martes, 18 de abril de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s



Como ya saben los clientes de este tugurio, aquí somos bastante anglófilos (en lo musical exclusivamente, claro; en lo demás, a día de hoy, resulta muy difícil serlo). Pero desde el nacimiento del rock and roll la mayor parte de los ritmos que nos encandilan proceden de los Estados Unidos, el principal recurso estilístico para el resto de Occidente aunque luego los británicos añadan su toque mágico. Por eso, de vez en cuando, conviene visitar aquel inmenso país para enterarnos de lo que se está cociendo allí: más tarde o más temprano su influencia se notará a este lado del Atlántico. Y seguro que la próxima revolución punk/new wave que se avecina en la Isla tiene también algo que ver con ellos. Así que vamos allá. 

Con el paso de los años se va notando un cambio de actitud en muchos músicos: la sencillez, la casi humildad con la que habían comenzado las bandas de garaje en los States o los grupos beat en la Isla a principios de la década pasada, se ha ido convirtiendo en altanería. Y aunque pueda parecer un detalle sin importancia conviene recordarlo, porque ese defecto hace perder muchas veces la noción de la realidad. La llegada de la psicodelia tuvo sus inconvenientes, y uno de ellos fue esa sobrevaloración que comenzaron a darle tanto la prensa especializada como algunos sociólogos o escritores. Así, lo que inicialmente no era más que un estilo artístico (multimedia, sí; pero también el primitivo rock and roll lo había sido) se convirtió en una especie de corriente de pensamiento que elevó a sus protagonistas a la altura de nuevos gurús de la juventud, y por desgracia algunos se lo creyeron; menos mal que otros, como Frank Zappa, supieron encarar el asunto con su impagable sarcasmo. Y cuando todo aquello pasó, el panorama de la música popular se había estratificado: en lo más alto de la escala estaban los aficionados “culturetas” con su predilección por las fusiones del jazz con el rock; luego venían los fans del progresivo o las bandas de blues rock evolucionadas, y por último los seguidores del rock más tradicionales en sus variantes hard o heavy. El pop, por supuesto, había sido degradado a simple papilla para consumo de ignorantes y alienados seguidores de las listas de éxitos, como si King Crimson o los Doors no estuviesen en ellas. En cuanto a los negros, depende: la burguesía intelectual blanca había creado una especie de élite para el jazz y el blues, géneros que ahora se consideraban de lo más distinguido (en parte porque ya había músicos blancos viviendo de ellos); esa "puesta en valor", como dicen los cursis, fue una verdadera salvación para muchos músicos negros, que dejaron de pasar hambre. Pero las derivaciones del soul, el pop negro de la Tamla o el naciente funky estaban quedando confinados en las discotecas y en las sibilinas listas de rhythm’n’blues, que no eran más que una actualización de las antiguas race lists. 

De todas formas la ventaja de Estados Unidos es su enorme tamaño, que permite la convivencia de varios estilos al mismo tiempo; incluso la evolución artística va a distintas velocidades según la zona. Gracias a eso es posible contemplar, a finales de los años 60, la convivencia entre los veteranos junto a una nueva generación que comienza a recuperar los valores del antiguo garaje. Como es lógico, al igual que pasó en los últimos tiempos del rock and roll, el sur y el suroeste son más conservadores; en California por ejemplo se mantienen muchos de los grandes nombres que surgieron de la psicodelia. De todos modos, pocas bandas de verdadera categoría siguen siendo fieles a ese estilo salvo Spirit, porque la mayoría se van acercando al rock tradicional (Jefferson Airplane) y otras se refugian en el country (Byrds). Mientras tanto, en el norte los nuevos grupos suelen ser mucho más contundentes y, como ya sucedió a principios de aquella década, surgen sobre todo en las zonas industriales como Detroit (Stooges) o las ciudades de aluvión como Nueva York (Mountain). Y es en esta última ciudad donde empiezan a convivir las bandas de rock más o menos duro con otras que añaden elementos transgresores, como esa curiosa apuesta glam/Stones que simbolizan los New York Dolls. Si en los años 50 fue el Sur y a principios de los 60 fue el Noroeste, tal vez en esta nueva década las novedades más importantes se encuentren en la otra esquina… 

