miércoles, 28 de octubre de 2015

1973 (X)



Hoy nos visitan Ten Years After, la banda que nos faltaba en nuestra lista de asiduos procedentes de aquella eclosión del blues rock isleño a finales de la década pasada. Alvin Lee, su guitarrista, principal compositor y líder, siempre me ha recordado a Rory Gallagher, ya que tiene muchos puntos en común con él: ambos parten del blues y el rock and roll como tendencias más arraigadas, pero su estilo incluye el folk y el country, e incluso se acercan al jazz en ocasiones. Y por supuesto ambos son grandes guitarristas; Alvin tiene tal vez un rango de matices más amplio que el de Rory, del mismo modo que la digitación de este consigue un tono más cálido. Incluso si especulamos con la bobada esa de calificar a los guitarristas por su velocidad, Alvin estaba considerado -a su pesar- como el más veloz, seguido muy de cerca por el propio Rory (lo siento por el señor Blackmore y demás vanidosos velocistas del gremio). Por último, también les hermana ese aspecto de personas normales que otros no tienen: tanto uno como otro pertenecen a ese tipo de músicos que caen bien, que no se vuelven locos con gestos megalómanos, que basan su conducta y su música en la sencillez, aunque no tengan nada que envidiar a nadie. Como consecuencia, cuando su trayectoria vaya declinando (la decadencia siempre llega), seguirán siendo respetados incluso por quienes no son fans suyos. Puede parecer una tontería, pero tiene su mérito. 

Sin embargo, el repertorio de Ten Years After es más complejo de lo que parece: su base está efectivamente en la fusión de blues y rock and roll al estilo clásico (para ellos se creó la etiqueta “blues and roll”), pero la debilidad de Alvin Lee por los sonidos atmosféricos y la experimentación en estudio pronto situó al grupo en una curiosa dualidad: los fans de su repertorio más evidente ensalzan sus directos, su poderío abrasador cuando interpretan piezas que se han convertido en himnos, como “I’m going home” -a ser posible en su versión “canónica” de Woodstock, donde se consagraron ante el público yanqui. Pero Lee comenzó a cansarse pronto de las giras continuas repitiendo siempre los mismos tics ante el delirio de la parroquia y llegando a ser, como él mismo se definió, “una juke box humana”. Y si nos fijamos en la discografía del grupo vemos que ese estilo simple y contundente, esa mezcla de blues y rock se enriquece pronto, tras el segundo disco (que por otra parte es un directo): a partir de “Stonedhenge”, el tercero, su sonido es mucho más elaborado y adquiere un sinfín de matices. Comienza entonces la época más brillante de la banda, con un magnífico equilibrio entre las piezas incendiarias -cada disco tiene tres o cuatro clásicas inmediatas- y otras que suelen ser de tiempo medio junto a algunas baladas tan originales como sus arreglos, cercanos a veces a una rara especie de psicodelia progresiva (aunque siempre muy difusos, lejanos, sin alterar la esencia de la canción). 

Como era de esperar, esa tendencia hacia la sofisticación hizo que sus discos, con ser muy populares, lo fuesen más en la Isla (con un top 5 de media) que en los States (colocados en el top 20), aunque las giras yanquis fueron su principal fuente de negocio durante prácticamente toda su carrera. En 1971 pasan de Decca a Chrysalis publicando “A space in time”, cuyas ventas son inferiores a la media, pero a cambio consiguieron una popularidad tremenda con “I’d love to change the world”, una de sus piezas convertidas en single. El disco grande hace honor a su título: de principio a fin queda claro que siguen siendo TYA, pero el grado de exquisitez que consiguen con piezas como esa y otras cuantas, su sonido atmosférico, su gusto por los pequeños detalles “ornamentales” pero inesperados, hacen que algunos fans entre los que me cuento nos rindamos ante su belleza: para mí esta es una de las grandes joyas semiocultas del rock británico. Y tras ese espacio en el tiempo, el año siguiente llega “Rock and roll music to the world”, un disco irregular aunque en él figure alguna nueva clásica como “You give me loving”: TYA han vuelto a ser los de antes, pero en este negocio los pasos atrás no suelen presagiar nada bueno. Y justo cuando estábamos con las dudas sobre cuál sería su futuro, nos encontramos con el doble “Recorded live”, que como su nombre indica es un directo: las dudas quedan aplazadas. 

