martes, 13 de enero de 2026

1967 (VII)

A partir de mediados de la década la oferta discográfica resulta ya exuberante. Eso hace que algunas propuestas valiosas no reciban la atención que merecen, ya que el público medio no tiene dinero ni tiempo suficiente para atender a la enorme cantidad de discos grandes y pequeños que se publican cada mes. Además un buen porcentaje de ese público es acomodaticio, porque prefiere recurrir a los nombres consagrados: la aventura queda para unos pocos valientes, o los seguidores de los ya emergentes “grupos de culto”, que dan un aura de distinción a quienes los siguen. Por otra parte, y salvo la veloz evolución de los Beatles, ese mismo público no ve con tanta alegría que los demás intenten hacer lo mismo; incluso ellos perdieron una parte de sus fans de los primeros tiempos cuando abandonaron el beat, aunque por supuesto el número de los que iban llegando superó con creces esa pérdida. Y por último hay algunos que están siempre en cuestión por unas razones u otras: eso pasó con los Yardbirds y está pasando con los Pretty Things, otro de nuestros grupos más queridos. Comenzaron a la sombra de los Stones, siendo más vigorosos y auténticos que ellos; el paso del tiempo sigue sin hacerles justicia, aparte de algunas decisiones erróneas de sus managers, y llegan a 1967 en una situación bastante inestable. En estos momentos son otra de esas bandas a las que su sello intenta reconvertir en pop mainstream, pero ellos se resisten.

Otro de sus problemas es que, por la continua inestabilidad en la que viven, los movimientos de personal son frecuentes: tras Brian Pendleton a finales de 1966, en enero del 67 se marcha el bajista John Stax. Wally Waller será su sustituto, y con él llega también Jon Povey; ambos proceden de los Fenmen, un pequeño grupo de r&b, con la peculiaridad de que Povey abandona la batería para militar como teclista. Con lo cual los Things, ahora quinteto, amplían sus recursos de sonido; hay que tener en cuenta que en esa época ya estaban fuertemente influenciados por el ambiente psicodélico reinante, y poco les quedaba de sus orígenes r&b. A mediados de abril se publica “Emotions”, una pura obligación contractual que el grupo debía cumplir para abandonar el sello Fontana. Para su desgracia el productor sigue siendo Steve Rowland, que ya en las grabaciones anteriores había demostrado su querencia mainstream y que reviste las piezas con arreglos orquestales. Así las cosas, no es extraño que decidieran rematar el disco cuanto antes: “Emotions” será durante mucho tiempo una grabación maldita de la que prácticamente ninguna pieza fue llevada al directo por entonces. Y sin embargo no es un mal disco, a pesar de la desgana que se les nota a veces y por supuesto de los innecesarios arreglos que se escuchan con frecuencia. La apertura con “Death of a socialite” es uno de los mejores momentos, con ese atrayente ritmo de cuerdas y a pesar de los instrumentos de viento, que deberían ser sustituidos por cuerdas o teclados. Otras como “There will never be another day” muestran una clara evolución pero mantienen en parte el espíritu de los Things, envueltos de nuevo por esos vientos que casi recuerdan a la Stax… ¿pretendía Rowland convertirlos en una banda de soul blanco al uso? Porque pasa lo mismo con la brillante “Photographer”, que no los necesita en absoluto... De todos modos, como casi todo el material está revestido por esa producción absurda (y aunque sigo diciendo que es un buen disco), recomendaría ir directamente a las ediciones de estos últimos años en CD, porque entre el material adicional están algunas de estas piezas en crudo.


Como era de esperar, el disco pasó sin pena ni gloria y el grupo abandona Fontana, que prácticamente no lo promocionó. Pero había un peso pesado que ya los seguía desde tiempo antes: el señor Norman Smith, legendario ingeniero de sonido de EMI que había trabajado en todos los discos de Beatles y que ya está produciendo el primero de Pink Floyd. Smith los ficha y el sello los asigna a la subsidiaria Columbia, que publica su primer single en noviembre: “Defecting grey / Mr. Evasion”. Los Things confirman aquí su plena identificación con el ambiente psicodélico reinante, y la producción de Smith les hace justicia; de hecho la cara A recuerda la los primeros Floyd sin duda alguna. En cualquier caso, al margen de que posiblemente Smith esté influenciado por la banda de Barrett, está claro que en este momento los Things tienen un estilo parecido pero sin nada que envidiar, con el mismo tinte alucinado pero también el mismo vigor en el sonido. Y más vigor aún tiene la cara B, otra espléndida pieza psicodélica aunque con esa estructura entre rock y pop que podría enmarcarse en ese fantasmagórico “no estilo” que tantos adoramos: sí, el bendito freakbeat, que San Phil Smee bendiga. Por desgracia y una vez más, el público en general pareció no enterarse.


