martes, 18 de abril de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s



Como ya saben los clientes de este tugurio, aquí somos bastante anglófilos (en lo musical exclusivamente, claro; en lo demás, a día de hoy, resulta muy difícil serlo). Pero desde el nacimiento del rock and roll la mayor parte de los ritmos que nos encandilan proceden de los Estados Unidos, el principal recurso estilístico para el resto de Occidente aunque luego los británicos añadan su toque mágico. Por eso, de vez en cuando, conviene visitar aquel inmenso país para enterarnos de lo que se está cociendo allí: más tarde o más temprano su influencia se notará a este lado del Atlántico. Y seguro que la próxima revolución punk/new wave que se avecina en la Isla tiene también algo que ver con ellos. Así que vamos allá. 

Con el paso de los años se va notando un cambio de actitud en muchos músicos: la sencillez, la casi humildad con la que habían comenzado las bandas de garaje en los States o los grupos beat en la Isla a principios de la década pasada, se ha ido convirtiendo en altanería. Y aunque pueda parecer un detalle sin importancia conviene recordarlo, porque ese defecto hace perder muchas veces la noción de la realidad. La llegada de la psicodelia tuvo sus inconvenientes, y uno de ellos fue esa sobrevaloración que comenzaron a darle tanto la prensa especializada como algunos sociólogos o escritores. Así, lo que inicialmente no era más que un estilo artístico (multimedia, sí; pero también el primitivo rock and roll lo había sido) se convirtió en una especie de corriente de pensamiento que elevó a sus protagonistas a la altura de nuevos gurús de la juventud, y por desgracia algunos se lo creyeron; menos mal que otros, como Frank Zappa, supieron encarar el asunto con su impagable sarcasmo. Y cuando todo aquello pasó, el panorama de la música popular se había estratificado: en lo más alto de la escala estaban los aficionados “culturetas” con su predilección por las fusiones del jazz con el rock; luego venían los fans del progresivo o las bandas de blues rock evolucionadas, y por último los seguidores del rock más tradicionales en sus variantes hard o heavy. El pop, por supuesto, había sido degradado a simple papilla para consumo de ignorantes y alienados seguidores de las listas de éxitos, como si King Crimson o los Doors no estuviesen en ellas. En cuanto a los negros, depende: la burguesía intelectual blanca había creado una especie de élite para el jazz y el blues, géneros que ahora se consideraban de lo más distinguido (en parte porque ya había músicos blancos viviendo de ellos); esa "puesta en valor", como dicen los cursis, fue una verdadera salvación para muchos músicos negros, que dejaron de pasar hambre. Pero las derivaciones del soul, el pop negro de la Tamla o el naciente funky estaban quedando confinados en las discotecas y en las sibilinas listas de rhythm’n’blues, que no eran más que una actualización de las antiguas race lists. 

De todas formas la ventaja de Estados Unidos es su enorme tamaño, que permite la convivencia de varios estilos al mismo tiempo; incluso la evolución artística va a distintas velocidades según la zona. Gracias a eso es posible contemplar, a finales de los años 60, la convivencia entre los veteranos junto a una nueva generación que comienza a recuperar los valores del antiguo garaje. Como es lógico, al igual que pasó en los últimos tiempos del rock and roll, el sur y el suroeste son más conservadores; en California por ejemplo se mantienen muchos de los grandes nombres que surgieron de la psicodelia. De todos modos, pocas bandas de verdadera categoría siguen siendo fieles a ese estilo salvo Spirit, porque la mayoría se van acercando al rock tradicional (Jefferson Airplane) y otras se refugian en el country (Byrds). Mientras tanto, en el norte los nuevos grupos suelen ser mucho más contundentes y, como ya sucedió a principios de aquella década, surgen sobre todo en las zonas industriales como Detroit (Stooges) o las ciudades de aluvión como Nueva York (Mountain). Y es en esta última ciudad donde empiezan a convivir las bandas de rock más o menos duro con otras que añaden elementos transgresores, como esa curiosa apuesta glam/Stones que simbolizan los New York Dolls. Si en los años 50 fue el Sur y a principios de los 60 fue el Noroeste, tal vez en esta nueva década las novedades más importantes se encuentren en la otra esquina… 

En fin, ya iremos viendo. Habrá que comenzar la década interesándonos por la salud de las bandas veteranas, indagaremos para saber hasta qué punto hay similitudes con la situación isleña y luego es de esperar que surjan algunos grupos nuevos que nos ilusionen y puedan llegar a ejercer su influencia al otro lado del océano: ya hemos visto que el panorama británico a mediados de los años 70 es para llorar. Esperemos que aquí haya más alegría. 


jueves, 6 de abril de 2017



Queridos hermanos y queridas hermanas: 

Como bien saben ustedes, se acerca la Semana Santa. Es una época de recogimiento y exaltación de nuestra fe, es el tiempo en el que hemos de encontrarnos a nosotros mismos y participar de la renovación de nuestro espíritu, o algo así que decían los antiguos catequistas. No lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que había vacaciones. Y por lo tanto... 

Pórtense ustedes bien y no pequen mucho. Ya nos veremos a la vuelta. Ah, sí: para hacer juego con la renovación espiritual que marcan estas fechas, he cambiado las canciones de la columna izquierda, que ya les iba siendo hora. Y he subido el paquetito, por si a alguien le interesa tenerlas todas juntas. 

Lo dicho: sean buenos, y pronto nos veremos. Pero si son malos, también. 




martes, 28 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (y fin)


Hoy llegamos al final de esta pequeña serie dedicada a esa fauna difusa compuesta por unos cuantos bichos raros que dignificaron un poco la depauperada escena musical española en los primeros años 70, una época bastante oscura. Y precisamente para disipar un poco esa oscuridad creo que nos vendrá bien la sonrisa; una sonrisa que en España por entonces quedaba a medio camino entre el sarcasmo y el absurdo, y que muy pocos personajes han sabido “gestionar” mejor que don Ramón Alpuente Mas, mucho más conocido como Moncho Alpuente. Sí señores, ese artista multifuncional, ácrata pero renacentista a su modo, que se dedicó al periodismo, la música, la literatura, el teatro y otras cuantas cosas. Aquí nos ocuparemos solamente de su obra musical, que de todos modos es un mundo en sí misma: al igual que en las demás “disciplinas” que ejerció, es impagable su visión ácida pero descacharrante de una época y una sociedad. Y su carácter transgresor hace que hasta nosotros tengamos que saltarnos una norma clásica del local: por primera vez aquí son más importantes las letras que las músicas; lo cual es lógico, porque para don Ramón las músicas eran parte del sarcasmo y solía obsequiarnos con melodías de tuna, foxtrot, vodevil y otras cuantas antiguallas convenientemente retorcidas por sus acompañantes, tan ácratas como él. 

Moncho comienza a escribir letras raras ya en el colegio, al mismo tiempo que se aficiona a escuchar a algunos grupos extranjeros un tanto dislocados; tanto él como Antonio Piera, compañero de estudios e integrante de la Tuna, muestran una afición preferente por Las Madres del Invento, la banda de Zappa, que en lo musical es revolucionaria y en lo estético… también. Así, no es extraño que decidan crear un grupo bajo el nombre de Las Madres del Cordero junto a otros colegas de parecida catadura. Esto ocurrió en 1969, cuando Moncho tenía veinte años cumplidos. De momento los únicos instrumentos de los que disponían eran las guitarras acústicas y su formación musical era casi nula, lo cual los decidió a probar en el mundo del folk porque “parecía lo más sencillo”. Actuando en colegios mayores conocieron a otros individuos que los fueron introduciendo en el mundo teatral, y así nace su amistad con algunos miembros del grupo Tábano, que al decir de Moncho “hacían espectáculos incomprensibles pero muy divertidos”. Ya que lo incomprensible era uno de las esencias de Moncho, pasó lo que tenía que pasar: Las Madres y Tábano se asocian para poner en pie “Castañuela 70”, uno de los hitos teatrales que marcó la nueva década. No fue exactamente un éxito monetario, aunque se defendió bastante bien; lo importante es que nunca antes un grupo de teatro independiente había conseguido funcionar como profesional, con un circuito geográfico (Madrid, Cataluña y Aragón) y por un tiempo continuo aunque escaso -el verano de 1970-, hasta que los grupos de reventadores compuestos por falangistas, policía política disfrazada de ultraizquierdistas y demás excrecencias del Régimen consiguieron suspender las representaciones a finales de Septiembre. Pero “el daño” ya estaba hecho: “Castañuela 70” ya es historia de España (y se recomienda una visita a los anales de Internet para hacerse una idea más completa sobre aquello). 

Gracias a esa obra consiguen Las Madres una cierta popularidad, que les lleva a grabar en Barcelona un primer single con el sello Talar (una submarca de 4 Vents), aún en 1970: “A beneficio de los huérfanos / La niña tonta de papá rico”, cuyas ventas son escasas pero se convierte en un objeto muy preciado por un cierto sector del público más contestatario (como se decía antes): la primera es una burlas sobre las fiestas que la alta alcurnia celebra con motivos supuestamente “caritativas”, mientras que la segunda hace un buen retrato de la perfecta niña pija. La música, como ya dije antes, da igual: aquí lo que cuenta es “el mensaje”. Las Madres grabaron unas cuantas canciones más en aquel sello, aunque como maquetas y sin intención de publicarlas; pero en 1973 les sorprenderá la aparición de un disco “colectivo” en el que vienen incluidas cinco de ellas, junto a otras interpretadas por Gabriel Salinas, Luis Pastor, Quintín Cabrera y Els Sapastres. El disco se titula “Todo está muy negro” y ya se pueden ustedes suponer que la temática general va de eso, de lo negro que estaba todo por entonces. El disco es hoy en día una rareza, aunque por entonces tuvo una distribución bastante decente.