El grupo aprovecha su gira europea de principios de este año para hacer una selección de repertorio que alterna las piezas de sus últimos tiempos con otras clásicas: la apertura queda a cargo de “One of these days” -que también abría aquel majestuoso “A space in time”- y el cierre lo hace “Choo choo mama”, un rock and roll de su disco más reciente; precedido, eso sí, por la inevitable “I’m going home”. Por otra parte el sonido es excelente, con lo cual estamos ante el mejor directo de la banda, mucho más pulido que sus grabaciones en Woodstock o en el Fillmore de poco tiempo antes (que si no fueron publicadas en su momento, por algo era). En consecuencia las ventas son magníficas, y el disco ha pasado a formar parte de los grandes directos en la historia del rock. Por entonces aún no sabíamos que, en muchos casos, un doble directo magistral suele cerrar la época clásica de una banda, pero pronto nos íbamos a enterar. 

En 1974 llegará un nuevo disco, titulado “Positive vibrations”, y muy poco después TYA anuncia su disolución. Ese fulgurante tránsito, de escasos meses entre una cosa y la otra, tiene como principal motivo la poca calidad del disco (una sombra de todo lo que llegaron a ser): Lee y su banda son conscientes de que su época gloriosa ha terminado, de que su creatividad ya no da para más. Pero a esto hay que sumar el hastío que siente hacia el directo, las legiones de fans aullando, la vida de estrella del rock, que siempre ha detestado, y en consecuencia esa decisión resulta inevitable. Hay otras muchas bandas a las que no importa seguir adelante todo el tiempo que puedan aunque sus discos no tengan el menor interés porque lo que cuenta es el dinero, pero TYA decide despedirse con honor; y esa actitud, tan poco frecuente en este negocio, los eleva a la categoría de íntegros, de gente respetable en un mundo en el que casi nadie lo es. No importan las secuelas posteriores, que quince años después haya una fugaz vuelta para publicar un nuevo disco casi anecdótico o que los otros tres miembros del grupo lo pusiesen a funcionar de nuevo ya este siglo: habían renunciado al dinero que muchos otros de su quinta consiguieron en la época de los años 70/80 viviendo de giras mundiales gracias a una fama conseguida mucho antes. 

En cuanto a Alvin, siguió adelante colaborando con músicos menos famosos que él, o con su pequeña banda haciendo pequeñas giras. Murió en España, en 2013: en esos últimos años se dedicaba a pintar y a “aprender” a tocar la guitarra española. Gracias, Alvin. Tú, Rory y pocos más nos enseñasteis que la humildad era posible en ese gran teatro de vanidades que es el rock. 


martes, 20 de octubre de 2015

1973 (IX)



De las bandas nacidas en el Blues Boom británico y que todavía son asiduas a este local, hoy despediremos a Led Zeppelin. Fueron los que menos tiempo necesitaron para llegar a la categoría de “primera fila”: la gran profesionalidad de Jimmy Page, que conocía perfectamente los trucos del negocio por su trabajo como músico de estudio, hizo que el grupo resultase imbatible desde el principio de su carrera por la perfecta elección de los temas teniendo en cuenta el público al que se dirigían. Así, las piezas contundentes se sirven junto a unos cuantos ejercicios de estilo folkies y baladas un poco lacrimógenas que tanto gustan a los rockeros y que en la voz de Robert Plant pueden resultar desgarradoras; si esa mezcla de rock, blues y folk perfectamente ejecutada por cuatro músicos muy solventes le sumamos la visión del mercado de Peter Grant, las consecuencias son previsibles. Como en toda gran banda, se ven algunos puntos negros: en lo comercial hay muchas quejas sobre Grant, un verdadero gangster que maneja la dirección del grupo con tácticas a veces discutibles, y en el terreno musical Page está considerado como uno de los grandes plagiarios del negocio. Pero en cualquier caso no se puede negar su tremendo gancho, que siempre acalla a los críticos con unas cifras de venta impresionantes; el mejor ejemplo es su cuarto disco, publicado a finales del 71, que pese a estar ligeramente “camuflado” sin título ni la imagen de los músicos (una airada reacción de Page ante algunos comentarios periodísticos desfavorables con el disco anterior), resulta ser su mayor éxito hasta la fecha tanto en lo musical como en lo monetario. 