La sucesión de fracasos comerciales en la que está sumido el grupo les lleva a aceptar algunas ofertas cuando menos curiosas. Una de ellas, la más prolongada porque durará varios años aunque con intermitencias, es la composición de piezas para bandas sonoras de películas generalmente de bajo presupuesto, de terror o porno blando: ese material pertenece al sello especializado De Wolfe, y los Things no aparecen como tales por razones contractuales y porque tampoco les interesaba que ese asunto fuese de dominio público. Toda la discografía que se publique al margen de su carrera convencional figura a nombre de The Electric Banana, y su primer disco-recopilación se publica en 1967 en formato de diez pulgadas. Como suele suceder en este tipo de trabajos, el grupo lleva acompañamiento orquestal de vez en cuando y hay un número similar de piezas cantadas e instrumentales. Varias son claramente descartes de las sesiones de “Emotions”, y otras son versiones alternativas; la mayoría son mediocres, pero tratándose de un grupo como este siempre hay algunas que valen la pena:


Antes de que termine noviembre los Things vuelven al estudio para comenzar la grabación del que será probablemente su disco más recordado hoy en día, aunque nos temamos que en lo comercial su suerte no va a cambiar. Y como eso ya será el año que viene, hasta entonces esperamos que sigan defendiéndose como gato panza arriba: está en su naturaleza.


martes, 6 de enero de 2026

Los Reyes han venido, nadie sabe cómo ha sido...

El día 6 de enero es el único del año en el que este bar se declara profundamente monárquico. Y por lo tanto, nobleza obliga: aquí tienen ustedes el regalito con el que Sus Mágicas Majestades nos obsequian puntualmente en pago a nuestra devoción. 

Por mi parte les deseo un feliz año y que no les invada nadie. Salud y suerte, que falta nos va a hacer.

lunes, 8 de diciembre de 2025

1967 (VI)

Para los Yardbirds la llegada de 1967 no augura nada bueno, tras la marcha de Paul Samwell-Smith y Jeff Beck: el primero era un bajista excelente que además entendía muy bien las técnicas de grabación e incluso llegó a coproducir parte del material, mientras que Beck ya era por entonces una de las guitarras más brillantes de la Isla. A eso hay que sumar el comportamiento errático de Giorgio Gomelski, el manager al que despidieron a mediados del año anterior y que con algunas de sus decisiones mermó el prestigio del grupo. Jimmy Page pasa a ser el guitarrista, tras unos meses en que coincidió con Beck y estuvo a cargo del bajo; teniendo en cuenta que ahora son un cuarteto, Chris Dreja abandona su guitarra rítmica y se encargará de las cuatro cuerdas. Había sido en la época de Beck cuando el grupo comenzó una transición entre blues y psicodelia que se está convirtiendo en la tendencia más popular del momento. Sin embargo las ventas no iban bien, en parte por esa pérdida de prestigio que Gomelski les había infligido y también porque, salvo unas cuantas excepciones, la psicodelia de tono experimental nunca consiguió verdadera popularidad. Y no olvidemos un problema añadido: la carencia de imagen, de ese carisma que distinguía a Cream o Hendrix. 

Una nueva baja que se produce a principios de 1967, pero que ya se daba por descontada, es la de Simon Napier-Bell, su manager y co-productor junto a Paul Samwell-Smith: la marcha de este hizo que perdiese interés en el grupo (con frecuencia se dice que fue despedido, pero ese despido en realidad fue una escapada). EMI ficha a Mickie Most para tratar de reflotar la carrera del grupo, aunque Jimmy Page y los demás saben que su estilo, un tanto pasado de moda, no les va a facilitar las cosas. Page, que ya había trabajado con él, decide junto al grupo que a partir de ahora los singles sonarán como quiera Most, pero en el directo irán a su aire. Por otra parte Peter Grant, otro conocido de Page que junto con Allen Klein y dos o tres más controlan el gran circuito de giras, ya está organizándolas para ellos desde finales del año anterior. Gracias a ellas los ingresos son satisfactorios, y además en Estados Unidos siguen teniendo mucho tirón; de hecho se están vendiendo muchos más discos allí que en la Isla. Otro de los escasos motivos de alegría fue la presentación de la película “Blow up”, en la que Antonioni desarrolla y transforma un cuento de Cortázar (“Las babas del diablo”) en una formidable crónica visual sobre el Swinging London. Para los fans del grupo no hay duda de que el momento más esperado es esa actuación interpretando “Stroll on”, una reescritura de su versión anterior de “Train kept a-rollin”, en la que vemos a Beck destrozando su guitarra contra un amplificador. Todo un icono. Por cierto, que esa canción será utilizada por Page más adelante para abrir las primeras actuaciones de Led Zeppelin. Aquí tenemos las dos versiones (la primera no se publicó en la Isla hasta mucho más tarde):


Pocos días después se presenta el nuevo single, que por otra parte será el último en la Isla: “Little games / Puzzles”. Aquí ya se ve la estrategia de Most, que trata de convertir a los Yardbirds en una banda de pop mainstream. La cara A, compuesta por dos futuros clásicos del negocio como Phil Wainman y su primo político Harold Spiro, es una pieza con una línea melódica bastante simple pero supuestamente con gancho. Lo más valioso en ella es la instrumentación, en la que por cierto no participan ni Dreja ni McCarty: Most considera que hay que “elevar” el nivel técnico, y de nuevo vemos a John Paul Jones a cargo del bajo y el cello mientras que Dougie Wright, otro todoterreno de los estudios de grabación, se encarga de la batería. La cara B es obra de todo el grupo, y aunque tiene un vago aire de folk rock americano es muy agradable; por otra parte es la primera vez que Page utiliza el arco de violín, y hay muchos fans que valoran más esta pieza que la A. Pero tras la brillantez psicodélica de sus anteriores grabaciones gran parte de ellos se desentendieron de este disco, que no llegó ni al top 50. Eso desanimó definitivamente a EMI: a partir de ahora, lo que publiquen será asunto de los americanos.