En fin, ya iremos viendo. Habrá que comenzar la década interesándonos por la salud de las bandas veteranas, indagaremos para saber hasta qué punto hay similitudes con la situación isleña y luego es de esperar que surjan algunos grupos nuevos que nos ilusionen y puedan llegar a ejercer su influencia al otro lado del océano: ya hemos visto que el panorama británico a mediados de los años 70 es para llorar. Esperemos que aquí haya más alegría. 


jueves, 6 de abril de 2017



Queridos hermanos y queridas hermanas: 

Como bien saben ustedes, se acerca la Semana Santa. Es una época de recogimiento y exaltación de nuestra fe, es el tiempo en el que hemos de encontrarnos a nosotros mismos y participar de la renovación de nuestro espíritu, o algo así que decían los antiguos catequistas. No lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que había vacaciones. Y por lo tanto... 

Pórtense ustedes bien y no pequen mucho. Ya nos veremos a la vuelta. Ah, sí: para hacer juego con la renovación espiritual que marcan estas fechas, he cambiado las canciones de la columna izquierda, que ya les iba siendo hora. Y he subido el paquetito, por si a alguien le interesa tenerlas todas juntas. 

Lo dicho: sean buenos, y pronto nos veremos. Pero si son malos, también. 




martes, 28 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (y fin)


Hoy llegamos al final de esta pequeña serie dedicada a esa fauna difusa compuesta por unos cuantos bichos raros que dignificaron un poco la depauperada escena musical española en los primeros años 70, una época bastante oscura. Y precisamente para disipar un poco esa oscuridad creo que nos vendrá bien la sonrisa; una sonrisa que en España por entonces quedaba a medio camino entre el sarcasmo y el absurdo, y que muy pocos personajes han sabido “gestionar” mejor que don Ramón Alpuente Mas, mucho más conocido como Moncho Alpuente. Sí señores, ese artista multifuncional, ácrata pero renacentista a su modo, que se dedicó al periodismo, la música, la literatura, el teatro y otras cuantas cosas. Aquí nos ocuparemos solamente de su obra musical, que de todos modos es un mundo en sí misma: al igual que en las demás “disciplinas” que ejerció, es impagable su visión ácida pero descacharrante de una época y una sociedad. Y su carácter transgresor hace que hasta nosotros tengamos que saltarnos una norma clásica del local: por primera vez aquí son más importantes las letras que las músicas; lo cual es lógico, porque para don Ramón las músicas eran parte del sarcasmo y solía obsequiarnos con melodías de tuna, foxtrot, vodevil y otras cuantas antiguallas convenientemente retorcidas por sus acompañantes, tan ácratas como él. 

Moncho comienza a escribir letras raras ya en el colegio, al mismo tiempo que se aficiona a escuchar a algunos grupos extranjeros un tanto dislocados; tanto él como Antonio Piera, compañero de estudios e integrante de la Tuna, muestran una afición preferente por Las Madres del Invento, la banda de Zappa, que en lo musical es revolucionaria y en lo estético… también. Así, no es extraño que decidan crear un grupo bajo el nombre de Las Madres del Cordero junto a otros colegas de parecida catadura. Esto ocurrió en 1969, cuando Moncho tenía veinte años cumplidos. De momento los únicos instrumentos de los que disponían eran las guitarras acústicas y su formación musical era casi nula, lo cual los decidió a probar en el mundo del folk porque “parecía lo más sencillo”. Actuando en colegios mayores conocieron a otros individuos que los fueron introduciendo en el mundo teatral, y así nace su amistad con algunos miembros del grupo Tábano, que al decir de Moncho “hacían espectáculos incomprensibles pero muy divertidos”. Ya que lo incomprensible era uno de las esencias de Moncho, pasó lo que tenía que pasar: Las Madres y Tábano se asocian para poner en pie “Castañuela 70”, uno de los hitos teatrales que marcó la nueva década. No fue exactamente un éxito monetario, aunque se defendió bastante bien; lo importante es que nunca antes un grupo de teatro independiente había conseguido funcionar como profesional, con un circuito geográfico (Madrid, Cataluña y Aragón) y por un tiempo continuo aunque escaso -el verano de 1970-, hasta que los grupos de reventadores compuestos por falangistas, policía política disfrazada de ultraizquierdistas y demás excrecencias del Régimen consiguieron suspender las representaciones a finales de Septiembre. Pero “el daño” ya estaba hecho: “Castañuela 70” ya es historia de España (y se recomienda una visita a los anales de Internet para hacerse una idea más completa sobre aquello). 