Su ritmo de giras es agotador, a juego con los excesos tradicionales que se le atribuyen al grupo. Sin embargo, también saben crear una necesaria fractura espacio/tiempo que los desconecta de la vida loca; es entonces cuando comienzan a planificar el nuevo disco, cuya base será organizada -al igual que el anterior- en el estudio móvil de los Stones. Después de pulir las grabaciones en los Olympic de Londres y luego los Electric Lady Studios de Nueva York (a lo grande, como siempre), por fin tenemos el resultado, en la primavera de 1973: “Houses of the holy”. Viene rodeado por una cinta de papel a modo de faja que nos muestra el título pero que pronto se perderá, con lo cual habremos de sacar la hoja con las letras o el vinilo para leerlo en la galleta, ya que la portada es una fotografía en la que no figura dato alguno. Por otra parte esa fotografía resulta ligeramente conflictiva: unos niños desnudos escalan las rocas basálticas de la Giant’s Causeway, en el norte de Irlanda. Es una de las grandes portadas de Hipgnosis, tal vez la mejor en la carrera de los zepelines, y se hizo superponiendo posturas distintas de dos únicos niños; la fotografía original está hecha en blanco y negro, que luego se fue coloreando hasta conseguir ese efecto irreal. El caso es que la mentalidad enfermiza de algunos censores hizo que se prohibiese o se manifestasen reparos en lugares como el sur de Estados Unidos, pero podemos presumir: en España no ocurrió tal cosa. 

Lo malo es que llegados a la música, que es lo que importa, hubo un cierto desánimo. Ya saben ustedes que los fans a muerte de una banda pueden tener gustos muy particulares sobre la categoría de cada disco suyo, gustos no coincidentes con los del público en general. Entre los ejemplos clásicos y ya vistos en este local tenemos a Pink Floyd y a Jethro Tull: el aficionado medio, sin especial debilidad por ninguno de esos dos grupos, citará “Dark side of the moon” y “Aqualung” como los más representativos de cada uno, mientras que los frikis tal vez elijan otros. Sin embargo, en el caso de Led Zeppelin parece haber un consenso casi general en que su obra cumbre fue el cuarto, o sea, el anterior a este; tal hecho constituye una sombra que ya lo oscurece antes de ser publicado. Y aunque por supuesto las ventas no se resienten, las críticas fueron, por decirlo así, tibias. 

Como en el caso de los Stones, quienes no somos muy fans tal vez hayamos sido más benevolentes: “The song remains the same” no está mal como aperitivo, aunque nos hubiera gustado más el plan inicial de Page, consistente en una pieza instrumental (la voz de Plant, ya suficientemente aguda de por sí, aquí se acelera un poco y su fraseo parece metido con calzador) como preludio de “The rain song”, una balada casi orquestal bastante decente aunque también demasiado larga. Plant dice que está muy orgulloso de ella, que tal vez sea su mejor canción. Pues bueno. Lo que más me gusta de ese disco es lo que viene luego: “Over the hills and far away”, de lo mejor que han hecho los zepelines en su carrera y que fusiona muy bien sus dos grandes bases, con ese arranque acústico seguido por una catarata rítmica y eléctrica, casi contenida, casi furiosa; una canción cuyo origen está dos años antes, en la famosa y recoleta casita donde se creó su tercer disco. La cara A se cierra con “The crunge”, una pieza funk que podría resultar casi un ensayo de estilo de no ser por la presencia vocal: Plant vuelve a incomodarme. En cuanto a la cara B, “Dancing days” es una buena obra, muy medida, al estilo de su tercer disco. Pero luego llega “D’yer maker”, la canción maldita para la prensa y gran parte del público: ¡oh Dios mío, los zepelines haciendo reggae! Puedo comprenderlos, porque yo también detesto el reggae, pero no es para tanto (a fin de cuentas Plant no me resulta más repulsivo en esta canción que en otras). “No quarter”, la siguiente, también crea controversia porque la gran cantidad de trucos de estudio más el uso de sintetizadores lleva a algunos fans a tachar esta canción de “progresiva” aunque otros dicen que es de lo mejor de su carrera. No sé qué decir, aunque a mí me parece que está bien hecha y resulta original. Y la última, “The ocean” (dedicada al océano de fans que los arropa en sus actuaciones) tiene una marchita agradable, muy representativa del grupo. Fin. 

