lunes, 16 de enero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (II)



Ante ustedes, la pareja atómica: doña Gloria y doña Carmen, dos señoras que han encandilado a todo buen fan del pop español, sea de la generación que sea. La influencia de Vainica Doble comienza a hacerse evidente a principios de los años 80, cuando son reivindicadas por varios músicos de la nueva ola, y se mantiene desde entonces, especialmente entre los grupos de San Sebastián; aunque esa devoción surge casi a toro pasado, cuando lo mejor de su obra ya estaba hecho. La década de los 70 fue su época creativa más brillante, con pocos seguidores pero muy fieles: pasaron casi desapercibidas en las radios españolas de onda media, la más popular entonces, pero la naciente frecuencia modulada las apoyó casi desde el principio de su carrera. Su obra es una hermosa alquimia de melodías muy trabajadas, apoyadas por músicos de categoría, con frecuentes letras naif en las que vemos un mundo emocionante de personajes fantásticos e historias cercanas a los cuentos infantiles; esa temática y algunos arreglos musicales hacen casi lógico que muchas de sus canciones -especialmente en los primeros tiempos- tengan un vago tono psicodélico, lo cual redondea su encanto. Pero también surgían a veces asuntos más serios, como los conflictos amorosos o sociales vistos desde su muy particular perspectiva, a veces tan humorística como dramática; o su vocación ecologista, materia en la que fueron precursoras, o su debilidad por la gastronomía y la repostería caseras. Vainica Doble constituye un universo completo, al margen de lo que pueda haber fuera de él, si es que hay algo.  

Son dos madrileñas que nacen en los primeros años 30, con antecedentes artísticos en sus familias. Se conocen en la Ciudad Universitaria, y ya solo la leyenda que narra ese conocimiento es casi de cuento: al parecer Carmen estaba silbando despreocupadamente el “Tanhauser” de Wagner y en ese momento pasó Gloria por allí; al reconocer aquella melodía decidió acompañarla con un segundo silbido, y desde entonces se hicieron inseparables. Pero esa afición musical que ambas sentían no fue su primera “opción”, por decirlo así: son una especie de jovenzuelas renacentistas que disfrutan con todo tipo de artes, así que mientras Gloria sigue algunas tradiciones familiares y se dedica por un tiempo a la danza, Carmen aprende piano y se integra en el TEU, el más famoso grupo universitario de teatro; luego marcha a París a estudiar Pintura (el pintor Rosales, entre otros, es antecedente suyo). Más o menos en la época de su marcha se casa Gloria, que como consecuencia se dedicará a criar a sus hijos; son unos años en los que cada una vive su propia circunstancia. 

Carmen vuelve a España y se va introduciendo en la televisión como actriz gracias a la ayuda de Jaime de Armiñán, que es su cuñado y uno de los primeros creadores fijos de series y programas para ese medio. A mediados de los años 60, cuando Gloria ya comienza a liberarse un poco de sus obligaciones maternales, su amiga la introduce en ese ambientillo pero además la pone al día sobre las novedades que ofrece la música popular, desde el rock and roll hasta los Beatles o Dylan. Gloria detestaba las canciones que se escuchaban en la radio de entonces: baladas lacrimógenas de cantantes desmayados o las “músicas regionales” tan alabadas por el franquismo. Pero la escucha de esas nuevas ofertas extranjeras le cambia la perspectiva y decide que entre las dos están perfectamente capacitadas para crear sus propias composiciones. Dicho y hecho: antes de que termine la década ya suministran a Armiñán sintonías que este usa en su serie “Fábulas” y cabeceras para otros programas. Ah, y no solamente eso: de vez en cuando, también cantan. Habiendo entrado ya en la madurez y teniendo en cuenta la grisura mental de aquellos tiempos, esa actitud es admirable. 