Las Madres desaparecieron de escena sobre 1971-72, cuando la mayor parte de sus componentes (que con frecuencia eran itinerantes) terminaron sus carreras universitarias y buscaron un modo más serio de buscarse la vida; pero Moncho intentó compaginar unas cosas con otras porque seguía con ganas de escribir sinsentidos (una visión alternativa al periodismo, pero en otra órbita) y el escenario tiraba mucho. Y en 1973, junto a Piera, consigue una formación más o menos estable que bautizan como “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” y pronto es detectada por Alain Milhaud, que los incluye en su sello Explosión para grabar de inmediato un Lp histórico titulado “Vidas ejemplares”. El espíritu y los temas que se tratan son los mismos que en la época de Las Madres, e incluso algunas canciones son de aquella época; el único cambio está en la técnica musical, que gracias a Milhaud es más seria, mejor organizada y con algunos músicos profesionales que ayudan en la grabación, además de unos cuantos amigos que también componen nuevas letras como las vainicas, Aute, Hilario Camacho e incluso Massiel, que canta una canción (“Soy la mujer”) en la que se hace parodia de la mujer objeto, tan de moda antes como ahora. En ese disco se incluyen piezas ya míticas como la recreación de “A beneficio de los huérfanos”, “El hombre del 600” -un verdadero éxito en single- o “Los fantasmas”, que corresponde a su época anterior en Castañuela 70 y que no gustó mucho a los progres; como tampoco les gustará “Al cantante social con cariño”, que se incluye en aquella recopilación “traicionera” que lanza 4Vents poco después ante el relativo éxito de “Vidas ejemplares”: Moncho tiraba contra todo y contra todos, incluyéndose él mismo. 

Durante un tiempo, este grupo fue realmente popular. Sus actuaciones se prodigaron por toda España, lo mismo que la persecución de la Policía y demás autoridades gubernativas, que de vez en cuando les cortaban las alas. Y finalmente, a principios de 1976 (Franco había muerto poco antes), cada uno sigue su camino: Moncho y sus amigos consideran que ya no tiene mucho sentido luchar contra un régimen que comienza a deshacerse, y su profesión de periodista le exige cada vez más tiempo. A principios de los 80 creará un nuevo grupo “festivo-musical”, entre pop y rock, llamado Moncho Alpuente y los del río Kwai, que llegó a publicar un disco sin mucha repercusión; veinte años después, junto a Wyoming y el Reverendo, veremos a la fugaz Moncho Alpuente Experience, pero lo realmente interesante fueron aquellos tres o cuatro primeros años en los que, a pesar de la oscuridad reinante, nos hizo reír, a carcajadas muchas veces. Y esta es su herencia. 

Aquí termina esta pequeña pero entrañable relación de personajes que nunca supieron muy bien qué terreno ocupaban, pero tampoco les importó mucho. Lo que cuenta es la memoria, ahora que ya ha pasado todo; que sigan vivos en el recuerdo de algunos de nosotros. Ya saben: moda es lo que pasa de moda, clásico lo que permanece. 




martes, 21 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (XI)


La psicodelia fue una moda que llegó aquí tarde y mal. Para ser honrados, hemos de reconocer que se notó más en las prendas de algunos músicos y aficionados o en la decoración de algunos locales que en la música, salvo muy escasas y honrosas excepciones. Tal vez el mejor ejemplo sea “Un, dos, tres al escondite ingles”, la película del bendito Iván Zulueta que tantas veces se ha citado aquí: sí, es psicodélica, muy molona, muy colorida, en gran parte por los dibujos del propio Iván; pero la música no pasa de ser básicamente pop, con algunos integrantes del llamado “spanish soul”, y la escasa psicodelia musical que se escucha corre a cargo de los británicos The End. En los años 70, cuando ya su momento había pasado, hubo algunos músicos nostálgicos que a veces dejaban notar su querencia por aquella época: Vainica Doble son el mejor ejemplo, además de ser también las figuras más recordadas. Y hoy nos visitan unos muchachos que hasta cierto punto mantienen su espíritu, así que de algún modo cerramos el círculo. Se agruparon bajo el nombre de Agamenón, y venían siendo unos hippies tardíos que coquetearon también con esos sonidos; aunque fueron otras víctimas de la desidia discográfica y pasaron practicamente desapercibidos en su tiempo, son adorados hoy en día por unos cuantos fans que conocen su único disco grande. Un disco que dignifica la post psicodelia española con todos los honores.

Allá por 1968 o 69 unos chavales madrileños que están aún en el colegio se dedican en ratos libres a hacer versiones de las bandas tradicionales como Beatles; pero también se aficionan a los que hacen juegos de voces, desde el folk al sunshine pop o las bandas de la Costa Oeste. Además de su habilidad general para cantar, se apoyan en sus guitaras acústicas: la reunión está liderada por Carlos García, un adolescente que ya empieza a componer canciones y que ha conseguido liar a su hermana Carmen, a su amiga Dulce Ayala y a Javier Moreno, un colega que a pesar de su juventud ya toca la guitara eléctrica con mucha soltura. A principios de la nueva década llegan a oídos de Félix Arribas, el batería de los Pekenikes, que está pensando en iniciar una carrera alternativa como productor y les sugiere grabar una maqueta; han pensado ya en un “nombre comercial” -Agamenón-, pero finalmente Arribas olvida el asunto (hay que tener en cuenta que era una época de fuerte marejada en los Pekenikes). Ya están alternando las guitaras acústicas con las eléctricas, son conscientes de que si van a ser un grupo con posibilidades necesitan reforzar la plantilla y convencen al batería Arturo Terriza y a Ralph, un teclista alemán. También por entonces Columbia había lanzado un subsello moderno llamado Top, y buscaba músicos noveles para crear un catálogo: esa fue la oportunidad de Edelweiss, y será también la de nuestros nuevos amigos. 

Estamos en 1973, y con el contrato de grabación ya en la mano van a registrar el nombre del grupo para encontrarse con que el astuto Arribas lo había registrado ya. Bueno, pues no pasa nada: nos llamaremos Tálamo. Pero Columbia objeta que ese nombre es poco comercial, y finalmente la cosa queda en Álamo. Aún habrá otra renuncia: ellos quieren cantar en inglés, pero el sello exige que lo hagan en español; por fin, cuando el single sale a la venta, lo único inglés es el título y estribillo de la cara B. Parece claro que Columbia busca un simple grupo de voces mixtas y tono pop; es decir, quiere probar suerte de nuevo tras el relativo éxito que había conseguido años antes con Nuevos Horizontes: “Fue un sueño / Nighty night” recuerda a ese tipo de agrupaciones, con unas melodías muy cuidadas y arreglos orquestales que redondean un producto de calidad pero también con posibilidades comerciales. Les organiza el consabido playback en televisión para promocionar el single, e incluso consiguen algunas actuaciones; pero estos muchachos han salido contestatarios, y manifiestan su cabreo con el sello abandonándolo poco después. La carrera “oficial” de Álamo no dura más de dos o tres meses: terminadas las obligaciones contractuales, el teclista teutón se marcha a la banda de Micky; poco después queda confirmado en su lugar Vicente Andújar, que además de manejar las teclas también canta. Y de paso quedan libres para recuperar a su querido Agamenón, que ahora ya pueden usar oficialmente. 

En poco tiempo se nota una sorprendente “mayoría de edad” en el grupo: tanto su aspecto como su sonido ha cambiado; se ha radicalizado, por decirlo así. Aquella vestimenta de buenos chicos, de universitarios desenfadados que lucían en el single, da paso a una estética hippie que hace juego con sus nuevas canciones, entre el rock psicodélico y el folk con matices que van desde unos Jefferson Airplane hasta Mamas & The Papas (su único punto de contacto real con Nuevos Horizontes: Columbia se equivocó). Carlos se convierte en un compositor prolífico y Javier es ahora el arreglista del grupo; su solidez en directo los convierte en asiduos de los clubes madrileños e incluso actúan en otras partes de España. Pero en la primavera del 74 Javier se marcha a Ceuta, a cumplir con la Patria, lo cual les obliga a fichar con urgencia a un nuevo guitarrista: César Fornés. Y aunque suene un poco cruel decirlo, lo cierto es que ese cambio les favorecerá porque a pesar de su juventud César es ya un virtuoso que domina además una gran variedad de pedales (aún hoy se le encuentra en algunos hilos de Internet impartiendo enseñanzas gratuitas de guitarra). El caso es que a principios de 1975 llegan a conocimiento del insigne Alain Milhaud, que no duda en ficharlos para Explosión, un nuevo sello que acaba de crear; tienen material de sobra para un disco grande, así que se ponen a grabar de inmediato. 

El señor Milhaud les da libertad casi plena, salvo por un pequeño contratiempo: al menos dos canciones han de ser reescritas en español. Una de ellas, “Todos ríen de mí” será además el título del Lp, la que lo abre y también la cara A del single que se publicará como adelanto. Es una verdadera declaración de intenciones, porque les queda una letra muy “reivindicativa” y además su estructura musical es un buen resumen de todas sus habilidades: una percusión competente, juegos de voces muy trabajados y sobre todo una verdadera exhibición de guitarra a cargo del recién llegado Fornés, cuya maestría nos deja boquiabiertos en varias piezas del disco, tanto en las cuerdas como con el wah-wah o el fuzz. El disco en conjunto es una verdadera delicia, desde los momentos más reposados como “Al salir el sol”, la otra pieza en castellano (una verdadera exquisitez de tono folk con efluvios medievalistas al estilo Renaissance) hasta la tensión que mantienen piezas como la incendiaria “Send me”. Ya digo que el conjunto brilla a una altura poco frecuente en España por entonces, pero insisto también en que la guitarra de Fornés es tremebunda, internacional. Y sumando todo, estamos ante uno de los mejores discos que se han grabado en la no muy brillante historia musical española. 