Con el paso de los años, parece ser que la consideración sobre este disco está mejorando; es más, posiblemente de no haber existido el “maldito” cuarto disco, “Houses of the holy” se hubiera considerado una evolución lógica y aceptable de los tres primeros. Pero lo que tenía que pasar iba a pasar de todos modos: unos cuantos decidimos que este es un buen momento para desengancharse del grupo. Admito que le tengo mucha tirria a Robert Plant, que me caen mal todos menos John Paul Jones, admito que no soy justo, lo admito todo… pero cada uno tiene perfecto derecho a escuchar la música que realmente le llena, que le emociona, y los zepelines ya me tienen muy cansado a estas alturas, como muchas otras bandas de las que me estaba distanciando. Detesto la grandiosidad vacía, las reiteraciones, los trucos de siempre repetidos mil veces, y eso es lo que comienza a invadir el mercado tanto en la Isla como en los States. Como es lógico seguiré vigilando lo que hagan, por si de pronto se vuelven locos y cambian de estrategia, pero finalmente ni un solo disco suyo volverá a entrar en mi casa; ni siquiera el “Physical graffiti”, ese doble tan alabado que publicaron luego. 


martes, 13 de octubre de 2015

1973 (VIII)



Jethro Tull también nacieron en aquel Big Bang del blues isleño ocurrido entre 1967 y 68, aunque a estas alturas todo parecido con sus orígenes es pura coincidencia. La evolución comenzó muy pronto, tras publicar su primer disco grande: la diferencia de criterio entre los dos cerebros del grupo, Ian Anderson y Mick Abrahams, hacía inevitable que uno de ellos abandonase; lo hizo Abrahams, que pretendía seguir manteniendo las sagradas esencias del blues en oposición a Anderson, mucho más ecléctico. Visto con la perspectiva que da el tiempo, resulta evidente que quien tenía la razón era Anderson: bajo su mando los Tull comenzaron un camino muy brillante que los llevó a la cumbre en 1971 con “Aqualung”, su cuarto disco, tras otros dos que a estas alturas son considerados igual de buenos aunque no tan “mediáticos”. Mientras tanto Abrahams, un gran guitarrista pero mediocre compositor, no consiguió mantenerse por mucho tiempo en el negocio, ya que su carrera al frente de Blodwyn Pig o más tarde la Mick Abrahams Band fue corta y oscura a pesar de ser favorecido por el sello Chrysalis (ya saben, el complejo de culpa de Anderson, que luego protegió también a Glenn Cornick y sus Wild Turkey). 

El grupo, ya bajo la férrea dirección de Anderson, presenta poco después “Stand up”. Me consta que este disco es el preferido de muchos fans clásicos: además del blues, a veces en tono rock (“A new day yesterday”, la primera, es una muestra grandiosa), tenemos piezas folk desarrolladas de modo muy original -una de las señas distintivas de los Tull a partir de ahora- o baladas a medio camino entre acústica y eléctrica (“We used to know”, qué delicia). Viene luego la transformación en banda de rock progresivo, aunque sea un término que a Anderson le causa sarpullidos, con “Benefit” y “Aqualung”; este último es el perfeccionamiento del estilo diseñado en el anterior, al igual que el segundo lo fue sobre el primero. Tenemos entonces la constatación de que Jethro Tull, como los Crimson, trabaja sobre parejas “temáticas”, por decirlo así. En consecuencia, su quinto disco ha de mostrar un nuevo cambio: “Thick as a brick” tiene una base folk rock con muchos matices indefinibles, muy personales; pero las diferencias no terminan ahí, debido a su carácter de pieza única y con una letra (muy acertadamente definida como “poema épico” en la portada) que para los comentaristas resulta ser “conceptual”, otro término que Anderson detesta. 

