sábado, 9 de julio de 2016

Vacances



Estimadas criaturas: 

Como ya es norma en estas fechas tan señaladas, los calores del verano nos obligan a cerrar el local y ponernos a cubierto hasta que haya pasado lo peor, suponemos que a principios de Septiembre. Por ello tengo a bien desearles a todos ustedes unas felices temperaturas y que disfruten de lo lindo aprovechando que se ven libres de aguantar mis rollos. Ah, y como un buen verano nunca está completo sin su correspondiente selección musical a tono, esta es mi contribución. 

Lo dicho: que los calores les sean propicios y hasta pronto. 

Rick 


miércoles, 29 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (y fin)



Bienvenidos a la fiesta. Ya hemos visto que los años de transición entre las décadas de los 60 y los 70 fueron muy grises, pero no tanto como para que las discotecas tuviesen que cerrar: de un modo u otro, las ganas de baile se mantuvieron saciadas -aunque la mayoría de la oferta fuese extranjera, todo hay que decirlo. El caso es que siempre ha habido grupillos, solistas semidesconocidos o extrañas aventuras discográficas que pronto pasan al olvido pero dejan un rastro, alguna grabación; y ahí estamos nosotros, al acecho, vigilando. Estas son unas cuantas piezas que hemos detectado; como es norma de la casa, escucharán ustedes 12+1 selecciones, que esperamos sean de su agrado. O no. 

Como es de ley, empezaremos con una señorita; gallega, además. Se trata de María Teresa Pérez, una coruñesa de gran voz que comenzó a cantar de niña y que con once años ya había ganado un concurso radiofónico en la ciudad. Luego se va a vivir a Barcelona, se pone al frente de un grupillo llamado “Los Boom” y en una actuación es descubierta por la poderosa Maryni Callejo, que le propone un contrato como cantante solista: su nombre de guerra será Tara. A mediados de 1970 llega su primer single, y resulta ser un éxito nacional: su voz, potente (“la Janis Joplin española”, llegaron a llamarle) se amolda muy bien a un estilo entre soul y Motown que la convierte en una de las mayores promesas nacionales, aunque alternando las piezas de ese estilo -cantadas en inglés- con otras más comerciales, en plan balada nacional. Poco después llega un Lp grabado en directo en una famosa discoteca madrileña con un grupo de músicos de gran nivel y la presentación a cargo de Joaquín Prat, nada menos; es decir, que Maryni había tirado la casa por la ventana. Sin embargo algo falla, y hay dos versiones: la oficial dice que Tara no estaba a gusto con tanta popularidad, le daba miedo el escenario y ante la proximidad de su boda decidió retirarse; la “malévola” dice que se enfrentó a Maryni por el repertorio, ya que no estaba de acuerdo con las baladitas que le obligaba a cantar. En cierto modo esa versión recuerda a aquella otra, tampoco oficial, que corrió en la época de Shelly y la Nueva Generación: enfrentarse a Maryni era una derrota segura. Por otra parte el asunto del “miedo” no cuadra mucho, ya que Tara volvió a las actuaciones poco después aunque de forma intermitente (llegó a ser aspirante a representar a España en Eurovisión). Lo que queda es aquel Lp y algunos singles entre los que destaca el primero, un número uno cuya cara A es el “Happy” de William Bell, perla del Northern Soul que esta paisana engrandece con una versión más potente que la original. 




En la historia musical española hay personajes muy activos cuya importancia hoy en día pasa desapercibida porque ya solo se recuerda su carrera discográfica, olvidando sus otras facetas. Este es el caso, por ejemplo, de Tony Ronald, un holandés que comenzó su carrera en España a principios de la década anterior, que al frente de los Kroner’s grabó un buen puñado de discos bastante decentes y que en los 70 decide seguir como solista dedicado al más puro pop comercial. Sin embargo en su grupo da entrada a músicos que luego serán importantes (Iceberg nacen en los Kroner’s, por ejemplo), y al mismo tiempo promociona algunas propuestas que nunca le dieron dinero por ser demasiado modernas para el país en el que eligió vivir. Ya vimos un ejemplo a finales de los años 60 con aquel cuarteto llamado los Zooms (pura vanguardia), y volveremos a verlo ahora: Época son un trío de músicos que forman parte del grupo de Georgie Dann (¡glub!) pero cuyos gustos se acercan más al rock hard/heavy de unos Deep Purple o Grand Funk, por ejemplo. Tony les consigue un contrato con Ariola y graban en 1970 el que será su único single, con dos canciones propias, de las cuales “No estoy bien” es su cara A. Las influencias son evidentes, pero el disco pasa desapercibido y el trío se apacigua de momento; poco después, con un planteamiento más “moderado”, serán los exitosos Santabárbara. 