Decididas a seguir ampliando su perspectiva, comienzan a escribir canciones que de momento no piensan interpretar. Tiempo antes se habían estrenado con dos piezas para un grupo que no llegó a grabar, pero esta vez va en serio: Pepe Nieto, el antiguo Pekenike que ahora es arreglista y compositor, escucha las que acaban de escribir y propone algunas para Nuevos Horizontes, un cuarteto que ha creado y del que ya hablaremos más adelante. En 1969 se presenta el primer single de ese cuarteto; pero tal vez sea más importante el hecho de conocer a Luis Borau, que producirá la legendaria “1, 2, 3, al escondite inglés” y las lleva ante Iván Zulueta, su director, que desde el primer momento se convierte en un rendido fan suyo (y de paso las introduce en la psicodelia, que será un ingrediente fundamental en las canciones del dúo). Tras participar en la banda sonora de esa película y ante la veloz progresión de estas señoras, que ya empiezan a ser adoradas por toda la modernura madrileña, Pepe Nieto y Manolo Díaz las convencen para que superen su timidez y graben un single, que publica Columbia a principios de 1970: “La bruja / Un metro cuadrado”. En cuanto al nombre, después de pensar en la denominación de varios pasteles y helados (o, como alternativa de estilo literario, “Las Alegres Comadres de Aravaca"), finalmente se deciden por esa entrañable labor costurera. 

Casi era de esperar lo que pasó: el país estaba desprevenido. Aunque hoy en día ese single haya sido elevado a los cielos, por entonces la crítica, tanto de la derecha como de la izquierda, se cebó con él. La cara A, de sonido y arreglos “aproximadamente” psicodélicos, puede parecer un folk deconstruido con una letra de cuento que por supuesto solo gusta a sus devotos fans; la cara B, de entrada y coros al estilo gregoriano, lleva una melodía muy de cantautor, aunque la letra al parecer no gustó a los progres por una supuesta exaltación de la propiedad privada, lo cual demuestra que esa gente no entiende la diferencia entre alegoría y realidad. De todos modos tanto un bando como el otro consideraron esas canciones como una estupidez infantiloide, aunque la derecha sospechó siempre que las Vainica eran peligrosas revolucionarias con mensajes crípticos solo entendibles por los de su secta, y pronto tendrán encontronazos con la Censura. El single tuvo pocas ventas, y Columbia (probablemente aleccionada por poderes superiores) comienza a evitarlas aunque de momento no las libera del contrato; así que, mientras entretienen la espera por escapar de allí, se dedican a componer material para el futuro. La primera canción que saldrá a la luz es la que entregan a unos muchachos que en esa época suelen ser su grupo de acompañamiento; se hacen llamar los Tickets, pero dentro de unos años los conoceremos como Asfalto: “El rigor de las desdichas”, que así se llama, tiene un inequívoco sabor a Vainica, y le sienta muy bien ese tono eléctrico que le dan los Tickets aunque el disco tampoco llegó a ningún sitio. 

Finalmente, liberadas ya de Columbia, Manolo Díaz las lleva a Ópalo, un nuevo sello que él mismo ha creado y en el que publicarán su primer Lp en 1971 ayudadas por Pepe Nieto, algunos músicos suyos y de nuevo los Tickets; ah, y la portada se la dibuja Iván Zulueta. Esa mezcla de cuentos infantiles con tanta dulzura como ironía a veces, efluvios psicodélicos y momentos rockeros, es una delicia difícilmente superable; un rayo de luz en un país de actualidad tan deprimente como la española de aquellos tiempos. “Caramelo de limón”, la primera del ramillete, se convierte en clásica inmediata, una especie de folk rock psicodélico medieval con letra enternecedora; “Quién le pone el cascabel al gato”, tan marchosa como aparentemente infantil, trajo de cabeza a la Censura, que creyó identificar al gato (o sea, Franco) y retrasó por un tiempo la publicación del disco; “La cigarra y la hormiga”, en teoría otra simple tonadilla del mismo estilo, fue vista con prevención por algunos prebostes de la enseñanza, que recomendaron incluirla en la lista de canciones poco edificantes para los niños… mientras que los progres despreciaron el disco por esa infantilidad y por su “falta de compromiso”. O sea, lo que viene siendo la esencia de la Tercera Vía. Pero es igual: aunque no hubo muchas ventas, el grupo de fans de las vainicas iba aumentando poco a poco. Entre 1971 y 1972 se publican tres singles conteniendo piezas de ese Lp y dos canciones que corresponden a nuevas sintonías para dos programas de Armiñán; pero en 1973 el sello de Manolo Díaz tiene que cerrar, y tras un último single navideño (con portada hecha por Juan Carlos Eguillor, otro histórico fan del dúo) nuestras amigas encontrarán acomodo en Ariola. 

