lunes, 18 de septiembre de 2017

1976/77 (II)



Cuando se hace memoria sobre esta época se da por sentado que su protagonista principal fue “el punk”. Y ese nombre suele invocarse en abstracto, como pasa generalmente con la psicodelia. Por lo tanto estamos ante un fenómeno que comprende más de una disciplina artística y con implicaciones sociales; de hecho, es la situación social la que determina en gran parte el sesgo que toma la marejada punkie en sus primeros tiempos. Las crisis económicas causan un descontento general que suele ser más contundente en las actitudes juveniles que en los mayores, muchos de ellos resignados ante una “desgracia” que por la edad ya aceptan como cíclica, inevitable. Ya saben, el capitalismo es así. En el caso de la Isla, hay muchos jóvenes que interiorizan esa crisis como una nueva ofensa del sistema y canalizan su rencor a través de la música, que junto a su aspecto personal es lo más inmediato que tienen a mano. Hasta cierto punto los nuevos ritmos son de origen yanqui, eso está claro; pero debemos tener en cuenta que aquel país es enorme y hay de todo: bandas muy “concienciadas” como los Dead Kennedys, cruce entre punk y hardcore que se presentará dentro de poco en San Francisco -una verdadera burla del destino-, y grupos primitivos como los neoyorkinos Ramones, símbolo punk donde los haya, que comenzaron dos o tres años antes, adoran el pop tradicional de los 60, son muy patriotas y no comprenden el permanente cabreo de los británicos (“Sí, también nosotros hemos estado en el paro, y no pasa nada”, decían. “Además… ¿cómo se atreven a meterse con los Estados Unidos?”). Especialmente para estos últimos, el punk es en cierto modo una vuelta los valores tradiciones, a la “honradez y sinceridad” del humilde rock and roll; “la política”, como ellos dicen, no les interesa lo más mínimo. Como es lógico también en la Isla hay jóvenes que únicamente sienten la vocación musical, sin marcadas inquietudes sociales, pero se irán mostrando poco a poco; ahora lo que toca, lo más urgente, la moda general, es el punk. Y por ahí ha de pasar cualquiera que aspire a prosperar en este negocio, para que no lo confundan con un nostálgico del Antiguo Orden. 

Tal vez convenga recordar que “punk” es palabra muy antigua cuyos primeros significados tenían oscuras connotaciones sexuales o rufianescas que con el paso del tiempo se fueron ampliando; por ejemplo, a principios del siglo XX se aplicaba a las cosas sin valor afectadas por la podredumbre y de ahí se llegó, especialmente en Estados Unidos, a “persona joven e inexperta, sin conocimientos ni categoría”. Ese tono es el que usan algunos aficionados ya en los años 60 para definir a las bandas de garaje: grupos basurilla, tal vez encantadores pero sin muchas expectativas, integradas por críos (entre las que se incluyen las fraternity bands, es decir, las que esos mismos críos organizaban con sus compañeros de colegio). El término quedó hibernado hasta que vuelve a surgir en 1971 cuando Dave Marsh, que por entonces era un prometedor periodista musical en la revista Creem, lo usa para definir a los chicanos Question Mark & The Mysterians, banda de mediados de los 60 que de todas sus canciones solo alcanzó el éxito con una y que se mantuvo un cierto tiempo gracias también a su fantasioso líder, aficionado a las películas de marcianos (él mismo afirmaba ser un “visitante del tiempo”); y poco después Lenny Kaye, futuro guitarrista de Patti Smith pero también periodista musical por entonces, vuelve a emplearlo para definir a MC5 como una de las bandas precursoras de ese estilo. Finalmente, será Peter Townshend quien refresque la palabra escribiendo “The punk and the godfather”, uno de los grandes momentos de Quadrophenia y que simboliza mucho más de lo que parece: el propio Townshend reconoce años después que esa conversación entre “El pipiolo y el padrino” muy bien podría haber sido mantenida entre Paul Weller (el nuevo mod, el admirador de Who y Small Faces) y él (un viejo mod de colmillo retorcido que ya ha perdido la ilusión y la furia de su juventud). Y una vez que hemos recordado esta accidentada travesía podemos ahora relativizar la afirmación que hace Malcolm McLaren cuando dice que eso del punk es invento suyo, aunque por supuesto aceptaremos que supo aprovechar la ola y darle contenido en la Isla. 