Otro buen ejemplo de músico inquieto es Alfonso Sáinz, cerebro de los Pekenikes y que a principios de los años 70 creó el sello Guitarra para publicar junto a otros miembros del grupo y bajo el nombre de Taranto’s algunas piezas de tono andaluz que no podía presentar en Hispavox. Pero, ya puestos, compuso también otras más asequibles al mercado rockero, con un tono entre funk y r’n’b, a las que quiso dar salida reuniendo a unos cuantos músicos -alguno de los cuales llegó a militar en los Pekenikes- y bautizándolos como The Fly (o La Mosca, como prefieran). Se llegó a publicar un Lp con esas canciones, algunas también en single, pero la cosa pasó sin pena ni gloria a pesar de que tenían buen nivel. Oigan si no este “Chemin de fer” que recuerda a Booker T & The MG’s, es decir, una de las grandes influencias de Pekenikes en su última época.




También se da el caso de periodistas musicales que prueban fortuna como productores, managers o propietarios de sellos. Es el caso de José Luis Álvarez, el alma de Discos Cocodrilo, que ya a principios de los 70 tiene un estudio y reúne a algunos músicos de grupos conocidos para grabar piezas sin un criterio determinado. A mediados de ese año publica un single con dos piezas desarrolladas al estilo jam, a medio camino entre funk rock y psicodelia, muy agradables. El grupo de músicos se bautiza como All and Nothing, y la cara A se titula “Underground vibrations num. 2” (qué fue de la 1, nos preguntamos), un título que ligeramente modificado dio nombre años más tarde a una de las series “nuggets” española más popular. Álvarez repitió la jugada poco después con otro single mezclando los estilos anteriores con el flamenco pop, pero la cosa ya resultaba un tanto pastiche.




Gran parte de los músicos nacionales sobrevivían tocando en orquestas todo terreno cuya principal fuente de ingresos eran las fiestas o saraos en locales veraniegos, y cuyo material estaba compuesto por los éxitos del momento; su mayor o menor calidad haciendo versiones era el toque de distinción entre unas bandas y otras. De vez en cuando incluso se atrevían a componer algunas piezas que, ya en el colmo de la buena suerte, llegaban a ser grabadas por algún sello. Hay muchos ejemplos, que a veces resultan sorprendentes: Albert Garriga es un excelente “vocalista”, como se decía antes, que ya lleva un tiempo como cantante principal en algunas bandas y en 1967 decide crear la suya propia, es decir, la Albert Band. Durante cuatro años consiguen mantenerse, mal que bien, a base de actuaciones por media Cataluña e incluso graban algunos singles, algunos con canciones originales (casi siempre baladas) o versiones de lo que su sello les imponga. Finalmente se despiden en 1970, y lo hacen por todo lo alto con un último single que forma parte de la leyenda nacional gracias a una cara A que es de creación propia y en la que se demuestra la gran calidad de los músicos, la tremenda voz de Albert -desaprovechada hasta ese momento- y la inesperada categoría creativa que demuestran. La canción se titula “Ella tiene el cabello rubio”, y si alguno de ustedes no la conoce no sabe lo que se está perdiendo.




Hubo varios grupos que intentaron un difícil equilibrio entre calidad y ventas, pero ya hemos visto que en una época en la que los sellos apostaron claramente por los solistas esa tarea resultó casi imposible: los casos de Módulos, Conexion y alguno más son puras excepciones. Aunque también es verdad que no había compositores de calibre, y por lo tanto la mayoría de los que lo intentaron tenían que limitarse a hacer versiones (una alternativa que en los 70 resultaba ya desfasada). Este es el caso de Círculos, una banda de Barcelona que entre 1970 y 71 publicó dos singles en los que parecían querer demostrar que su rango era muy amplio: las caras A son dos monstruos del pop acústico como “Lady D’Arvanville” y “Cecilia”, mientras que en las B hacen homenaje al soul (“Respect”) y a la Motown (“Get ready”). Más variedad imposible -y su técnica era muy buena-, pero de poco les valió. He aquí su original interpretación de “Respect” rizando el rizo: la original de Otis parece haber sido “tratada” por Booker T & The MG’s y al final lo que tenemos es una excelente versión instrumental. 