Gracias a esa obra consiguen Las Madres una cierta popularidad, que les lleva a grabar en Barcelona un primer single con el sello Talar (una submarca de 4 Vents), aún en 1970: “A beneficio de los huérfanos / La niña tonta de papá rico”, cuyas ventas son escasas pero se convierte en un objeto muy preciado por un cierto sector del público más contestatario (como se decía antes): la primera es una burlas sobre las fiestas que la alta alcurnia celebra con motivos supuestamente “caritativas”, mientras que la segunda hace un buen retrato de la perfecta niña pija. La música, como ya dije antes, da igual: aquí lo que cuenta es “el mensaje”. Las Madres grabaron unas cuantas canciones más en aquel sello, aunque como maquetas y sin intención de publicarlas; pero en 1973 les sorprenderá la aparición de un disco “colectivo” en el que vienen incluidas cinco de ellas, junto a otras interpretadas por Gabriel Salinas, Luis Pastor, Quintín Cabrera y Els Sapastres. El disco se titula “Todo está muy negro” y ya se pueden ustedes suponer que la temática general va de eso, de lo negro que estaba todo por entonces. El disco es hoy en día una rareza, aunque por entonces tuvo una distribución bastante decente.

Las Madres desaparecieron de escena sobre 1971-72, cuando la mayor parte de sus componentes (que con frecuencia eran itinerantes) terminaron sus carreras universitarias y buscaron un modo más serio de buscarse la vida; pero Moncho intentó compaginar unas cosas con otras porque seguía con ganas de escribir sinsentidos (una visión alternativa al periodismo, pero en otra órbita) y el escenario tiraba mucho. Y en 1973, junto a Piera, consigue una formación más o menos estable que bautizan como “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” y pronto es detectada por Alain Milhaud, que los incluye en su sello Explosión para grabar de inmediato un Lp histórico titulado “Vidas ejemplares”. El espíritu y los temas que se tratan son los mismos que en la época de Las Madres, e incluso algunas canciones son de aquella época; el único cambio está en la técnica musical, que gracias a Milhaud es más seria, mejor organizada y con algunos músicos profesionales que ayudan en la grabación, además de unos cuantos amigos que también componen nuevas letras como las vainicas, Aute, Hilario Camacho e incluso Massiel, que canta una canción (“Soy la mujer”) en la que se hace parodia de la mujer objeto, tan de moda antes como ahora. En ese disco se incluyen piezas ya míticas como la recreación de “A beneficio de los huérfanos”, “El hombre del 600” -un verdadero éxito en single- o “Los fantasmas”, que corresponde a su época anterior en Castañuela 70 y que no gustó mucho a los progres; como tampoco les gustará “Al cantante social con cariño”, que se incluye en aquella recopilación “traicionera” que lanza 4Vents poco después ante el relativo éxito de “Vidas ejemplares”: Moncho tiraba contra todo y contra todos, incluyéndose él mismo. 

Durante un tiempo, este grupo fue realmente popular. Sus actuaciones se prodigaron por toda España, lo mismo que la persecución de la Policía y demás autoridades gubernativas, que de vez en cuando les cortaban las alas. Y finalmente, a principios de 1976 (Franco había muerto poco antes), cada uno sigue su camino: Moncho y sus amigos consideran que ya no tiene mucho sentido luchar contra un régimen que comienza a deshacerse, y su profesión de periodista le exige cada vez más tiempo. A principios de los 80 creará un nuevo grupo “festivo-musical”, entre pop y rock, llamado Moncho Alpuente y los del río Kwai, que llegó a publicar un disco sin mucha repercusión; veinte años después, junto a Wyoming y el Reverendo, veremos a la fugaz Moncho Alpuente Experience, pero lo realmente interesante fueron aquellos tres o cuatro primeros años en los que, a pesar de la oscuridad reinante, nos hizo reír, a carcajadas muchas veces. Y esta es su herencia. 

Aquí termina esta pequeña pero entrañable relación de personajes que nunca supieron muy bien qué terreno ocupaban, pero tampoco les importó mucho. Lo que cuenta es la memoria, ahora que ya ha pasado todo; que sigan vivos en el recuerdo de algunos de nosotros. Ya saben: moda es lo que pasa de moda, clásico lo que permanece. 




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