A efectos comerciales, no cabe duda de que la época dorada de Jethro Tull son los primeros años de la década. Por otra parte la formación del grupo se ha estabilizado (de momento) y quedará para la historia como la clásica, la que se recita de corrido, con los cuatro colegas escoceses que se conocieron en la John Evan Band más la inclusión de Martin Barre, que después de cuatro años ya es de la familia. La seguridad que da sentirse abrigado por esas dos circunstancias parece influir en el ánimo de Anderson, cuyo desprecio por la prensa se retroalimenta con la inquina de la prensa hacia él; a veces da la impresión de que ambos bandos juegan al gato y el ratón por motivos puramente “circenses”. Su nuevo plan es crear una especie de ópera rock con un único hilo argumental: las vicisitudes de Ronnie Pilgrim, un humano cualquiera, tras su muerte; es decir, si va al Cielo o al Infierno, qué elección le interesa más y ese tipo de asuntos. Un guión así necesita una base musical a juego, y Anderson decide que también un lugar de similar nobleza para crearla; así que parte con sus muchachos a finales de Agosto del 72 hacia el ya famoso Château d’Hérouville, cerca de París, donde hace poco hemos visto a algunos asiduos a nuestro local como Cat Stevens, Pink Floyd o Elton John. El castillo está de moda porque sus propietarios han decidido rentabilizarlo convirtiéndolo en un lujoso estudio de grabación, y allí se ponen a grabar los Tull un buen grupo de piezas sueltas que debidamente articuladas podrían ser suficientes para un doble LP. 

Pero las cosas se tuercen: a principios de Enero del 73 la banda se vuelve a la Isla. Anderson está muy cabreado porque considera que las condiciones acústicas de ese castillo son un desastre (“Château d’Isaster”, brama él). Y del montón de cintas rescata unas cuantas para confeccionar una pieza única, al estilo de “Thick as a brick”, en sus queridos Morgan Studios. El resultado final se titula “A Passion Play” y contra lo que suele hacerse Anderson lo presenta en directo, a modo de pieza teatral, antes de publicar el disco -antes, por tanto, de regalárselo a los críticos: mal empezamos. La representación se salda con división de opiniones, aunque para la crítica la cosa está clara: esto es un churro pretencioso, una ida de olla de un megalómano como Anderson, que ha perdido el sentido de la realidad. La banda anuncia que no volverá a poner los pies en un escenario isleño, en represalia por las críticas; luego nos enteramos de que esa fue una jugada publicitaria de Terry Ellis, al parecer sin consultarlo con Anderson (“Esa jugada me hizo parecer petulante”, dijo Anderson luego). Vaya usted a saber. El caso es que, aunque un gran número de fans desertaron de la banda -otros ya lo habían hecho tras “Thick as a brick”- sus ventas en los States y Europa fueron muy buenas, mejores que en la Isla. 

Otros pensamos que esta es la obra más compleja de Jethro Tull, para bien y para mal (es decir, con sus momentos brillantes y sus excesos). Aunque otra forma de decirlo, más ajustada, tal vez fuese definirla como “el final del camino”: a partir de aquí, los Tull ya no volverán a sorprendernos. Consiste en una evolución de “Thick as a brick” sumando a su base folk rock una carga de sonidos y líneas melódicas (incluyendo saxos y flautines) que pueden recordar al cabaret o el vodevil. El resultado parece inconexo por momentos (recuerden, se trata de una fusión de piezas cortas) y tal vez pretencioso -por no hablar de “La liebre que perdió las gafas”, una parodia de los cuentos infantiles que ocupa el final de la cara A y el principio de la B. Pero como es lógico cada uno tendrá su opinión, y a mí me atrajo siempre este tipo de cosas raras. Otro asunto es que aquí termina la ascensión creativa del grupo: el año que viene hay otro plan fallido, que es crear un doble LP como banda sonora para una película titulada “War Child”, de la cual solo quedará un disco simple, de lo más flojo de su carrera; luego levantarán un poco el vuelo con “Minstrel in the gallery”, con un sonido similar; luego se convertirán en una simple banda de folk rock -eso sí, con muy buen sonido en directo… y tras muchos “luegos” Anderson tendrá a bien liquidar el negocio, cuarenta años después de la publicación de “A Passion Play”. Ya he dicho más de una vez que los Tull son mi banda, que mi vida cambió al escucharlos por primera vez. Pero cuando un amor se acaba tuerzo el gesto y me voy: tengo sus primeros siete discos guardados como oro en paño, solo esos siete. Los demás me sobran. 