Seguimos en Cataluña. Otra de las evidencias en esta época es que muy pocos grupos tuvieron una vida extensa: los músicos que procedían de la década anterior eran ya veteranos de mil batallas, y trataban de reubicarse en nuevas formaciones para seguir manteniéndose en un mundillo que cada vez era más duro; eso significaba tener que renunciar en muchos casos a sus gustos, o tratar de compaginarlos con las exigencias comerciales (y de todos modos al final la mayoría acabó cayendo). De los muchos ejemplos posibles, podemos elegir a los Furia: ahí tenemos a ex miembros de los No y los Gatos Negros, que en su mayor parte trabajan un repertorio escrito por Ramón Farrán, un elemento bastante pachanguero que ya había tenido problemas con Mi Generación y que les suministra algunas canciones perfectamente prescindibles. Sin embargo a veces hay alguna sorpresa oculta en las caras B, y ese es el caso de su último single, de un total de cuatro que grabaron antes de desaparecer: “Solamente tú”, de 1972, es su canto del cisne, como si quisieran reivindicarse con una pieza que mantiene un buen equilibrio entre calidad y gancho comercial. Da un poco de pena que no tuviesen más detalles de este tipo. 




Terminamos con la oferta catalana recordando a otro buen ejemplo de músico trotamundos: el guitarrista Alejandro Armada, cuyo historial comienza a mediados de la década anterior y que con solo 18 años ya había sustituido a Pedro Gené en Lone Star cuando este tuvo que ir a la mili; luego pasó por algunos grupos de categoría como los Zooms o los Íberos, y en 1971 crea el trío Armada junto a José Luis Tejada (de los No) y Primi, el bajista de Yerba Mate. La cosa no duró mucho, pero les dio tiempo a grabar un single bastante decente sobre todo por su cara B: “Cry”, una pieza de hard rock que no tiene nada que envidiar a muchas luminarias extranjeras de la época. Poco después volvió a Lone Star, mientras Tejada entraba en Barrabas y Primi en Iceberg. Como ven, los veteranos con pedigrí son incombustibles. 




Cuando llegamos a Andalucía para visitar a los Smash, inevitablemente salió a relucir el nombre de Gong como grupo de referencia original. La mayor parte de aquellos músicos habían comenzado su carrera en los antiguos Murciélagos, de donde también procedía Gualberto; que intentó liarlos para crear el nuevo grupo, pero se negaron. La verdad es que Gong eran todavía más caóticos que los propios Smash, y su carrera solo dio para dos singles. Sin embargo es curiosa su mezcla de blues y flamenco, como si fuesen dos estilos hermanos que a veces pueden compenetrarse perfectamente; oigan si no este sentido homenaje a Leadbelly (nada menos) subtitulado “Keep your hands off her”. Cantan en inglés y todo, pero se nota claramente cuál es su palo. 




Otros músicos en cambio, sean andaluces o no, buscan la universalidad del blues sin mezclarlo con las influencias propias de la zona en la que viven, tal vez buscando un sonido “cosmopolita” que los británicos supieron conseguir plenamente pero que para un españolito de a pie resulta mucho más difícil: si no tienes un carácter propio que añadir a un estilo, no tienes futuro. Este fue el caso de Vértice, a los que ya conocemos por Tapi, y lo fue también de Simún, un grupo gaditano que únicamente consiguió publicar un single en 1970: “My good time”, una pieza propia, es su cara A y tiene categoría, aunque de poco les valió (la cara B era una muy competente versión de “Hideaway”, por cierto). 