Por desgracia, aunque probablemente el señor Milhaud hizo lo que pudo, Zafiro no estuvo a la altura: se dice que llegaron a prensarse 5.000 copias (una cantidad respetable para la época), pero el sello no se gastó un céntimo en publicidad y por lo tanto estamos ante otro de esos discos de los que muy poca gente tuvo noticia en su momento. Hay que tener en cuenta que los aficionados que podían haberlo comprado pertenecían al sector de quienes por entonces ya solo escuchaban música extranjera, los que por sistema en las tiendas ya no se detenían en el cajón de los discos nacionales, y sin una buena promoción que los “despertase” ningún grupo español con inquietudes tenía futuro. Así, el disco de Agamenón pasó pronto a la sección de rebajas y pronto también fue “secuestrado” por las bandadas de coleccionistas, tanto nacionales como extranjeros; el grupo desapareció poco después, y aquí termina todo. 

En cuanto a nosotros, el haber recibido a los alegres chicos de Agamenón hubiera constituido un perfecto broche de oro para cerrar esta serie; pero como queda feo terminar en un “once” vamos a hacer la docenita, si les parece bien. Eso sí, lo haremos con humor. Así que la próxima semana nos visitarán unos entrañables bufones muy de la época: permanezcan atentos a la pantalla. 








domingo, 19 de marzo de 2017

Nota necrológica


"Si quisieras darle otro nombre al rock and roll, podrías llamarle Chuck Berry". 
John Lennon  

El ciudadano Charles Edward Anderson Berry, más conocido como Chuck Berry, murió ayer, con 90 años. Temido por la gente de bien, amado por mucha otra gente, nos cambió la vida por lo menos a tres o cuatro generaciones -más las que están por venir- y no hubo nada que pudiese con él salvo la vejez. Descanse en paz. 





lunes, 13 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (X)

Cuando uno se pone a hurgar entre las telarañas que va dejando el tiempo, a veces se encuentra con nombres de los que puede desconocer su historia aunque se valore su obra. Para ser más concreto: todos conocemos discos muy famosos entre los coleccionistas y que sin embargo corresponden a grupos o músicos de los cuales probablemente no sabemos o no recordamos nada. En el mercado sajón hay ejemplos a cientos: el disco de Octopus, el de July, Billy Nicholls, etc. O sea: “el disco”, no “el autor”. Bueno, pues también hay casos parecidos en nuestro país, aunque por supuesto a una escala más reducida; suele tratarse de grupos catalanes (Om, Tabaco, etc), pero también hay algunos de otras “comunidades autónomas”, como se dice ahora. Y hoy vamos a rescatar a dos de esos grupos que por desgracia solo son valorados por los coleccionistas: Tartessos y Edelweiss. Los primeros fueron relativamente conocidos en su época, mientras que de los segundos no sabemos casi nada. 

La historia de Tartesos (con una sola “s”) comienza a finales de los años 60 en Huelva, con la creación de un grupo llamado los Keys, que cambiarán su nombre en 1972: las voces principales son las de Pepe Roca y José Barros, que además son los guitarristas, mientras que el bajo es Eliseo Alfonso. Y hay dos sevillanos: a la batería tenemos al ex Nuevos Tiempos Antonio Moreno y el teclista es Manuel Marinelli, un ex Gong que luego militó en Cerebrum. Sus aficiones van en la onda del progresivo melódico, incluso con tintes pop, y a principios de 1973 nos encontramos con su primer single : “Ven a mi /Creo en ti”. Especialmente la cara A, con ese tono de balada folk pop con aires progresivos, puede considerarse un antecedente de lo que pronto será el pop rock sinfónico andaluz (aunque sea una de las primeras composiciones de José Luis Perales). Ese mismo año llega el segundo, “Campos de algodón / Buen hombre”. Por alguna razón la primera me recuerda a Lone Star, tal vez por la voz y la manera de llevar la guitarra; la cara B, más flojita, tiene un rango melódico pasable. En 1974 hay dos singles más, el primero cantado en inglés: “Well allright” es de cosecha propia, un tanto "desenfadada" de más, mientras que “Come and go blues” es una versión mediocre de la original de los Allman Brothers. En el segundo la cara A, titulada “Bandolera” parece aspirar a un puesto en alguno de los festivales de la época, con esa suma de melodía, letra y coros tan “juveniles”; la B es una especie de balada orquestal pasable, sobre todo por el piano y la guitarra. Pero en conjunto, los singles de Tartesos son perfectamente olvidables. Lo bueno llega el año siguiente. 

Porque en 1975 se publica un disco grande que los va a redimir de todas las mediocridades que habían hecho hasta entonces. Philips, su sello, parece satisfecho con las ventas que han conseguido sus singles, especialmente el último: ya saben ustedes que una cosa es la calidad y otras las ventas; y al menos el último single, el festivalero, se vendió bastante. Parece ser que la mayoría de las canciones publicadas hasta ese momento habían sido imposiciones, y ahora les da carta blanca para grabar el material que ellos quieran. Pues bien, los muchachos añaden una “s” al topónimo y nos demuestran que merecían esa oportunidad, porque “Tiempo muerto”, que así se llama el Lp, acabará convirtiéndose en otra leyenda del underground nacional (como el segundo disco de Tilburi, ya puestos). Por otra parte tiene momentos en los que se anticipa lo que pronto será el progresivo sinfónico andaluz, también como el de Tilburi, aunque este es un año anterior. Despista un poco la canción que abre el disco, titulada “En algún lugar”, una especie de progresivo melódico y orquestal que no cuadra mucho con el resto, pero está muy bien hecha (otra vez Perales). La segunda, que da título al disco, me recuerda a unos Modulos muy evolucionados, y luego tenemos varias tonalidades, desde las influencias de Caravan o Yes (“To your eyes”, “Tan lejos como puedo ver” o “Living for the moon”) hasta momentos en que de nuevo me recuerdan a Lone Star, como en “Vuelvo a cantar”. Pero en conjunto estamos ante un disco de mucha categoría… que pasó sin pena ni gloria, como casi siempre. Eso sí, serán uno de los grupos integrantes del “cochambroso” festival burgalés. 

Tartessos, a los que la doble “s” no ayudó, desaparecen poco después. Pero su esencia es el origen de los futuros y muy exitosos Alameda, ya que esa banda será creada en 1977 por Roca, Marinelli y Moreno junto con otros veteranos andaluces. Creo que aquel disco grande es realmente valioso, y aquí queda; he añadido los singles, aunque son bastante prescindibles y suenan de aquella manera: el material de Tartessos no ha sido reeditado en CD, al parecer por “problemas técnicos”. Este es un eufemismo que suele significar que las cintas están inutilizables o, más frecuente aún, se han perdido. Otra explicación no hay, ya que se han reeditado cosas mucho menos interesantes. 



Edelweiss (sí, también con dos eses) son un verdadero enigma. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que se trataba de un trío que consiguió un contrato con Columbia en 1973, fueron asignados al subsello Top para nuevos valoires y allí grabaron un Lp del que se extrajeron dos singles. Algunas fuentes los citan como “de origen vasco”, aunque el único que luego sería medianamente conocido por una discreta carrera en un dúo (Atlántida) y luego en solitario es catalán: se trata de Eduardo Martí, voz y compositor principal. Quizá Edelweiss fuesen un primer intento de Martí, que por entonces tenía veinte años, por introducirse en el mundillo musical. Fernando Granados y Roberto Castañeda, tal vez vascos a pesar de los apellidos, son los otros dos integrantes. Figuran también como compositores en algunas canciones, pero no sé qué instrumentos tocan; de hecho, no sé nada de ellos ni antes ni después de la existencia de este trío, que durará muy poco. Como ven, la información es tan escasa como su producción. 

Ya que el único personaje sobre el que se puede rastrear un poco más es Martí, sigamos con él. Su espléndida formación incluye desde la música clásica hasta los juegos de voces americanos y el progresivo melódico británico: todas esas herencias quedan reflejadas en este disco, cantado en español e inglés y que por momentos nos lleva desde el folk de cantautores con buenas voces que podría recordar a unos Aguaviva (incluso en las letras) hasta los sonidos electrónicos y progresivos de los Moody Blues cuando no se ponían demasiado moñas. El disco se titula “En el principio”, y su nivel es sobresaliente teniendo en cuenta la media nacional. Pero supongo que Columbia no se gastó un duro en promoción (no conozco a nadie que supiese de ellos en aquel momento), y ni el disco grande ni los dos singles llegaron a ninguna parte. Tampoco Martí fue mucho más lejos en sus intentos posteriores: lo poco que he escuchado de él es la obra de un músico de gran calidad pero con tendencias de cantautor en una época (finales de los 70 / principios de los 80) en la que ese camino ya era muy difícil. De todos modos hay que reconocerle la perseverancia, porque aún está en activo: junto a otro colega (Fernando Salas) se presentan bajo el nombre de Carretera y Manta en pequeños locales en los que recrea el repertorio de los Creedence, John Denver, Eagles y compañía. En cuanto a nosotros, para mantener el suspense no voy a comentar ni una canción de este disco; si la breve semblanza que he hecho de él les resulta suficiente, ya saben… 




lunes, 6 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (IX)


Hoy nos visita el trío que responde al nombre de Tilburi. Otra víctima de la lotería histórica, ya que posiblemente poca gente los recuerde salvo los de mi quinta, a pesar de que a mediados de los años 70 fueron bastante populares. Pero reconozcamos que su olvido no se debe solamente a esa lotería, sino también al estilo musical que eligieron, un estilo muy “de temporada”, digamos. Con frecuencia se define a Tilburi como grupo de folk rock, lo cual es cierto a medias: el tono rock es muy suave, y el término “folk” puede admitirse si tomamos por folkies a -una vez más- CSN&Y, America o los británicos Christie; es decir, grupos en los que predominan los juegos de voces con buenos arreglos y melodías cuidadas, más cercanos al country que al estándar folk tradicional. En conjunto, yo diría que Tilburi son la versión madrileña -aunque muy mejorada- de los catalanes Mi Generación, con sus virtudes y sus defectos, y que por tanto quedaron en tierra de nadie como les pasó a ellos. O sea, que tal vez estamos ante otros representantes de la tercera vía… o algo así. 