Porque claro, ahora hay que hablar de Malcolm McLaren: nos guste o no, tiene una gran importancia en esta historia, nadie puede negársela. Malcolm es un buscavidas con pretensiones artísticas que en 1971 inauguró su primera tienda de ropa en Londres junto a Vivienne Westwood. Esa pareja es protagonista principal en los comienzos del diseño punk: encauzaron la dispersión estética barriobajera que había en la calle y le añadieron un toque arty al echar mano de la parafernalia sado-maso, aunque en un origen simplemente “customizaban” prendas de los años 50. Por otra parte McLaren tiene también una cierta inquietud intelectual que le incita a coquetear con el situacionismo, escuela filosófica francesa que, en esencia, fusiona una especie de post marxismo con las corrientes artísticas avant garde, y uno de cuyos principales ideólogos es Guy Debord. El señor Debord había escrito “La sociedad del espectáculo” en los años 60, un conjunto de ideas que constituye una crítica demoledora, visionaria, sobre la función del espectáculo en el mundo capitalista (fácil de conseguir en Internet) y que se convierte en uno de los libros de cabecera de McLaren, aunque de momento el diseño textil seguirá siendo su principal fuente de ingresos. Esa profesión lleva a la pareja a Nueva York en 1973 para asistir a una feria de moda en la que su trayectoria se cruza con la de los New York Dolls: cuando hablamos de ellos ya vimos que McLaren andaba luego diciendo que se había convertido en su manager, pero en realidad nunca pasó de ser su sastre en la última época de la banda (aparte de algunos fondos rojos con la hoz y el martillo en sus escasas actuaciones finales). 

A su vuelta a la Isla, McLaren comenzó a pensar en la posibilidad de aprovechar los conocimientos adquiridos en su corta relación con los Dolls; o sea, dar el salto al negocio musical, convertirse en un manejador del espectáculo siguiendo las teorías rupturistas del señor Debord. Y sus ilusiones comienzan a solidificarse en 1975, cuando entre los clientes de la tienda figuran como asiduos Paul Cook y Steve Jones, supuestos músicos (batería y guitarra) que son amigos desde el colegio y que a veces se quedan charlando un rato con Glen Matlock, un dependiente de la tienda que además toca el bajo en ratos libres. Cercano, como una sombra, McLaren fantasea con la posibilidad de organizar un grupo provocador, corrosivo, revolucionario… que por esa misma razón le dé mucho dinero; en esencia, posiblemente su base ideológica sea la misma que manifestarían esos chavales si tuviesen formación para saber expresarla. Solo falta dar con un cantante que tenga gancho, un verdadero truhán que dé sentido a la idea general. Y entonces, un día cualquiera, aparece ese truhán: trae una camiseta ajada de Pink Floyd, pero como cabecera de la imagen ha escrito con rotulador “I hate”. Ya se podrán imaginar ustedes que para McLaren aquella visión tuvo que ser amor a primera vista. 



lunes, 11 de septiembre de 2017

1976/77 (I)



Hace ya mucho tiempo leí en algún sitio que 1976 es el año en el que todo volvió a empezar, y supongo que la mayoría de los aquí presentes estaremos de acuerdo. Por otra parte se cumple una afortunada coincidencia: justo diez años antes, en 1966, el pop había llegado a su momento cumbre en la Isla jubilando al beat con sus ritmos ponzoñosos, mientras en los States sucedía algo parecido gracias a las bandas de garaje. Y da la casualidad de que en 1956 tuvo lugar la consagración definitiva del rock and roll gracias al fichaje de Elvis por la RCA a finales del año anterior; hasta ese momento, el género era minoritario. Así que parece cumplirse de nuevo una especie de epifanía que ocurre en la música popular cada diez años... pero con una diferencia radical entre las dos situaciones anteriores y esta: tanto el rock and roll como las bandas pop son el resultado de una evolución, mientras que lo de ahora es una ruptura. Ahora estamos ante un renacimiento, una vuelta al pasado para recuperar valores perdidos; y se podrán discutir todos los aspectos artísticos o técnicos que se quiera, pero no su valor como revulsivo, su extrema necesidad “terapéutica” en una situación tan crítica como la actual.

Muy frecuentemente la evolución artística suele estar relacionada con el momento social, que influye en ella. Basta con dos ejemplos: el rock and roll triunfó por su ritmo innovador, cautivador, pero también por la actitud chulesca, bravía, “revolucionaria” de muchos de sus héroes, que impresionaron a una juventud hastiada de los viejos valores; y la psicodelia fue mucho más que una música influenciada por el ácido, puesto que esa influencia fue transversal, llegó a todo tipo de artes y cambió la perspectiva vital de millones de personas (no necesariamente jóvenes). A mediados de los años 70 nos hallamos ante una nueva ruptura generacional: entre 1974 y 75 se consumó el proceso de putrefacción del rock tradicional, y la mayor parte de las bandas nacidas en la década anterior ya no existían o se habían convertido en parodias de sí mismas. Las ventas de discos seguían beneficiando a algunos (Stones, Pink Floyd) y ya perjudicaban a otros (The Who), pero en cualquier caso el punto fuerte de su negocio eran las giras, monstruosas, continentales. Daba un poco de grima ver aquellos estadios con miles y miles de personas frente a un escenario que en la lejanía resultaba diminuto, donde difícilmente se divisaba a los músicos, flanqueados por unos impresionantes equipos de sonido. 