A principios de la década anda por Madrid un trío de músicos tan aficionados al pop como al rock que se mantienen haciendo el apoyo a figuras más o menos conocidas; su ilusión es tener una carrera propia, pero de momento hay que esperar. Más o menos por esa época comienza a hacerse conocido un dúo de señoras que con el tiempo serán uno de los mayores orgullos de España: Vainica Doble. El trío acompaña con frecuencia las actuaciones de esas señoras, que conociendo sus planes escriben una canción para ellos y les consiguen un contrato con Columbia. En 1972, con la ayuda de un teclista, se publica el single cuya cara A es “El rigor de las desdichas”, la canción de las vainicas, y la B “Someone like you”, flojilla, compuesta por ellos. El disco tiene una pobre circulación y pronto se pierde su rastro, pero estos muchachos conseguirán ir saliendo adelante poco a poco. Ah, el nombre: los Tickets. No se preocupen si no les suena, porque dentro de pocos años se llamarán Asfalto; y por supuesto, tanto ellos como las vainicas serán invitados de honor en este humilde tugurio. Pero mientras tanto… 




La fiesta comenzó con una gallega, y la pieza número 12 la protagoniza un gallego. Ambos parecen un poco alejados de las músicas progresivas del momento: si a Tara le iban los sonidos negros de la década anterior, Xetxu -que así se hace llamar nuestro representante masculino- es fan de la psicodelia rockera, o algo así. Se trata de José Hermida, un muchacho que se fue a estudiar Derecho a Barcelona y que en ratos libres compuso algunas canciones “raras” cantadas en gallego y publicadas en dos singles. Luego dejó la música para convertirse en un experto en comunicación, pero lo que queda para nosotros son esos dos singles de los cuales en 1973 se publica el primero, “Xohana”, cuya letra entre surrealista y psicodélica viene siendo, según él, resultado de las visiones de una muchacha que se acaba de zampar un ácido. Al bajo está Toti Soler, y a la batería Santi Arisa. Si esta pieza llega a ser grabada por unos isleños, no quiero pensar lo que costaría hoy pillar el single en las subastas, pero no: es gallego. Juzguen ustedes mismos




La selección 12+1, como siempre fuera de programa, no pertenece a un grupo español pero de un modo u otro podemos considerarlos como “casi” nuestros. Allá por 1965, un conjunto alemán llamado The Vampires, especializado en versiones de piezas mod, se viene a vivir a España, a Madrid para ser más exactos. Llegan incluso a participar en el festival de grupos de León en 1967, el año en que triunfaron los futuros Pop Tops, y finalmente deciden trasladarse a Mallorca tras fichar a un guitarra español que aumente el poderío del grupo. Allí van evolucionando su sonido hasta convertirse en una de las principales atracciones de la isla, y en 1969 consiguen un contrato con el sello catalán Ekipo, pero bajo un nuevo nombre: Evolution. En parte seguirán grabando versiones de gente tan notable como Spirit o King Crimson, pero también creando piezas propias, y el resultado son algunos singles y un Lp: el conjunto de su obra es de calidad superior, de lo mejorcito que se ha hecho en España en esa época. Su carrera termina en 1972, ante la evidencia de que no hay futuro para este tipo de grupos ni de músicas en un país que definitivamente ha optado por Fórmula V o Camilo Sesto, pero como siempre queda su obra. Y un buen ejemplo de ella es este “Doctor Vázquez”, que inauguraba aquel legendario Lp. 




Y ya está, se acabó la fiesta. Espero que se hayan divertido y les dejo aquí la selección por si quieren bailarla de nuevo a su aire (he incluido un pequeño regalito, para que les quede un buen sabor de boca). Y a disfrutar del verano. 


martes, 21 de junio de 2016

España 70's: de vuelta al desierto (XVIII)

Hoy terminamos con esta fase de penuria en el rock hispano, con ese doloroso tránsito entre décadas que solo ha dejado tres o cuatro nombres realmente populares en la memoria de los aficionados; el resto, la mayoría de los que han salido aquí, tiene el dudoso privilegio de ser rarezas para el recuerdo de un puñado de seres desquiciados como el que esto suscribe, pero poco más. Como ya sabemos, el dinero se lo llevaron los cantantes melódicos y tres o cuatro conjuntos de pop chicle como Fórmula V, los Diablos y demás horrores del ramo. Selección natural, llaman a eso las discográficas. La despedida nos lleva a Madrid, la capital del Imperio, tan bulliciosa en los años 60 y tan triste en estos momentos, claramente superada por la pujanza de Barcelona (aunque ya hemos visto que tampoco allí la situación general era como para echar cohetes). Es en Madrid donde hay dos grupos que reflejan muy bien la situación nacional del rock más o menos duro, más o menos progresivo: un quiero y no puedo. La afición es escasa y confía poco en la oferta nacional, por lo que su existencia será corta. Esos dos grupos, por orden de aparición, son Cerebrum y Franklin.