Se me ha pasado el tiempo y el espacio en un suspiro. Seguiremos en un próximo capítulo, pero tranquilos: la semana que viene acabamos. Mientras tanto aquí les dejo su primer single, el Lp, las dos canciones de las sintonías y el single navideño. Quien no conozca todavía estas canciones, no sabe la envidia que me da. 






lunes, 9 de enero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (I)


Tras un breve período de brillantez en el segundo quinquenio de los años 60, a la música yeyé española le queda por delante una época de oscuridad que durará aproximadamente diez años. La oferta estándar de los sellos discográficos se dirige a la masa de compradores menos exigentes: los grupos de chicle pop como Diablos o Fórmula V son casi la única alternativa a un mercado en el que esos mismos sellos han decidido la vuelta al cantante melódico tradicional, cuyo representante más claro es el ínclito Raphael. Y las minorías se dividen en dos bandos: ya vimos que los fans del blues y el rock más o menos progresivo abandonan toda esperanza y se entregan a la oferta extranjera, salvo algunos “patriotas” que de vez en cuando dan una oportunidad a la escasa producción underground nacional (los grupos catalanes, Smash, algún madrileño…); por otra parte, la situación del país hace que una respetable cantidad de aficionados -no necesariamente jóvenes- con una cierta conciencia social, política o puramente literaria se interese por la pujante canción de autor o, ya directamente, la canción protesta. Es un tipo de material y de público que tienen además mucha relación con la música folk, aunque algunos sectores radicales vean esa cercanía con malos ojos. 

Recordarán ustedes que por aquel entonces era Cataluña la zona más vanguardista en casi todos los estilos: frente a los cantautores de querencia francesa que militaban en Els Setze Jutges había un “contrapoder” en el Grup de Folk -más orientado a la escuela dylaniana- cuyos integrantes se acercaban al folk psicodélico, que fue el punto de arranque para Pau Riba o Sisa; y las bandas como Maquina! o Tapiman eran reverenciadas por las minorías rockeras. Por lo general los cantautores, unidos bajo el denominador común de la Nova Cançó, se expresaban en catalán, y los rockeros en inglés (como hacían casi todos los grupos de ese estilo, fuesen de donde fuesen: es el caso de los andaluces Smash o los madrileños Franklin y Cerebrum). Pero hubo una excepción, un grupo que no podía incluirse en el sector de los cantautores porque su estilo se acercaba al pop y a los juegos de voces de la escuela Crosby, Stills & Nash, y que por eso mismo no era tampoco una banda de rock: Mi Generación, que además cantaban en español. Otra anomalía. Tal vez les hubiese ido mejor si fuesen de la Meseta, ya que las élites de la burguesía intelectual catalana nunca quisieron saber nada de ellos. Sin embargo, tal suma de anomalías nos viene bien para entender con una cierta aproximación qué fue eso de la “Tercera Vía”.

Vamos a centrar un poco más la idea: de no ser catalanes, la gente como Pau Riba, Sisa, Ia, Batiste y algunos más hubieran cuadrado perfectamente en esa extraña Tercera Vía española; incluso me atrevo a decir que aquel “magma primigenio” conocido como Grup de Folk es su equivalencia catalana (y por lo tanto, Mi Generación quedó en tierra de nadie). Así que, más o menos, ya vamos comprendiendo en qué consistió la cosa: un grupo de músicos, siempre cantando en lengua castellana, que en contadas ocasiones podían recordar al folk, pero no hacían folk; tal vez canción de autor, pero más interesados en los juegos de voces o en la melodía que en mensaje alguno; con una cierta vocación underground e incluso algunos efluvios psicodélicos, pero mucho más cerca del pop barroco que del rock… O sea, una especie de hippies ácratas urbanos que en realidad no inventan nada, puesto que esas tendencias ya estaban presentes en algunos grupos españoles de la generación anterior: las voces de los Ángeles o el pop psicodélico de los Pasos son dos buenos ejemplos, así que en cierto modo lo que tenemos ahora es una ampliación de la oferta con nuevos matices y en ocasiones letras más “dislocadas”, con mucho sentido del humor. 