Los integrantes de Tilburi son José Luis Barceló, que toca guitarras, bajo y violín; Antonio Rentería, guitarra acústica, y Nano Dominguez, bajista oficial que también toca guitarras acústicas y eléctricas. Barceló es la voz principal, los otros dos hacen coros y durante dos o tres años actúan con esa estructura donde pueden hasta que llegan a oídos de Gonzalo García Pelayo, que poco antes ha comenzado a trabajar en Movieplay con el subsello Gong. Gonzalo les ve potencial y decide producirlos aunque canten en inglés, una “moda” con la que no suele estar de acuerdo. Con la ayuda del batería Celso Velasco (que les acompañará también en sus actuaciones, aunque oficialmente no forma parte del grupo), se publica su primer disco en 1975: “¡Al fin!”, en el que las influencias de los cantantes acústicos estadounidenses son muy claras. Esto es un arma de doble filo, ya que por una parte el disco suena “internacional” pero al mismo tiempo le falta carácter propio. De todos modos hay que reconocer su calidad, muy alta para el humilde mercado español: dejando aparte esas influencias, hay un tono medio muy homogéneo, sin estridencias, desde su apertura con la balada rock con armónica de “Love is coming” (que por momentos podría recordar a Neil Young) hasta el cierre con “Rockette”, una de las más alegres. A mí me parece un disco delicioso y la voz de José Luis Barceló es perfecta para este tipo de músicas, aunque comprendo las objeciones de don Gonzalo. 

Las ventas de aquel disco no fueron muy allá, pero hay que tener en cuenta las penurias de la época: ya he dicho otras veces que, debido al bajo nivel adquisitivo de por entonces, el dinero iba para los discos de los músicos británicos o yanquis. Así que, por desgracia, los grupos nacionales como Tilburi se consideraban prescindibles. Pero caían bien, y quien más y quien menos tenía ese disco “fusilado” en cinta de casette, por lo que al final eran bastante conocidos; como otros cuantos compatriotas, todos ellos ídolos de las cintas de casette. Y una buena selección de esas bandas se reunió en uno de los primeros festivales yeyés nacionales: las “Primeras 15 horas de música pop Ciudad de Burgos 75”, organizado por el visionario José Luis Fernández de Córdoba, que por entonces era manager de los Storm y Triana entre otros. Ese festival fue bautizado por los sectores más reaccionarios de aquella ciudad, representados por el muy patriótico diario La Voz de Castilla, como “La invasión de la cochambre”, y el lío que se montó trajo cola durante años. A quien no conozca o no recuerde esa historia, le recomiendo que se documente en Internet porque la cosa fue muy divertida: Berlanga debería haber hecho una película. Y a raíz de aquel evento, los chicos de Tilburi compusieron “La cochambre”, una canción que fue incluida en “Viva el rollo vol. 1”, recopilación que hizo Vicente “Mariscal” Romero para el sello Chapa (el subsello moderno de Zafiro, al estilo de Gong con Movieplay). Hacía mucho que no la escuchaba, y ahora, al volver a ella para escribir esto, la sensación que me ha asaltado es la ternura. Señal de vejez, supongo. 

Pero a lo que íbamos: en 1976 parece que Gonzalo García Pelayo ha conseguido convencer al trío de que les conviene mostrar un carácter propio, que se concreta en dos aspectos preferentes: su nuevo disco, titulado “Alcocebre”, tiene una estructura, tanto musical como literaria, a medio camino entre conceptual y progresiva; y esta vez cantan en español. Los arreglos son mucho más trabajados y el resultado final es de categoría, aunque por momentos da la impresión de que se pierden un poco; de todos modos, este disco viene siendo una especie de eslabón perdido entre la vanguardia catalana de los primeros años 70 y el asentamiento del rock progresivo andaluz (en el que don Gonzalo es un personaje fundamental, por cierto). Se divide en dos suites, una por cada cara, y tanto el sonido como el desarrollo son homogéneos; hay predominancia de instrumentos de cuerda acústicos, aunque en la segunda suite la eléctrica hace dibujos muy imaginativos. Yo en este tipo de discos no sé destacar unas canciones (unas fases) sobre otras: lo mejor es escucharlo, con tranquilidad, en reposo, y comprobar que hay una ilación que le da un carácter único. Pero insisto en que aquí se marca una transición entre épocas y que la influencia de don Gonzalo tal vez sea sutil, pero la hay. En todo caso, no les sirvió de mucho: las ventas fueron minúsculas y el trío decidió disolverse a principios del año siguiente. Estábamos ya en otra época, mucho más urbana, de sonido más “callejero”, y este tipo de bandas no tenía futuro. 

De Barceló y Rentería no recuerdo hechos posteriores, pero Nano Domínguez será miembro de La Romántica Banda Local, un encantador grupo de chiflados que además creará el colectivo Lacochu, fundamental en el nacimiento de la nueva ola madrileña; Celso Velasco, el batería por horas, se junta con el Gran Wyoming, su hermano Julián y el Reverendo para crear “Paracelso”, otra estrella fugaz de aquellos tiempos. En fin, aquí quedan aquellos dos discos encantadores y la canción cochambrosa... Que por cierto, ya casi me olvidaba: La Voz de Castilla calló y cayó a principios de 1976, por acumular pérdidas. Parece que no era tan popular. 






lunes, 27 de febrero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (VIII)


El destino comercial de los dúos musicales españoles suele caer en los extremos: el éxito arrasador del Dúo Dinámico (o Juan y Junior, en otra escala) contrasta con el casi total desconocimiento que sufrieron José y Manuel. Pero siempre hay excepciones, términos medios, y ese es el caso de Víctor y Diego, el dúo madrileño que nos visita hoy: tal vez en estos tiempos no quede mucha memoria de ellos, por el puro capricho de la lotería histórica de la que ya hemos hablado otras veces; sin embargo en su época alcanzaron una popularidad realmente notable, y han dejado una obra no muy amplia pero digna de recuerdo. 

Víctor Martín y Jesús de Diego se conocen en el colegio, estudiando Bachillerato, a mediados de los años 60. Ambos, vecinos del Rastro, tienen aficiones complementarias: Víctor canta en el coro del colegio y aprende a tocar la guitarra; Jesús se aficiona a la poesía y sueña con ser compositor de letras para canciones. Tienen la difusa ilusión de montar un grupo, aunque no llegan a concretarse y al terminar los estudios Víctor entra en el Conservatorio mientras que Jesús consigue trabajo en la compañía de Antonio Gades como técnico de iluminación. Luego llega la mili, que una vez concluida vuelve a ponerlos “a cero”, es decir, ante la posibilidad de cambiar de objetivos. Y deciden asociarse como dúo: Víctor ya tiene solvencia como guitarrista, y Jesús (que a efectos artísticos usará su apellido) se encargará de las letras. Después de una temporada de retiro para preparar material, a mediados de 1973 tienen un grupo de canciones que presentan a EMI; y por entonces el director artístico de ese sello es nada menos que Ramón Arcusa, que les ve potencial. En menos de una semana se graba su primer Lp con un sonido muy fresco; pero una vez terminada la grabación y antes de publicarlo, el sello prefiere tantear el terreno y los convence para que se presenten al festival de Alcobendas, uno de los muchos que pueblan el calendario musical patrio por entonces. En principio el dúo se niega, por la imagen negativa que tienen los festivales entre los músicos “serios” y porque no ven posibilidades de conseguir relevancia con su estilo en un sarao de esas características; por otra parte, su experiencia en un escenario era aún muy reducida y no se sentían seguros. Sin embargo acaban cediendo, confiados en la sapiencia de Arcusa y sus secuaces, y aciertan: “La mujer de cristal” y “Mi escuela” les otorgan un doble premio como autores y como intérpretes en noviembre de 1973. La primera de esas dos canciones será la cara A de su primer single, ya a principios del 74; de ahí al asalto a las radios hay un paso y “Por primera vez triunfa la calidad en un festival”, titula la prensa. La jugada ha salido redonda, y el primer Lp se publica poco después, en primavera. 

El disco se titula “Semblanzas”, EMI lo promociona por todo lo alto con presentación oficial en el Teatro de la Comedia y gira por todas las emisoras, y la crítica los considera herederos del espíritu de Simon & Garfunkel. Lo cierto es que era la única referencia posible: de José y Manuel se había dicho lo mismo, y por supuesto hay similitudes en el estilo de estos dos dúos españoles; tal vez la mayor diferencia está en la producción, que busca un sonido más directo, y en las letras, de más categoría, pero es común su gusto por los juegos de voces al estilo folkie y algunos arreglos cercanos al pop barroco. Hay un buen equilibrio entre las piezas más tratadas, como “La mujer de cristal”, “Solterías” o “En el día de la fiesta” y las más directas, al estilo de “Consejos” o “Les he oído decir”; en conjunto, este es otro de esos discos que merece mejor memoria de la que ha tenido. Llegados a 1975 Víctor y Diego son verdaderas figuras, tienen actuaciones continuas, se les ve en televisión e incluso proporcionan canciones para otros artistas (Rosa León, por ejemplo). La cumbre de su popularidad es el single “El parque”, con una letra melancólica sobre la triste imagen de un parque de barrio, que resulta ser su mayor éxito en ventas, pero a partir de ahí comienza su decadencia: el segundo disco grande, publicado antes de que termine ese año, no alcanza ni de lejos las ventas del anterior. Se titula “A vosotros” y va dedicado en parte a la generación que tuvo que abandonar España por causa de la guerra civil; la canción que abre el disco y le da título es de una dignidad impresionante y unos arreglos a la altura de la letra. En conjunto hay un aire más costumbrista, con momentos casi humorísticos dentro de pequeños dramas como en “Oda a la integridad” o “El frutero”, y alguna sorpresa casi psicodélica como “Juegos de acción”, en un tono general también más acústico y menos carga en los arreglos. 