La historia de Cerebrum comienza a principios de 1969, cuando Luis Navarro, cantante que hacía juegos de voces en formato de dúo, busca músicos para formar un cuarteto. Uno de los integrantes será el bajista Chema Pellico, que procede de un grupo llamado los Más: pero ese grupo ya no existe, y deciden “heredar” el nombre. Junto al guitarra Javier Esteve y el batería Pedro Moreno, se hacen relativamente conocidos en algunos locales de Madrid por su afición a recrear piezas de sus grupos predilectos (Canned Heat, Cream, etc) en largos desarrollos, que podían llegar a durar media hora. Es una táctica muy habitual en las bandas británicas o yanquis de la época, pero muy arriesgada en un país como este, donde la afición es poca. Sin embargo al final tienen suerte, porque en Barcelona hay sellos que están interesados en ampliar la cuota progresiva; y uno de ellos es Ekipo/Dimensión, que los ficha antes de que acabe el año. Hay sin embargo una salvedad: ese nombre de “Los Más” suena desfasado, muy típico de una época y un estilo que ya no son actuales, así que les suministra uno nuevo, “Cerebrum”, que cuadra perfectamente con la década que está a punto de comenzar. E inmediatamente graban su primer single: “Eagle death / Read a book”, en el que lo primero que llama la atención es que mantienen su querencia por los desarrollos largos, ya que ambas piezas andan sobre los cinco minutos. La primera es la más fuerte; tanto su ritmo como la preponderancia de la guitarra desmelenada recuerdan al estilo Blue Cheer y bandas similares, en el cruce hard/heavy; pero en el centro temporal de ese desarrollo hay una entrada de piano al estilo clásico que nace y va ganando presencia hasta que el resultado es una curiosa muestra de fusión (y las notas finales las pone ese piano). La segunda es más relajada, a pesar de los interludios de la guitarra, y tanto en una como en otra se hace muy presente esa voz de ultratumba que nos recuerda una de las esencias de las primeras bandas heavies, la psicodelia oscura. En cualquier caso, y aunque la leyenda dice que solo se grabaron 500 copias, se vendieron pronto. El naciente heavy nacional parecía tener a unos buenos representantes. 

En 1970 llega el segundo single: “Time’s door / It’s so hard”, que sigue el estilo del primero aunque más adaptado al formato ya que las piezas son más cortas y más estilizadas a pesar de que la marcha guitarrera no decae. La primera me recuerda a Black Sabbath, tiene un tipo de escalas muy parecido, aunque posiblemente ellos no los habían escuchado todavía (su primer disco se publicó muy poco antes). La segunda tiene un desarrollo cercano al blues, que es también una de las bases del heavy progresivo tradicional, y de nuevo está muy bien planteada, aunque como las demás da la impresión de ser un “extracto”, de que esas mismas piezas en directo son mucho más extensas: Cerebrum es uno de esos grupos cuya razón de ser está sobre un escenario, y este disco ya tiene unas ventas mucho más reducidas. Esteve se marcha poco después, sustituido por Alfredo Santana, que tampoco durará mucho porque tras la participación del grupo en uno de aquellos festivales progresivos que se celebraban en Barcelona, a finales de 1970 comienzan las deserciones. En 1971, tras un carrusel de idas y venidas que incluyen una de las primeras apariciones de Salvador Domínguez, Cerebrum se disuelven. Casi a continuación, Esteve junto a Fernando Artalejo (que fue el primer batería de Cerebrum hasta que la mili lo hizo marcharse) y otros músicos forman Araxes, un grupo progresivo con influencias muy diversas, que solo grabó un single en 1972: “Something to say”, un largo desarrollo dividido en dos partes y supuesto sonido “directo” que no era tal. Es una buena pieza, con un vago sonido a Traffic (por la flauta, sobre todo), pero que pasó sin pena ni gloria. Sin embargo, y a pesar de los continuos cambios de personal (hasta Jorge Pardo llegó a militar en ese grupo), reaparecieron en 1975 como “Araxes II” y grabaron un único single dos años después: “El Rastro / Sí”, en el sello Chapa, que prácticamente nadie llegó a oír si no fuese porque luego las dos canciones aparecieron en uno de los recopilatorios de “Viva el rollo”. Dejando aparte las “introducciones habladas”, unas frasecillas supuestamente enrolladas que dan vergüenza ajena, la primera va en plan rock sinfónico con final de organillo ejecutando el chotis “Madrid”; la segunda es un poco más rockera, pero tampoco es que sea una joya. De todos modos, juzguen ustedes: la saga Cerebrum - Araxes no fue muy fructífera, pero tiene su encanto. 



