finales de año por un single conteniendo dos de sus futuras piezas: “Todo tiene su fin / Nada me importa” o al revés, ya que ambas se consideraron cara A. 

El éxito, especialmente de la primera, es aplastante y ha quedado como la canción más representativa en la carrera de Módulos, para bien o para mal. Y digo para mal porque ese éxito tal vez oscureció un poco el resto de su carrera: estamos ante una de las grandes clásicas en la historia de la música española, y ese tono de balada entre sinfónica y progresiva es el sello más definitorio de Módulos (aunque también el origen de las desavenencias entre Robles y Reyzábal, que se discuten su autoría y desde entonces mantendrán una relación exclusivamente laboral). Como es lógico, su tirón hace que “Realidad”, su primer Lp, publicado ya en 1970, sea de los más vendidos en la época; pero por ese “oscurecimiento” que causa una canción tan grande parece que las demás no tienen brillo, cuando la verdad es que estamos ante una gran selección. Es notorio el tono andaluz en la voz de Robles y su cadencia melódica, que insertada en unas piezas de gran altura crean un sonido nuevo: “Realidad”, la que abre el disco, puede recordar el estilo de Brian Auger, y en general ese cruce entre progresivo y sinfónico anticipa lo que será el rock andaluz de teclados. Vuelvo a Triana: canciones como “Noche de amor” o “Dulces palabras” me parecen antecedentes claros. Otra cosa es la elección de dos piezas de Beatles para hacer versiones; irá a gustos, pero a mí me parecen un poco excesivas. En el medio de un verano cargado de actuaciones por toda España presentan un nuevo single, no incluido en el Lp: “Tú ya no estás / No puedo estar sin ti”, bastante bueno (la primera, otro anticipo de Triana). 

En 1971 publican su segundo Lp, que en términos generales mantiene el nivel del primero aunque se contiene un poco la querencia progresiva. Tras el brillante desarrollo de “Un nuevo día”, la que abre el disco, llegan dos grandes hallazgos, “Adiós al ayer” y “Solo tú”: la primera en tono de balada y la segunda casi barroca, pero ambas en un delicioso tono pop; publicadas en single fueron otro éxito de gran calibre. Hay una aproximación al tono rockero en “Juan”, otra un poco “racial” de más (“Bandolero”) y de nuevo una versión recargada, esta vez de “Sonidos del silencio”. En conjunto es otro buen disco, aunque comienza a echarse de menos algún tipo de evolución y las ventas lo demostraron: por lo visto, a la mayoría de los aficionados solo les interesaban las dos canciones del single. La situación va a peor en 1972, con su tercer disco; se titula “Plenitud” y ahí se pierde definitivamente la conexión con el sector mayoritario de aficionados: el tono sinfónico progresivo se hace más denso, las canciones pierden melodía a favor de los desarrollos largos y el resultado es un disco que se hunde comercialmente, como pasará con el siguiente (aunque de nuevo la canción más pop de aquel disco, la más standard, es un éxito en single: “No quiero pensar en ese amor” fue la última gran incursión de Módulos en las listas). Su buena época ha pasado, y justo por entonces Pepe Robles sufre un grave accidente de automóvil que paraliza el grupo durante todo el año 73. A su vuelta graban el cuarto Lp; se titula “4”, precisamente. Es un batiburrillo de piezas sin una línea definida, y las ventas son minúsculas. 

El primer contrato con Hispavox llega a su fin y toca renegociar, lo cual permite a Reyzábal marcharse: si no fuese por la cláusula que lo ataba, se habría ido mucho antes. En su lugar entra el ex CRAG Juan Cánovas, pero ya no importa mucho. A partir de ahí grabarán algún single más, incluso un Lp, pero yo no llegué a escucharlos. Llega luego el inevitable baile de músicos que preludia el final, en 1979; también hubo el clásico intento de reunión con grabaciones incluidas diez años después, aunque por poco tiempo. Lo que queda es, gracias a sus magníficos primeros años, la innegable influencia que han dejado en muchos grupos sureños (aunque no siempre para bien: las versiones de Medina Azahara son penosas). Y esos primeros años están condensados aquí


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