El relativo fracaso de este disco parece ser la causa principal de que el dúo concluya su relación con EMI, pero también influye el hecho de que nuestros amigos desean airearse un poco después de dos años de trabajo casi ininterrumpido. Este asunto, el del “airearse”, es una contante en la trayectoria de Víctor y Diego: con frecuencia daban la impresión de tener más intereses que los puramente musicales, y durante unos años desaparecen salvo para hacer alguna colaboración, a veces estrafalaria, como las tres canciones que incluyen en la película de Forges “El bengador gusticiero y su pastelera madre”. Vuelven al mundillo discográfico en 1979 de la mano de Movieplay para grabar su tercer disco grande, titulado a su nombre, que a mí por lo menos me crea sensaciones contradictorias: hay buenas canciones, pero se nota que su tiempo ha pasado; cuando intentan sonar al estilo contemporáneo la cosa queda un poco impostada, como sucede con el ritmo medio funky de “Decídete” o la discotequera “Amar es”, y las canciones más ajustadas a su estilo tradicional no pueden competir en una época en la que la nueva ola impone su ley. En consecuencia, el disco pasa casi de puntillas por las tiendas y el dúo se dedica por un tiempo a trabajar como músicos de gira con la “nueva” Marisol, llegando a actuar en el festival de Varadero (Cuba) junto con la flor y nata de los músicos de aquellas latitudes. Graban un nuevo disco teóricamente premonitorio: su título es “Colorín colorao”, la letra parece referirse a su situación artística -prácticamente ya no actuaban, sus trabajos ya eran otros-, en conjunto las canciones son bastante reiterativas, y resulta prescindible. El dúo vuelve a desaparecer, pero aún llegarán a grabar un último disco, autoproducido, en 2003: “Claroscuro”, que no he escuchado. Lo siento; aunque casi prefería no haber escuchado ya el anterior y quedarme con los tres primeros, que son estos

El difuso concepto de “tercera vía” llega, más o menos, hasta los límites que establecen Víctor y Diego: el tono pop queda empequeñecido por la tendencia folk del dúo, aunque su vocación por los arreglos y las melodías sigue siendo fundamental en ellos. Pero a partir de ahí queda muy poco que rascar en la discografía nacional: sus letras los hermanan ya con los cantautores, una raza que respeto pero que no va con mi carácter. Quedan sin embargo algunos cabos sueltos, gente de su padre y de su madre que merecen ser recordados, y por eso la serie se titula “La Tercera Vía, o algo así”: ahora tocan los del “algo así”. Pero son muy pocos, y terminaremos pronto. 




martes, 21 de febrero de 2017

España 70's: la Tercera Vía,o algo así (VII)



Sí señores, Cecilia. Estamos ante la figura más popular de toda esta serie, la única que consiguió mantenerse con cierta regularidad en las listas de ventas, dignificando aquella ordinariez general con su folk de autor que, a diferencia de la mayoría de los de su estilo, iba combinado con la brillantez de sus melodías y unos arreglos musicales redondos, tan en la línea de las grandes cantantes yanquis como Carole King, Melanie y compañía. Cecilia fue otro de esos lujos que tal vez no nos merecíamos, que no supimos apreciar en su momento y que por desgracia no estuvo mucho tiempo entre nosotros. 

Evangelina Sobredo, hija de marino y diplomático, pasó su infancia y adolescencia recorriendo medio mundo, aficionándose a cantar acompañada de guitarra acústica tanto en español como en inglés. Y aunque gran parte de sus años escolares transcurrieron en escuelas católicas, pronto nació en ella (de naturaleza tímida y solitaria) una clara afición por la poesía existencialista al estilo Sartre; esas influencias quedarán marcadas en sus letras, muy frecuentemente de tono dramático o incluso tenebrista. Asentada ya en España comenzó a estudiar Derecho, pero no fue más allá del segundo curso: pronto echó de menos la guitarra, y tras unas cuantas actuaciones en colegios mayores decidió cambiar de bando. En la Facultad había conocido a Joaquín Díaz, el pope del folk nacional, que la animó a seguir por el camino de la canción y le presentó a Nacho Sáenz de Tejada (NPM) y Julio Seijas (Aguaviva y otros grupos), con los que formó un trío fugaz pero suficiente para que en Movieplay (otra influencia de Díaz) grabe en 1970 su primer single, cantado en inglés: bajo el nombre de Expresión, tenemos “Try catch the sun / Have you ever had a blue day”; ambas son realmente buenas, la primera al estilo Janis Ian, por decir algo, y la segunda un blues acústico. El single pasó sin pena ni gloria pero poco después la escucha Tomás Muñoz, el jefe de CBS, la ficha de inmediato -en detrimento de Vainica Doble, que también le habían interesado- y en 1971 se publica su primer single ya como Cecilia, homenaje a sus queridos Simon y Garfunkel. En la cara A figura “Mañana”, una balada orquestal muy de la época, y en la B un homenaje a sus también muy queridos Beatles, que un año antes habían confirmado su separación: “Reuníos”. La canción, de estructura casi psicodélica, remata con su interpretación de un pequeño fragmento de “Dear Prudence” que la hace emocionante. 

Su sello está dispuesto a volcarse con ella, y ese single ya se escuchó bastante en la radio. En 1972 se presenta su primer disco grande, donde vienen sus primeras clásicas como “Dama, dama”, una ironía sobre las “dignas señoras” de corte decimonónico que todavía por entonces eran personajes muy frecuentes en España y que resultó ser su primer éxito en single; “Nada de nada”, una hermosa canción que podría resultar autobiográfica teniendo en cuenta su carácter, o “Portraits and pictures”, cantada en inglés y que fue la canción que interesó a CBS, con ese aire inconfundible de cantante yanqui, con esos arreglos a medida. La dirección musical corre a cargo de Juan Carlos Calderón, tan brillante como recargado por momentos, y el conjunto suena irregular a veces. Pero entre su estilo tan novedoso en nuestro país, las letras que suenan casi irreverentes en la boca de una supuesta niña bien y la belleza de la mayor parte del material, el disco tuvo unas ventas magníficas y convirtió a Cecilia en una de las grandes promesas nacionales. Una promesa que se confirma el año siguiente con “Cecilia 2”, cuya producción corre a cargo de Pepe Nieto, y se nota: los arreglos son más medidos, a tono con un material más serio, un tanto oscuro a veces, sin canciones de gancho como el anterior, sino con un espíritu casi unitario y compacto. Como era de esperar, las ventas decaen mientras que sus fans consideran que este es su mejor disco. Yo también lo creo. Y aunque ya digo que el espíritu es casi “conceptual”, mi preferida es la última: “Equilibrista”, supuestamente naif pero con una construcción musical soberbia. 

Para entonces, con más o menos ventas, Cecilia es una artista consolidada, con un terreno propio, equidistante de los cantautores y de las baladistas... pero eso sí, en cuyas canciones se reconocen, de vez en cuando, influencias de Vainica Doble (“Mi gata Luna” o “Equilibrista”, sin ir más lejos). Las actuaciones son constantes, y su popularidad llega a al extremo de que Televisión Española la selecciona para “representarnos” en el temible festival de la OTI; ella intenta resistirse, pero al final no hay más remedio y le consienten al menos que la canción sea suya. “Amor de medianoche” es una pieza de compromiso, festivalera, dirigida por el inevitable Juan Carlos Calderón, que consigue quedar de segunda. Pasemos a otra cosa: en 1975 llega su tercer Lp, “Un ramito de violetas”, más costumbrista y tal vez más luminoso al mismo tiempo, confirmando su categoría como letrista aunque se pierda parte de su tono folk a favor de una mayor orquestación (sí, vuelve el señor Calderón); ahí vienen algunas clásicas como la que da título al disco, uno de sus mayores éxitos en single, aunque un tanto edulcorada; “Mi querida España”, que abre el disco y es una síntesis perfecta de la ambivalencia de sus sentimientos por el país, o “Esta tierra”, al estilo "machadiano". Hay otras menos populares pero encantadoras como “Si no fuera porque”, un tanto siniestra, casi premonitoria pero al mismo tiempo humorística, o la deliciosa “Cuando yo era pequeña” (y vuelve a pasar el aura de las vainicas por ahí). 

Su última actuación fue en Galicia, en verano del 76: a la vuelta, un accidente de tráfico acabó con su carrera y la de su batería Carlos De La Iglesia, el ex-Grimm; Cecilia tenía 27 años, y es por tanto integrante involuntaria de ese club tan selecto como siniestro. El sello sacó luego un recopilatorio y varios años después, tras ser reivindicada por algunos músicos de la Nueva Ola (como las vainicas), se intentó hacer caja con canciones a medio terminar y versiones con otros cantantes, pero para mí todo ese material no cuenta: quedan sus tres discos grandes y algunos singles, obra suficiente como para admirar a una cantante de clara influencia yanqui pero con un encanto especial y que supo crear su propio mundo. Y eso es lo que tienen ustedes aquí





miércoles, 15 de febrero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (VI)

La desaparición de Solera, un cuarteto que se había presentado pocos meses antes como una de las grandes esperanzas de la música española, fue definida por la prensa como resultado de la diferencia de criterio entre sus integrantes, y el camino que siguieron luego demuestra que esa explicación era muy creíble. Cualquiera de nosotros ve lógica la evolución de Solera hacia C,R,A & G, ya que en realidad solo hay cambios de personal y no de estilo; en ese disco, igual de bueno que el anterior, sigue presente la querencia por los juegos de voces al estilo C,S,N & Y, como también la producción de don Rafael y por supuesto las magníficas letras aportadas principalmente por Rodrigo, uno de los mejores letristas españoles. Pero ahora veamos la situación desde la perspectiva de José y Manuel: en lo literario no pueden competir con Rodrigo y Guzmán, su trabajo en Solera fue más técnico que creativo y por lo tanto perdieron el protagonismo. Lo peor de todo es que tal vez hayan tenido ellos la culpa por aceptar una dirección musical con la que no estaban de acuerdo: a estas alturas, el estilo de don Rafael como productor ya comienza a parecerles un poco acartonado, mientras que las querencias vocales yanquis de Rodrigo y Guzmán tampoco van con su estilo, más urbano. Por resumir, digamos que C,S,N & Y tienen poco que ver con Simon & Garfunkel. Pero a los aficionados estas diferencias nos vienen muy bien, ya que así podemos disfrutar de dos maneras de ver el mundo: en 1974 nacen dos maravillas que junto con el disco de Solera forman lo que algunos coleccionistas de la tercera vía llaman “la Santísima Trinidad de Hispavox”: “Señora azul” y “Telaraña”. 