Franklin surgen a principios de 1970 con un estilo parecido a Cerebrum: su principal referente son las bandas rockeras al estilo hard blues como Cream y compañía; y por lo tanto, disfrutan también de los largos desarrollos y la exuberancia guitarrera. Su destino será el mismo, una corta carrera y una escasa producción discográfica, pero aquí se presentan algunos músicos que luego participarán en otros grupos de más calibre: el más conocido es Juan Cánovas, el batería, que luego estará en CRAG y posteriormente en Módulos; Antonio García de Diego, el cantante y guitarrista, formará parte de Canarios, mientras que tras algunas idas y venidas quedan como fijos Pablo Weeber (segundo guitarra, procedente de Shelly y Nueva Generación), que intentará una resurrección de Franklin para luego grabar dos discos en Alemania junto Hoelderlin, banda rockera de parecido estilo, y el teclista Mariano Díaz, que tendrá una larga carrera como músico de acompañamiento; solo Miguel Angel Rojas, el bajista, desaparece de escena poco después, tras ser llamado a la mili. El grupo consigue algunas actuaciones en el pobre circuito musical de la zona por entonces y es detectado por Teddy Bautista, que entre otras cosas trata de hacerse un camino como manager y productor. Teddy les consigue un contrato con Ariola y graban su primer single en 1971 haciendo dos versiones: “Satisfaction” y “Border song”. Es una extraña pareja, pero en ambas demuestran que les gusta la fusión de estilos y sorprender a la parroquia: especialmente la versión de los Stones es original, con cambios de ritmos inesperados, que van desde el rock duro hasta los momentos de quietud presididos por un órgano casi catedralicio que nos introduce en una fase cercana al sinfónico. Y la versión de Elton, muy digna; incluso por momentos las voces cruzan el juego Elton / Mike Harrison / Gary Wright que tan bien se le daba a Spooky Tooth, con coros y todo. Ya digo, es un disco muy curioso. 

Como era frecuente en España, se juntó una vez más el hambre con las ganas de comer; es decir, que las ventas fueron minúsculas y la mili hizo el resto: ya en 1972, Franklin son baja en el listado nacional de grupos. Pero al año siguiente Pablo Weeber busca nuevos músicos y vuelve a intentarlo. Esta vez hay dos baterías, al estilo Allman Brothers (por poner un ejemplo), y el sonido es más compacto. Por desgracia el único sello interesado en grabarlos es el diminuto Benzo Records, que presenta a finales del 73 un single con dos piezas propias: “What is wrong / Lasidore-Mifamire”. La primera define muy bien esa nueva densidad hard que han adquirido, y la voz del propio Weeber queda perfectamente acoplada; me recuerda a Randy Bachman en los BTO. La B, un poco desordenada, es una sucesión de órgano que durante el primer minuto se luce en solitario para dar entrada a un rock entre progresivo y sinfónico entre el cual surgen unas voces marcando las sílabas de esas notas que dan titulo a la canción. El disco pasó fugazmente por algunas tiendas, pero los muchachos no se desaniman y se encierran a grabar material para un supuesto Lp que se publicaría en 1974. Finalmente el sello es incapaz de afrontar los gastos, poco después desaparece y el proyecto se abandona. Franklin se mantienen gracias a las actuaciones hasta principios del 76, y aquellas canciones no publicadas quedan en el olvido hasta que hace unos años las resucita el sello Cocodrilo bajo el título “Life circle”, que al parecer era el que se había pensado en su época. A mí me resulta indigesto, qué quieren que les diga: esa comparación con el “Ciclos” de Canarios que hacen algunos comentaristas ilusionados lo resume todo, y no sé si para bien o para mal: una vez más lo dejaré a la elección de ustedes, junto con aquellos dos singles. 

Como dije arriba, aquí acaba la relación de nombres más o menos destacables durante el oscuro período de transición entre décadas. Otro día seguiremos nuestro camino, pero de momento toca descanso; y como ya saben los clientes de este tugurio, cada vez que hacemos un alto hacemos también fiesta, así que… 



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