Tal vez por el tono exquisito de algunas músicas, por la extremada ironía o agudeza de algunas letras, la mayor parte de los personajes que irán desfilando por esta serie nunca alcanzaron una gran popularidad; al menos en eso se hermanan con los cantautores o los rockeros nacionales de aquella época. Quién sabe, hasta es posible que ni ustedes recuerden a algunos de ellos, pero eso tiene su parte buena: tal vez descubran más de una canción maravillosa de la que en su momento no tuvieron noticia, o que llegaron a escuchar alguna vez pero su memoria la haya perdido entre las brumas del tiempo; si es así, felicidades. La Tercera Vía fue un enfoque muy interesante en la política occidental de los años 60, como lo fue en el cine español de los primeros 70; y aunque la música popular sea el pariente pobre de todas las mesas, da una cierta alegría saber que también en el mundo ratonero nacional hubo una corriente que se llamó así, aunque casi nadie la recuerde salvo algunos frikis (en las escasas citas en las que se nombra, aparece de pasada y casi como perdonándole la vida; se detallan algunos protagonistas, pero sin asociarlos con un momento o un estilo concreto). El término ni siquiera llegó a ser común entre los cronistas musicales de aquellos tiempos, y solo después se ha recurrido a él como aglutinante para encajar en algún estilo a unos cuantos personajes que de otro modo no podríamos catalogar. Pero no se preocupen: a juego con el resto de la oferta musical española, tales personajes son escasos, así que terminaremos pronto. 

Y esto es todo. Ya me imagino los gestos de ansiedad entre las multitudes que invaden este bar a diario, esa emoción, esa impaciencia a duras penas contenida… Está bien, invocaré el primero de esos nombres iniciáticos: Vainica Doble, por supuesto. 


jueves, 22 de diciembre de 2016

Navidad otra vez



Sí señor, ya estamos metidos otra vez en las navidades, el Fin de Año y demás excesos alcohólico - gastronómicos. Aquí he recordado más de una vez esa conocida sentencia que afirma que a medida que uno se hace mayor el tiempo pasa más rápido; por mi parte, ya casi prefiero contar el paso de las semanas que el de los días, que me resulta vertiginoso. Y sospecho que a la mayoría de los escasos pero fieles visitantes que vienen a este bar debe de pasarles algo parecido, porque aquí mucha juventud no veo. 

En fin, a la vejez viruelas (siempre hay un refrán para cada caso). Como ya saben ustedes aquí celebramos la llegada de estas fechas con una fiesta, que cada año procuramos amenizar con un tipo de música distinto para que no se me aburran. Aunque este año la novedad va a serlo solo en parte: escucharemos piezas instrumentales de los años 70. Y digo que solo en parte porque ya hemos tenido una fiesta dedicada a esa década y otra a las músicas sin palabras; pero en el primer caso eran piezas cantadas, y en el segundo nos centramos en los años 50/60 (que fue la edad de oro de ese estilo). La década de los 70 no fue muy prolífica en ese sector, pero buscando aquí y allá he conseguido reunir la cantidad de 12+1 selecciones, que como ustedes saben es el número preceptivo en este local. Así que vamos a ello: 

Comenzaremos con una cuya historia es un tanto rocambolesca: se titula “Groovin’ with Mr. Bloe”, y fue un éxito legendario a nivel europeo; sin embargo sus compositores son yanquis, de la escudería de Buddha Records, y por lo tanto procede del chicle pop. En 1969 se publicó por primera vez allá como simple cara B del primer single de los Wind, un grupo que solo llegó a grabar uno más; ese single se escucho en algunas emisoras británicas, y en la BBC se equivocaron de cara tal vez pensando que esta pieza era la estrella, ya que la A era un poco blandita. El caso es que un directivo del naciente sello DJM la escuchó y decidió regrabarla con músicos de su estudio, a los que reunió bajo el poco original nombre de “Mr. Bloe”: en verano de 1970 la pieza se convirtió en “viral”, como se diría ahora, y llegó al top 5 en media Europa (España incluida). La DJM intentó aprovechar el rebufo con unas cuantas piezas más, pero a Mr. Bloe ya le había pasado el momento de gloria. Entre los músicos oficiales del sello por entonces estaba un tal Elton John, que pronto sería su estrella principal pero que de momento figuraba como "chico para todo": ya había grabado algunas piezas de relleno y participó en la primera sesión de esta; sin embargo, al final fue sustituido. Y aquí la tienen ustedes; tal vez no recuerden el título, pero en cuanto la escuchen…