De Rodrigo García y José María Guzmán hice una presentación demasiado escueta al hablar de Solera, y ahora es el momento de ampliarla un poco. Ambos tienen estudios de Conservatorio: Rodrigo como violinista, Guzmán con el violonchelo; pero dejando aparte la titulación oficial, dominan varios instrumentos de cuerda y piano, además de tener buena voz. Rodrigo, nacido en 1947, marcha con sus padres a Colombia en 1964, justo al terminar la carrera, y allí crea uno de los grupos más recordados de la historia de aquel país: los Speakers, que bajo su dirección (era el único con formación musical) comenzaron haciendo beat, pop y rock and roll para rematar su trayectoria en 1968 con “El maravilloso mundo de Ingeson", uno de esos escasos pero encantadores discos de psicodelia hispanoamericana que hoy en día tiene carácter de mito. Poco después vuelve a España y tras hacer la mili comienza su carrera profesional en la banda de Juan Pardo; entra en la plantilla de Hispavox y en 1970 participa en el primer disco de José y Manuel; a continuación en el “S.S.Q.B.M.” de los Pekenikes y en 1972, tras el segundo disco de los hermanos, comienza junto a ellos y Guzmán a preparar el material para Solera (el nombre de ese cuarteto es idea suya, por cierto). En cuanto a Guzmán (1952), comenzó muy joven como músico profesional de acompañamiento (a Micky, entre otros) y entró en la plantilla de Hispavox en 1971, con diecinueve años; ahí conoció a los que pronto iban a ser sus compañeros en Solera. Cuando esa aventura termina, Rodrigo y Guzmán se han hecho amigos y deciden crear un nuevo cuarteto asociándose con otros dos músicos a los que tanto ellos como nosotros ya conocíamos de antes: Adolfo Rodríguez ha sido la primera voz y segunda guitarra de los Íberos hasta el final de ese grupo, mientras que el batería Juan Cánovas viene de los fugaces Franklin.

Contra lo que pueda parecer, el nombre de C,R,A & G no es un homenaje al cuarteto yanqui de sus amores, sino una solución de compromiso: Rodrigo dice que recurrieron a esa escala más o menos eufónica de nombres y apellidos después de muchos intentos por ponerse de acuerdo en unas cuantas denominaciones propuestas por cada uno de los cuatro que no fueron aceptadas por los demás. Pero lo que cuenta es que en 1974 se presenta el resultado de esa unión: “Señora azul”, que como dije antes presenta muy pocos cambios de estilo con respecto a Solera, ya que la mayoría del material vuelve a estar a cargo de Rodrigo y Guzmán con pequeñas aportaciones de los otros dos. En cuanto al sonido y la producción de Trabucchelli son similares, aunque se percibe una cierta actualización con más arreglos electrónicos y menos intrusiones de las legendarias “trompetas Hispavox”, que de todos modos redondean muy bien la pieza que da título y cierra el disco, una clásica donde las haya. Clásicas son también la soberbia “Solo pienso en ti”, que gracias a su poderío y a las versiones que se han hecho de ella hoy en día tal vez es la más recordada del cuarteto, o “El río”, donde su afición por las voces yanquis pueden recordarnos al trío America, mientras que “Supremo director” parece casi un homenaje a Crosby y compañía… No hace falta decir mucho más, este disco lo conocemos todos. Ah, y la Censura tan miope como siempre: se perdió “Jovencita”, una canción en la que Rodrigo se atrevía a hablar de ciertas estrecheces en las que incurrían ciertas jovencitas (nada escandaloso, en cualquier caso); pero coló la emocionante “María y Amaranta”, una balada lésbica de categoría. En cuanto a la propia “Señora azul”, dudaron un rato pero al final la dejaron pasar, e hicieron bien: dice Rodrigo que su ironía va contra ciertos críticos musicales, no contra los señores censores. Ah, bueno.

Por desgracia, y al igual que pasó con Solera, los singles se vendieron bastante bien pero el Lp fue un fracaso. El cuarteto se separó casi a continuación, cada uno siguió su propia carrera personal y no volvieron a reunirse hasta diez años después para grabar un segundo disco: las nuevas canciones siguen siendo muy buenas, pero llevan un tratamiento pretendidamente moderno que las oscurece. Hubo otro disco al año siguiente y otro más en el 94, pero a mí por lo menos no me inspiran mucho: el legendario, el insuperable, fue el primero




Si “Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán” no parece un nombre muy apropiado para un grupo, a ver qué opinan ustedes de “Nuevos Horizontes con José y Manuel”, o “NH & JM”, como prefieran. Y si a continuación echamos un vistazo a esa horrenda portada, la idea que nos sugiere es la de un desastre comercial. A veces no hay quien entienda a los sellos discográficos: se gastan un dinero en músicos, técnicos, horas de grabación, vinilo, cartón, diseño gráfico… y al final lo dejan caer todo por una planificación comercial nefasta y porque, tanto en este caso como en el de Cánovas y compañía, parecen haberse quedado sin presupuesto para promocionar todo ese trabajo. Como ven, en lo referente a estrategia Hispavox no era mejor ni peor que los demás sellos nacionales. Y también en ambos casos su dejadez fue la cumbre de una tormenta perfecta en la que, por supuesto, también hay que incluir la actitud desdeñosa de un público “moderno” que ya no atendía a la oferta nacional y del otro público, el masivo, los fans de Diablos, Fórmula V y compañía, para quienes este tipo de músicas resultaba indigesto. Así que finalmente “Telaraña” corrió la misma suerte que “Señora azul”; peor aún, ya que mientras el segundo comenzó a ser reivindicado pocos años después y hoy en día es un referente inevitable, el primero sigue siendo uno de los secretos mejor guardados del pop nacional de los años 70, una gran pieza de coleccionismo; lo cual será muy digno y muy prestigioso, pero también una completa injusticia. Para mí, “Telaraña” no es mejor ni peor que “Señora azul”. Es, sencillamente, otra maravilla en otro estilo. 

Tras la aventura de Solera, José y Manuel tienen un nuevo puñado de canciones preparadas. Su estilo ha ido cambiando estos últimos meses, tal vez por simple evolución natural y puede que también por marcar diferencias con Rodrigo y Guzmán: sus gustos ahora están a medio camino entre los juegos de voces yanquis y las influencias británicas del pop progresivo al estilo Badfinger y compañía. Aprovechando que Nuevos Horizontes está al borde de la desaparición tras la marcha de Ana María Guillén, su teclista y única voz femenina, convencen al trío restante para unirse a ellos y de ese modo consiguen el apoyo instrumental que necesitan, mientras que su productor será el ex-Pekenike Tony Luz. La primera noticia de esta nueva formación llega a las tiendas en forma de single: “Barcelona /Creías que ya nunca me iba a enamorar”, del cual la cara A es una hermosa pieza a medio camino entre pop barroco y progresivo, mucho más british que yanqui, mientras que la B es una concesión a la comercialidad bastante olvidable. Ese single tuvo unas ventas lo suficientemente buenas para empujar a Hispavox a la publicación del Lp: “Telaraña” se presenta poco después con material completamente nuevo (el single se añadió luego, en la reedición en CD). Y tanto si ustedes lo conocen como si no, tranquilos: no les voy a dar mucho la lata. Solo diré que, salvo alguna pieza un poco más floja que el resto, hay joyas como la majestuosa “Se me escapó una ilusión” que abre el disco y parece anticipar hasta casi el rock sinfónico andaluz; la sorprendente “My sunshine”, cantada en un inglés muy justito pero suficiente para mantener una estructura pop/rock magnífica; el espíritu tan de coña de las vainicas en “Versallesco rococó”; el tono progresivo de flauta y teclados al estilo Brian Auger en “Cada día más”, o el cierre progresivo/sinfónico de “Si cierras el balcón". Qué viaje, señores. Qué pena que casi nadie se enterase; entre otras cosas, ya digo, por la desidia de un sello incomprensible. 

Después de los pobres resultados obtenidos por lo que sin duda fue su mejor esfuerzo, José y Manuel comprenden que lo mejor es dejarlo; su canto del cisne será ya en 1976, tras despedirse de Nuevos Horizontes, con un single mediocre aunque como siempre un juego de voces soberbio. Y esto es todo. En cuanto a ustedes… si pinchan aquí tal vez acaben coincidiendo con los que pensamos que, efectivamente, eran tres y no dos las joyas de Hispavox. 



jueves, 9 de febrero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (V)

Cualquier aficionado a la música española de los años 70 recordará aquel cuarteto maravilloso llamado Solera; por supuesto recordará también que de ese cuarteto salieron Rodrigo García y José María Guzmán, que junto a Cánovas y Adolfo hicieron luego otro cuarteto memorable. Pero seguramente pocos se acuerdan de quiénes eran los otros dos miembros de Solera, y para hacerles justicia los tenemos hoy aquí: se trata de José y Manuel, los hermanos Martín. Ya hemos hablado otras veces de lo caprichoso que es el destino, de cómo se administra el recuerdo y el olvido cuando hablamos de músicos de otras épocas, y estos dos señores son un buen ejemplo. 