martes, 6 de octubre de 2015

1973 (VII)

El blues rock es un género que los británicos consideran como suyo, y creo que no se les puede discutir: las enseñanzas de personajes como Alexis Korner o John Mayall, cuyo conocimiento del blues tradicional sorprendió a los mismísimos santones negros, dieron origen a una nueva invasión británica en los States a partir de 1967/68 bajo el nombre de guerra de “British Blues Boom”. Sin embargo ya hemos ido viendo que la tradicional inquietud artística de los músicos isleños, mucho menos acomodaticios que los yanquis, hizo que la mayoría evolucionase pronto hasta crear su propio estilo, que en muchos casos ya no tiene nada que ver con el original. De los nombres que siguen siendo asiduos a este local tanto tiempo después de aquella efervescencia, hoy nos visitan dos cuya suerte es radicalmente distinta: Free vienen a despedirse, mientras que Rory Gallagher está que se sale. Así es la vida. 


El caso de Free es la crónica de una muerte anunciada, teniendo en cuenta la situación en la que quedaron a mediados del 72, poco después de publicar “At last”: con la marcha de Andy Fraser, esta vez definitivamente, no solo pierden a un bajista único sino también al principal compositor del grupo junto a Rodgers, con quien ya casi no se hablaba. Y la otra razón para irse fue constatar que el esplendoroso pero autodestructivo guitarrista Paul Kossoff tenía un negro futuro, ya que seguía siendo víctima -seguramente irreversible, teniendo en cuenta su quebradizo carácter- de la heroína y las pastillas. Los demás intentan seguir adelante y consiguen grabar antes de que acabe ese año; junto a Rodgers, Kossoff y Kirke están John “Rabbitt” y Tetsu (que habían grabado aquel disco mediocre con las dos “K” de Free aprovechando la baja temporal del grupo habida poco antes). En Enero de 1973 llega a las tiendas su último disco, que casi podríamos considerar póstumo: “Heartbreaker”. Al parecer Kossoff, medio ido, interviene según el día que tenga: con frecuencia -y contra sus propios deseos- la guitarra queda a cargo de Will “Snuffy” Walden, un clásico de los estudios de grabación. Y en la contraportada vemos un feo detalle: arriba el nombre de los otros cuatro en letras de buen tamaño con la relación de los instrumentos que atacan; más abajo, en letras menores, figura Paul junto a “Snuffy” y Reebop (el percusionista de Traffic, que participa en una pieza), es decir, como simple colaborador. Creo que no era necesaria esa humillación. 