La transición entre una década y otra fue realmente convulsa, y está trufada de momentos memorables como el primer disco grande de Mott The Hoople, que se publicó en la Isla a finales de 1969 pero comenzó a circular por el resto del mundo al año siguiente. El disco se abre con una versión del “You really got me” de los Kinks, lo cual no tiene nada de raro: se han hecho muchas. Pero la originalidad está en que se trata de una instrumental, y eso sí que tiene su mérito; por otra parte el ritmo se ralentiza y el sonido tiene mayor profundidad, con lo cual estamos ante una recreación en toda regla. Al final resulta ser un excelente inicio para un disco que mereció mejor suerte (sigo pensando que fue de los mejores de este grupo). 



Las escasas bandas de jazz rock isleñas vivieron su corto momento de gloria a finales de los 60, cuando el progresivo aún estaba comenzando y resultaba un estilo novedoso. De todas ellas la más interesante fue Colosseum, que tenía muy amplios recursos: sus tres discos oficiales, publicados entre 1969 y 1970, son realmente magníficos, por no hablar del doble directo. Y hay una pieza instrumental que siempre me ha gustado porque es un cruce de muchos estilos e incluso tiene un cierto sabor español: “The grass is greener”, que en los States se incluyó en un refrito con ese mismo título en 1970 y en Europa figuraba en un recopilatorio titulado “The collector’s Colosseum”, del año siguiente. Su desarrollo es magistral, con zonas apacibles y otras grandiosas, de puro clímax; son siete minutos y medio que se hacen cortos. 



La tentación de atacar el repertorio de la música sinfónica es tan vieja como la industria discográfica, e incluso en ese sector hay varias categorías: al lado de los grandes monstruos como Keith Emerson o Rick Wakeman, surgen a veces músicos que solo intentan rentabilizar una pieza aislada. Y aquí tenemos otra historia curiosa, al estilo de Mr. Bloe: una banda británica llamada Jigsaw, cuyo estilo anda a medio camino entre pop y rock, consigue en 1970 grabar su primer disco grande bajo el título de “Letherslade farm”. Ese disco incluye una pieza que no tiene nada que ver con su repertorio, una versión de “Jesús, alegría de los hombres”, cantata de Bach de la que eliminan la letra, aceleran su melodía y publican también como single a principios del 71, sin éxito. Pero Tom Parker, un viejo zorro del negocio que es músico de sesión, compositor y productor, le ve posibilidades y la regraba con otros colegas. Al igual que en el caso de “Mr. Bloe” las modificaciones son mínimas, pero consigue un éxito de parecido calibre: “Joy”, que así se bautiza, copa las listas occidentales en 1972. El supuesto “grupo” que lo interpreta lleva por nombre Apollo 100; llegaron a grabar dos o tres discos grandes repletos de versiones de todo tipo, que tuvieron unas ventas discretas en la Isla.



De vez en cuando también algunas novedades continentales llegan a competir con las isleñas: Holanda, como Alemania, ha tenido siempre un ambientillo muy interesante, y el rock progresivo va mucho con el carácter de ese tipo de países. Así que no es extraño que allí surgiese un grupo como Focus, la mayoría de cuyos miembros son de formación clásica pero al mismo tiempo muy actualizados. Y aunque el paso del tiempo no les ha favorecido (como le pasa a la mayoría de los grupos progresivos), hay que reconocer que algunas piezas suyas tienen mucho mérito; este es el caso de “Sylvia”, contenida en su tercer disco grande, del 73, y que junto con “Hocus Pocus” (también instrumental aunque aderezada con un canto tirolés) forma la pareja de composiciones más popular y reconocible de esta banda. 