En Andalucía ha habido siempre una buena cosecha de voces en todos los géneros; en el pop y sin ir más lejos, a finales de la década anterior comenzaron a destacar los granadinos Ángeles, que en cierto modo son los antecesores de muchos cantantes de esta nueva generación. Los hermanos Martín, malagueños, comienzan a cantar en dúo a mediados de la década anterior; su estilo se acerca al folk, aunque por su dominio de la melodía antes que por las letras, que no son especialmente interesantes. Y en 1970, cuando ya llevan unos cuantos festivales encima, son detectados por Hispavox, que antes había cazado a los Ángeles. De Hispavox ya hemos hablado aquí varias veces: en esa época es el sello español de más envergadura, por la calidad de sus estudios de grabación y porque al frente se hallaba Rafael Trabucchelli, productor, director artístico del sello y padre del legendario “sonido Torrelaguna”, así llamado por ser ese el nombre de la calle donde estaban los estudios del sello. Don Rafael queda impresionado por el primoroso juego de voces de los hermanos, y de inmediato lanza su primer single: “…Y me enamoré / Pronto amanecerá”. Especialmente la cara A resulta emocionante, con una melodía que cautiva, ese tono tan bien empastado de las voces y los cuidadosos arreglos de cuerdas y viento que proporciona su productor y que en conjunto puede recordar vagamente al estilo de unos Simon & Garfunkel. La B, más cercana al pop barroco, no alcanza el mismo brillo pero se defiende con solvencia. Y aunque las letras sean tópicos amorosos es evidente que cuadran muy bien con este tipo de canciones. 

El single, sin ser un gran éxito, ha conseguido buenas ventas; así que don Rafael se ilusiona y prepara un Lp, ya que el dúo tiene material suficiente. Ese disco se publica en 1971 con el título de “Génesis” y ha quedado como una de esas pequeñas joyas semiocultas en la discografía española: aunque en su momento también consiguió una cierta popularidad, el paso del tiempo ha resultado devastador para la discografía de estos hermanos. Las influencias de Simon & Garfunkel o C, S & N son evidentes, pero tienen su carácter propio y los arreglos de Trabucchelli están muy medidos. Ya su arranque con “Triste niñez” es de categoría; otra perla es “Mi pequeña hermana”, cara A del único single correspondiente, que en la B contenía “Geraldine”, de parecido calibre, y que junto a otras como “Elisa” o “Un rincón oculto” nos muestran un gran versatilidad que va desde los tonos casi bucólicos hasta momentos cercanos al rock. En conjunto estamos ante una colección brillante, un abanico amplio aunque lastrado a veces por unas letras demasiado “adolescentes”, por decirlo así; de todos modos hay que insistir en que la vocación de la mayor parte de los integrantes de la tercera vía es mucho más musical y armónica que literaria, y que por lo tanto esa etiqueta de “folk pop” que se les adjudica a veces resulta ser una verdad a medias (se supone que las letras e incluso la actitud en el folk tienen más categoría). 

Antes de terminar el año 71 se publica un nuevo single: “Descubrí el amor / ¿Qué has hecho de mí?”, que mantiene las pautas de los dos anteriores, es decir, una balada rítmica al estilo del dúo neoyorkino de sus amores y otra pieza más cercana a los tonos barrocos. Y en 1972 llega “Pronto amanecerá”, su segundo Lp, en el que además de esas dos canciones se incluyen también las que contenía su primer single, con lo cual queda claro que la estrategia es consolidar al dúo entre los aficionados más “serios”, es decir, los que por entonces ya solo compraban discos grandes. Sin embargo, parece que el momento de José y Manuel ha pasado y las ventas caen ostensiblemente, aunque la calidad de este disco no es menor que la del primero: junto a esas cuatro canciones ya conocidas hay de nuevo un amplio rango de matices que va desde “Sigo escribiendo canciones” o “Un tren a Saint Michel”, alegres, chispeantes, hasta el tono de balada orquestal de “Ya me cansé”, pero finalmente a este disco ya solo le queda el consuelo, como al primero, de ser una valiosa pieza de caza para los coleccionistas. La situación mejora poco después con la publicación de un single en el que se contiene “Teresa”, tal vez su canción más conocida, un pop al estilo barroco que sin embargo no es mejor ni peor que el resto de su obra; eso parece indicar que la estrategia de Hispavox consistente en preferir el Lp al single, con este tipo de músicos, quizá no fue la adecuada. En cualquier caso, aquí queda la obra de estos hermanos hasta 1972. 




Es entonces cuando tiene lugar una asociación efímera pero legendaria. Entre los músicos oficiales de Hispavox que han acompañado al dúo en sus grabaciones se encuentra Rodrigo García (instrumentos de cuerda y piano, además de cantante), que ya tenía una trayectoria respetable a sus espaldas; y en el segundo Lp participó también José María Guzmán, otro profesional de altura que suele ejercer como bajista pero también domina la guitarra y tiene buena voz. Ya hablaremos de ambos con más extensión, pero lo que cuenta ahora es que los hermanos Martín se asocian con esos dos músicos y proponen al sello grabar un disco bajo un nuevo nombre con canciones aportadas por los cuatro; el nombre es Solera, y el disco se publica en 1973. Sobre él no hace falta extenderse mucho, porque estamos ante una de las obras cumbres de la tercera vía; la influencia de los grupos de voces yanquis es evidente, pero con un toque “nacional” muy reconocible: “Noche tras noche”, “Linda prima”, “Calles del viejo París”, el disco al completo es un clásico. La mayor parte de las letras son de Rodrigo y Guzmán, mientras que José y Manuel tienen más peso en los arreglos y las melodías. Pero aunque las ventas fueron bastante decentes (especialmente los singles), esa unión duró pocos meses: Solera dejaron de existir a causa de las diferencias de criterio entre los hermanos Martín y los otros dos. 

Y llegamos a 1974, que es el año en el que veremos la fase más brillante de este culebrón: los hermanos Martín se asocian con las tres voces masculinas de Nuevos Horizontes, mientras que Rodrigo y Guzmán lo hacen con Juan Cánovas y Adolfo Rodríguez. De esas dos uniones nacerán dos discos soberbios, aunque por desgracia la mayor parte de los aficionados solo recuerda uno. Pero no adelantemos acontecimientos: aquí queda la constancia de lo que fue Solera. Junto con la obra anterior de Jose y Manuel, casi resulta lógica la apoteosis del año entrante.





lunes, 30 de enero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (IV)



Cuando nos visitaron las vainicas nos enteramos de que uno de sus primeros trabajos para Pepe Nieto fue la composición de algunas canciones que él utilizó para lanzar a Nuevos Horizontes, un cuarteto vocal. Bien, pues hoy tenemos aquí a ese cuarteto. Su paso por la historia de la música española ha sido fugaz, y generalmente se les aprecia más por factores externos que por su verdadera talla artística: los buscan los coleccionistas de las vainicas, y junto a eso se admira en ellos la espléndida producción de Nieto, que por entonces ya era de hecho el director artístico de Columbia. Por lo tanto, parece que estamos ante un mero producto que dignifica el trabajo de otros antes que el suyo, lo cual resulta un poco injusto. Hay que recordar que la carencia de creatividad es algo muy común entre los músicos profesionales, que han de suplirla al menos con una buena formación; y ellos eran músicos de carrera, con un juego de voces magnífico: su apodo fue el de “los Mamas & The Papas españoles”, y eso significa algo

Su historia comienza a mediados de los años 60. Cuatro estudiantes del Conservatorio se reúnen para formar un cuarteto que bajo el nombre de Los Unísonos consiguen un contrato con Philips, donde llegarán a grabar un single y un EP. Su formación académica es la cara y la cruz de su corta carrera, ya que su excelencia técnica con voces e instrumentos no es suficiente para compensar el tono general de su estilo, un poco acartonado, demasiado formal. Casi todo su repertorio son versiones, y su mayor momento de gloria tiene lugar en 1967 al ganar el Festival de la Canción del Miño acompañando a Paco Ruano, un cantante de breve carrera; que por cierto, la canción -titulada “Lazos azules y rosas” y publicada en Polydor- estaba compuesta por un incipiente Víctor Manuel, que gracias al premio pudo dedicarse ya por completo a este negocio. Pero los Unísonos ven el futuro muy negro, y a finales de1968 deciden que lo mejor es dejarlo… justo cuando aparece Pepe Nieto, que está buscando un juego de voces con categoría. Recordarán ustedes que por entonces estaban de moda los grupos con voces mixtas al estilo de los yanquis Mamas & Papas o los australianos Seekers, y esa sería una buena alternativa al planteamiento radicalmente folk que hace Movieplay con Nuestro Pequeño Mundo: la única oferta pop española son los Ángeles, cuyas voces son exclusivamente masculinas, así que tenemos un sector del mercado sin cubrir (por supuesto, en esa época hay varios grupos con al menos una voz femenina, comenzando por los mismos Unísonos; otra cosa es alcanzar el tono hippie tan de moda a finales de los 60). Y les ofrece un contrato con Columbia: tras algunos cambios de personal, el nuevo cuarteto se llamará Nuevos Horizontes y estará formado por Ana María Guillén a los teclados (piano y órgano), Tomás Orts como guitarrista, Juan del Río al bajo y Alfonso Cabello a la batería. 

Nieto ya tiene material de categoría para lanzarlos: es amigo de doña Gloria y doña Carmen, que han escrito algunas canciones pero les da vergüenza ponerse a cantarlas en público. Nieto prepara dos de esas canciones y a mitad de 1969 Nuevos Horizontes lanza su primer single con “El afinador de cítaras” en la cara A y “Cuatro estaciones” en la B. Sumando la brillantez creativa de las vainicas, la ejecución técnica en voces e instrumentos a cargo del cuarteto y los arreglos de Nieto, la cara A está considerada aún hoy como uno de los mejores ejemplos de pop psicodélico hecho en España; y la B, sin ser tan redonda, es otra exhibición. El single llega en poco tiempo al top 10, e incluso los vemos haciendo playback en la televisión de la época, así que el invento parece haber salido bien. Ya en 1970 se presenta su segundo single con una nueva canción de las vainicas en la cara A: “Mi mosca favorita”. Una vez más esas letras surrealistas tan de las vainicas (si doña Gloria, sí: esas letras. No se me enfade) cuadran perfectamente con melodía y ritmo, y la canción casi alcanza la popularidad del single anterior. “Tiovivo”, la cara B, está compuesta por Nieto y el grupo: no llega a su altura, pero tanto el sonido como los arreglos son muy buenos. 