Así que, por una vez y para dejar rematada la historia de una banda que merece un recuerdo a la altura de las mejores, podemos hacer un resumen de sus grabaciones al otro lado del océano a partir de este momento. No fueron muchas, porque era evidente que su tiempo estaba pasando, pero como curiosidad tenemos la publicación de un Lp que aprovecha “Little games” para su título y que por supuesto la incluye. Most sigue con ellos, y aunque no tiene el menor interés en ese formato se resigna porque Epic (el sello que los distribuye allá) sigue ganando dinero y es quien le paga ahora. A Most se le nota la desgana: en palabras de Page, “aquello era un desastre. Grabábamos a cien, sin segundas tomas, porque Most tenía mucha prisa”. La grabación se hizo en Londres en solo tres días; y aunque hay canciones buenas, la impaciencia por acabar cuanto antes hace que algunas suenen como si fuesen demos. De todos modos, hay momentos interesantes como por ejemplo la instrumental “White summer”, una variación que hace Page sobre una clásica del folk tradicional irlandés: ahí tenemos el germen de lo que luego será “Black mountain side”, o la intro de “Over the hills and far away”. Hay un viaje al pasado de la banda con algunos blues muy de sus primeros tiempos como “Smile on me” o “Drinking muddy water”, mientras que la psicodelia sigue presente en otras como “Glimpses”. Incluso hay alguna pieza eminentemente british, casi mod, como “Tinker, Taylor, soldier, sailor”, una verdadera exhibición de fuerza que podría recordar a los Who, sin ir más lejos; o una alternativa más poppy pero igual de vigorosa como “No excess baggage”. Pero tampoco en Estados Unidos les quedaba ya mucho, y el disco se hundió en el fondo de las listas; supongo que esa horrenda portada tampoco ayudó.


Publicaron tres singles más en el mercado yanqui hasta su desaparición. Los dos que corresponden a 1967 llevan versiones en su cara A, mientras que las B pertenecen al Lp anterior. El primero es “Ha ha said the clown”, una pieza de Tony Hazzard que habían hecho Manfred Mann poco antes: demasiado poppie, demasiado festiva, no fue de sus mejores momentos. Mejora bastante el single siguiente, para el que recurren a “Ten Little indians”, de Harry Nilsson. Es una pieza extraña pero muy atractiva: es un cruce canción de cuna y marcha militar, y los Yardbirds siguen escrupulosamente ese planteamiento añadiéndole un leve tono psicodélico que la redondea muy bien. El último, en la primavera del 68, es “Goodnight sweet Josephine / Think about it”. La primera es otra composición de Hazzard, uno de los compositores preferidos de Most y que no es mejor ni peor que la otra; aunque en este caso destaca sobre todo el gran trabajo de Page a la guitarra, empleando un phasing que le confiere a la pieza un aura irresistible entre psicodelia y freakbeat. La cara B es una especie de blues rock psicodélico bastante decente, en el que de nuevo el protagonismo lo lleva Page. Este sin duda el mejor single de los tres, una despedida muy digna para un grupo que ya por entonces el propio Page está convirtiendo en otra cosa.



Para entonces, solo Page tenía verdadero interés en continuar con el grupo para dirigirlo hacia el heavy blues, mientras que Relf, McCarty y Dreja detestaban ese tipo de sonido; Dreja, por otra parte, tenía un creciente interés por la fotografía como profesión. Cumplieron con las actuaciones pendientes y el 17 de julio del 68 hicieron la última. Por cierto, que en el repertorio llevaban piezas como “Dazed and confused”, de Jack Holmes: será la primera de las que Page intentará luego hacer pasar como suya en esa entidad conocida como Led Zeppelin. En oposición a Page, los demás estaban ahora muy interesados en la música folk en abstracto, aunque finalmente Dreja quedó fuera: como fotógrafo profesional, uno de sus primeros trabajos será un set del que saldrá la foto trasera del primer Lp de los zepelines. Relf y McCarty crean Renaissance, una de las glorias británicas del folk barroco, pero abandonarán la escena a principios de 1970: Relf se dedicará sobre todo a la producción, mientras que McCarty irá de grupo en grupo hasta una nueva refundación de los Yardbirds (en la que también estuvo brevemente Dreja). Y esta es a grandes rasgos la agridulce historia de uno de esos grupos a los que se reconoce plenamente con muchos años de retraso. El circo del rock está poblado de injusticias como esta.