Por supuesto en los Estados Unidos siempre hay donde elegir, sea el estilo que sea; y tratándose de alguien tan versátil como Frank Zappa, la satisfacción está garantizada. Una de las obras cumbres de don Francisco es “Apostrophe”, un disco publicado en la primavera de 1974 y en el cual se rodea de individuos muy notables; en concreto, para atacar la pieza que le da título tiene a Jack Bruce al bajo y a Jim Gordon en la batería. No hace falta decir más. Todo el disco es tremendo, y uno de los más populares en la historia de un músico que llegó a grabar no se sabe exactamente cuántos, pero esta en concreto yo diría que es la guinda del pastel. 



El folk norteño es una fuente inagotable, tanto por sus canciones como por las piezas instrumentales, y en consecuencia su fusión con el rock dio origen a un buen montón de grupos británicos. También en Irlanda los hubo, aunque en términos comerciales (dejando aparte a los venerables Dubliners o Chieftains, que son más puristas) solo uno consiguió llegar a la altura de sus colegas de la isla grande: los Horslips, que comenzaron siendo los más brillantes embajadores del rock céltico y en sus últimos años una banda bastante cañera que intentó entrar en el mercado yanqui con poco éxito. En 1974 publicaron su tercer disco grande, “Dancehall sweethearts”, que incluía una espléndida versión de la emocionante “King of the fairies”, pieza cuyo rastro llega hasta un grupo de canciones de baile del siglo XVIII; pero esta con la particularidad de que la leyenda le atribuye un poder convocatorio: si se toca tres veces seguidas, el Rey ha de presentarse en la fiesta. Para estar a la altura de tal embrujo, los Horslips hicieron un video con una supuesta actuación al estilo Beatle, sobre la terraza del Banco del Irlanda (https://youtu.be/K7cfNEW3pCY). Si alguien busca una definición rápida y ajustada del rock celta, este es el mejor ejemplo. 



Manfred Mann es un músico sudafricano cuya especialidad son los teclados, y desde su llegada a la Isla en 1961 ha sido una de las figuras recurrentes en la historia musical del país hasta casi ahora mismo. Comenzó dirigiendo una de las bandas más populares de aquella década con un rango de estilos que abarcaba desde el r’n’b hasta el pop, y que disolvió en 1969 para crear Manfred Mann Chapter III, más centrada en el jazz; pero la cosa no funcionó, y en 1971 se reinventa al frente de la la Manfred Mann’s Earth Band, que en cierto modo es una evolución de su primer grupo pero con un sonido mucho más actual y teclados electrónicos. Esa mezcla de rock con tintes progresivos pero con buenas melodías (más algunas versiones de Dylan, uno de sus ídolos), se hizo muy popular a mediados de la década de los 70. Y justo en 1975 se publica su sexto disco, “Nightingales and bombers”, una de cuyos temas estrella es esta pieza anfetamínica: “Countdown”. 



Otra agrupación ya muy veterana en este negocio es Hawkwind. Son posiblemente los creadores de lo que se dio en llamar “rock espacial”; en cierto modo, podríamos decir que son la versión heavy de Gong. El número de músicos que ha pasado por esa banda es incontable, como también lo es su producción discográfica; si además tenemos en cuenta que ha habido formaciones y grabaciones alternativas bajo otros nombres como Hawklords o Hawkind Zoo, comprenderán ustedes que reunir esa discografía puede convertirse en una de las mayores torturas para un coleccionista (o un mayor placer, según su grado de masoquismo). Un ejemplo: en 1975 se publicó un single cuya cara A (“Kings of speed”) figuró después en su nuevo disco grande, mientras que la B (“Motorhead”) no. Para los fans del ex-Hawkwind Lemmy aquello los trajo de cabeza, ya que esa es la pieza fundacional de su nueva banda, pero el problema con la cara A no es menor: grabaron también una versión instrumental de la que no se tuvo noticia hasta varios años después, cuando apareció en otro single a nombre de Hawkind Zoo, y mucha gente piensa que es mejor que la primera. Afortunadamente, gracias al invento de los cedés, hoy no resulta difícil localizarla. 