Antes de que acabe el año llega su tercer single: en la cara A está “Mi churumbel”, otra composición de las vainicas, aunque no tan brillante como las anteriores (sus mejores canciones ya las están utilizando en su propia carrera). Tanto arreglos como voces siguen siendo de categoría, pero la pieza tiene poco gancho; más floja aún es la B, “Por un poco de amistad”, una creación hecha por compositores ajenos, bastante blandita y previsible. A partir de ahí comienza su cuesta abajo, con otros tres singles en los que, como siempre y hasta el final, sus juegos de voces son muy buenos (y aunque solo fuera por eso ya vale la pena escucharlos) pero las canciones -versiones, alguna propia y otras de encargo- son mediocres: en 1971 presentan “Mi idea”, versión de unos prácticamente ignotos Creme Caramel británicos en la que los arreglos de Nieto parecen destinarla a los festivales; la cara B, “El sol en mi maleta”, está compuesta por ellos y aunque no sea nada del otro mundo al menos suena original. Algo parecido sucede con el siguiente single, que cierra ese año: “Buenos días, viejo sol” es una pieza de Juan Carlos Calderón, también muy festivalera; tal vez por el renombre del autor fue la última que alcanzó una pequeña popularidad, aunque por lo menos los arreglos de Nieto mejoran con mucho el single anterior e incluso resultan originales. La B, “Historia de una rosa” es una recreación del poema de Goethe “Rosita del matorral” musicalizado por Shubert: a principios de los años 70 estaba muy en boga eso de recrear la música clásica con elementos pop; Nieto también se atreve, con resultados discutibles. Y aquí termina su relación con el grupo, que finaliza el contrato con Columbia y al que no se le ven perspectivas de futuro. 

Sin embargo, la historia no ha terminado: tras un año en blanco, fichan por RCA en 1973 y publican un último single que no llega a ninguna parte, entre otras cosas por la propia desidia del sello (de todos modos, no era mejor ni peor que los dos o tres anteriores). Parece evidente que ya no les quedan opciones, y Ana María decide marcharse. Es posible que los otros tres piensen lo mismo, pero de pronto un dúo de músicos que en ese momento tiene mucho pedigrí les propone unirse a ellos; y aunque esa unión no durará mucho, de ella nacerá uno de los discos más desconocidos y al mismo tiempo más brillantes del repertorio nacional. Así que ahora tocará hablar de ese dúo, su obra y ese disco; pero de momento aquí les dejo la pequeña y encantadora discografía de Nuevos Horizontes, otro grupo que mereció mejor suerte de la que tuvo. 

lunes, 23 de enero de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (III)


“Vainica Doble son algo así como un lujo que no nos merecemos, como tampoco nos merecemos a Quevedo o al Arcipreste de Hita”.
Jaime de Armiñán 

"Nosotras antes que nada somos "músicas". Todo el tiempo estáis con lo de las letras y el sentido del humor… Las letras han sido buenas, pero se han hecho porque no teníamos otro remedio para poder cantar. Antes que otra cosa somos músicas; si a la gente lo que le gusta es la letra, que se compre un libro".
Gloria Van Aerssen 

Estamos en 1973. Tras haber tenido que abandonar el sello Ópalo de su buen amigo Manolo Díaz por liquidación del negocio, doña Gloria y doña Carmen son convencidas por el poeta José Caballero Bonald para fichar por Ariola, un sello de matriz alemana bastante solvente por entonces (son los que distribuyen en España a la bendita Island Records, por ejemplo. Y aunque pueda parecer extraño que un poeta de categoría trabaje como cazatalentos para un sello discográfico, cosas más raras se veían por entonces). Las condiciones son más o menos razonables, ya que esa misma solvencia implica más profesionalidad: los músicos que acompañarán ahora a las vainicas no son los Tickets u otros amigos suyos, sino gente de la plantilla del sello; a cambio, el indiscutible Pepe Nieto sigue a su lado y el contrato es por un solo disco (habían quedado muy escamadas con la industria discográfica tras el trato recibido en Columbia). Hay que tener en cuenta que por lo general Vainica Doble se limitan a grabar discos, ya que en esos primeros años muy raramente actúan salvo ante grupos de amigos o en lugares pequeños y escogidos: no están dispuestas a abandonar su tranquila y apacible vida diaria; su independencia, para resumir. 

Antes de que el año termine se publica “Heliotropo”, el segundo disco grande del dúo y el que las consagra definitivamente como una de las propuestas más brillantes de la música nacional (si no la más, en aquel momento). Y aunque las vainicas prefieran hablar de música antes que de letras, dejando aparte el sonido, muy profesional y con arreglos magníficos, aquí se sintetiza perfectamente su espíritu tan amplio y variado: la dulzura y el sarcasmo van de la mano, a veces en la misma canción (“Coplas del iconoclasta enamorado”); se manifiesta su pulsión ecologista revestida de dramática ironía en “Agáchate que te pierdes”; el rastro psicodélico con efluvios de cuento de sus primeros tiempos se mantiene en “La máquina infernal”, mientras hay referencias emocionantes a la memoria familiar en “Elegía al jardín de mi abuela” o el cariño maternal pero matizado por frases irónicas o premonitorias en “Nana de una madre muy madre” con sus “sleep my sweet baby”. Por supuesto también hay referencias sociales, como “Dos españoles, tres opiniones”, un folk rock de los pies a la cabeza… y así sucesivamente. Dicho esto, las melodías y los juegos de voces son grandiosos, abarcan todos los estilos y épocas, desde el canto medieval o las variantes de la copla hasta el rock con influencias del mismísimo Zappa. Y de paso demuestran que lo realmente bueno puede ser comercial, hasta el extremo de que, sin casi publicidad, la tirada del disco se vendió en muy poco tiempo (“Resulta que Vainica Doble empezaba a vender bien a pesar del sello”, decían ellas). 

Poco después abandonan la relación con Ariola y con Caballero Bonald. Ninguna de las partes estaba satisfecha: la dejadez que había mostrado el sello se debía hasta cierto punto a la actitud un tanto ácrata del dúo, que detestaba las obligaciones contractuales (por ejemplo, unos horarios de grabación rígidos o las actuaciones o presentaciones obligatorias ante prensa y radio). Así que el contrato no se renueva y habrán de buscar su cuarto sello. Pero no tienen prisa: haciendo honor a su vocación dispersa, multifuncional, ayudan a su amigo Moncho Alpuente en la grabación del disco con su banda (ya llegaremos ahí), trabajan en dos nuevas series televisivas para Jaime de Armiñán (“Tres eran tres” y “Suspiros de España”), se visten de brujas para otro programa y componen la banda sonora de la película “Furtivos”, de su amigo Borau, para quien Zulueta dibuja el cartel. Por fin, en 1976 fichan por Movieplay; ahí trabaja como asociado Gonzalo García Pelayo, que dirige el subsello Gong (dedicado a los grupos andaluces y a los cantautores en general) y a quien se dirigen por sugerencias de Moncho Alpuente. Este ambiente, más relajado que el de Ariola, tiene sus pros y sus contras: podrán grabar con los músicos que quieran, y eso significa que gran parte de sus amigos vuelven a participar; pero Gonzalo no se distingue precisamente por sus habilidades como productor, y el nuevo disco se mezcla a toda prisa para no elevar mucho los gastos. 

Ese tercer disco, publicado en 1976, se titula “Contracorriente” y es otro motivo de orgullo para la depauperada historia de la música nacional. Hay un sonido más contundente, más rockero, y se nota la influencia de los músicos yanquis que las vainicas han escuchado estos últimos años, especialmente en canciones como “Todo desapareció”, con el sonido de cuerdas cercano al country. Hay curiosas fusiones de estilos en piezas como “Alas”, de cantar casi recitado por momentos, muy al estilo vainica, mientras que algunos arreglos recuerdan el sonido de bandas como los Allman Brothers de la época, o esa especie de boogie de bar que es “El oso poderoso”. Pero también tenemos el tono de cante casi desgarrado, con la letra exacta, de la maravillosa “Eso no lo manda nadie”, verdadero rock andaluz con Gualberto al sitar; vuelve Gualberto en “Déjame vivir con alegría”, una especie de rock lánguido… y por supuesto hay canciones de rock acústico, “de autor”, como “Que no”, verdadera carnaza para la Censura, que picó en ella aunque finalmente acabó transigiendo. Ah, y para contrarrestar aquella sosa portada que les había adjudicado Ariola (a pesar de algunos detallitos interiores de Eguillor), vuelve Iván Zulueta a dibujar una de las suyas: en la portada frontal vemos a una enojada coneja, de patas cruzadas, probablemente a causa de alguna trastada hecha por su hijo, en la contraportada y con aspecto contrito. Dicen las vainicas que se trata de Tambor y su mamá: la escena es una alegoría de “La rabieta”, donde se transcribe parte del diálogo entre madre e hijo, sacado de la película “Bambi”. Se trata de una de las canciones más extrañas y emocionantes del disco, a medio camino entre blues rock progresivo de estilo andaluz y unas cuantas cosas más. Hay una cierta ilación entre las letras, que en conjunto podrían sugerir una vocación conceptual: se percibe una actitud de rebelión ante todo tipo de poderes establecidos, sean estos de tipo social, político o familiar, muy a juego con el sonido general y sobre todo con la época (Franco no llevaba muerto ni un año). Aun así ese sonido resultó demasiado yanqui para los progres mientras que las letras, por supuesto, indignaron a los fachas. Sin embargo, una nueva generación sin prejuicios de un bando u otro comenzó a descubrirlas gracias a este disco. 

El contrato con Movieplay era por cinco años, pero se rescinde por común acuerdo: una vez más, el ritmo de trabajo de las vainicas no cuadra con las exigencias del sello, así que deciden irse a su casa, dedicarse a otros proyectos y olvidar de momento las aventuras discográficas. No volveremos a escuchar una grabación suya hasta 1980, pero esa ya es otra época que ha de ser contada cuando lleguemos allá; nosotros nos despedimos de ellas hasta entonces con esos dos discos que (junto con el primero) las definen como uno de los más hermosos sucesos que le ocurrieron a la música española de los años 70.





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