Sumando todos estos percances cualquiera pensaría que el resultado iba a ser un horror, pero hay que reconocer que, sin llegar a la altura de sus primeros tiempos, resulta aceptable. Rodgers es ahora el compositor principal junto a John “Rabbit”, y también hay algunas colaboraciones del grupo al completo como en “Wishing well”, la que abre el disco, en el tono de balada marchosa que habían inaugurado dos años antes; tanto los teclados como las cuerdas se refuerzan para dar un aire más compacto al sonido, casi “orquestal” en algunos momentos. Algo parecido sucede con la siguiente, “Come together in the morning”: Free, que comenzaron en el blues rock y luego fueron precursores del hard, acabaron siendo un grupo de ritmos medios y melodías de tono nostálgico, como recordando viejos tiempos; aunque puede ocurrir que esa nostalgia nos traiga un vago recuerdo de lo que fueron, como en “Heartbreaker” o “Easy on my soul”. En conjunto, ya digo, es una obra discreta (en la que por otra parte se nota que la voz de Rodgers se ha ido amansando); tal vez por el enorme cariño que se les tiene, las ventas en la Isla llegan al top 10, lo cual resulta asombroso. Pero la cosa no dura mucho más, porque Free se despiden en primavera y todos tienen ya destino buscado: Rodgers y Kirke se unen a Mick Ralphs (ex Mott The Hoople) y a Boz Burrell (ex King Crimson) para formar Bad Company, un supergrupo millonario que hace poco aún andaba por ahí; Fraser se alía con Chris Spedding para crear Sharks, banda de mucho respeto pero pocas ventas; Tetsu se unió brevemente a Faces para sus últimas grabaciones y algunas giras, mientras que "Rabit" seguirá siendo un reputado músico acompañante para muchas figuras del negocio. En cuanto a Paul Kossof, logró crear un nuevo grupo, Back Street Crawler, con el que grabó un disco decente; pero por desgracia sus hábitos no cambiaron y su corazón dijo “basta” a mediados del 76 en un vuelo entre Los Angeles y Nueva York. Tenía 25 años. Mucha gente lloró al enterarse. 



Después de diez años de carrera, Rory Gallagher ha llegado a lo más alto. Su progresión ha sido lenta si la comparamos con otras divinidades guitarreras, pero también es verdad que nunca le obsesionaron el éxito ni la fama: simplemente, ha ido avanzando sin prisas y por lo tanto sin presiones, a su aire, disfrutando de cada actuación y de la juerga posterior en los bares más cercanos. Esa sencillez lo hace próximo a los aficionados, que se encariñan con él: “Rory es de los nuestros”, pensamos todos. Por otra parte su estilo no es tan simple como puede parecer a primera escucha, pues ya hemos visto que se maneja con igual soltura en las escalas del blues, rock, jazz o folk, mientras que su destreza con las cuerdas lo es tanto con la eléctrica como con las acústicas: en ambas sabe encontrar el espíritu de cada una. Ah, y no olvidemos que también domina el saxo y la armónica, porque esa foto fija con su Stratocaster no le hace justicia. Pero a lo que iba: 1973 es el año definitivo, en el que publica sus dos discos más populares: “Blueprint” y “Tattoo”. En realidad el primero ya estaba listo en Diciembre del año anterior, aunque se publica a principios de este; el segundo se graba en Agosto y llega a finales de año. En ambos casos y como siempre, no ha necesitado mucho tiempo para grabarlos: si puede evitar segundas tomas mucho mejor, y por supuesto la producción también es suya. 

La única novedad en el sonido es la inclusión de un teclista, irlandés por supuesto, llamado Lou Martin (procedente de Killing Floor, una pequeña banda londinense). Rory ha decidido que el formato de trío se le queda pequeño: necesita más riqueza de sonido para evitar que provoque cansancio. Y creo que lo consigue, porque ambos discos son magníficos -para mí, lo mejor de toda su obra. Lo difícil es destacar uno frente al otro, y afortunadamente ambos son tan populares que no es necesario esforzarse en describirlos: “Blueprint” se abre con esa genialidad blues rock titulada “Walk on hot coals”, cuyo ritmo abrasador hace juego con el título; le sigue la melancólica pero grandiosa “Daughter of the everglades”, una verdadera lección de estilo; luego su versión del “Banker’s blues”, formal, ajustada a su estilo original; tan formal como la que le sigue, “Hands off”, de producción propia y quintaesencia del estilo Gallagher... y aún queda la cara B. En cuando a “Tattoo”, qué quieren que les diga: si la apertura va a cargo de “Tattoo’d lady”, ese diamante que se ha convertido en el santo y seña de toda su carrera, poco hay que añadir. Una vez más sabe mantener el equilibrio entre la alegría de canciones como esa, “Cradle rock” o “Sleep on a clothe’s line” junto a otras más acústicas como “20/20 vision” o “Who’s that comin”, la otra cara de la admirable escuela Gallagher. En conjunto es el disco más alegre de Rory, el más vigoroso y el que lo situó en lo más alto de las listas, incluso en España. Menos mal: en un año tan aciago como este, alegra ver que no todo está perdido. 


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