Pero si giramos la vista y nos entretenemos en observar a la gente que nos rodea en uno de esos eventos, pronto nos damos cuenta de que el grueso del público está compuesto por fans irreductibles, mitómanos, que suelen pasar de los treinta años y posiblemente se sienten miembros de algún tipo de hermandad; junto a ellos vemos una nueva remesa de supuestos aficionados que no muestran un especial interés por lo que está sonando (ni siquiera reconocen las canciones), sino que vienen atraídos por el espectáculo en sí, por el circo. Porque muchas de esas bandas han aprendido a convertir las actuaciones en circos, y el caso de los Floyd es el paradigma: allá en la lejanía, distantes, probablemente abúlicos, interpretando esas nuevas canciones igual de tristes que ellos, pero con un montaje escénico grandioso en el que hay ráfagas de luces de mil colores, cascadas de humo, proyecciones teatrales (y dentro de poco enormes cerdos de plástico volando sobre la concurrencia)… amigo, eso es ahora la élite del espectáculo. La música, qué más da. Es curioso que, aparte de los Stones, sean las bandas progresivas y sinfónicas como los Floyd, Yes o E, L & P las que más espectáculo ofrecen. El progresivo/sinfónico. Una desgracia: cada vez más denso, pretencioso, agotador. No quedan ya muchos aspirantes a repartirse el pastel, y esas tres se lo llevan casi todo. Las bandas más cañeras, digamos unos Purple o Black Sabbath, tal vez sean las que más gente joven atraen, quizá porque su sonido es el más contundente. Y sus montajes teatrales -también de categoría- tienden a lo siniestro, que en esa época ya tiene mucho gancho. 

Pero entonces… ¿dónde está el resto de la juventud? Pues donde ha estado siempre, donde siempre comienzan las historias, en las pequeñas salas inmemoriales como Marquee o el 100 Club, en otras nuevas como el Roxy, en los pubs y sitios parecidos; de hecho, es en esa época cuando se acuña el término “pub rock” para definir a algunas bandas de tipo revival como Dr Feelgood, que ya nos visitaron hace poco. Esa juventud no tiene dinero para pagar una entrada a los estadios donde actúan los dinosaurios, pero tampoco tienen interés en ir a verlos: se sienten muy lejanos a ellos, y esa lejanía es tanto musical como de espíritu; lo peor no es la diferencia de edad (diez años de media), sino la actitud. Porque esos nuevos ricos que bajan de sus limusinas para mostrarse ante las multitudes proceden de una posguerra, sí; pero luego la situación se fue dulcificando y evolucionó hasta llegar a la época feliz de mediados de la década anterior, tal vez la más alegre y brillante del siglo, cuando todo parecía posible. Y luego, al llegar la decepción, ya estaban consagrados: cumplir los treinta con el bolsillo lleno te permite llevar las tristezas generacionales con un cierto empaque, hacerte mayor con esa soltura de nuevo rico que simbolizan un Rod Stewart o un Mick Jagger. Pero mientras tanto allá abajo, en la calle, la situación se ha degradado: la crisis industrial seguida por la del petróleo hace subir los índices de paro y bajar los salarios; los barrios obreros se convierten en guetos al más puro estilo Detroit y una nueva generación cabreada busca sus propios espacios, su propio sentido, su propia música. Una vez más la influencia yanqui es notoria: los Stooges o los New York Dolls primero y los Ramones últimamente son las grandes referencias. 

Así, como rechazo al amaneramiento en el que ha caído el rock clásico, los nuevos aficionados buscan la sencillez, los estribillos simples, directos, primitivos incluso; una música “rudimentaria” pero fresca en la que reconocerse, una música a juego con su edad. Eso es la New Wave, una suma de gente cabreada (el punk) y de otros que añoran la vieja escuela del garaje o los ritmos que cautivaban a los mods, con los que muchos recién llegados se sienten solidarios. Es de suponer que con el tiempo las figuras que consigan una cierta estabilidad caerán en los mismos vicios que las antiguas, pero de momento lo que cuenta es que estamos ante una nueva época; eso es más importante que la mayor o menor calidad musical que tengan, porque la sangre fresca es fundamental en la industria del entretenimiento. 


martes, 11 de julio de 2017

El verano nos ataca...



Queridos compañeros de fatigas: el último parte de guerra que acabo de escuchar amenaza con temperaturas cercanas e incluso superiores a 40 grados. Comprenderéis que para alguien como yo semejantes condiciones atmosféricas se hacen invivibles, así que corro al refugio y no saldré de él hasta que vuelva a imperar la cordura. Espero por vuestro bien que hagáis lo mismo. 

Por otra parte sé de antiguo que mi ausencia suele causar un gran desasosiego incluso entre los varones heterosexuales, y por ello trataré de paliar esa comezón con un pequeño regalito de los míos: he renovado las canciones de la columna izquierda y, a mayores, si pincháis aquí podréis disfrutar de esas nuevas canciones y alguna más en un paquetillo ideal para poner en el coche o en el equipo de sonido mientras lloráis amargamente por mi ausencia. Más no puedo hacer.

Salud y suerte. Ya nos veremos en septiembre, o por ahí.


Perseguidores