Llegamos a la cumbre de los nombres intemporales con Bowie. En el segundo quinquenio de los 70 ya ha encontrado un nuevo personaje que le acompañará hasta el final de la década: el Duque Blanco. La influencia de las bandas alemanas sobre su música, ahora más electrónica y cerebral, lo lleva a grabar un trío de discos llamado justamente así, la “trilogía alemana”. El segundo resultó ser el más popular, por el enorme gancho de su tema central: “Heroes”, verdadero himno para una generación o puede que dos. Pero como esta es una fiesta sin palabras vamos a la cara B, que se abre con una pieza muy curiosa titulada “V-2 Schneider” y que Bowie compone como homenaje a Florian Schneider, miembro de los Kraftwerk, una de sus grandes referencias en esta época. Por otra parte recordarán ustedes que los temibles V-2 fueron aquellos misiles balísticos que machacaron la Isla y casi acaban con los británicos. Escuchando la ominosa entrada de este “homenaje”, con ese sonido inquietante, llega uno a la conclusión de que Bowie tenía un extraño sentido del humor, por decirlo así. 



A partir de 1976, con la llegada del punk y la new wave, la situación cambia completamente: en vez de música muy elaborada, con largos desarrollos, profundidad y, por qué no decirlo, con exceso de afectación a veces, lo que se busca ahora es la inmediatez, las piezas cortas y contundentes; la frescura, en resumen. Una frescura que por supuesto puede ser también la excusa para tapar las carencias de muchos músicos que no llegan a dominar sus instrumentos, pero no se puede pedir todo. Por esa razón, las piezas instrumentales serán muy escasas; pero en poco tiempo algunos comienzan a coger soltura, y de vez en cuando nos sorprenden con piezas vitamínicas como esta “Walking distance” que figura en el segundo disco de los Buzzcocks, titulado “Love bites”, del 78. Recordarán ustedes que en esa banda, creada justo en el 76, se dieron a conocer dos personajes fundamentales en la escena británica: su líder era Pete Shelley; pero en un principio ese liderazgo fue brevemente compartido con Howard Devoto, que se marchó muy pronto para crear Magazine, otro nombre mítico para el futuro. 



Se completa la docena con otro de esos grupos que, como Buzzcocks o Magazine, se consideran ahora “de culto” (lo cual nunca está claro si es bueno o malo para ellos): los Monochrome Set. Corresponden a la fase post punk, es decir, la segunda generación, y su creatividad es muy amplia; su única conexión con el punk es su tendencia a las piezas cortas y de diseño simple, pero bajo esa apariencia hay mucho más trabajo del que parece. Son un grupo contradictorio, indefinible, mezcla de surrealismo, new wave, películas de terror serie Z, sonido surf, acordes que recuerdan al spaghetti western… En fin: comprenderán ustedes que para algunos frikis entre los que me cuento, esta es otra de esas bandas adorables que alegran la vida. Ah, y tras algunas idas y vueltas siguen aún en activo, aunque por supuesto su edad de oro pasó hace mucho tiempo; de esa edad es “Lester leaps in”, procedente de su segundo single, en el 79. 



Y la selección 12+1, la que nunca figura en el programa, es una prueba de que aún quedan músicos herederos de aquella tradición de los 60 basada en teclados vitamínicos y ritmos bailables. Hace dos años, cuando hicimos la primera fiesta sin palabras, esta selección estuvo ocupada por Big Boss Man, un trío fiel al órgano Hammond y las percusiones sesenteras, que había publicado un nuevo disco muy poco antes. Da la impresión de que ese trío ya no existe; pero su líder, que se hace llamar The Bongolian y ya había comenzado una carrera en solitario antes de la creación de ese grupo, tiene nuevo disco a su nombre, el quinto: se titula “Moog maximus” y vio la luz este verano. Ahí vienen piezas tan alegres como este “Londinium calling”, que por supuesto no tiene nada que ver con los Clash. Lo dicho, que este estilo no muere. 



Bien, pues ya hemos llegado al final de la fiesta navideña. Como siempre, tras los atracones sólidos y líquidos que se otean en el horizonte, les deseo un venturoso tránsito; no solo intestinal, sino también de un año a otro. Que 2017 les sea propicio, o al menos que no resulte peor que este. Y por mi parte, aquí les dejo el paquetillo que contiene las piezas de la fiesta más un pequeño regalo sorpresa. Muchas felicidades, y el año que viene volveremos a “vernos”. 



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